Hace 463 años murió Isabel de Valois: así fue el doloroso funeral de la reina de España

Isabel de Valois, reina consorte de España, murió a los veintitrés años tras una breve enfermedad y un parto prematuro el domingo 3 de octubre de 1568 en el Palacio Real de Aranjuez. Dio a luz a una niña que murió pocas horas antes que su madre. El esposo de Isabel, el rey Felipe II de España, estaba a su lado cuando ella falleció y quedó en estado de shock y gran dolor por su muerte. Los íltimos tiempos habían sido particularmente dolorosos para la reina.

En 1657, Isabel dio a luz a una niña, Catalina, y volvió a quedar embarazada poco después. En ese tiempo, ocurrió algo que afectó mucho a la reina: el 18 de enero de 1568, Felipe encarceló a su hijo Don Carlos, mentalmente inestable, y se le impidió heredar el trono de España. Don Carlos moriría más tarde en cautiverio y, cuando Isabel se enteró de la detención, lloró sinceramente y comentó que Don Carlos nunca había sido más que amable con ella. Ella sufría de depresión por el asunto. Pasó su embarazo relajándose, jugando a las cartas, tejos y tirando dados, disfrutando de las bromas de sus tontos y viendo obras de teatro hasta septiembre de 1568, cuando enfermó y engordó mucho. Se desmayaba con frecuencia, tenía ataques de temblor y tenía debilidad y entumecimiento en el lado izquierdo. No podía dormir y no podía comer.

Los médicos la desangraron y le aplicaron inyecciones mientras el rey la consolaba. El 3 de octubre de 1568, Isabel y Felipe escucharon misa juntos. Isabel le pidió a Felipe que le prometiera que siempre apoyaría a su hermano el rey Enrique III y que protegería y cuidaría a sus sirvientes. El rey lo prometió. Isabel dijo que siempre había rezado para que él tuviera una larga vida y que hiciera lo mismo cuando ella llegara al cielo, y Felipe se derrumbó. Unas horas más tarde, Isabel dio a luz a una niña. Varias horas después, tanto la reina como su hija estaban muertas.

El cuerpo de Isabel de Valois fue embalsamado el mismo día y colocado en un ataúd cubierto de terciopelo negro ricamente adornado con los emblemas del rango real. Mientras tanto, la capilla del palacio se cubrió con tela negra bordada con emblemas como los lirios de Valois y las armas y cifrados del rey Felipe. La habitación estaba iluminada con muchas velas encendidas de cera blanca. El catafalco se encontraba ante el altar mayor con cuatro escudos en cada esquina que representaban las armas y los escudos heráldicos de Valois y Habsburgo.

Durante la tarde, personas con velo y vestidos con largas túnicas de luto llenaron la capilla. Estos no eran actores contratados para la ceremonia, sino verdaderos dolientes. El embajador francés Brantôme afirmó que “nunca la gente había mostrado tanto cariño. El aire se llenó de lamentos y de apasionadas demostraciones de dolor: porque todos sus súbditos miraban a la reina con sentimientos de idolatría, más que con reverencia”. A la ceremonia asistieron todos los caballeros y damas de la casa de la reina, el clero de Madrid, los jefes de las casas religiosas, hombres y mujeres, los embajadores extranjeros, los magistrados de Madrid y el gobernador militar.

Al caer la noche, la procesión fúnebre recorrió las largas galerías del palacio desde los aposentos de la reina muerta hasta la capilla real. Afuera, las armas tronaron y las campanas repicaron. El cuerpo de la reina fue llevado por cuatro grandes de España y precedido por el alcalde de la reina Don Juan Manrique. Su principal dama de honor, la duquesa de Alba, caminó tras el ataúd vestida con largas túnicas de luto. Luego vino una fila de damas nobles y caballeros.

El portal de la capilla se abrió de par en par y el féretro fue recibido por el nuncio papal Casteneo y el cardenal Espinosa seguido por el clero de Madrid. Mientras la procesión pasaba hasta el coro, se escuchó el canto del Réquiem. El ataúd se colocó sobre caatafalco y se cubrió con un manto de brocado de oro y se remató con la corona real, manto y cetro y un pequeño vaso de agua bendita.

Comenzó el oficio del reposo de los muertos. Los sonidos de los sollozos ahogados de las mujeres de la casa de Isabel se escucharon durante los cánticos de los sacerdotes y los sonidos de los lejanos murmullos de las multitudes en la calle y la avenida que conducía al palacio eran audibles. Al final del servicio, el nuncio dio la bendición. Todos salieron de la capilla excepto los que habían sido elegidos para realizar una vigilia por el cadáver.

QUIÉN FUE ISABEL DE VALOIS. Isabelle (llamada Isabel en España) nació el 2 de abril de 1545 en el palacio real de Fontainebleau y fue la segunda hija del rey Enrique II de Francia y su esposa Catalina de Médicis. Sus hermanos fueron los sucesivos reyes Francisco II, Carlos IX y Enrique III, los últimos monarcas de la dinastía Valois. El tratado de paz de 1559 entre Francia y España se selló con el compromiso de Isabel y el rey Felipe II de España (proporcionando una dote de cuatrocientas mil coronas de oro a la corona española) y de la hermana de Isabel, Margarita, con Emanuel Filiberto de Saboya. Las celebraciones coincidieron con el terrible accidente de Enrique II durante un torneo de justas, que le causaron la muerte tras mucho tiempo de agonía. Felipe no era fiel a Isabel, pero parecían disfrutar de la felicidad doméstica. Quedó embarazada y Felipe comenzó a pasar dos horas al día con ella y le mostró un gran cariño. Él estaba a su lado cuando dio a luz a la infanta Isabel Clara Eugenia el 12 de agosto de 1566. Embarazada en varias oportunidades sin poder proporcionar un heredero varón, la salud de Isabel se deterioró rápidamente.

La duquesa de Alba, velada con un velo, se sentó en una silla a la cabeza del ataúd vestida de negro. Don Juan Manrique se encontraba al pie del féretro sosteniendo su varita de oficio. Otros miembros de la casa se arrodillaron alrededor de la plataforma. Los soldados del guardaespaldas del rey sostenían antorchas, haciendo guardia dentro de la capilla aún iluminada con numerosas velas.

En medio de la noche, el rey Felipe entró en la capilla asistido por su medio hermano Don Juan de Austria y sus amigos Ruy Gómez y Don Hernando de Toledo. Avanzó lentamente hacia el féretro, se arrodilló a la cabeza del féretro y permaneció absorto en la oración durante un buen rato con los tres hombres de pie en silencio e inmóviles detrás de él. Nadie traicionó la presencia del rey en la capilla. Finalmente, Felipe se levantó, tomó el aspergillum, roció el ataúd con agua bendita y salió de la capilla. Abandonó el palacio asistido por sus tres compañeros y se dirigió al monasterio de San Gerónimo para rezar y meditar.

A la mañana siguiente, muchos de los más grandes eruditos, nobles y damas se reunieron en la capilla del palacio para escoltar el cortejo fúnebre hasta el convento carmelita de Las Descalzas Reales, donde Isabel sería enterrada temporalmente hasta que se terminara el mausoleo de El Escorial. El ataúd fue llevado por las calles por los mismos cuatro hombres del día anterior. El palio lo sostuvieron sobre el féretro los duques de Arcos, de Naxara, de Medina de Rioseco y de Osuna. Junto al féretro marchaban los marqueses de Aguilar y de Poza, los condés de Alba, de Liste y de Chinchon.

Las calles se habían adornado con crespones y banderas negras y muchos espectadores se alineaban en la ruta de la procesión para mirar y derramar lágrimas. En el portal de la iglesia de las Carmelitas, la procesión fue recibida por el nuncio papal Castaneo, Espinosa y Frexnada, obispo de Cuença que había sido elegido para realizar los ritos funerarios. También estuvo presente el arzobispo de Santiago, gran limosnero de España. Detrás de los prelados estaban la abadesa Doña Inez Borgia y las monjas de Descalzas.

Después de la misa, el ataúd fue depositado en un nicho excavado cerca del altar mayor. Luego, se realizó una parte importante de la ceremonia que era requerida para los soberanos españoles. El cadáver debía ser identificado por ciertos personajes designados por el rey. El obispo de Cuença primero bendijo el sepulcro. La tapa fue levantada por la duquesa de Alba y por Don Juan Manrique. De pie alrededor de la tumba como testigos estaban: el nuncio papal Castaneo, el cardenal Espinosa, el embajador francés de Fourquevaulx, el embajador portugués Don Francisco Pereira, los duques de Osuna, Arcos y Medina, el marqués de Aguilar, los condés de Alba, de Chinchon, Don Enríquez de Ribera, don Antonio de la Cueva, don Luis Quexada señor de Villagarcia, presidente de la junta de indios, y los archiduques Rodolfo y Matías, sobrinos de Felipe.

Cuando se quitó la tela mortuoria, los cadáveres de Isabel y su pequeña hija eran visibles. La duquesa de Alba vertió en el féretro bálsamo y perfumes finamente pulverizados que habían sido preparados especialmente para la ocasión. También esparció racimos de tomillo y flores fragantes. Luego se cerró el ataúd y se selló con el sello real. En el acto, el subsecretario de Estado, Martín de Gatzulu, redactó un acta de las actuaciones y fue firmada por todos los testigos. El confesor del convento y uno de sus compañeros se adelantaron para hacerse cargo de los restos de la reina hasta que fueran trasladados. Se cerró la tumba y se terminaron las ceremonias del día.

Durante nueve días se recitó el rezo de los muertos en todas las iglesias de Madrid. Mañana y tarde, el tribunal asistió al servicio realizado en la ermita de Las Descalzas en el que estuvo siempre presente la hermana de Felipe, Doña Juana. Felipe escuchaba el servicio dos veces al día en la capilla de San Gerónimo. Durante los nueve días completos, Felipe permaneció en soledad, sin hablar con nadie y rara vez salía de la galería elevada sobre el altar mayor de la capilla orando y meditando. Se suspendieron todos los asuntos del Estado y se ordenó mediante proclama en toda España un duelo general por la reina.

El 18 de octubre, en la iglesia de Nuestra Señora de Atocha, se escuchó una misa solemne por el reposo del alma de la reina en presencia del rey. Fue la ceremonia más imponente y magnífica hasta ahora, realizada a la luz de las antorchas. El obispo de Cuença pronunció la oración fúnebre que fue bien recibida por el público. Una oración similar se hizo en Toledo, Santiago y Segovia, así como en otras catedrales de España. Otro servicio conmemorativo se llevó a cabo en Francia, la tierra natal de la reina Isabel, en la catedral de Notre-Dame en París el 24 de octubre. Así, la Reina de España recibió suficiente y majestuoso tributo.

(*) Susan Abernethy es historiadora y autora del blog The Freelance History Writer.

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Hace 119 años: murió la reina María Enriqueta, una Habsburgo en el dramático trono de Bélgica

En la primavera de 1853, como con cada resurgimiento de esta naturaleza, Viena comenzó a girar de nuevo al son de valses que hechizaban a la ciudad imperial. El Imperio Austro-Húngaro estaba viviendo sus mejores momentos en el apogeo de un poder incomparable. Allí se hablaban tantos idiomas que el latín se convirtió en el idioma administrativo como en los tiempos de la Antigua Roma.

Nacida el 20 de agosto de 1836, María Enriqueta era la hija del archiduque José, Palatino de Hungría, y de la duquesa Dorotea de Wurtemberg, su tercera esposa. Su padre se adaptó fácilmente al estilo de vida de sus ciudadanos húngaros, hasta el punto de ponerse sus ropas tradicionales y dominar a la perfección su complicado idioma. Al igual que su padre, a la archiduquesa le gusta viajar por el campo.

Era bastante bonita aunque ella se sentía muy gorda y luchaba por disimular su figura. Pasó su juventud galopando por la llanura húngara, desdeñando la posición de amazona que corresponde a las chicas de su rango, lo que sorprendió a buena parte de la corte. A ella no le importaba.

Su educación distaba mucho de ser perfecta, pero era multilingüe y una gran admiradora de los aires gitanos. Un poco masculina en sus gestos a veces abruptos, su risa ronca recordaba un poco el cambio en la voz de los adolescentes. Esta vida al aire libre llegó a su fin un buen día, cuando conoció al hombre que había sido elegido para pasar el resto de su vida con ella.

Para su cumpleaños 18, el príncipe heredero, duque de Brabante y futuro rey de Bélgica Leopoldo II fue llevado por su padre en una gira por las cortes europeas que tuvo a Viena como su lugar central. Allí es se diseñó ese matrimonio con María Enriqueta, que resultaría ser el más siniestro de la historia de la monarquía belga.

La boda por poderes tuvo lugar el 10 de agosto a las 6 de la tarde en el Palacio de Schönbrunn

El conde O’Sullivan de Grass, embajador belga en la capital austriaca, escribió a Henri de Brouckère, el ministro belga de Asuntos Exteriores: “La futura duquesa de Brabante no es alta, pero está muy bien formada, su rostro expresa suavidad, sus facciones son muy agradables, sus ojos llenos de encanto e inteligencia, su tez notablemente fresca, su cabello rubio ceniza es muy hermoso. Recibió una educación brillante, habla muy bien francés, italiano e inglés, es buena música, pinta muy bien, en óleos, flores y frutas”.

En el Castillo de Laeken, en Bruselas, una residencia todavía ensombrecida por la prematura muerte de la reina Luisa María (madre del príncipe), solo la princesa Carlota, futura emperatriz de México, parecía estar encantada de dar la bienvenida a una nueva cuñada a la familia. Circulaba el rumor según el cual la futura duquesa de Brabante era una joven abrupta y muy independiente, todo lo contrario de la hija del rey de los belgas, romántica a voluntad que ya soñaba con el príncipe azul que vendrá a llamar a la puerta de su corazón.

En el séquito del rey Leopoldo y su hijo chismes abundaban. La duquesa de Dino escribió: “Encontramos al duque de Brabante a veces demasiado bien educado, tan educado, dulce, inclinado a la humildad, la imagen de su padre”. Mientras que el geógrafo Alexander von Humboldt llegó allí con un pensamiento propio: “Dicen que sería hermoso si su nariz no perfilara una sombra similar al Monte Athos”.

Los jóvenes prometidos no tenían casi nada en común: el príncipe Leopoldo odiaba profundamente todo lo que amaba la joven austrohúngara: los caballos, la música, el baile… Ante la consternación de María Enriqueta, su madre la obligó a ser el centro de la escena de las celebraciones y los honores con los que la corte de Viena celebró su compromiso: ¡Otra Habsburgo sería reina de un país de Europa!

Bautizo de la princesa Clementina

Curiosamente, el rey Leopoldo I, que forzaba a su heredero a este matrimonio, olvidó que se casó por amor dos veces: primero, con la princesa inglesa Carlota de Gales, y después con la princesa francesa Luisa María de Orleáns. Viudo dos veces, ahora pasaba su tiempo en los brazos de su amada, Arcadie Claret-Meyer, con quien tuvo hijos.

La boda por poderes tuvo lugar el 10 de agosto a las 6 de la tarde en el Palacio de Schönbrunn, magnífica sede oficial de la monarquía Habsburgo. Es el archiduque Carlos Luis, el hermano menor del emperador Francisco José, cumplió el papel de novio e incluso intercambió alianzas con su sobrina frente a toda la familia imperial y la aristocracia. Cuatro días después, María Enriqueta partió para siempre hacia Bélgica.

Antes de abandonar definitivamente Austria, María Enriqueta hizo una parada en la residencia de su tío Stéphane, el personaje más original de la familia imperial cuyo carácter alegre contrastaba con la severidad de la corte de Francisco José. Amaba los libros tanto como el buen vino y tranquilizó a su sobrina recordándole que los miedos iniciales de Luisa María antes de llegar a Bruselas rápidamente se desvanecieron.

Muerte del príncipe Balduino

Una esplendorosa boda carente de amor

Ante los vítores de la multitud, el tren de María Enriqueta llegó a Herstal, desde donde la llevaron al castillo de la vizcondesa de Biolley, no lejos de Verviers. Nada más instalarse llegaron el rey Leopoldo I, sus dos hijos y toda una serie de dignatarios del Estado y la nobleza. María Enriqueta fue entregada a Bélgica siguiendo un rito inmutable, iniciado por Felipe II de España.

El viaje continúa en tren en medio del júbilo popular. “Cuando llegué a Bruselas, tuve un doloroso calambre en el brazo por saludar tanto”, le escribió la archiduquesa a una amiga. La doble boda real tuvo lugar el 22 de agosto: el casamiento civil fue ante el alcalde de Bruselas, Charles de Brouckère, y el religioso bajo la dirección del arzobispo de Malinas. Una procesión histórica, una cena de gala y un gran concierto sellaron ese largo día.

No fue hasta noviembre que la joven pareja emprendió un viaje de incógnito a Egipto, bajo el nombre de vizconde y vizcondesa de Ardenne. Antes de contemplar las pirámides y la Esfinge (de la que en ese momento, solo la cabeza emergía de la arena), la pareja pasó por Alemania y Austria, antes de pasar un buen tiempo en Venecia y embarcarse en Trieste para conocer Alejandría. Llegados a El Cairo, son recibidos por el virrey de Egipto, quien les prepara muchas fiestas. Pero el duque de Brabante ciertamente prefiere las orillas del Nilo y a ambos les gusta llevarlo en barco a Asuán, parando en las mismas paradas que los turistas de hoy.

Sin duda, fue durante este viaje cuando nació el espíritu explorador del futuro Leopoldo II, que también será el único viaje fuera de Europa en toda su vida. En el plano romántico, el viaje resultó ser menos placentero y según la princesa Carlota: “Si Leopoldo no está contento con ella, es porque no quiere serlo, porque ella es completamente digna de su cariño”.

María Enriqueta nunca sería feliz como esposa de Leopoldo. A sus expresiones de interés en sus ideas y proyectos, Leopoldo siempre respondió con ironía o, peor aún, con sarcasmo.

Los caballos y su cuñada eran el objeto de su amor

Durante los primeros años, nacieron cuatro niños: el príncipe Leopoldo y las princesas Luisa, Clementina y Estefanía. De su hijo, que murió a los 10 años de neumonía y problemas cardíacos, rara vez se habló. Tras la muerte de Leopoldo I, en diciembre de 1865, María Enriqueta se convirtió en la segunda reina de los belgas, cosa que no la hizo más feliz. Solo su pasión por la equitación, que comparte en particular con el general Chazal, el ministro de la Guerra y confidente suyo, era capaz de hacerla feliz y hacerle olvidar por breves momentos su eterna amargura. En los establos de Laeken, la reina cuidaba personalmente de veintidós caballos. Su hija Luise relató en sus memorias que su caballo favorito subía los escalones de la entrada, entraba en la casa de la reina y, después de una sesión de caricias y recompensas, regresaba a su lugar.

Pero los equinos no eran su única preocupación. La princesa Carlota, su querida cuñada, se hundió en la locura desde que su esposo Maximiliano, efímero emperador de México, fue ejecutado en Querétaro. El sueño imperial de Carlota se derrumbó junto con la confianza que ha depositado en su marido, un mujeriego acérrimo, lo que definitivamente la trastornó. La emperatriz se volvió loca y no recuperaría jamás la cordura.

La reina María Enriqueta viajó hasta el castillo de Miramar, Trieste, para llevar de vuelta al campo a la infortunada emperatriz Carlota, a quien los médicos habían encerrado en un pabellón del jardín con todas las puertas y ventanas tapiadas.

Tan pronto como crucé la antesala, Carlota se arrojó a mis brazos y me besó con conmovedor afecto, luego me hizo sentar a su lado y retuvo mi mano, que ella acariciaba todo el tiempo. Creo que está loca, el conde de Flandes lo atestigua y aquí lo afirman tres médicos; pero mentiría si te dijera que no da la más mínima prueba de ello”, escribió María Enriqueta antes de sacar a la infortunada Carlota de su asilo forzado para finalmente regresar la Bélgica.

Durante la guerra de 1870, librada por Francia y Prusia, María Enriqueta consiguió que su marido transformara el Castillo de Ciergnon y el Palacio Real de Bruselas en hospitales de campaña para tratar a los heridos franceses que cruzaban la frontera belga. Los libros de historia la retratan corriendo entre las camas para repartir ayuda a los convalecientes y ofrecerles entradas para el espectáculo para su primera salida autorizada. A pesar del peligro de contagiarse, visitó a las víctimas de la epidemia de viruela y tifus que llegó a Bélgica en 1871.

Una sucesión de tristezas rompieron su corazón

En el plano íntimo, su vida familiar era una desgracia: la princesa Estefanía se casó con Rodolfo de Habsburgo, el hijo del emperador Francisco José y la hermosa emperatriz Sissi. Esta unión podría haber sido la más feliz si su esposo no se hubiera enamorado locamente de la baronesa Marie Vetsera, junto a la cual se suicidó en el pabellón de caza de Mayerling, en 1889. Estefanía recibió una carta de Rodolfo antes de la tragedia: “Querida Estefabía, ya estás liberada del tormento de mi presencia. Sé feliz a tu manera, sé buena por la pobre pequeña que es lo único que me queda”.

Leopoldo II, todavía shockeado por la muerte de su pequeño y único hijo varón en 1880 e inmerso en sus sueños imperiales africanos, se mostró ausente de todos los dramas que rodearon a la reina. “Leopoldo me preocupa seriamente. Está pasando por una profunda depresión moral. Durante horas, no dice una palabra y, de repente, su irritabilidad se vuelve aterradora”, escribió María Enriqueta.

El 23 de enero de 1891, como colofón, el príncipe heredero Balduino, sobrino de Leopoldo, murió de neumonía tras un desfile de su regimiento en el gélido invierno. La reina lo había convertido en su protegido y sufrió mucho esta pérdida. Un año antes, María Enriqueta había sufrido la muerte de su ama de llaves favorita en un incendio del Castillo de Laeken. Un año después, su querido amigo Chazal murió y la reina lloró a un viejo compañero con el que compartió todo, mucho más de lo que compartió con Leopoldo.

Hasta 1893, sin pestañear, la reina siguió desempeñando su papel, pero deprimida por tantas trageduas pronto decidiría huir de todo. En 1893 y 1894, María Enriqueta y su hija Estefanía encontraron refugio en el castillo de la familia Peltzer en Spa, donde recibió, en un carruaje con colores franceses, a su tío, el famoso duque de Aumale.

Más atraída por el bosque salvaje que por la solemnidad del palacio de Bruselas, la reina obtuvo de su marido el derecho a adquirir una residencia en la ciudad balneario. Su elección recayó en el Hôtel du Midi, una gran casa con tres edificios principales con un magnífico jardín. Allí volvió a sentirse feliz y recibió visitas de familiares de media Europa.

Bélgica lloró sinceramente su muerte

María Enriqueta fue a Bruselas por última vez el 6 de octubre de 1900 para participar de la bienvenida a la princesa bávara Isabel, que acababa de casarse con el príncipe heredero Alberto en Múnich. La joven sería posteriormente la “reina enfermera”, una heroína para Bélgica durante los tiempos de la Primera Guerra Mundial. Tras esto, María Enriqueta regresaría a Spa para siempre: no quería volver a ver a su marido, que ya no disimulaba su idilio con la escandalosa baronesa de Vaughan.

Vivió allí durante dos años, propensa a numerosos problemas cardíacos, aunque recibió a su voluble marido en raras ocasiones. Cuando la visitó por última vez a principios de septiembre de 1902, Leopoldo II le confió a uno de sus amigos: “Ya no somos jóvenes, sin duda, pero la reina y yo lo estamos haciendo bien”. El 19 de septiembre, la soberana acudió al hospicio de ancianos al que apoyaba activamente. Queriendo comprobar la calidad de los platos que se servían allí, pidió un plato de sopa, dos huevos y una tostada. Luego se quedó dormida. Pidiendo ayuda para levantarse de su silla, cayó lentamente al suelo y murió instantáneamente y sin dolor alguno.

Como reina consorte María Enriqueta tuvo derecho a un funeral de Estado que paralizó a la capital belga y cubrió las calles y avenidas de miles de dolientes silenciosos. La baronesa de Vaughan, que se casaría en secreto con Leopoldo II años más tarde, señaló en sus Memorias: “Al enterarme de la muerte de la reina, fui al Hôtel Scarron donde vi al rey entre lágrimas, colapsado de verdadero dolor. Su emoción mostró una sensibilidad desconocida para el público”.

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Hace 470 años: nació Enrique III de Francia, el último «rey maldito» de la dinastía Valois

Enrique III fue el último de los reyes malditos de la Casa de los Valois y reinó en Francia hasta su asesinato 1589. Niño mimado por su madre, altanero, extravagante, seductor y perverso, en el siglo XVIII, Voltaire lo acusó de malicia, debilidad y cobardía, mientras el dramaturgo Charles d’Outrepont lo representó como un idiota extravagante, un niño malcriado, lleno de complejos y manías. Balzac lo acusó sencillamente de todos los males de la época. Pasó a la historia como el “rey ninfa” y el “rey de los hermafroditas”.

Nacido el 19 de septiembre de 1551, para su madre, Catalina de Médicis, Enrique era la esperanza de los Valois: «Si mueres, me enterraré viva contigo«, le decía. Lo idolatraba. «Aunque Catalina regía las vidas de todos sus hijos, utilizándolos como marionetas para conseguir sus fines políticos, Enrique era sin duda su favorito«, explica el autor Michael Farquhad. «La devoción de ella hacia él rayaba en el incesto. Catalina mostraba ciertamente una gran indulgencia hacia el estilo de vida ostentoso de su hijo, e incluso llegaba a organizar lujuriosas orgías para su real disfrute«.

Según relata el libro «Amantes y reinas, el poder de las mujeres», cuando «en mayo de 1577, en Pessisles-Tours, a orillas del Loira, Enrique III dio una fiesta en honor de su hermano menor, fiesta que se transformó luego en una orgía en la que los hombres iban vestidos de mujer y las mujeres de hombre y era obligatorio el verde -el color de la locura-, Catalina de pestañeó; lo que es más, tres semanas después ofreció a su hijo un banquete no menos fantasioso y escandaloso, durante el cual se vio a ‘las mujeres más alegres y exquisitas damas de la corte medio desnudas con el cabello suelto y desgreñadas’«.

«Les mignons du Roi»

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Enrique III reinó en Francia durante quince turbulentos años y llenó sus palacios de un numeroso grupo de jóvenes muy atractivos que se hacían llamar “Les mignons du roi” (Los bonitos del rey). Afeminados, arrogantes, atrevidos, refinados y ambiciosos, la moral de estos cortesanos era tan extravagante como las ropas que lucían en todas las ceremonias cortesanas en las que escoltaban a Enrique III, incluida la sagrada ceremonia de su coronación. Se dedicaban a servir y consentir en todo a Su Majestad: compartían su comida y su cama, copiaban sus modales y lo ayudaban a hacer valer su autoridad.

Las cartas escritas por Enrique a sus ‘mignons’ están repletas de expresiones de amor, a las que aquellos jovencitos responden con halagos y promesas de sacrificar su vida por el rey. Pronto los mignons despertaron los celos de sus superiores sociales (la vieja nobleza) que se sentían excluidos injustamente del círculo real, y también se peleaban entre sí, incluso hasta el punto de duelos de lucha a muerte, para conseguir el favor y el amor del rey. Así, en abril de 1578 seis de los bonitos mignons del rey se enfrentaron a duelo, conocido como el «duel des Mignons», en la que dos de ellos murieron en el acto. El rey expresó su pena por ellos ofreciéndoles funerales diseñados para inmortalizar su intimidad con aquellos jovencitos que le servían de mayordomos y compañeros sexuales.

Para cuando llegó el momento de su coronación, en 1574, aparte de ser un gran amante y mecenas del ballet y la danza, Enrique III era un travesti popularmente reconocido que se rodeaba -y se dejaba influenciar- por aquella aduladora corte de jóvenes atractivos que peleaban, intrigaban e incluso urdían asesinatos, por conseguir los favores del rey. Enrique y su bello harén masculino estaban interesados únicamente en usar las mejores ropas, ofrecer grandiosas fiestas y en pasearse por París con elegantes accesorios y pelucas.

¿Era un rey o una reina?

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EL REY ENRIQUE III Y SU ESPOSA, MARÍA DE LORRAINE

En las ocasiones más especiales, Enrique III se vestía como una fina muñeca de porcelana, con maquillaje, vestido de seda y diamantes. Además, se hacía confeccionar los corsets más delicados para afinar su silueta y cargamentos con los mejores perfumes de Europa llegaban con frecuencia al palacio real. «Era difícil decir si se trataba de un rey o de una reina«, comentó un indignado testigo. No obstante, había veces en que Enrique sentía repentinamente un completo y sincero arrepentimiento por su conducta frívola y se transformaba en un fanático religioso, azotándose públicamente hasta sangrar, realizando procesiones y vistiendo como monje junto a los mignons que también participaban de los azotes.

«Enrique III había sido siempre el hijo predilecto de Catalina y quiso tener junto a sí a su madre, invistiéndola de hecho de las funciones de primer ministro; con todo, desde un principio se mostró bien resuelto a no permitirle entrometerse en su vida privada. Para empezar, escogió por sí solo a su esposa (…) que llegó como dote únicamente su belleza, su gentileza y su abnegación total a su marido; además, se rodeó de un grupo de jóvenes favoritos -los célebres mignons- que se distinguían por su lujo, su arrogancia y su conducta escandalosa; finalmente, lo que es aún más grave, traslado a su estilo de gobierno sus cambios de humor, las oscilaciones de una naturaleza contradictoria e inestable. Enrique alternaba el hedonismo más desenfrenado con la más austera penitencia, el culto a lo efímero con la fascinación de la muerte, la conciencia de sus prerrogativas reales con un visible desinterés por los asuntos de gobierno«.

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Su mejor biógrafo, el historiador Jean Héritier, escribió: «A menudo se viste de mujer, satisface su placer con muchachos guapos, y se separa de ellos para ir a acostarse con la reina, a la que siempre sigue queriendo, y cuyo amor no conoce eclipse. De la cama conyugal, pasa al oratorio, reza con todo fervor y hace penitencia«. Por su conducta, el rey y sus mignons se convirtieron pronto en objeto de burla de todos los franceses, que los ridiculizaban por su actitud poco varonil. Poco después de su coronación, Enrique III contrajo matrimonio con la princesa María de Lorena-Vaudemont (1553-1601), a la que el rey en persona confeccionó el vestido de novia, maquilló y peinó para su boda.

Los calvinistas, dada su repugnancia hacia todo aquello que fuera o pareciera frívolo, empezaron a asociar públicamente el término «Mignon» con la homosexualidad, un pecado mortal. Difundieron verdades y mentiras sobre la pecaminosa vida de del rey y la iglesia católica lo excomulgó. Finalmente, el 2 de agosto de 1589, un religioso dominico llamado Jacques Clément entró a la cámara de audiencias reales y acuchilló al rey en el vientre. A las pocas horas, el rey que avergonzaba a los franceses murió a los 34 años de edad.

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Carolina de Ansbach, la «Dama de Hierro» que fue reina de Inglaterra y pionera de la inoculación

La historia puede haber olvidado a Carolina de Brandemburg-Ansbach, reina consorte de Inglaterra (1683-1737) pero ciertamente dejó una impresión indeleble en todos los que la conocieron. La esposa de Jorge II estaba poseída por «un busto de una magnitud ejemplar», escribió un testigo aturdido según un nuevo libro del historiador Matthew Dennison. «La legendaria fama de su magnífico pecho«, dice Dennison, se extendió por todo el reino.

Pero afortunadamente, Carolina resultó ser mucho más que eso. Cuando se casó con el príncipe Jorge Augusto de Hannover en 1705, nadie se fijó mucho en ella, y mucho menos en su esposo. Ella había sido elegida como su novia, principalmente porque hablaba el mismo idioma, el alemán, y parecía tener el único requisito de una esposa real: la fertilidad. Desde el principio, sin embargo, Carolina dejó en claro que veía su papel en términos muy diferentes.

Nacida en la sobría corte del Margrave de Brandeburgo-Ansbach, Carolina quedó huérfana cuando era niña y pasó por cinco casas antes de establecerse en Prusia, donde floreció bajo la tutela de los reyes de ese país. Joven hermosa e inteligente, aunque en gran parte autodidacta, Carolina fue muy solicitada en matrimonio por muchos príncipes. Rechazó una oferta del archiduque Carlos de Austria pero finalmente aceptó casarse con el futuro rey de Gran Bretaña.

Dinásticamente, lo más importante de Carolina es que era una ardiente protestante y tenía caderas adecuadas para tener hijos, por lo que fue celebrada por su fecundidad: «la encantadora madre de nuestra raza real… la tierna madre y la esposa fiel«, dijo de ella el poeta John Gay. Las pinturas de la bella rubia Princesa de Gales rebosaban símbolos de madurez, uvas deliciosas y una calabaza, lo que llamaba la atención sobre su amplio pecho.

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Cada vez que el rey regresaba a Hannover, su feudo alemán, Carolina actuaba como regente.

En 1714, el príncipe hannoveriano se convirtió en el heredero del trono británico al ser coronado su padre, Jorge I, y fue proclamado Príncipe de Gales. La pareja se mudó a Inglaterra, donde Carolina se propuso caer simpática a todas las personas con las que entraba en contacto. Tenía tantas ganas de congraciarse con los galeses que llevaba un gran ramo de puerro en el Día de San David.

Cuando Jorge II se convirtió en rey en 1727, el matrimonio se mudó al Palacio de Kensington, donde Carolina rápidamente echó a los tigres y gatos que vagaban por el lugar y los reemplazó con tortugas gigantes. Hizo la vista gorda ante los numerosos asuntos de su marido: parece que el nuevo rey era incapaz de resistir la tentación sexual. Su gran familia -ocho niños- es un testimonio de la resistencia de su relación amorosa y física de Jorge y Carolina.

La reina Carolina daba largos paseos por los jardines reales todos los días, a menudo acompañada por músicos de la corte tocando cuernos franceses y también, para escándalo de la sociedad de aquellos tiempos, se bañaba muy seguido. Como creía, contra lo que se pensaba entonces, que el agua y la higiene corporal eran saludables, ordenó la compra 20 bañeras de madera con ruedas para la residencia real.

Carolina poseía una mente avanzada para su tiempo y se cree que fue la primera reina culta en muchos siglos. Asistió al teatro siempre que pudo, defendió la inoculación, estudió física newtoniana y se mantuvo al tanto de las nuevas ideas y los nuevos inventos. Sin embargo, no todos la querían. Un visitante describió a Caroline como «gorda y muy fea»; y una vez fue quemada en efigie por una mafia que la culpó, bastante injustamente, por un aumento del impuesto al tabaco.

Como sugiere el título de Matthew Dennison, «The First Iron Lady», él la ve como una especie de antepasado espiritual de Margaret Thatcher, poseedora de una determinación igualmente inquebrantable y ausencia de dudas. El problema es que a principios del siglo XVIII, ya no era el rey o la reina quienes tenían las riendas del poder, sino el primer ministro. Durante gran parte del tiempo en que Carolina se mantuvo en el trono, el poder estuvo en manos de Robert Walpole.

Carolina se hizo amiga íntima de Sir Walpole. Después de que Jorge II se convirtiera en rey, casi logró lo retiraran de su puesto pero se abstuvo de hacerlo bajo el consejo de su esposa. De hecho, Carolina, que era a la vez inteligente y curiosa, eclipsó enormemente a su marido en la mayoría de los aspectos culturales y políticos. Tanto es así, que cuando fueron coronados un escritor satírico escribió sobre la pareja real: «Puedes pavonearte, apuesto Jorge, pero todo será en vano; Sabemos que es la reina Carolina, y no tú, quien reina«.

La decisión de Carolina de inocular a sus hijos fue ampliamente divulgada en la floreciente prensa de entonces, y así convenció a muchos otros padres de que el procedimiento era seguro y eficiente para evitar enfermedades. También tuvo implicaciones en la forma en que se percibía la dinastía Hannoveriana en Gran Bretaña: sus predecesores, los reyes de la Casa de Estuardo, continuaron la tradición de «imponer» sus manos para sanar a los enfermos. Pero asociar a los georgianos con la medicina y la ciencia, Carolina los vinculó a la nueva era del racionalismo y el progreso, y rechazó el misticismo y el galimatías.

Su relación con personas como Isaac Newton también influyó en el entrenamiento de la próxima generación. Newton recomendó profesores de matemáticas y astronomía para los príncipes y Handel les enseñó música. Incluso durante un período de distanciamiento entre el rey Jorge I y su hijo, durante el cual Carolina fue separada de sus hijos mayores mientras el rey guardaba la custodia de ellos mientras su hijo y su nuera eran expulsados ​​de su palacio, los libros de texto supervivientes muestran que sus hijos estudiaron a Plutarco, Heroditus y Tucídides, la historia del Imperio Romano y la teología.

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Carolina pretendía que la familia real fuera capaz de mantener un debate intelectual.

Carolina era claramente una mujer de considerable inteligencia y curiosidad ilimitada. Al final de su vida, incluso Jorge II, que la abandonaba durante largas temporadas para habitar con su amante, había llegado a reconocer sus cualidades. Dennison argumenta que una de las razones por las cuales Jorge tuvo tantas amantes, a pesar de estar enamorado de su esposa, fue para demostrar a todos que era él quien llevaba los pantalones en la casa, aunque fuera él el único que se engañaba.

Para Jorge II, tener una amante era, en palabras del autor de las memorias de Lord Hervey, un «accesorio necesario para su grandeza como príncipe«. Las sucesivas amantes eran simplemente «accesorios para una corona» y Carolina, astuta y perspicaz, hizo la vista gorda y se aseguró de que sus amantes fueran sus damas de honor, para vigilarlas mejor. Su suegra le dijo amablemente que las amantes de Jorge lo ayudarían a mejorar su inglés.

«Ha habido pocas reinas de Inglaterra que tuvieron vidas felices», reflexionó Carolina antes de morir. En su lecho de muerte, Carolina instó a Jorge II a volver a casarse, pero el rey quería mucho a su esposa, y se negó, diciendo que en vez de eso solo tomaría amantes. En sus momentos finales, la reina envió una carta de perdón por los muchos males que se habían causado mutuamente a su hijo, el Príncipe de Gales, pero este no asistió al funeral

En noviembre 1737, a los 58 años, le llegó una horrible y dolorosa muerte como resultado de una hernia umbilical, que estalló en la pared de su estómago: «Todo su excremento salió por una herida en su vientre». La reina se quejó ni lloró, y solo una vez pidio opio para calmar el dolor. Carolina fue llorada en todo el país. Fiel a su palabra, el rey nunca volvió a casarse, y cuando murió, 23 años después, fue enterrado junto a ella en un ataúd idéntico.

La vida trágica de Estefanía de Bélgica: la princesa que no pudo ser emperatriz

Fue una víctima toda su vida: utilizada como instrumento político de su padre para posicionar a la monarquía belga en el mapa europeo, fue despreciada por su esposo y su familia política en la corte de Viena. Tras la misteriosa muerte del consorte, perdió toda esperanza de ser emperatriz.

Estefanía Clotilde Louise Hermine Marie Charlotte nació el 21 de mayo de 1864 en el Castillo de Laeken, la residencia de la familia real de Bélgica a las afueras de Bruselas. Era la tercera hija del entonces príncipe heredero del trono belga, Leopoldo, después de la princesa Luisa y un príncipe también llamado Leopoldo. Por entonces, reinaba en el país su abuelo, Leopoldo I, quien a su muerte un año más tarde dejaría el trono al padre de Estefanía, Leopoldo II.

Como futuro heredero al trono, su hermano menor disfrutó de toda la atención de su orgulloso padre, especialmente después de su ascenso al trono en 1865, mientras Estefanía y Louise tienen que prescindir del cariño de sus padres y fueron sometidas a una dura educación. Pero el ambiente en la corte de Bruselas se volvió aún más amargo para Estefanía cuando su hermano murió en 1869. Leopoldo II ha perdido a su único hijo y el nacimiento de una tercera hija, Clementina, amargó más la existencia de Leopoldo II.

Desde entonces, Leopoldo II solo tuvo dos objetivos en su vida: expandir su dominio personal en el Estado Libre del Congo y usar a sus hijas como peones en el tablero de ajedrez de la política matrimonial internacional. En 1875 hizo su primer movimiento al casar a la princesa Luisa con su sobrino, el príncipe alemán Felipe de Sajonia-Coburgo y Gotha, un matrimonio verdaderamente desgraciado. Para Estefanía, Leopoldo II tenía planes aún mayores: su hija se convertirá en la segunda emperatriz que la casa real belga propiciaba después del trágico reinado de su hermana, Carlota, en México.

Aparece Rodolfo

En marzo de 1880, el archiduque (y príncipe heredero) Rodolfo de Austria llegó a Bruselas por invitación de Leopoldo II. Era el hijo mayor del emperador Francisco José y la excéntrica y hermosa emperatriz Isabel, más conocida como “Sissi”. Cuando conoció a Estefanía, el archiduque le escribe a su madre que ha encontrado lo que estaba buscando y poco después le pidió matrimonio, para el deleite de Leopoldo II: ¡su hija algún día será emperatriz de Austria!

La boda fue programada para principios de 1881 y Estefanía dejó Bruselas para emprender su viaje la esplendorosa Viena y así prepararse para su nueva vida. Pronto, los cortesanos notan un problema: la joven, además de fea,era terriblemente ingenua. Tiene apenas 16 años y aún no ha llegado a la pubertad, y nadie se había encargado de darle instrucciones sobre relaciones humanas, clave para cumplir con su papel dentro de la dinastía Habsburgo.

Las ceremonias se pospusieron y Estefanía regresó a Bruselas por un tiempo. El 10 de mayo de 1881, resultó ser lo suficientemente madura, tras recibir clases intensivas, y le dio el “sí” al archiduque Rodolfo en Viena. En la víspera de su cumpleaños número 17, pasó a titularse Archiduquesa de Austria y Princesa Heredera de Austria-Hungría.

Aunque el matrimonio no se concretó por razones románticas, Estefanía y Rodolfo simularon llevarse relativamente bien en los primeros tiempos de su matrimonio. Estefanía pronto quedó embarazada y el 2 de septiembre de 1883 dio a luz a una hija, la archiduquesa Isabel María Enriqueta Estefanía Gisela.

Rodolfo de Habsburgo no puede ocultar su decepción inmediatamente después del nacimiento: esperaba un niño y un futuro sucesor al trono. La relación entre Estefanía y su marido dio paso a una profunda depresión y el vínculo entre la heredera y su suegra también fue de mal en peor.

Sífilis

En 1884, una extraña enfermedad se apoderó de Rodolfo. Los médicos sospechan que padecía sífilis, una enfermedad de transmisión sexual (ETS) que contrajo durante una de sus muchas aventuras sexuales extramatrimoniales. Bajo el más absoluto secretismo, los médicos de la corte austríaca trataron al heredero con drogas comunes como el opio y el mercurio, sustancia que en grandes dosis conduce a la inestabilidad mental.

Estefanía permaneció ignorante sobre los verdaderos motivos de la enfermedad de su esposo y sólo cuando ella misma desarrolló síntomas de una ETS la verdad cayó como un rayo. Para ella, las consecuencias de la infección resultarían desastrosas, ya que quedó estéril, un desastre para una princesa heredera que aún no ha dado a luz a un heredero al trono. Sintiéndose traicionada por Rodolfo, desarrolló una profunda aversión por él.

Culpable” de Mayerling

El matrimonio de Estefanía y Rodolfo esencialmente terminó tras esta tormenta y ambos se arrojaron a los brazos de sus respectivos amantes. La salud mental del archiduque flaqueó y el 30 de enero de 1889 ocurrió lo impensable: junto con su muy joven amante Marie von Vetsera, se suicidó en el pabellón de caza de Mayerling. A la edad de 24 años, Estefanía se convirtió en una viuda de la familia.

El llamado «drama de Mayerling» provocó una conmoción en toda Europa. El emperador Francisco José y la emperatriz Sissi culparon directamente a su nuera. A pesar de la vergüenza, se le permitió seguir viviendo en la corte y conservar su rango, sus títulos y sus joyas, además de una posición de precedencia, pero su sueño (o al menos el de su padre) de convertirse algún día en emperatriz llegó a su fin.

Llega el amor verdadero

Pasaron varios años hasta que Estefanía conoció a un nuevo hombre. Se trata del conde Elemér Lónyay de Nagy-Lónya et Vásáros-Namény, un noble de Hungría. Para una ex princesa heredera del Imperio de los Habsburgo, su rango era demasiado bajo, pero persistió en su deseo y el 22 de marzo de 1900 se casó con él.

Para Estefanía, su matrimonio llegó con grandes sacrificios: su papel como miembro de la familia imperial en Viena terminó y perdió todos sus títulos. En Bruselas, su padre Leopoldo II reaccionó con furia, en gran parte porque Estefanía no sólo se había casado con un noble de bajo rango, sino porque apoyó abiertamente a su hermana Luisa, que recientemente había cambiado a su marido por su amante. El emperador Francisco José rompió todo contacto con Estefanía.

A Estefanía no le importó perder su posición y se retiró con su nuevo marido al castillo de Oroszvár en Hungría, hoy Rusovce, Eslovaquia. Cuando Leopoldo II murió en 1909, ella y la princesa Luisa descubrieron con horror que su padre las había eliminado de su testamento. El viejo rey, viudo desde hacía siete años, había dejado toda su fortuna a su amante, la exprostituta parisina convertida en baronesa de Vaughan y madre de dos hijos el rey. Las hermanas presentaron una demanda contra el Estado belga para reclamar su parte del pastel, pero su reclamo no fue escuchado.

Memorias

En los años siguientes, Estefanía y su esposo llevaron una vida relativamente tranquila en su castillo. En 1937 publicó sus memorias «Ich sollte Kaiserin wer» («Debería ser emperatriz»), libro que causó un gran revuelo en Austria, pero se vendió muy bien y fue traducido en varios idiomas. La emperatriz que no pudo serlo murió el 24 de agosto de 1945 en la abadía de Pannonhalma en Hungría a consecuencia de un derrame cerebral. Allí se instaló algún tiempo antes huyendo del Ejército Rojo poco después de cumplir 81 años.

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De Harry Truman Joe Biden: la reina Isabel II conoció a 13 presidentes de EEUU en 70 años

La reina Isabel II de Gran Bretaña puede contar entre los muchos hitos de su extenso reinado el haber conoció a trece de los catorce presidentes de Estados Unidos de los últimos 70 años, todos los ocupantes de la Casa Blanca con excepción de Lyndon B. Johnson, quien solo realizó visitas de estado a Asia durante su tiempo en el cargo. El último en sumarse a la lista ha sido el demócrata Joe Biden, quien fue recibido por Isabel II este 13 de junio en el Castillo de Windsor.

HARRY TRUMAN CON LA PRINCESA ISABEL EN 1951

Harry S. Truman fue el primer presidente que conoció Isabel, en octubre de 1951, cuando todavía era princesa. Truman y su esposa Bess recibieron a Isabel y al duque de Edimburgo en una visita de dos días a Washington hecha en nombre de su padre, el rey Jorge VI, que estaba gravemente enfermo en ese momento. El presidente dijo que, si bien había recibido muchos invitados en Washington, “nunca antes habíamos tenido una pareja joven tan maravillosa, que nos ha capturado tan completamente el corazón de todos nosotros”.

Isabel II con Dwight D Eisenhower en 1957

Cuatro años después de su coronación, la reina Isabel hizo su primera visita de estado a los Estados Unidos, con Dwight D. Eisenhower como presidente. La visita se produjo durante la Guerra Fría, un momento crucial para la alianza entre Estados Unidos y el Reino Unido. El primer ministro británico, Harold Macmillan, también viajó para mantener conversaciones urgentes con el liderazgo estadounidense. La joven reina (entonces de 31 años), sin embargo, encontró tiempo para eventos más alegres, incluida una cena de Estado, una visita a Jamestown, Virginia, lugar del primer asentamiento británico en Estados Unidos, y su primer partido de fútbol americano. También se reunió con el ex presidente Herbert Hoover en el Hotel Waldorf Astoria de Nueva York. Dos años más tarde, Isabel recibió a Eisenhower en Balmoral.

John y Jackie Kennedy en 1961 en el palacio de Buckingham

Medio millón de personas acudieron a saludar al presidente John F. Kennedy y a la primera dama Jacqueline cuando llegaron a Londres para una visita en 1961, pocos meses después de la toma de posesión de Kennedy. La serie de Netflix “The Crown” recreó la visita en su segunda temporada, reflejando gran parte de las supuestas críticas de la primera dama al estilo anticuado de la reina. La familia real recibió a los Kennedy con una lujosa cena de estado en Buckingham y el presidente más tarde le escribió a la reina diciendo que «siempre apreciaría el recuerdo de esa deliciosa velada«.

Con Richard Nixon en 1969

En 1969, Isabel II recibió en Buckingham al presidente Richard Nixon, a quien ya había conocido en 1957 cuando era vicepresidente de Eisenhower. La reina y el duque de Edimburgo recibieron al presidente estadounidense en el Palacio de Buckingham e intercambiaron retratos autografiados, mientras que un equipo de televisión capturó la ocasión para un documental llamado “The Royal Family”, transmitido más tarde ese año.

Isabel II con Gerald Ford en Washington

Gerald Ford, 38° presidente de los Estados Unidos, recibió a Isabel II con grandes fastos en la Casa Blanca en 1977 para celebrar el 200 aniversario de la declaración de independencia de Estados Unidos. Isabel II fue a Washington para celebrar la relación continua entre los dos países con una cena de estado organizada por Ford y su esposa Betty. La pareja compartió un baile y el presidente le prometió a la reina que «Estados Unidos nunca ha olvidado su herencia británica«. La primera damaescribió más tarde en sus memorias que «era fácil tratar con la reina» y «si no hubiera estado confundiendo Su Alteza y Su Majestad (él es Su Alteza, ella es Su Majestad) me daría cuatro estrellas por la forma en que se desarrolló esa visita”.

Isabel II y la reina madre con Jimmy Carter

Un año después de su visita por el Bicentenario de la Independencia de Estados Unidos, la reina recibió al presidente Jimmy Carter en el Palacio de Buckingham para una cena con otros jefes de estado durante una cumbre de la OTAN. Carter rompió el protocolo real al besar a la Reina Madre, por error, en los labios. Aparentemente, la madre de Isabel II se sintió mortificada y dijo: «Nadie ha hecho eso desde que murió mi esposo«.

Isabel II y Ronald Reagan, en 1982 en Windsor

En 1982, junto con su esposa Nancy, Ronald Reagan se convirtió en el primer presidente estadounidense en pasar la noche en el Castillo de Windsor. Fue el primero de los tres viajes que hicieron los Reagan para ver a la reina en el Reino Unido, y ella también visitó el rancho de los Reagan cerca de Santa Bárbara, California, en 1983. Reagan escribió en sus memorias que el viaje de 1982 fue una «visita de cuento de hadas» y uno de los momentos más “divertidos” de su presidencia. Dijo que lo más destacado fue montar a caballo con Isabel II mientras Nancy y Felipe viajaban en un carruaje tirado por caballos. «Debo admitir que la reina es una jinete consumada«, escribió.

George HW y Barbara Bush en Buckingham.

El presidente George H. W. Bush conoció a Isabel II en 1989 en Londres. Durante la visita, Bush también se reunió con la primera ministra Margaret Thatcher, quien, escribió con desdén en sus memorias, le dio «una conferencia sobre la libertad». Mientras tanto, la reina llevó a los Bush a un recorrido por el Palacio de Buckingham y correspondió a la visita con un viaje a Washington dos años después.

Isabel II y Bill Clinton

Su sucesor, el presidente Bill Clinton, realizó varias visitas al Reino Unido durante su presidencia, en parte debido a su participación en el proceso de paz en Irlanda del Norte. Conoció a la reina por primera vez en un banquete en honor al 50 aniversario del Día D de la Segunda Guerra Mundial en la ciudad de Portsmouth, y seis años más tarde, la reina recibió al matrimonio Clinton y su hija, Chelsea, en el Palacio de Buckingham para tomar el té.

George W. Bush y Laura Bush en Buckingham.

El presidente George W. Bush conoció a la reina por primera vez durante un almuerzo en el Palacio de Buckingham durante una gira europea de seis días en 2001 y en 2003 se convirtió en el primer presidente de EEUU en realizar una visita oficial de estado al Reino Unido. Para coincidir con la visita de Bush en noviembre, alrededor de 100.000 personas salieron a las calles para protestar contra la guerra de Irak, lo que supuestamente costó millones al Reino Unido en gastos de seguridad durante la visita de tres días. La manifestación culminó con manifestantes que derribaron una efigie de Bush, recordando escenas de la caída de la estatua de Saddam Hussein en Bagdad seis meses antes. George y Laura Bush recibieron un saludo de 41 disparos y luego asistieron a un banquete de Estado.

Banquete de Estado en Buckingham en honor a Barack Obama

Barack y Michelle Obama conocieron a Isabel II en una visita de estado en 2011. Los Obama le obsequiaron un conjunto de recuerdos y fotografías del viaje de sus padres a los Estados Unidos en 1939. A cambio, la reina les dio una colección de cartas intercambiadas entre monarcas y presidentes de Estados Unidos. Los Obama se reunieron con la reina dos veces más y en su 90 cumpleaños el presidente dijo: «Ella es verdaderamente una de mis personas favoritas«.

Donald Trump fue recibido dos veces en el Castillo de Windsor.

El presidente Donald Trump se reunió por primera vez con la reina en una visita oficial en 2018, cuando tomaron el té en el Castillo de Windsor. Los gobiernos británico y estadounidense acordaron evitar Londres, donde decenas de miles de manifestantes criticaron su retórica y política sobre temas como la migración, el género y los derechos LGBTQ. En su visita de 2019, el presidente y la primera dama pasarán más tiempo con los miembros de la realeza que el año anterior, aunque con protestas en todo el país, la mayor parte de la visita se llevará a cabo a puerta cerrada. Volaron en helicóptero al Palacio de Buckingham y fueron recibidos por la reina, el príncipe Carlos y Camilla, duquesa de Cornualles. Allí mismo, la reina ofreció a Trump un banquete de Estado para 170 invitados.

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La reina Isabel II y Winnie the Pooh celebran “juntos” sus 95 años de vida

El cumpleaños 95 del oso más famoso del mundo, “Winnie the Pooh”, fue festejado por Disney con una especial animación, creada también expresamente para rendir homenaje a la reina Isabel II de Inglaterra quien cumplió 95 años el 21 de abril.

El próximo octubre 2021 se cumplirán 95 años de la publicación de la primera historia de Winnie, y su llegada al Bosque de los Cien Acres.

Es siempre un honor diseñar Winnie the Pooh y, todavía más, cuando se halla en compañía de Su Majestad, la reina. Diseñé Winnie the Pooh por más de 30 años”, dijo Kim Raymond, quiendijo que lo hizo “inspirado por las obras clásicas de E.H. Shepard».

La narración animada (titulada «Winnie the Pooh y la aventura real«) muestra al popular oso, junto a sus leales amigos, Igor, Tiger, Piglet, Rabbit, Christopher Robin, Roo, Kanga, Owl y Eeyore, entregar un regalo especial a la reina Isabel II. En esta nueva aventura, el grupo, liderado por el adorable osito, parte para un viaje del Bosque de los Cien Acres al Castillo de Windsor.

El artista Kim Raymond dio vida a esta animación creando, para la ocasión, inéditas ilustraciones inspiradas en el estilo clásico de E.H. Shepard. En ella, los fanáticos podrán seguir a Winnie the Pooh y sus amigos mientras buscan el regalo perfecto para la reina: un jarrón de miel gigante colgado con 95 globos rojos. El corto muestra una breve, pero emocionante presencia de la reina.

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El Palacio de Buckingham redujo a minorías étnicas a puestos de poca relevancia, según informes

Los funcionarios de la casa real británica prohibieron a los “inmigrantes de color o extranjeros” trabajar en funciones administrativas hasta al menos la década de 1960, reveló esta semana el diario The Guardian citando documentos que obtuvo.

No hay información sobre cuándo terminó la prohibición y periódico escribió que el Palacio de Buckingham se negó a responder preguntas sobre el tema. Sin embargo, dijo que sus registros muestran que personas de diferentes orígenes étnicos trabajaban en la casa real en la década de 1990.

The Guardian dice que tomó posesión de los documentos durante una investigación sobre el uso de un mecanismo parlamentario secreto llamado Consentimiento de la Reina por parte de la Familia Real. Permite a la reina influir en secreto en las leyes aprobadas por el gobierno y se utilizó para redactar la ley sobre relaciones raciales en la década de 1960.

Según el periódico, en ese entonces las autoridades británicas querían introducir una nueva legislación sobre las relaciones raciales en el Reino Unido que haría ilegal que las personas y las empresas se negaran a emplear a personas que alegaran su origen étnico o raza.

Un funcionario del Ministerio del Interior mantuvo negociaciones con Lord Tryon, quien era responsable de administrar las finanzas de la reina. Según los documentos, Tryon dijo que el Palacio de Buckingham estaba listo para cumplir con la legislación recientemente propuesta si disfrutaba de exenciones similares a las proporcionadas al servicio diplomático. La exención en cuestión permitía rechazar a los solicitantes de empleo que habían vivido en el Reino Unido durante menos de cinco años.

Weiler escribió que Lord Tryon dividió el personal real en tres categorías:

1) Puestos de alto nivel, no cubiertos por publicidad o por cualquier sistema abierto de nombramiento y que presumiblemente serían aceptados como fuera del alcance del proyecto de ley.

2) Puestos de oficina y de oficina, para los que, de hecho, no era práctica nombrar inmigrantes de color o extranjeros.

3) Puestos domésticos ordinarios para los que se consideraba libremente a candidatos de color, pero que, en cualquier caso, estarían cubiertos por la exención general propuesta para el empleo doméstico.

El funcionario escribió que la Familia Real estaba particularmente preocupada de que si la legislación propuesta se aplicaba a la casa de la reina, “por primera vez permitiría legalmente criticar a la familia. Muchas personas ya lo hacen, pero esto tiene que ser aceptado y se encuentran en una base diferente a una disposición legal”.

Monarca intocable y acusaciones de racismo

La reina y su familia estaban exentas de la ley que prohibía la discriminación racial”, informa The Guardian.

La exención de la ley por parte del Palacio significó que la Junta de Relaciones Raciales, que investiga los incidentes de discriminación, enviaría las posibles quejas presentadas por el personal de Isabel II al secretario del Interior en lugar de a los tribunales del Reino Unido. Además, el Palacio estaba exento de las leyes destinadas a combatir la discriminación sexual. Dichas leyes siguen vigentes hasta el día de hoy.

Es probable que la noticia agregue presión a la Familia Real del Reino Unido, que anteriormente se ha enfrentado a acusaciones de no emplear a miembros de minorías étnicas. Este año, la Familia Real y su personal han sido acusados de racismo después de que Meghan Markle, duquesa de Sussex, afirmó que un miembro de la familia estaba preocupado por la piel potencialmente oscura de su primogénito, Archie.

“¿Porque les preocupaba que si era demasiado moreno, eso sería un problema? ¿Estás diciendo eso?”, Preguntó la presentadora de televisión Oprah Winfrey. “Si esa es la suposición que está haciendo, creo que se siente bastante segura”, respondió Meghan Markle.

La Familia Real se enfrentó a un aluvión de críticas después de la entrevista y la exprimera dama Michelle Obama dijo que no le sorprendió la afirmación de Meghan Markle. Posteriormente, el Palacio de Buckingham emitió un comunicado, diciendo que abordaría en privado la impactante acusación de racismo. Más tarde, el príncipe Guillermo dijo que la familia “no era” racista.

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Hace 100 años, la boda de Carol de Rumania y Elena de Grecia: una «espantosa y trágica» historia de amor

Hace un siglo, el 10 de marzo de 1921, el problemático príncipe de Rumania se casaba con la princesa griega en un intento por demostrar que no estaba descarriado. El resultado fue una tragedia para la monarquía rumana y un escándalo mediático nunca antes visto.

«Esta es la historia completa, espantosa, trágica, llena de insoportables dolor, sufrimiento, pesar, humillación y vergüenza para todos nosotros, que despertó en el país una verdadera tormenta de pasión…». Estas dramáticas palabras, escritas por la reina María de Rumania a su hijo menor, resumen a la perfección el capítulo de la historia reservado a su hijo mayor, el rey Carol II, y su esposa, Elena de Grecia, los padres del rey Miguel de Rumania (1921-2017).

Definida por su único hijo como «una mujer maravillosa… con una sólida moral… un ser muy dulce, muy amoroso», la princesa Elena nació en Atenas en 1896, durante el reinado de su abuelo el rey Jorge I (1845-1913), que había fundado la nueva dinastía griega. El asesinato de su abuelo el rey y el primer derrocamiento de su padre, cuando Elena tenía 21 años, pusieron fin a la felicidad y armonía de la que gozaba la familia real griega. A esta tragedia se sumó en 1921 la muerte de Alejandro, hermano de Elena, que había quedado en Grecia como «títere» del dictador Elefterios Venizelos.

Fue en el año 1920 cuando las reinas Sofía de Grecia y María de Rumania, dos primas hermanas, ambas nietas de la reina Victoria, concertaron unas vacaciones familiares, en las que la reina griega y su familia se sintieron muy bien recibidos, y fascinados, por la corte de Bucarest. María abrigaba la secreta esperanza de que su apuesto hijo mayor, Carol, el heredero de la corona de Rumania, sentara cabeza definitivamente uniéndose en matrimonio con alguna de las hijas de su prima.

Fue así que en esas mismas vacaciones las dos familias consintieron el matrimonio del príncipe heredero griego Jorge con la revoltosa Isabel de Rumania, hermana de Carol, y para las ceremonias toda la exiliada familia griega viajó a la esplendorosa corte de Bucarest. Allí, Elena conoció a su futuro marido, un joven muy atractivo que ya había creado importantes problemas a la familia rumana. Elena describió a Carol, en sus recuerdos de aquel viaje, como un personaje retraído y poco amistoso.

Pocos días después de la trágica muerte de Alejandro I de Grecia -hermano de Elena-, Carol le pidió matrimonio a la enlutada princesa y ella aceptó sin dudarlo. Se sentía atraída por el príncipe rumano, pero, como ella explicó más tarde, lo que le decidió realmente a aceptar aquella proposición matrimonial fue el hecho de que «durante todo el exilio mi única esperanza había sido volver al país que ambos (ella y Alejandro) amábamos, y ahora que él ya no estaba no podía enfrentar el volver a Atenas y a Tatoi de nuevo. Casarme con Carol e ir a Rumania, y no tener que vivir en un palacio en el que mi herida se vería constantemente abierta por los recuerdos, parecía una amable liberación en aquellos tiempos de dolor«.

Muy feliz, la reina María escribió: «¡Carol está salvado! Elena es muy dulce y es una dama. Además, es una de la familia, pues todos descendemos de la abuela, la reina [Victoria de Inglaterra]».

Carol el desagradable

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Carol era la antítesis de la princesa griega. De los cuatro reyes que se sentaron en el trono real de Rumania, indudablemente el menos popular fue él. Algunos lo recuerdan como el primer monarca rumano nacido en Rumania, muchos le acusan de responsable de la desintegración de la monarquía al inicio de la Segunda Guerra Mundial, mientras que otros lo rememoran como el desalmado hijo que le negó atención médica a su madre moribunda. A pesar de las historias amorosas, que le costaron el trono varias veces, la carga más pesada de la vida de Carol fue el haber sido acusado de corrupto, libidinoso y con una obsesión desmedida por el sexo.

Carol, nacido en 1893, era el hijo del rey Fernando y de María de Sajonia-Coburgo. El niño descubrió su apasionada afición por los sellos postales siendo niño, cuando a los cinco años le regalaron su primer álbum de sellos, pasión que compartió con dos reyes de su época, Jorge V de Inglaterra y Farouk de Egipto. Mantuvo estrechas relaciones con comerciantes y coleccionistas de su época y logró reunir una valiosa y extensa colección de sellos, de unas 11.000 piezas, muchas de ellas únicas.

El príncipe Carol fue un muchacho difícil desde sus primeros años. María y Fernando fueron padres indulgentes y no dudaron en dejar a sus hijos bajo el cuidado de infinidad de criados y bajo la fea influencia de la reina Isabel (esposa del rey Carol I) y la gobernanta Winter, que se esforzó inútilmente en corregir la conducta del príncipe. Al crecer se transformó en un joven hermoso e inteligente, y con un notable elemento de inestabilidad en su carácter.

En 1919, años después de que Carol hubiera sido despreciado por la zarina Alejandra de Rusia para casarse con su hija, la gran duquesa Olga, el príncipe desertó del ejército y se escapó con su amante Ioana (“Zizi”) Lambrino hija de un Mayor del Ejército que después llegaría a General, protagonizando así el primero de una serie de escándalos que afectarían mortalmente a la monarquía y a su familia. Al violar la Constitución (casándose morganáticamente) y desertar al ejército, el hijo del rey Fernando cometió un gravísimo error, que le costaría el trono, e incluso el haber abandonado su regimiento le podía cortar la vida.

Los reyes se sintieron completamente abatidos y avergonzados. Él era un joven de 24 años, elegante, con bigotes, y encantadores ojos azules y cabellos rubios cuando se fugó a Odessa, Ucrania, y se casó en septiembre de 1918 con Ioana, joven de cabellos y ojos oscuros de 18 años y nacida en Moldavia. La reina María describió la crisis como una «tragedia de familia que nos golpeó repentinamente, un golpe contunden para el cual nosotros no estábamos preparados«. En agosto de 1919 Carol renunció al trono, para sorpresa de todos, y los reyes se sintieron, nuevamente, insultados y heridos por su hijo.

Carol y Zizi tuvieron un hijo, al que nombraron Mircea Gregor Carol, pero el matrimonio fue declarado nulo y el príncipe se vio obligado a retornar a Rumania y darle una pensión a la madre de su hijo. La noticia causó un tremendo escándalo. No sirvió de nada encarcelar a Carol en un castillo ni enviarlo a hacer un largo viaje oficial. La reina María sabía que lo mejor que podía hacer por él era buscarle una buena esposa: Elena de Grecia.

Un gran casamiento balcánico

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Todos vieron en Elena de Grecia a la esposa ideal para el «príncipe playboy» rumano. Era una joven muy inteligente, y a la vez elegante y responsable, que hablaba seis idiomas y dibujaba a la perfección. La boda se celebró en la Catedral de Atenas el 10 de marzo de 1921 pese a la resistencia de la reina de Grecia, que todavía no consideraba a Carol como un buen esposo para su hija.

«¡Qué poco me daba cuenta entonces de lo ciertas que eran sus palabras de advertencia! -escribió Elena años más tarde-. «De haberla escuchado me habría ahorrado muchos años de desgracia«.

Tras la luna de miel, Carol y Elena fueron padres del príncipe Miguel, el 25 de octubre de 1921. Hasta entonces todo marchó felizmente, y la familia de príncipes herederos irradiaba en la prensa europea la imagen de familia unida, moderna, con una princesa dedicada a su casa y un marido atento y apuesto. Sin embargo, al cabo de poco tiempo, empezarían a surgir, tanto en un lado como en otro, los primeros roces.

«Dado que el entorno y los intereses de Carol eran fundamentalmente diferentes de los míos«, diría Elena, «nuestra unión comenzó a debilitarse muy de a poco, y así comencé a sospechar que nuestros temperamentos no estaban tan en sintonía como yo había imaginado en un principio«.

Preocupada por la peligrosa situación política en la que estaba sumida su propia familia en Atenas, tras la muerte del rey Alejandro, Elena partió hacia Grecia con su hijo, y se ausentó de Rumania durante muchos meses, cosa que, si bien disgustó en principio al príncipe Carol, luego éste aprovechó para lanzarse a los brazos de otra mujer que conoció en aquellos tiempos, en marzo de 1923.

A Carol le pareció una buena excusa aquellas ausencias de Elena para culparla del fracaso matrimonial, quejándose de que su esposa siempre se hallaba rodeada de sus hermanas griegas a quienes él detestaba, y a partir de allí todo se desarrolló con velocidad increíble. De pronto Elena comenzó a sentirse realmente infeliz en Rumania y solo las visitas de su hermana Irene, de sus primas griegas, y de su tía María, aliviaban su soledad y sensación de fracaso.

“Como si nos hubiera caído un rayo”

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No pasó mucho tiempo entre la vez que el príncipe Carol conoció a la cautivante y voluptuosa Elena Wolf, más conocida como “Magda Lupescu”, hija de un farmacéutico judío casada con un oficial del ejército, Ion Tampenu. Los secretos encuentros entre Carol y Magda -de quien se decía era hija ilegítima del rey Carol I- terminaron en 1925 cuando abiertamente comenzaron una relación estable. Elena no era bien vista en lacorte porque era muy extrovertida y caminaba moviendo atrevidamente las caderas. Para los rumanos Elena Lupescu, era todo lo opuesto a la princesa.

El romance causó un escándalo sin precedentes en la monarquía rumana y se vio agravado por los antecedentes del príncipe con Zizi Lambrino, así como por la enemistad entre Carol y el muy poderoso clan político de los Brătianu. Inicialmente, sin embargo, el conocimiento del escándalo real fue restringido a la élite de Bucarest y a la prensa extranjera; a la prensa rumana se le prohibió divulgar informaciones al respecto, incluso cuando todos sabían que las relaciones entre Carol y Elena se deterioraron gravemente.

El anunciado fracaso matrimonial de Carol y Elena amargó a Fernando y María, y Sofía de Grecia vio cumplidos sus peores temores. El mundo conoció la noticia del nuevo amor ilegal del príncipe Carol en diciembre de 1925, cuando él, viajando a Londres en representación de la familia real rumana en el entierro de la reina Alejandra de Inglaterra, llegó a Milán en compañía de Lupescu, lo que le valió la portada de todos los diarios italianos. Como ya se había hecho costumbre, poco después de irse a París, otro escándalo sacudió a la corte rumana.

Lupescu fue deportada para mantenerla alejada de la corte, pero Carol no lo soportó y salió en busca de su amante. Desde entonces Magda dominó la vida de Carol y se establecieron en París, donde el príncipe trató de vivir en el anonimato con el nombre de “Carol Caraiman”. Sobre el momento en que todos se enteraron de que Carol había abandonado a su familia, la reina María dijo: «Los tres [el rey, Elena y ella misma] nos sentamos como si nos hubiera caído un rayo encima«.

El rey Fernando harto de su insoportable heredero, le confesó a Elena estar realmente cansado del comportamiento de Carol, y le aclaró que “en aquella ocasión-durante su aventura con Zizi Lambrino-, se salvó de la pena de muerte porque intervino la reina, pero ahora nadie va a intervenir». El rey decidió desheredar a Carol y lo obligó a renunciar a sus derechos al trono, nombrando sucesor a su pequeño nieto, Miguel.

Como resultado de ello, Elena quedó sola en Bucarest y su hijo se convirtió automáticamente en el heredero del trono que entonces ocupaba su abuelo. Tan humillante, doloroso y escandaloso fueron aquellos acontecimientos que la princesa decidió no volver a mostrarse en público hasta el año siguiente.

«Tú y Carol nunca tendrían que haberse conocido»

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Tremendamente dolida, la reina María prefirió escribirle a su primogénito una larga y emotiva carta: «¿Qué te puedo decir, Carol? ¿Qué puede decirle una madre a un hijo que la está apuñalando en el corazón por segunda vez? Nada te falta: tienes un país, una esposa linda y buena, un hijo adorable, unos padres que te adoran (…) A todo esto arruinaste, todo lo hiciste añicos, lo tiraste como si fuera basura«. «Papá, con el corazón hecho trizas, aceptó su renuncia y lo excluyó de la herencia…», le escribió María su hijo Nicolás. «Es una pena, la más amarga, la más absoluta, la más horrible de las penas«.

Dos veces Carol le rogó a su esposa que le concediese el divorcio, pero ella había prometido a su suegro que nunca haría semejante cosa. En señal de adhesión y respeto a la princesa Elena, adorada por los rumanos y compadecida por la Familia Real, el gobierno firmó un decreto por el que Elena sería elevada a la dignidad de “Reina Madre” en el momento en que su hijo se convirtiera en rey. En julio de 1927 el momento llegó: Fernando I murió y Elena acompañó a su hijo hasta el Parlamento para su proclamación como rey. Tenía 5 años.

La relación entre Carol (que ahora se hacía llamar «Su majestad Carol II») y Elena se rompió para siempre. En 1928, Carol decidió volver a Rumania y dar un golpe palaciego para derrocar a su hijo, pero los servicios secretos británicos lograron impedírselo. Ese mismo año, Elena le concedió el divorcio. «Espero que él pueda comenzar una mejor vida», escribió Elena, «y pueda entrar al fin en la paz que conmigo no halló. Yo puedo perdonar, pero nunca podré olvidar los errores que cometió conmigo y con mi hijo».

El cometido de Carol se cumpliría finalmente en 1930, cuando el Parlamento le permitió el regreso al país y lo nombró rey. La coronación resultó en un desastre que dividió para siempre a la familia real. En el palacio de Foishor, Elena quedó mucha al saber la noticia y le dolió tener que explicarle a su hijo de 9 años que ya no era rey: «¿Cómo puede ser que papá sea el rey, si yo soy el rey»?, le preguntó el niño.

Carol II estableció la orden de eliminar de todos los archivos reales, decretos parlamentarios, leyes y documentos históricos cualquier cosa que recordara que su hijo había sido Rey entre 1927 y 1930, y cualquier indicio de que él mismo había renunciado alguna vez al trono. De hecho, la renuncia nunca existió, y Carol II proclamó ser rey desde 1927. También suspendió la fabricación de sellos postales y monedas con el rostro del rey Miguel, y comenzó una increíble purga en la familia real, la corte, el servicio diplomático y los ejércitos.

La niñez de Miguel quedó arruinada. La segunda decisión de Carol II -y su primer gran error- fue separar al hijo de su madre, ordenar un arresto domiciliario e incomunicarla para que pudiera influenciar en su contra. El nuevo rey rodeó la casa de su exesposa con policía que la vigilaron día y noche, estableció severas restricciones en cuanto a las visitas que podía recibir. Elena recibió la prohibición de mantener contacto con políticos y hacer apariciones públicas.

Cuando el gobierno rumano le advirtió a Carol que no podía ser coronado sin Elena, madre del futuro rey, este se negó rotundamente y la coronación jamás se celebró. Carol II se negó a volver a vivir con su esposa, dejando perpleja a la reina María cuando le explicó, con mucho odio, que «cuando se declaró el divorcio [Elena] le envió un telegrama a su madre y le digo que ‘por fin se liberaba de tal pesadilla’. Así que ¿por qué tengo que atarme a una mujer que me aborrece y a quien yo detesto?».

El arrogante Carol estaba enfurecido con Elena, celoso de su popularidad, y aprovechó su nueva posición para hacerle la guerra: «Cuando salí de Rumania y abandoné todos mis derechos al trono, era el deber de mi esposa seguirme«, se defendió. «Al mundo entero, incluyendo a mis padres, quizás les puede ser justificada su oposición hacia mí, pero a mi esposa no. A pesar de todo, ella me abandonó, y pasó al campo de mis enemigos«.

Carol II dio a su exesposa un trato tan salvaje, que provocó que la reina María quisiera desaparecer del mundo, y escribió en su diario: «¡Negarle la comida a la madre de su hijo!… Eso le hace a una querer taparse la cara de vergüenza». Y, dolida, se lamentó ante Elena: “Tú y Carol nunca tendrían que haberse conocido«. El encierro de Elena duró varios años hasta que Carol le permitió volver a Grecia a condición de no regresar jamás a Rumania y ver a Miguel solo con su permiso.

El pequeño Miguel, testigo silencioso de esa guerra, fue sometido a la misma vigilancia de su celoso padre. Durante los diez años que duró el desastroso reinado de Carol II, el niño fue utilizado como objeto de extorsión ante Elena y fue la víctima de los súbitos ataques de ira de su padre. Muchos años más tarde, Miguel I resumiría la historia de su penosa infancia: «Cuando necesité un padre, tuve una madre; cuando necesité una madre, tuve un padre«.-

Una calle de Florencia llevará el nombre de la reina Helena de Rumania

Por iniciativa de organizaciones cívicas que representan a las comunidades rumana e italiana, el Ayuntamiento de Florencia (Italia) votó a favor de nombrar una calle o un parque público de la ciudad en honor de la reina Elena de Rumania, madre del último monarca rumano. En esta ciudad, Elena vivió muchos años en la Villa Sparta, propiedad de su hermana la duquesa de Aosta.

“El mérito de iniciar este enfoque patriótico e histórico, digno de toda admiración, es de la Sra. Melania Cotoi, presidenta de la Asociación AlterNATIVA. Durante mayo de 2021 se llevará a cabo la conmemoración de la reina Elena en Florencia, y el próximo año se inaugurará el lugar público que llevará su nombre”, informó la casa real rumana.

Definida por su único hijo como “una mujer maravillosa… con una sólida moral… un ser muy dulce, muy amoroso”, la princesa Elena de Grecia nació en Atenas en 1896, durante el reinado de su abuelo el rey Jorge I (1845-1913), que había fundado la nueva dinastía griega. Sus padres fueron el rey Constantino I y la princesa Sofía de Prusia.

En 1921, cuando la familia real griega se hallaba en el exilio, se casó con el príncipe Carol, hijo y heredero de los reyes Fernando y María de Rumania. Ese año dio a luz a su único hijo, el futuro rey Miguel, pero su vida como princesa heredera fue infeliz. El príncipe Carol solicitó el divorcio en 1922 y Elena fue separada de su hijo durante muchos años por decisión de su exmarido.

Elena perdió el control legal sobre el destino de Miguel y Carol la sometió a una campaña de difamación y maltrato que escandalizó a Europa. Condenada al exilio en Florencia, sólo regresó al país cuando el príncipe Miguel ya era mayor de edad. Aunque como exesposa de Carol II nunca fue reina consorte, Elena recibió el título de Reina Madre en 1940.

Durante la II Guerra Mundial, la reina madre tuvo un papel preponderante en el rescate de miles de rumanos judíos que corrieron peligro de ser deportados a campos de concentración nazi. Por su valiente labor, el Yadh Vashem la declaró «Justa entre las Naciones». Murió en 1982 en Suiza y su cuerpo fue sepultado en Rumania con honores de reina en 2019.

Jorge de Rusia, heredero de los Romanov, se comprometió con la italiana Rebecca Bettarini

El gran duque Jorge Mikhailovich, considerado heredero del trono de Rusia, anunció su compromiso matrimonial con su novia italiana, Rebecca Bettarini, quien se convirtió a la fe ortodoxa rusa y adoptó el nombre de Victoria Romanovna.

“Es con gran placer que Su Alteza Imperial la Gran Duquesa de Rusia, Jefa de la Casa Imperial Rusa, anuncia el compromiso de su amado hijo, Su Alteza Imperial el Gran Duque Jorge de Rusia, con Rebecca Virginia Bettarini, hija de Su Excelencia el Embajador Nob. Roberto Bettarini”, dice el comunicado oficial publicado por la Cancillería de la Casa Imperial.

Cuándo será la boda imperial

El comunicado confirma que la joven se convirtió a la ortodoxia y fue rebautizada como Victoria y agrega que la boda tendría lugar en el otoño de 2021. “A su debido tiempo, se anunciarán más detalles sobre la fecha y la hora de la boda”, agregó la Cancillería.

Según la nota difundida a la prensa, el gran duque Jorge se comprometió con Rebecca en diciembre pasado después de recibir el permiso de su madre, la gran duquesa María. «Consideramos adecuado que Victoria Romanovna, desde el momento de sumatrimonio con nuestro hijo, tenga derecho a utilizar el apellido dinástico Romanov con el título de Princesa y el tratamiento de Alteza Serena”, dijo la gran duquesa.

“Tenemos plena confianza de que nuestros compatriotas unirán sus oraciones a las nuestras al Dios Todopoderoso por un matrimonio feliz, prosperidad y la bendición de la pareja”, finaliza el comunicado de María, descendiente del zar Alejandro II de Rusia.

De Rebecca Bettarini a Victoria Romanovna: quién es la prometida del heredero del trono ruso

Rebecca Bettarini, hija de un diplomático italiano, dio el primer paso hacia su gran boda imperial con el gran duque Jorge de Rusia al abandonar el catolicismo y convertirse a la fe ortodoxa rusa. El siguiente pasó tendrá lugar en el otoño y la convertirá en “princesa” de la casa imperial tras conseguir el beneplático de su futura suegra, la gran duquesa María Vladimirovna, considerada la legítima heredera de la dinastía Romanov por muchos monárquicos rusos.

Actualmente, el gran duque y Rebecca viven juntos en Moscú. “Actualmente, las condiciones de vida no son demasiado restrictivas. Siguiendo las normas de seguridad sanitaria, podemos ir a trabajar, pasear, disfrutar de cafés y restaurantes. Antes de la pandemia, solíamos viajar entre Madrid, Bruselas, Roma y París”, contó en una reciente entrevista con la revista francesa Point de Vue.

El gran duque Jorge Mihailovich, de 39 años, con su pareja Victoria Romanovna. (Foto: Cancillería de la Casa Imperial)

Rebecca y yo crecimos en parte en la capital francesa. Esta ciudad es nuestro segundo hogar. Una vez restablecida la situación, esperamos poder volver a ella, encontrarnos con nuestros primos y la diáspora rusa, algunos de los cuales aún tienen actividades relacionadas con la tradición imperial”, agregó el heredero en la entrevista.

El gran duque contó con orgullo que su novia “habla cinco idiomas con fluidez y tiene una mentalidad abierta excepcional” y la definió como “una mujer independiente y moderna”.

“Nos conocimos cuando éramos adolescentes, gracias a amigos en común. Luego nos volvimos a encontrar en Bruselas en 2012. En ese momento, ambos estábamos trabajando con las instituciones europeas. Le pedí que me ayudara cuando comencé mi fundación. Entonces las cosas procedieron de forma natural”, relató Jorge.

Convertida a la ortodoxia como Victoria Romanovna

El gran duque Jorge Mihailovich, de 39 años, con su pareja Victoria Romanovna. (Foto: Point de Vue)

En un primer paso hacia una posible boda, Rebecca se convirtió a la fe ortodoxa rusa. “La fe es muy importante para mí. Crecí en una familia con fuertes valores cristianos. Durante mis estudios universitarios, mi padre trabajó con Rusia y estuvo asociado con la construcción de la Iglesia Ortodoxa de Santa Catalina en Roma”, dijo ella en la entrevista. Su conversión tuvo lugar en la Catedral de San Pedro y San Pablo, en San Petersburgo, donde están enterrados los restos de todos los zares de Rusia.

Tras su conversión, Rebecca adoptó el nombre ortodoxo de Victoria Romanovna, una condición para cualquier persona que desee ingresar por matrimonio a la familia imperial. La pareja actualmente reside en Rusia. “Me encanta vivir en Moscú. Esta ciudad vibra con una energía que es peculiar de sus habitantes. Me gusta caminar por el río Moskva helado, descubrir estaciones de metro que parecen palacios o museos. Y los moscovitas son amables y muy hospitalarios. Son muy curiosos tan pronto como hablas su idioma”, dijo la futura princesa.

Reinas del siglo XX: Narriman de Egipto, la “Cenicienta del Nilo”

Reina plebeya, fue sacada de la oscuridad para una vida de lujo extravagante en los palacios reales de Egipto y para acompañar a regañadientes a su marido playboy en casinos, playas y grandes hoteles de Europa.

Las lágrimas corrían por el rostro de Farouk, el último rey de Egipto. Su esposa, la reina Narriman, estaba dando a luz de forma prematura al futuro soberano de la dinastía. El rey, velaba junto a la cama de Narriman, tomándole la mano y dándole ánimo, en una postal de amor rara vez vista en la vida del revoltoso monarca.

La segunda esposa de Farouk, fue elegida entre las filas de la clase media alta no real como un gesto populista, destinado a restaurar el apoyo popular a una monarquía en sus últimas etapas. Los periódicos la apodaron la «Cenicienta del Nilo«, una plebeya sacada de la oscuridad para una vida de lujo extravagante en los palacios reales de El Cairo y Alejandría, que acompañaba a regañadientes a su marido playboy en los casinos, playas y grandes hoteles de Europa.

Ella lo soportó durante poco más de un año, después de haber tenido el heredero varón deseado, y luego escapó. “No se puede considerar un matrimonio feliz”, dijo Akram el-Nakeeb, hijo de Narriman de un matrimonio posterior. Los recuerdos de Narriman sobre su exilio con Farouk y su divorcio en febrero de 1954, cuyo proceso ella inició, son “desagradables, dolorosos y deprimentes”, dijo Nakeeb.

En el proceso de divorcio, Farouk le había dado la opción de quedarse con él o regresar a Egipto sin su hijo de dos años, el príncipe Ahmed Fuad, quien durante menos de un año había sido el rey de jure de Egipto antes de que la monarquía fuera abolida formalmente. Y Narriman eligió dejar Farouk. El matrimonio duró menos de tres años y comenzó después de que hubiera terminado el revuelo sobre el fallido primer matrimonio del rey con la reina Faridah, de quien se divorció en noviembre de 1948. Faridah le había sido infiel, como dijo el ex rey en sus memorias, y también necesitaba un heredero.

“Durante años había sido un hombre solitario en mi corazón, aunque estaba rodeado de cortesanos, asistentes y amigos sociales”, escribió Farouk en sus memorias. “Narriman fue el primer ser humano desde que alcancé la plena madurez que realmente comenzó a atravesar la barrera y a comprender al hombre detrás de la panoplia de la realeza”, manifestó. “La gente parece olvidar que siempre es un ser humano sobre cuya cabeza descansa una corona”, escribió el exmonarca.

Narriman Sadek nació el 31 de octubre de 1934, la única hija de una familia de clase media de El Cairo. Su padre era un funcionario gubernamental de alto rango, mientras su madre tenía grandes ambiciones sociales para su hija. A los 16 se comprometió con Zaki Hashim, un joven prometedor que trabajaba para la secretaría de las Naciones Unidas y había estudiado Derecho en Harvard; pero sus planes cambiaron después de que la pareja visitó a un joyero de El Cairo para comprar un anillo de compromiso.

El astuto ministro de información de Farouk había hecho saber que el rey estaba buscando una nueva esposa para reemplazar a su primera esposa, la reina Farida, que había tenido tres hijas pero ningún hijo, y de quien Farouk se había divorciado recientemente. El joyero real informó al palacio que acababa de conocer a la candidata ideal en su tienda: era joven, regordeta y guapa, el tipo de chica que se sabía que gustaba al rey.

Antes de su primera reunión, al rey le mostraron una fotografía de Narriman Sadek, la hija de 16 años de un funcionario de clase media. «Me sentí atraído de inmediato por el rostro de la niña», escribió Farouk. De acuerdo al rey, la joven Narriman tenía “una boca que tenía un destello de humor vivo y ojos que brillaban con gentil amabilidad”. Después, los cortesanos se las ingeniaron para que la joven fuera a la joyería, aparentemente para mirar un anillo especial, a muy buen precio, para que el rey pudiera encontrarse con ella.

En lugar de observarla a través de una mirilla en la puerta, como se había dispuesto, Farouk inesperadamente la encontró cara a cara. Después de una breve entrevista exploratoria, le anunció que tenía la intención de casarse con ella. Sus padres fueron persuadidos de cancelar los planes de matrimonio originales, que estaban en una etapa avanzada y el prometido humillado regresó a Harvard para completar su doctorado. Ella escribió sobre este encuentro en la joyería: «No pude evitar pensar en Zaki Hachem quien, comparado con el rey, parecía un pequeño e insignificante maestro de escuela distraído».

Al principio, el compromiso se mantuvo en secreto. En preparación para su futura vida como reina, fue enviada durante varios meses a Roma, viviendo en la embajada egipcia, donde se le dio una nueva identidad como «sobrina» del embajador de Egipto. Tutoras y damas de honor le enseñaron historia, etiqueta, música y cuatro idiomas europeos. Su peso fue cuidadosamente monitoreado y controlado, para cumplir con la orden de Farouk de que regresara a Egipto sin pesar más de 110 libras.

Después de su esplendorosa boda, Farouk, ansioso por no repetir el fracaso de su primer matrimonio, llevó a la reina Narriman a una extensa luna de miel a la Riviera francesa. Para su partida en el yate real, Farouk vistió a toda la fiesta de luna de miel de 60 con chaquetas azules idénticas, patos blancos y gorras de yate. Él colmó a Narriman con regalos caros y por la noche perdió grandes sumas en la mesa de baccarat. “Narriman ciertamente lo disfrutó tanto como yo”, escribió el rey.

Narriman comenzó una vida de aburrimiento y lujo, pero su existencia como reina de la monarquía más esplendorosa del África duró muy poco. Solo seis meses después, los revolucionarios Oficiales Libres obligaron a Farouk a abandonar el poder, enviándolo a él, a Narriman, a sus hijas y al príncipe Fuad al exilio en el yate real. Primero navegaron a Nápoles, luego a la isla italiana de Capri, un lugar en el que el ex rey estaba “perfectamente adaptado”, según comentó un periódico de la época con desdén.

Poco tiempo después de su exilio, a principios de 1954, y después de que se publicaron las memorias, la reina Narriman, que todavía era una joven de solo 20 años, se divorció del rey. En el caso judicial, que resultó en que Narriman regresara a Egipto sin casi nada, aceptó perder la custodia de su hijo y abandonó sus demandas originales de pensión alimenticia. Las razones citadas para el divorcio, según un informe de un periódico de la época, fueron “adulterio, maltrato, crueldad mental y distanciamiento”.

La reina se encargó de contar a los reporteros sobre su decisión de dejar Farouk: “Fue la voluntad de Alá, y cuando Alá lo quiere, coloca escamas en nuestros ojos y sella nuestros oídos a los sabios consejos”. Con el fallo del acuerdo final a favor del ex rey, Narriman regresó a Egipto. En 1954 la última reina de Egipto se casó con el Dr. Adham al-Naqib, un cirujano de Alejandría cuyo padre había sido el médico de Farouk. Más tarde, ya viuda, se casó con otro médico, Ismail Fahmi.

Una década más tarde Farouk murió en 1965, después de una comida característicamente gigantesca en un restaurante de Roma. La ex reina Narriman vivió tranquilamente en Heliópolis, un suburbio de El Cairo, aunque sufrió muchos problemas de salud en sus últimos años. Murió prácticamente en reclusión en 2005, a la edad de 72 años. Cerca de su muerte, la ex reina concedió una entrevista en la que, como el resto de su vida, se centró en su famoso marido: “Hemos hablado mucho del rey Farouk”, murmuró. “¿Qué hay de Narriman?

Ingeborg, la reina danesa de Francia que fue repudiada en su luna de miel

Tras haber intentado deshacerse de su primera esposa, Isabelle de Henao, Felipe II expulsó de la corte a su siguiente esposa en un escándalo que escaló hasta al Vaticano.

(*) Susan Abernethy es autora del blog The Freelance History Writer.

Después de dar a luz al tan esperado heredero del rey Felipe II Augusto de Francia (1165-1223), su esposa Isabelle de Henao murió. Felipe estaba en medio de planes para una cruzada y ni siquiera la muerte de su esposa lo detendría. Partió hacia Tierra Santa y, después de un viaje decepcionante, regresó en diciembre de 1191. Mientras estaba fuera, el príncipe Luis estaba mortalmente enfermo y en su lecho de muerte. Luis se recuperó, pero se volvió imperativo que Felipe encontrara una nueva esposa y tuviera más hijos.

Felipe eligió a la princesa Ingeborg de Dinamarca (1174-1237). Ingeborg nació alrededor de 1175, hija del rey Valdemar I el Grande de Dinamarca y su segunda esposa, la princesa rusa Sofía, hija de Volodar Glevoitz, príncipe de Minsk. Los hermanos de Ingeborg se convertirían a su vez en Reyes de Dinamarca, Knut VI y Valdemar II. Sabemos poco de la educación de Ingeborg y realmente no aparece en la arena política hasta que Felipe de Francia decidió casarse con ella.

Nadie puede explicar realmente por qué Felipe la eligió como esposa. Dinamarca estaba en ascenso y, por lo tanto, era un comodín político. Las conexiones sociales e intelectuales se estaban calentando entre Dinamarca y Francia. Los estudiantes daneses y algunos nobles llegaron a Francia para estudiar en las escuelas y centros monásticos destacados. Felipe envió un mensaje al rey Knut de que estaría interesado en casarse con cualquier hermana que pudiera tener disponible. La única ventaja del matrimonio en la superficie es el hecho de que Ingeborg era de cuna real y le trajo una dote de diez mil marcos de plata.

Ingeborg, de dieciocho años, llegó a Amiens el 13 de agosto de 1193. No sabía francés y Felipe no sabía danés, por lo que se vieron obligados a hablar en latín rudimentario. El 14 de agosto se realizó la ceremonia de matrimonio. La pareja pasó la noche juntos y al día siguiente tuvo lugar la coronación de Ingeborg en la catedral de Amiens. Durante la ceremonia, Felipe parecía pálido e inquieto, ansioso por que la ceremonia terminara. Posteriormente, el rey se acercó a la parte danesa y exigió que se llevaran a Ingeborg de regreso a Dinamarca porque era su intención buscar la anulación del matrimonio. Ingeborg estaba muy descontenta con esta situación y huyó a un convento en Soissons.

Tres meses después, el 5 de noviembre, el tío de Felipe, Guillermo, arzobispo de Reims, convocó un concilio en Compiègne. El consejo estaba formado por quince obispos, condes y caballeros que eran parientes del rey o miembros de su casa. El argumento de Felipe se presentó afirmando que Ingeborg estaba relacionada con su primera esposa Isabelle dentro de cuatro grados, que era un grado de afinidad prohibido por la ley de la iglesia. Este fue un argumento muy débil y las tablas genealógicas que produjo Felipe no convencieron a los daneses. Sin embargo, como era de esperar, el consejo decidió disolver el matrimonio por anulación, permitiendo que ambas partes se casaran nuevamente. Los daneses quedaron consternados por la decisión y nunca aceptaron el argumento de la familiaridad.

Cuando se informó a Ingeborg de la decisión, gritó en latín entrecortado “Mala Francia: Roma Roma” (Mala Francia: A Roma, a Roma), señalando que su objetivo era apelar al Papa. Felipe la envió al monasterio de Saint-Maur-des-Fossés, no lejos de París. Era evidente que las cosas habían empezado muy mal.

Felipe II, acusado de bigamia y adulterio

Ingeborg apeló su caso ante el Papa Celestino III en Roma. Esperó su momento. Los embajadores daneses llegaron a Francia en un intento de reconciliación, pero Felipe los expulsó. Dinamarca envió una delegación para reunirse con el Papa y éste declaró inválida la decisión del concilio de Compiègne. Ingeborg estuvo prácticamente prisionera en Cysoing en Lille y luego en un castillo en el bosque de Rambouillet.

Basado en la decisión del consejo de Compiègne, Felipe siguió adelante y buscó otra esposa. El hecho de que hubiera intentado repudiar a sus dos esposas y estuviera bajo la censura del Papa fue suficiente para disuadir a muchos candidatos. Finalmente se fijó en Agnès de Méran y se casó con ella en junio de 1196, inmediatamente después de que el Papa convocara un concilio en París en un intento de reconciliación con Ingeborg. Ingeborg acusó a Felipe de bigamia y adulterio y desde el principio insistió en que el matrimonio se había consumado provocando que ella se convirtiera en una proscrita y exiliada. El concilio fracasó ante la oposición de Felipe. Era como si Felipe estuviera burlándose del Papa.

Durante los siguientes cinco años, Agnès dio a luz a dos hijos, una hija María y un hijo Felipe. En 1198, el Papa Celestino murió y el Papa Inocencio III asumió el cargo. Era un experto en la ley de la iglesia sobre el matrimonio e inmediatamente se convirtió en un defensor del caso de Ingeborg, apoyándola completamente. Innocent creía que Agnès era bígama en el peor de los casos y una concubina en el mejor de los casos. Empezó a trabajar en Felipe para poner fin a su convivencia con Agnès y llevar de vuelta a Ingeborg, si no al lecho matrimonial, al menos para tratarla con gracia. Después de años de cartas de ida y vuelta y la obstinada negativa de Felipe a dejar a un lado a Agnès, Inocencio pronunció un interdicto sobre Francia que comenzó el 13 de enero de 1200.

El castigo “divino” cae sobre Francia

El interdicto duró hasta septiembre de ese año y la gente sufrió mucho. En todas las tierras bajo el dominio real de Felipe, los habitantes se vieron privados de los servicios religiosos. Se cerraron las puertas de las iglesias y de los cementerios y se retuvieron los sacramentos. Los únicos servicios permitidos eran el bautismo del recién nacido y la hostia consagrada para los enfermos graves. Cesó la observancia de la misa y la confesión, se suspendieron las confirmaciones, los matrimonios y las órdenes sagradas y se dejaron los cuerpos sin enterrar, provocando un hedor terrible. Incluso las campanas de las iglesias dejaron de sonar para marcar el horario canónico y otras festividades de la iglesia. Trece de los obispos bajo el control del rey se mantuvieron leales a él y se negaron a obedecer las órdenes del Papa.

La mano de Felipe fue finalmente forzada y se iniciaron negociaciones con el Papa. Como Agnès estaba embarazada de su segundo hijo, se acordó que podía permanecer dentro de los límites de Francia. Felipe accedió a reunirse en público con Ingeborg. Esta reunión tuvo lugar en una mansión real en las afueras de París con Ingeborg prácticamente bajo arresto domiciliario. Pero fue un comienzo y condujo a un concilio, celebrado en Soissons en marzo de 1201 donde el rey podría ventilar sus quejas y la autoridad del tribunal fue reconocida por ambas partes. El Papa levantó el interdicto.

Acusada de brujería en su noche de bodas

Agnès dio a luz a su hijo y luego murió en julio de 1201. Fue enterrada en la abadía de Saint-Corentin en Mantes. Felipe ya no se consideraba bígamo. Debido a las disputas políticas, Felipe llegó a la conclusión de que el consejo de Soissons no fallaría a su favor y negó su derecho a que el consejo tomara una nueva decisión. Ingeborg fue enviada a la mansión real de Étampes. Pasaría seis años allí como prisionera en los sótanos y luego seis años más en la superficie bajo arresto domiciliario.

Después de que Soissons colapsara, Felipe trató de argumentar que Ingeborg le había lanzado un hechizo en su noche de bodas que lo había dejado impotente. El Papa Inocencio suavizó su postura y en una carta en julio de 1202, estableció dos condiciones previas para disolver el matrimonio. Ingeborg debía tener la oportunidad de defenderse ante un juez desinteresado y algunos de sus propios legados iban a ir a Dinamarca para interrogar a los testigos. En la misma carta, legitimó a los dos hijos de Agnes con Felipe. Por lo tanto, Felipe había asegurado la sucesión y estaba libre para esperar el momento oportuno.

Su estrategia se centró en tratar de romper el espíritu de Ingeborg, obligándola a convertirse en monja o abandonar Francia. Las condiciones en Étampes eran deplorables. En 1203, escribió una carta al Papa en la que afirma que vivió bajo numerosos insultos insoportables. No tenía visitantes ni sacerdote que le ofreciera consuelo, escuchar la Palabra de Dios o confesarse. Apenas tenía comida suficiente, no tenía medicinas y no se le permitía bañarse. Dice que apenas tenía ropa suficiente y que lo que tenía no era digno de una reina. Termina diciendo que está “disgustada con la vida”.

El Papa respondió escribiendo a Felipe exigiendo que se le permitiera a su legado visitar a la reina y dijo intencionadamente que si algo le sucede a Ingeborg, Felipe será el responsable. Amenazó con más sanciones si las condiciones de vida de Ingeborg no mejoraban. Detrás de escena, el Papa estaba tratando de que Ingeborg cediera y aceptara una separación de Felipe. Ella se mantuvo firme.

Felipe pasó por una fase en la que tuvo muchas amantes. En 1207 y 1212 se hicieron más intentos para llegar a algún tipo de conclusión de la disputa. Todos fallaron. Finalmente, en 1212, el agente confidencial del Papa concluyó tras investigar las pruebas de que el matrimonio se había consumado el 14 de agosto de 1193 e Inocencio declaró que en conciencia no podía separar a Ingeborg de Felipe. Una vez más intervino la política.

Ingeborg recupera la corona

En 1213, el rey Juan de Inglaterra conspiró con Otto de Brunswick, emperador de los alemanes, para crear un ataque de dos frentes contra Francia. Felipe II conspiró para invadir Inglaterra para destronar a Juan. El rey Knut y el rey Valdemar se habían involucrado en muchas disputas con Felipe por el trato que había dado a su hermana y sus relaciones eran tensas. Felipe necesitaba la ayuda del hermano de Ingeborg y del Papa. Felipe se había distanciado del papado y de sus súbditos en lo que respecta al trato que dio a Ingeborg. Ahora reabrió los canales diplomáticos y acordó recuperar a Ingeborg como reina. Evitó la guerra con Dinamarca y recibió la bendición del Papa por sus esfuerzos contra el enemigo, obteniendo un par de victorias decisivas en La-Roche-aux-Moines y Bouvines en 1214.

Después de la reconciliación, a Ingeborg no se le permitió vivir en París con Felipe, por lo que es poco probable que tuviera una corte o que se le permitiera cumplir con sus deberes como reina. Pero fue aceptada por la familia real y considerada la reina y esposa del rey. La trataba con afecto marital pero nunca volvieron a compartir la cama.

Este siguió siendo el estado de cosas hasta la muerte de Felipe en 1223. Después de su muerte, Ingeborg fue tratada con dignidad por Luis VIII y Luis IX, recibió todos los honores de una reina viuda y se le permitió participar en eventos reales. Recibió todas las tierras de su dote, convirtiéndola en una mujer rica. Tenía el control total sobre su herencia y era esencialmente una mujer libre por el resto de su vida. Ella permaneció fiel a la memoria de Felipe, pagando para que se dijeran misas por su alma.

Ingeborg dotó a iglesias, establecimientos religiosos y hospitales. Cuando su hermano y su sobrino fueron secuestrados en 1223 por Enrique, conde de Schwerin, envió una gran contribución a los fondos necesarios para rescatarlos. Envió a la iglesia de St-Maclou en Bar-sur-Aube uno de los tres dientes de San Maclou que encontró en un relicario en el castillo real de Pontoise. Dio un viñedo y una casa a la iglesia de San Aignan en Orleans, fundó la capilla de San Vaast en el castillo real de Pontoise y personalmente repartió limosnas en forma de regalos y en su testamento. Le gustaban especialmente los cistercienses. Se encargó un magnífico salterio iluminado para el uso de Ingeborg y se produjo en Vermandois.

Ingeborg se retiró finalmente a Corbeil, una isla en Essonne, al priorato de Saint-Jean-de-I’Ile que había fundado y donde terminó su vida en la tranquilidad el 29 de julio de 1236 a la edad de sesenta años. Fue enterrada en el priorato. Una efigie de cobre coronó su tumba hasta 1726 cuando fue removida para ser reemplazada por un nuevo altar.

¿Qué sucedió durante la noche de bodas?

Este es uno de los grandes misterios de la historia. Felipe pudo haber estado sexualmente disgustado por Ingeborg o puede haber tenido algún tipo de defecto oculto. Felipe pudo haberse dado cuenta de que ella era obstinada y él no podría controlarla o tal vez ella pidió algo que provocó su ira. Todos los cronistas tenían cosas buenas que decir sobre la apariencia personal de Ingeborg y su piedad. Ingeborg insistió desde esa noche en que había tenido lugar la consumación del matrimonio.

Felipe lo negó al principio, pero luego se vio obligado a ceder. La verdad es que nunca sabremos qué causó la aversión de Felipe por Ingeborg. Por parte de Ingeborg, ni siquiera consideró volver a Dinamarca.

Ingeborg tenía un caso muy sólido y el apoyo de algunas de las mejores mentes legales disponibles. Ella jugó un papel importante en las cartas que se escribieron para su caso, incluso si en realidad no las escribió ella misma. Hay un elemento de comprensión del derecho canónico en las cartas. Si esto era de su conocimiento o el de sus partidarios y abogados es una cuestión de especulación. El hecho es que defendió vigorosamente su caso ante el Papa y, sin embargo, terminó siendo un peón en un juego político de alto riesgo. El Papa tenía mucho poder disponible para tratar con el recalcitrante Felipe. Lo que se destaca es que Ingeborg se mantuvo firme en su propósito y mantuvo su posición como reina legítima.

Las princesas de la torre: las tres nueras del rey de Francia condenadas por adulterio

Una serie de misteriosos asesinatos en París convirtió las vidas de las tres nueras de Felipe IV de Francia en un verdadero drama.

El 19 de junio de 1315 el rey Luis X de Francia contrajo matrimonio con la princesa Clementina de Hungría. La noticia hubiera sido motivo de grandes celebraciones de no ser porque, a pocos kilómetros de la ciudad donde tenían lugares las nupcias, casi al mismo tiempo era sepultada la primera esposa del rey, Margarita de Borgoña (1290-1315). La que era reina consorte de Francia había sido encontrada cuatro días antes muerta en una celda helada y desprovista de comodidades del Castillo de Gaillard.

Todas las miradas apuntaban a un asesino: el rey. La misteriosa muerte de la reina era un capítulo más de la tragedia personal del rey Felipe IV “el Hermoso” de Francia, quien había fallecido algunos meses antes a causa de una caída de caballo que le provocó una hemorragia cerebral. El bello monarca, se dice, era víctima de una maldición que también se propagaría a todos los miembros su familia y provocaría el final de su dinastía.

La maldición habría sido lanzada en la hoguera por Jacques de Molay, el Gran Maestre de los Templarios a quien Felipe IV había condenado en complicidad con el papa Clemente V, en marzo de 1314. Felipe se había casado con la reina Juana de Navarra y tuvo varios hijos. Entre ellos estaban el futuro rey Luis X “el Obstinado”, quien apenas reinó dos años y cuyo hijo, Juan I, tuvo una vida tan corta que su reinado duró cuatro días; el segundo hijo fue Felipe “el Largo”, conde de Borgoña, casado con Juana de Borgoña (1292-1330); y finalmente Carlos “el Hermoso”, conde de La Marche, casado con Blanca de Borgoña (1296-1926), hermana de Juana.

Los tres hijos ocuparon sucesivamente el trono de Francia entre 1314 y 1328, pero no tuvieron descendencia. La hija del rey se llamaba Isabel y había heredado la belleza de su padre. Apodada “Loba de Francia” se casó con Eduardo II de Inglaterra, quien estaba más interesado en la compañía e influencia de sus hermosos amantes masculinos. Como la belleza no le alcanzó para lograr sus objetivos, Isabel recurrió a su otro talento, la ambición, que desató una verdadera “caza de brujas” en el seno de la corte francesa.

Luego de unos años de desgraciado matrimonio, Isabel volvió a Francia, donde solía quejarse ante su padre de la falta de pasión y masculinidad del hombre que le había tocado como esposo. Aburrida de su soledad en Inglaterra, donde los súbditos la detestaban, la inquieta mujer comenzó a albergar ambiciones dinásticas en su país natal.

En uno de sus viajes a París, “la Loba” había regalado unos delicados y costosos monederos bordados a sus tres cuñadas, las mencionadas Margarita, Juana y Blanca de Borgoña, y meses después, descubrió con sorpresa que aquellos monederos estaban en manos de dos caballeros normandos que ejercían como escuderos de Felipe IV, Gauthier y su hermano Philippe d’Aunay.

Ya sea por celos, por venganza o por ambición, Isabel decidió que esto debía saberse. Era la oportunidad perfecta: si sus cuñadas eran condenadas, sus hermanos no tendrían descendencia y ella podría ser coronada Reina de Francia e Inglaterra.

En abril de 1314, estando retirado en la Abadía de Maubuisson, a donde había viajado a meditar tras la quema en la hoguera del Gran Maestre Templario, Felipe IV fue informado por su hija sobre la posibilidad de que sus tres nueras mantuvieran relaciones con aquellos caballeros que, según sus espías, mantenían una relación de estrecha confianza con las princesas.

La Torre de Nesle.

El rey ordenó detener y vigilar a los caballeros durante un tiempo y ordenó una investigación a fondo para ver si había relaciones pecaminosas dentro de su real familia. Un tribunal encontró a las princesas Margarita y Blanca culpables de la organización de fiestas clandestinas, en las que se bebía y fornicaba.

Aquellos encuentros ilegales se desarrollaban al abrigo de la noche en la Torre de Nesle, construida sobre la ribera del río Sena, frente al Louvre, durante el siglo XII, y que Felipe el Hermoso había comprado en 1308.

«Cubiertas por un manto negro, salían por las noches a recorrer todo París con la libertina intención de seducir a los forasteros que llegaban a la corte, y a cualquiera que se distinguiera por su buen aspecto o complexión. Acordaban una cita amorosa y se encaminaban a la taberna, que contaba con una comunicación oculta por donde las mujeres hacían pasar a sus conquistas al lupanar. Allí, entre fiestas y deleites, pasaban toda la noche hasta quedar satisfechas. Entonces entraban en escena el tabernero y sus secuaces, quienes cerraban la función acabando con la vida de cada galán a puñaladas. Minutos después, los cuerpos eran arrojados por alguna de las ventanas de la torre…» [Néstor Durigon, Asesinas seriales]

En cuanto a la tercera princesa, Juana, se dijo que podría haber estado presente en alguno de estos encuentros, en haber ayudado a que pudieran concretarse en la Torre y que sabía absolutamente todo lo que sucedía entre sus cuñadas y los dos caballeros. Tras unos meses, Felipe IV hizo detener a los caballeros d’Aunay, quienes confesaron el adulterio luego de ser torturados por la guardia real.

El escándalo hería particularmente los valores religiosos del rey, quien, por otra parte, había permanecido casto desde la muerte de su esposa”, dice Stéphane Bern. “Pero además de atentar contra la moralidad de la familia real, ponía en peligro a la dinastía misma. Si había alguna sospecha de que un heredero de sangre real podía ser un bastardo, toda la sucesión al trono sería puesta en tela de juicio. ¡Carlos de Francia y Luis de Navarra, dos ‘hijos de Francia’, herederos del trono, podían haber sido engañados, para su gran vergüenza, por dos simples escuderos!

Acusados de alta traición a la Corona francesa, los hermanos d’Aunay fueron llevados a Pontoise (norte de Francia), donde fueron torturados ferozmente, castrados, colgados de las axilas en el cadalso y finalmente decapitados en público. Sus cuerpos destrozados fueron paseados por las calles de París mientras sus genitales fueron entregados a perros callejeros hambrientos.

Blanca y Margarita fueron juzgadas ante el Parlamento y declaradas culpables de adulterio. Despojadas de sus honores principescos, a las dos nueras del rey Felipe se les afeitó la cabeza y se les sentenció a cadena perpetua. Juana, en tanto, fue declarada inocente, en gran parte gracias a la influencia de su marido Felipe, conde de Borgoña,quien se opuso violentamente a su hermano Carlos, quien clamaba para que Juana fuera condenada a muerte como cómplice del pecado. La imagen y la santidad de la dinastía de los Capetos habían sido mancilladas y ahora los cornudos lloraban por la venganza.

En un carruaje, Margarita y Blanca fueron enviadas a los helados calabozos de piedra del Castillo de Andelys y, más tarde, en noviembre, al morir el rey Felipe, encerradas en el Castillo de Gaillard, en Normandía, por orden del nuevo rey, Luis X. La hipotética nueva reina, Margarita de Borgoña, considerada la principal responsable de poner en entredicho la filiación y paternidad real, fue enviada a la torre más alta del castillo, abierta al viento y a la intemperie por los cuatro costados.

Allí murió a los veinticuatro años de edad, según se dijo, a causa de una enfermedad que le provocaron el frío y la humedad de la torre pero el fantasma del asesinato sobrevuela su historia hasta nuestros días: ¿fue estrangulada por orden de su marido? El “Obstinado” Luis X no guardó luto ni asistió al entierro. Estaba ansioso por volver a casarse, esta vez con Clementina de Hungría, y lo hizo cinco días después de la muerte de Margarita.

Recluida en los sótanos de la misma fortaleza, la princesa Blanca, de dieciocho años, fue trasladada a un convento, donde se la autorizó a tomar los hábitos, y nunca más pudo ver a su hermana. En 1322, su esposo fue coronado con el nombre de Carlos IV y le negó su pedido de liberación y consiguió anular el matrimonio, muriendo a los pocos años. Por último, la princesa Juana, de veinte años, fue recluida en un castillo y cuatro años más tarde, en 1317, fue liberada para ser coronada reina junto a su marido, Felipe V de Francia.

Por la pandemia, embajadores presentaron sus credenciales a Isabel II en videollamada

Siguiendo la tradición, tres embajadores presentaron sus credenciales a la monarca pero a 40 kms. de distancia, a través de una videollamada.

La reina Isabel II de Gran Bretaña celebró su primera audiencia diplomática virtual saludando a los embajadores extranjeros que llegaron hasta el Palacio de Buckingham, desde su casa en el Castillo de Windsor.

Siguiendo la tradición, tres embajadores presentaron sus credenciales a la monarca pero a través de una videollamada, organizado de acuerdo con el consejo médico para mitigar el impacto de la pandemia de coronavirus.

La reina Isabel II, de 94 años, y su esposo Felipe, duque de Edimburgo, pasaron gran parte del segundo encierro en Inglaterra en su residencia de Berkshire y anunciaron a principios de esta semana que permanecerán en el Castillo de Windsor durante la Navidad, renunciando a la reunión real anual en Sandringham.

Una portavoz del Palacio de Buckingham dijo: “Las audiencias diplomáticas son una parte antigua y tradicional del papel del monarca y la esperanza siempre ha sido reiniciarlas lo antes posible. «Se consideraron una variedad de opciones de acuerdo con las pautas actuales para reintroducir audiencias diplomáticas mientras se conservan algunos de los elementos ceremoniales establecidos desde hace mucho tiempo, como el uso del Palacio de Buckingham», agregó.

El Reino Unido -el país más enlutado de Europa con 60.113 muertos por Covid- anunció el inicio de la vacunación la semana próxima para los residentes y el personal de las casas de ancianos. Pero el país, primero del mundo en aprobar el uso de la vacuna desarrollada por Pfizer y BioNTech, se encuentra todavía bajo confinamiento nacional, por lo que de acuerdo con el consejo médico, la reina celebrará todas las audiencias diplomáticas “virtualmente desde el Castillo de Windsor”, añadió la casa real

La monarca celebró tres audiencias diplomáticas separadas con Sophie Katsarava, embajadora de Georgia, Gil da Costa, embajadora de Timor-Leste también conocido como Timor Oriental, y Ferenc Kumin, embajador de Hungría, y su esposa Viktoria Kumin, quienes se presentaron ante la pantalla en la Equerry’s Room de Buckingham mientras la Reina estaba sentada en la Sala Oak en el Castillo de Windsor, a 40 kms de distancia.

Las audiencias diplomáticas se han mantenido casi sin cambios desde la era victoriana: los embajadores son recogidos de su embajada o residencia en un landau estatal, un carruaje ceremonial tirado por caballos, y son llevados al Palacio de Buckingham para presentar sus credenciales a la reina. Esta ceremonia se mantuvo intacta.

La historia (casi desconocida) de Toria de Inglaterra, una princesa «desgraciada en amores»

Permaneció en el hogar tanto tiempo, en el papel de confidente, acompañante y secretaria de su madre, y nunca vivió pudo ser libre. Murió hace 85 años, el 3 de diciembre de 1935.

“Había en la familia real inglesa una princesa soltera de la que se decía, con esa popular frase de la época eduardiana, que había sido ‘desgraciada en amores’. Así es que se convirtió en la clásica tía soltera, y con el tiempo adquirió los atributos de toda solterona clásica, sea princesa o no. Adoraba a la gente joven, los compromisos matrimoniales y las bodas, así como el chisme de cualquier tipo y, sobre todo, el meterse en la vida de los demás”.

Así presentó en sus memorias el príncipe Cristóbal de Grecia a su prima hermana, la princesa Victoria de Inglaterra, la segunda hija del rey Eduardo VII y la reina Alejandra de Gran Bretaña. La princesa, bautizada como Victoria Alejandra Olga María, nació el 6 de julio de 1868 y, para diferenciarla de su abuela y de su tía, la princesa heredera Victoria de Prusia, fue apodada “Toria”, y así fue llamada durante toda su vida. Sus padrinos de bautizo fueron once, entre los que se encontraba la reina Victoria, el zar de Rusia y la reina Olga de Grecia.

Toria y sus hermanas, Luisa y Maud pasaron su niñez y adolescencia entre mucha diversión alternada con las visitas a sus primos daneses y griegos y sus tareas escolares, en la finca real de Sandringham, a unos 190 kilómetros de Londres, recibiendo una educación no demasiado buena a cargo de distintos tutores.

«Madre querida»

En aquella época, aún no era normal que las niñas estudiaran, y la costumbre popular, dentro de la realeza incluso, era que las mujeres aprendieran a realizar las labores del hogar y se casaran. Sin embargo eso no sucedió con la princesa Toria, que permaneció en el hogar tanto tiempo, en el papel de confidente, acompañante y secretaria de su madre, y nunca vivió, como sus hermanas, los rigores de la vida social.

Divertida y de humor picante, Toria se hallaba muy sorprendida ante su cuñada May (esposa del futuro rey Jorge V), a quien consideraba enormemente aburrida, pero solía tomarla en broma: “Ahora, trata de hablar con May durante la cena”, le dijo a un invitado con peculiar malicia; y después agregó: “Aunque ya sabe que es terriblemente tediosa”.

Toria, joven de cara alargada, delgada e inteligente pero que no había heredado el encanto de su madre, Alix, no tuvo la fortuna de sus hermanas de casarse y tener hijos, lo que sí sucedió con sus hermanas, que se casaron por amor. La princesa no encontró un marido adecuado, y, cumplidos los treinta años, estaba dotada de cierta amargura y tenía tendencia a la crítica, pero la alegría de su madre la había contagiado a ella. Aunque era una princesa, Toria se convirtió en la más simple y sencilla de las hijas de Eduardo VII.

A medida que sus hermanos fueron casándose y yéndose del hogar real, el control que la posesiva “Madre querida” Alejandra ejerció Toria se volvió aún más estricto, a tal punto que la reina Victoria se quejó: “Si alguien tiene derecho a ofenderse, esa persona soy yo: Victoria y Maud nunca tienen permiso para visitarme, cuando todos mis otros nietos vienen y se quedan conmigo. Creo que es algo muy cruel y, sobre todo, muy egoísta”.

«Podríamos haber sido tan felices juntos»

El destino de las princesas solteras de Gales preocupaba enormemente a su abuela y a su tía Vicky (reina de Prusia y empeatriz de Alemania), quien llegó a decir: “No puedo entender que no se hayan casado; serían tan adorables como esposas”. Y en otra ocasión expresó su cariño hacia Toria y Maud expresando que eran tan “elegantes”, “naturales”, “simpáticas”, “alegres” e “inteligentes”. Para cuando Luisa y Maud hubieron contraído matrimonio, Toria era una joven poco agraciada de gruesos párpados y dientes muy espaciados; se veía reprimida socialmente por su madre, que sin quererlo ahogaba a la joven y estorbaba los progresos de sus pretendientes.

Luisa “fue la primera en casarse, con el conde de Fife, dieciocho años mayor que ella, que había llevado una vida bastante disoluta en sus tiempos y ahora había recibido el título de duque. Él se había consagrado a la administración de su extenso dominio escocés por la época del matrimonio, y Luisa se dedicó a la pesca del salmón y llegó a ser una notable experta en la materia, aunque, en general, no hizo mucho más que eso”. A Toria causó mucha tristeza que su otra hermana, Maud, se fuera a Dinamarca tras casarse con el príncipe Carl (futuro rey Haakon VII de Noruega) y Maud compadecía a Toria por encontrarse a entera disposición de sus padres. Cada vez que regresaba a Copenhague, Maud admitía que le preocupaba dejar “sola de nuevo” a Toria “ya que su vida no es fácil”.

“La reina Victoria creía que Alix tenía una actitud posesiva hasta el egoísmo, y se quejó de ello a Bertie, quien replicó que sus hijas ‘no mostraban inclinación al matrimonio’ (…) A semejanza de la reina Victoria, Alix deseaba retener en el hogar a una de sus hijas en el papel de acompañante, confidente y ayudante general”, relató el historiador Richard Hough.

“Toria permanecía junto a Alix, cumpliendo diligencias que no siempre eran necesarias y que Alix a veces olvidaba antes de que su hija hubiese regresado. Había indudable afecto entre la madre y la hija, pero ese régimen implicaba malgastar terriblemente la vida de Toria. Era la más inteligente de las tres niñas y deseaba vivamente casarse y tener hijos. Hubo tres hombres con quienes ella había deseado casarse, pero dos eran plebeyos y fueron excluidos severamente por Alix. El tercero fue Lord Rosebery, un político liberal sumamente rico que durante un breve período desempeñó a la función de primer ministro. Enviudó pronto y habría deseado casarse con Toria. ‘Podríamos haber sido tan felices juntos’, se lamentaba Toria, pero no pudo ser. Años después se convirtió en una mujer irritable y a menudo enferma”.

Su muerte afectó mucho al rey Jorge V

Incluso después de la muerte de la reina Alejandra, en 1925, Toria estaba tan abroquelada en sus costumbres que permaneció soltera, muy querida por su hermano Jorge V y sus sobrinos, pero solitaria y recluida tras los muros emocionales que ella no había levantado.

“Aunt Toria”, escribió el duque de Windsor, “había dedicado toda su vida a su madre, tal vez sacrificando la propia. Si lo lamentaba, se lo callaba, y siempre nos animaba a divertirnos”. El rey ayudó a su hermana acomodándola en una austera finca en Iver, cerca del castillo de Windsor, donde vivió discretamente, cuidando de su jardín, escuchando música y paseando hasta el pueblo y manteniendo una relación amigables con los comerciantes y los aldeanos.

Siempre había existido un afecto espontáneo y un humor sincero entre Toria y el rey Jorge, que solía partirse de risa recordando una graciosa anécdota que le contaba una y otra vez la princesa Toria: llamando ella por teléfono al palacio de Buckingham preguntó “¿Eres tú, viejo tonto?”. La operadora del palacio todavía no había logrado conectarla a la línea del rey y respondió maquinariamente: “No, su alteza real, su majestad aún no está al teléfono”. Durante muchos años el rey comenzaba su día a las 9.30 de la mañana llamándola por teléfono y ambos compartían las novedades.

Acostumbrado a ello, el silencio que siguió a su muerte fue abrumador para el viejo Jorge. Para cuando murió la princesa Luisa, en 1931, Victoria no era sólo la hermana favorita del rey Jorge, sino también su mejor amiga. El 3 de diciembre de 1935 le informaron al rey que su hermana había fallecido en su residencia de Buckinghamshire y esa tarde no pudo presidir la solemne apertura del Parlamento. “La pena de mi padre fue tan grande que no pudo avenirse a dejarse ver por las muchedumbres londinenses y tuvo que suspenderse la ceremonia oficial. Ya no volvió a aparecer en público…”.

Victoria, la última princesa de ese nombre en la monarquía inglesa, fue sepultada en el Cementerio Real de Frogmore, en el Gran Parque, a unos 800 metros del castillo de Windsor. “Cómo la echaré de menos… –anotó el rey Jorge en su diario— extrañaré muchísimo nuestras charlas diarias por teléfono”.

«Hoy hay mucha gente en Versalles»: la guerra de María Antonieta y Madame Du Barry

El palacio de Versalles contuvo la respiración durante años a la espera de que la Delfina y futura reina reconociera la presencia de la controvertida favorita del rey.

En 1770, la joven archiduquesa María Antonieta, hija de la emperatriz de Austria, emprendió un largo viaje a Francia para casarse con el nieto y heredero del rey francés Luis XV, Luis Augusto. En el Castillo de La Muette, antes de llegar al palacio de Versailles, María Antonieta conoció a los más importantes nobles de la corte francesa y la mayor parte de la familia de Luis XV. Entre ellos figuraban tres princesas, Adelaida, Victoria y Sofía, hijas del rey, a quien un historiador describe como “tres solteronas beatas y malignas, de cuya virtud ni aun la peor lengua calumniadora osaría dudar”.

Amargadas por la ausencia de belleza, de influencia y de marido, las tres mujeres recibieron con mucho cariño a María Antonieta, a quien con sumo cuidado y discreción iniciaron en los asuntos más escabrosos de la corte: “el arte de la maledicencia, de la socarrona malicia, de la intriga subterránea, la técnica de los alfilerazos”, según el historiador Stefan Zweig.

Entre los demás asistentes a esta recepción de bienvenida, María Antonieta vislumbró una despampanante mujer, hermosa, exuberante y bien enjoyada. Se trata de Jeanne Becú (1743-1793), Madame Du Barry, la amante oficial del rey -la “maitresse en titre”- a quien Luis XV había invitado a sentarse a su lado. Antes, aquella mujer había sido una prostituta de gran categoría cuyos amantes incluyeron a su futuro esposo, el vizconde Du Barry, duques, condes y otros nobles de Francia.

JEANNE, MADAME DU BARRY

Ahora, sentada junto al rey, su presencia en esta cena familiar resultaba muy incómoda para todos, en especial para las tres hijas solteronas del monarca, que no soportaban a la favorita real. Las damas decidieron esa noche tomar a María Antonieta como su principal arma en la guerra cortesana contra Madame Du Barry.

Mesdames, que se habían opuesto a la alianza y habían formulado comentarios desagradables acerca de la pequeña austriaca, comprendieron que podían usarla como herramienta para luchar contra Madame Du Barry; fue una idea de Madame Adelaida, y no veía el momento de llevarla a la práctica (…) Sentía desprecio por la ex prostituta y la irritaba que su padre tuviera una amante. Creía que la Delfina también podía ser aprovechada para torturar la vida de madame du Barry y, quizás, incluso desalojarla”, escribió el biógrafo Olivier Bernier.

“La inexperta Delfina desconocía que en la corte las relaciones extraconyugales no estaban mal vistas y la presencia de amantes en Versalles no constituía ningún escándalo”, dijo la historiadora Cristina Morató.

Viena y Versalles, dos cortes muy dispares

MARÍA ANTONIETA DE FRANCIA

La madre de María Antonieta siempre había sido una mujer infeliz en su matrimonio. El esposo, el emperador Francisco de Lorena, era un mujeriego desvergonzado que la humillaba continua e indiscretamente con cuanta belleza se le cruzara por su camino. Como despecho ante su adúltero marido, la emperatriz María Teresa había instituido la “Comisión para la Castidad”, una oficina especial de la policía austríaca encargada de supervisar y perseguir el vicio en todas sus formas.

La piadosa y engañada emperatriz ordenó que aquellas patrullas puritanas recorrieran todos los rincones del imperio, se metieran en los teatros, en reuniones sociales e incluso en casas particulares. Todos aquellos hombres o mujeres que no tuvieran un comportamiento cristiano, eran arrestados, y los extranjeros acusados de corromper a los ciudadanos austriacos eran expulsados de inmediato. Algunos rumores indican que la propia emperatriz formaba parte de las patrullas recorriendo Viena en busca de su infiel marido.

Educada en la beata (y un poco hipócrita) corte vienesa, donde la gente pasaba la mayor parte del día rezando y arrepintiéndose de sus pecados, y donde las mujeres “públicas” como Du Barry eran castigadas, María Antonieta quedó absolutamente sorprendida con la presencia de esta dama. Desconocía, sin embargo, que la figura de la favorita real era casi una institución en Francia y que Luis XV era todo un mujeriego que, a pesar de tener una esposa, tuvo una gran colección de “amantes oficiales”. Como escribió Paul Reboux: “En ningún momento la perversión de las costumbres ha parecido más natural ni ha sido más generalizada. El amor era el único fin de la vida”.

María Antonieta se enteró que Luis XV no solo tenía una amante, sino que disponía de un verdadero “burdel” en una modesta casa comprada al señor Jean-Michel-Denis cerca de Versailles. Bautizado como Le parc aux cerfs («El parque de los ciervos») allí el rey contaba con un surtido grupo de jovencitas que desde la adolescencia sólo tenían un único cometido: estar siempre dispuestas a satisfacer al monarca. Cuando cumplían los dieciocho años, eran recompensadas con su matrimonio con un caballero de la corte.

Madame Du Barry, la reina de facto

JEANNE, MADAME DU BARRY

Instalada en Versalles, María Antonieta se convirtió en la dama más importante de la corte pero solo después de Du Barry, por lo que no dudó en declarar una estúpida guerra fría que desencadenaría, incluso, un conflicto diplomático. Fue necesaria la intervención de embajadores y cortesanos de alto rango para persuadir a la delfina de que fuera amable con la favorita, a quien el protocolo situaba detrás del rey. Para sorpresa de la delfina, incluso su piadosa madre la aconsejó de “tratar con cortesía a la amante del rey”, pero la futura reina no estaba dispuesta a rendir pleitesía a una antigua prostituta.

Hasta finales de 1768, el romance entre el rey y Jeanne se mantuvo en un discreto segundo plano debido al luto por la muerte de la reina María, pero poco a poco los nobles se percataron de la influencia iba adquiriendo la joven. Luis XV la instaló en un apartamento cercano al suyo, en Versalles. Su única misión “oficial” era pasar los días y las noches desnuda en la enorme cama del rey, que tenía una extensión de 1,80 m por 2,10 m de ancho y un dosel de cuatro metros y medio de altura. El rey la llenaba de regalos: pieles, perlas, zafiros, diamantes, esmeraldas, y hasta el palacio de Louvenciennes. Además, le concedió, además, el derecho de disfrutar un apartamento en todos y cada uno de los castillos y palacios reales y una cuantiosa pensión para mantenerse belleza y bien vestida.

LUIS XV DE FRANCIA

Inteligente, bien educada y dotada de excelentes modales, Jeanne parecía haber sido criada en la nobleza pero, a la vez, poseía las mejores virtudes de la gente humilde, condiciones que enamoraron al rey. Pero “aunque madame de Pompadour había sido criada y vivido en el ambiente de la sociedad financiera de París, que era bastante distinguido, tenía modales vulgares, y lo mismo podía afirmarse de su modo de hablar…”. “Es la única hija de Francia que ha encontrado el secreto para hacerme olvidar que soy sexagenario”, confesó el rey al duque de Richelieu.

En Versalles, Jeanne era la “reina”. Las doncellas la ayudaban a lavarse, vestirse y peinarse, tomaba un baño (cosa rara en aquella época), desayunaba café y se instalaba delante del tocador donde, cada día, desfilaban mercaderes que iban a ofrecerle sus tesoros: joyas, vestidos, pieles, perfumes, , maquillajes, adornos, pelucas… “Al fin entraba el rey”, escribe Reboux. “Y respiraba complacido esta atmósfera de perfumes mezclados. Discretamente, los cortesanos hacían sitio al soberano. Y entonces comenzaban entre Luis XV y la favorita una de aquellas conversaciones familiares en las que él se olvidaba que era rey y ella se olvidaba que era reina”.

María Antonieta, peón de las viejas tías

MARÍA ANTONIETA DE FRANCIA

En 1769, la corte quedó impactada ante la presentación oficial de Madame como la favorita oficial, que ocupó el lugar de la reina en todos los actos que se celebraban en la corte, e incluso era consultada en asuntos de Estado. Adelaida, Victoria y Sofía, detestaron desde el primer momento a Du Barry, quien era veinte años más joven y mucho más hermosa que ellas, y vieron en María Antonieta la oportunidad de venganza.

Un año después, María Antonieta escribió a su madre: “El rey es infinitamente bondadoso conmigo y lo amo cálidamente. Pero es una lástima que sufra esa debilidad por adame Du Barry, que es la criatura más estúpida e impertinente que uno pueda imaginar. Jugó a los naipes con nosotros todas las noches en Marly; dos veces se sentó a mi lado pero no me habló, y yo no intenté iniciar una conversación con ella”.

Luis XV se sentía especialmente preocupado y muy triste por el trato que la futura reina le daba a su amor. Al principio, María Antonieta había sido amable con la condesa, le hablaba muy cortésmente, y limitaba sus comentarios sobre “la criatura estúpida” al círculo de las tres princesas. Pero la delfina pronto llegó a la conclusión de que ella era la futura reina y que debía empezar a marcar sus reglas. De forma cada vez más evidente, comenzó a desairear a Du Barry, en público y en privado, lo que dio pie a cada vez más frecuentes murmuraciones entre los cortesanos.

Las dos mujeres, la favorita real y la futura reina, estaban condenadas a ser enemigas. En ausencia de una reina, la delfina era la mujer de mayor jerarquía en la corte. Según la etiqueta de Versalles, a las damas de categoría inferior les estaba prohibido dirigir la palabra a una mujer de categoría superior, sino que tenía que esperar respetuosamente a que la de categoría superior se la dirija. Por consejo e influencia de las maliciosas princesas, María Antonieta hizo uso de esta prerrogativa para demostrar públicamente su desprecio por Madame negándole el saludo en público y disfrutó mucho cuando se enteró de que Du Barry estaba desesperada por ser reconocida por la delfina.

“Fría, sonriente y provocativa, deja que la condesa Du Barry espere tiempo y tiempo su saludo; durante semanas, durante meses, hace que la impaciente se perezca por una sola palabra de sus labios. Naturalmente, los chismosos y los aduladores advierten pronto el caso; encuentran en este duelo una alegría infernal; toda la corte se calienta placenteramente al fuego atizado por las tías con el mayor cuidado (…); sólo ante ella María Antonieta frunce siempre un poco su labio habsburgués, levemente saledizo, no dice palabra y parece mirar, como a través de un vidrio…

STEFAN ZWEIG

Dos años a la espera del saludo real

JEANNE, MADAME DU BARRY

Aburrida hasta el cansancio, la joven austríaca pasó dos años enteros sin dirigirle la palabra a la favorita del rey y sin siquiera mirarla a los ojos. Pero actitud, muy infantil, empezó a enojar a su marido, al rey, a los nobles encargados del protocolo y hasta a su familia en Viena. La nociva influencia de ‘mesdames’ llegó a oídos de la emperatriz gracias a los espías que enviaba a la corte de su hija en Francia. Y llegó a escribirle una feroz carta a su hija para que deje de jugar con fuego:

No tienes que considerar a la Du Barry sino como a todas las restantes damas que en la corte son admitidas en el círculo del rey”, le escribió. “Como primer súbdito del rey, tienes que mostrar a toda la corte que ejecutas sin condiciones el deseo de tu soberano. Naturalmente que si te pidiese bajezas o deseara de ti intimidades con ella, entonces ni yo ni ningún otro te lo aconsejaría; pero ¡cualquier palabrita indiferente, no por la dama misma, sino por tu abuelo, tu soberano y bienhechor!”

María Teresa estaba convencida de que las hijas de Luis XV harían lo que fuera por desterrar a Du Barry utilizando la inocencia de María Antonieta y, al mismo tiempo, la inducirían a comportarse de tal modo que ella misma quedaría muy mal parada ante el rey: “Mesdames”, escribió, “a causa de la crianza que recibieron, son tímidas, y como carecen de todas las cualidades más gratas, las complacería ser imitadas por madame la Delfina”. En otra carta, la emperatriz le ordena a su hija: “Tienes que hablar con ella como con cualquier otra señora de la corte del Rey; nos debes eso al rey y a mí”. María Antonieta siguió, como siempre, los deseos de su corazón.

¡Esa mujer no oirá nunca más el tono de mi voz!

EJECUCIÓN DE MARÍA ANTONIETA DE FRANCIA

Pasaron los días y los meses y la Delfina se negó a saludar públicamente a la favorita, para deleite de la alta nobleza que protagoniza la declarada guerra de las dos mujeres. Zweig escribió: “Cada día encuentra a la favorita en bailes, fiestas, partidas de juego y hasta en la mesa del rey, y observa como la otra espera su saludo, mira con el rabillo del ojo y tiembla de emoción cuando la delfina se le acerca. Pero ¡que espere, que espere hasta el día del Juicio! (…) La guerra está ahora abiertamente declarada… Todos quieren ver y saber, y hasta se cruzan apuestas sobre cuál de las dos soberanas de Francia impondrá su voluntad, si la legítima o la ilegítima”.

La batalla terminó el 1 de enero de 1772, un día histórico en Versalles. Una tras otra, según su categoría, las damas de la corte desfilaron ante la delfina, quien saludó cálidamente a todas ellas, entablando una breve conversación con cada una. Al llegar el turno de Madame Du Barry, el silencio en palacio fue sepulcral. La delfina no miró a la favorita a los ojos, pero balbuceó sonoramente unas palabras como si las dirigiera a todos los presentes: “Hoy hay mucha gente en Versalles”. ¡Por fin! El cielo pareció abrirse en la corte y los funcionarios, diplomáticos y nobles respiraron aliviados. El rey abrazó emocionado a María Antonieta y Madame Du Barry se creía dueña del mundo.

Una vez en su habitación, la delfina murmuró amargamente al conde de Mercy: “Una vez le he hablado, pero estoy decidida a que la cosa quede aquí. Esa mujer no oirá nunca más el tono de mi voz”. Las amargadas tías estaban furiosas y se escondieron durante muchos días.

LUIS XV DE FRANCIA

Luis XV no vivió demasiado para disfrutar de la atmósfera de paz que reinaba desde aquel día en su gran palacio. Murió en mayo de 1774, días después de haberse despedido de su amante, quien no se había separado de su lado pese al riesgo de contagio de su enfermedad. El nuevo rey, Luis XVI, y la nueva reina, María Antonieta, odiaban a Du Barry y el mismo día de los funerales le enviaron la orden de retirarse como prisionera de Estado para cumplir con la última voluntad de Luis XV. Todos los cortesanos que la habían adulado se alejaron de ella.

Desolada, la prostituta que se convirtió en el gran amor de un rey emprendió en viaje absolutamente sola en un carruaje cubierto por cortinas y nadie salió a despedirla. Un año después de su encierro, Jeanne obtuvo del rey el perdón y el permiso para instalarse en París, donde se empecinó en vivir de acuerdo a su rango y lo único que logró fue acumular deudas. En la Revolución, Madame fue detenida y encerrada en la cárcel de Santa Pelagia en 1793 y corrió el mismo destino que la familia real a manos de los revolucionarios. Al igual que María Antonieta ese mismo año, Du Barry fue ejecutada en la guillotina y su último deseo, un minuto más de vida, no le fue concedido por el verdugo.

Catalina de Braganza: una reina piadosa para el «Monarca Alegre» de Inglaterra

Perdidamente enamorada de Carlos II, debió soportar con valentía la procesión de favoritas y los hijos ilegítimos. Nunca fue coronada por ser católica y no se le permitió participar en una ceremonia anglicana.

(*) La autora es historiadora de la realeza y creadora del blog The Freelance History Blogger.

En medio de toda la conmoción creada por la vida sexual del rey Carlos II y sus extravagantes amantes, en realidad tuvo una reina consorte que lo amó fielmente. Ella era Catalina de Braganza y llevó una vida muy interesante en Inglaterra como esposa del rey y luego como gobernante de su país de origen. Catarina Henriqueta de Braganza nació el 25 de noviembre de 1638 en la Vila Vicosa en Alentego, Portugal. Era la hija mayor de Dom Juan, duque de Braganza y su esposa, Luisa Maria Francisca de Guzman. Catalina tenía dos hermanos, Afonso y Pedro y creció en una familia amorosa. La madre de Catalina se interesó activamente por la educación de sus hijos.

En 1640, el padre de Catalina encabezó una rebelión contra España. Durante la rebelión le ofrecieron la corona de Portugal y, a instancias de su esposa, accedió. La familia se trasladó a Lisboa y fue coronado rey Juan IV. Portugal siguió luchando por la independencia de España y recibió poca cooperación de otros países europeos. Sin embargo, un monarca reconoció su elevación a la monarquía.

El asediado rey Carlos I de Inglaterra reconoció su corona y el rey Juan siempre recordaría esta validación de su estatus. En 1644, el rey Juan finalmente se impuso contra España. En un esfuerzo por reforzar aún más su posición, envió a su embajador a Inglaterra para negociar un acuerdo de matrimonio entre el hijo mayor del rey Carlos I, Carlos, y su hija Catalina. Debido a la furiosa Guerra Civil en Inglaterra, las negociaciones nunca se llevaron a cabo.

Catalina vivió la mayor parte de su infancia en un convento cerca del palacio real, donde su madre podía supervisar su educación. Se dice que su educación fue protegida y la convirtió en una persona de gran fe y devoción. Agotado por luchar contra los españoles, el rey Juan murió en 1656 dejando a su notable esposa como regente del rey Afonso. Luisa continuó la lucha contra el dominio de España y reforzó la independencia de Portugal a través de esfuerzos militares y comerciales. Pronto estuvo entretenida con propuestas para la mano de su hija en matrimonio.

Primero contempló casarse con Luis XIV de Francia. Cuando eso no se materializó, se dirigió a Inglaterra. Se organizó una reunión secreta con su embajador y el rey Carlos II. Los portugueses ofrecieron a Carlos Tánger, que podría utilizarse como base para el comercio en el Mediterráneo, Bombay, una puerta de entrada para el comercio con la India, el libre comercio con Brasil y las Indias Orientales y una enorme cantidad de dinero en efectivo, £ 300.000. Después de un año de negociaciones y superando las dudas sobre su matrimonio con una princesa católica, Carlos anunció que se casaría con Catalina de Braganza ante el Parlamento el 8 de mayo de 1661.

El contrato de matrimonio se firmó el 23 de junio de 1661 con Inglaterra accediendo a proporcionar asistencia militar para ayudar a proteger a Portugal de España a cambio de la enorme dote. Catalina recibió un ingreso de £ 30,000 y el derecho a profesar libremente en Inglaterra la fe católica. Catalina tenía veintitrés años y se había convertido en una joven serena y tranquila. Hizo el difícil viaje a Inglaterra, dejando su amado hogar. La pareja tuvo dos ceremonias de boda realizadas el 21 de mayo de 1662. La primera fue un servicio católico realizado en secreto y luego un servicio público protestante.

Nunca fue coronada por ser católica y no se le permitió participar en una ceremonia anglicana. La gente criticaba la apariencia de Catalina y su naturaleza reservada. El hecho de que no hablara bien inglés le dificultaba las cosas. Pero Carlos parecía complacido con su apariencia y su comportamiento y los primeros días de su matrimonio fueron satisfactorios. Catalina se enamoró perdidamente del rey.

Pero las cosas no fueron bien por mucho tiempo. Barbara Villiers, Lady Castlemaine, la tempestuosa amante de Carlos, estaba embarazada de su segundo hijo del rey. Una vez que nació su hijo, Barbara exigió ser nombrada «Dama de la alcoba» de la nueva reina. El rey colocó su nombre en la lista y Catalina tachó instantáneamente el nombre. Ambas partes se esforzaron, pero al final, Catalina se rindió y Barbara recibió el cargo. Después de que las cosas se calmaron, Catalina debió tratar a todas las amantes de Carlos con una calculada amistad, porque se enamoraba aún más de Carlos.

Para hacer aún más difícil la posición de Catalina, tuvo problemas para producir un heredero. En 1663, enfermó gravemente y casi muere. El Rey permaneció a su lado, aparentemente dedicado a ella. En su delirio seguía preguntando dónde estaban sus hijos. Carlos la tranquilizó y su atención pareció restaurarla.

Cuando se recuperó, no podía caminar y estaba temporalmente sorda, pero finalmente superó estas discapacidades. En 1665, la peste en Londres hizo que la corte se mudara a Oxford y es probable que Catalina abortara en febrero de 1666. Sufrió otro aborto espontáneo en 1668 y nuevamente en junio de 1669. Este iba a ser su último embarazo y tanto ella como Carlos se vieron obligados a aceptar que nunca tendrían hijos juntos.

Pero la existencia de Catalina no fue todo sufrimiento. A medida que crecía, comenzó a relajarse y disfrutar de lo que le ofrecía la vida en la corte. Le encantaba jugar a las cartas, bailar y organizar máscaras. Le gustaba hacer un picnic y pescar en el campo, así como practicar tiro con arco. Como otras mujeres de la época, se vestía con ropa de hombre y pudo haber instigado la práctica de usar vestidos más cortos para lucir sus bonitos tobillos.

Se le atribuye haber comenzado la práctica de beber té en Inglaterra, lo que los nobles habían hecho en Portugal. Es posible que también haya introducido el uso de tenedores. No se involucró con la política inglesa, pero siguió de cerca los desarrollos en Portugal. En 1665, comenzó a construir una casa religiosa al este de St. James que se completó en 1667 y se conoció como El Convento.

En 1669, la madre del rey murió y en 1671 Catalina se mudó a Somerset House. Comenzaron los rumores de divorcio, pero el rey siguió apoyando a Catalina. En febrero de 1673, Catalina volvió a enfermarse gravemente. El gobierno estaba pidiendo a Carlos que se divorciara de Catalina o que legitimara a su hijo bastardo mayor, James, duque de Monmouth. Carlos rechazó ambas solicitudes.

Cuando Barbara Castlemaine insultó abiertamente a la reina en público, Carlos la nombró duquesa y básicamente la compró. Su nueva amante, Louise de Kéroulle, le repugnaba aún más a Catalina y las tensiones de su vida amenazaron con matarla de nuevo con otra enfermedad grave en 1675. Para hacer las cosas aún más estresantes, su religión estaba siendo atacada y el complot papista de 1678 amenazó su vida directamente. El gobierno amenazó a Carlos pidiéndole que purgara a todos los católicos de su casa y le pidieron que se divorciara de ella nuevamente en 1680.

Carlos se mantuvo firme en su apoyo a Catalina. Continuó tratándola bien hasta su muerte en 1685. Catalina cayó en una profunda depresión pero iba a disfrutar de la libertad religiosa y del apoyo del hermano católico de Carlos, el rey Jacobo II. Cuando James fue expulsado del trono, su hija y su yerno tomaron el trono como soberanos conjuntos, Guillermo de Orange y María. Por alguna razón, a María no le agradaba Catalina y en 1692, le dio complacida su permiso para regresar a Portugal.

Su jubilación no duró mucho. Su hermano el rey Pedro II quedó incapacitado y sus sobrinos eran demasiado jóvenes para gobernar y en 1704 fue nombrada regente, tal como lo había sido su madre cuando murió su padre. Catalina lideró las campañas militares y fue muy eficaz en el gobierno del país. Gobernaba con gran éxito hasta su muerte el 31 de diciembre de 1705. Está enterrada en el Panteón Real de la Dinastía Braganza y su nombre es muy respetado hasta el día de hoy en Portugal.

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El bello Steenie, el cortesano al que un rey de Inglaterra amó como a nadie

Era un joven encantador y sin dinero de la corte de los Estuardo, a quien un contemporáneo describió como «el cuerpo mejor formado» del reino.

Tras la muerte de la reina Isabel en 1603, el trono de Inglaterra pasó a su sobrino, el rey Jacobo VI de Escocia, hijo de la desgraciada y decapitada reina María Estuardo.

El nuevo monarca era un joven desconocido cuando llegó a Londres. Se sabía que estaba casado con una princesa danesa, la sufriente Ana, hacia la cual Jacobo se mostró paciente y afectuoso. Pero, con el tiempo, se habían distanciado. Cuatro difíciles años tuvo que soportar la reina sin ver llegar ningún síntoma de embarazo en los que sufrió la presión y las críticas de sus detractores.

Cuando la reina Ana murió, en 1606, Jacobo VI ya era rey (Jacobo I) de Inglaterra y reinaba desde Londres, en cuya corte reunía una serie de favoritos masculinos y muy atractivos con lo que, se dice, mantuvo intensos romances. Entre ellos estaba Esmé Stuart, señor de Aubigny, veinte años mayor que Jacobo, y que marcó fuertemente su personalidad. El segundo favorito fue el escocés James Hay, al que creó vizconde de Doncaster, primero, y después, conde de Carlisle. A este le sucedió Robert Carr, otro joven y atractivo escocés, caballerizo de James Hay, que terminó convertido en Conde de Somerset.

Una crónica de la época escribió acerca de la relación del rey con Buckingham y con su predecesor, Robert Carr, lord Somerset: “El amor que el rey le demuestra sólo se explica si está confuso con respecto a su sexo y piensa que son damiselas. Por lo que he visto, Somerset y Buckingham luchan por ver cuál de los dos consigue parecer más femenino, aunque sus aires de p(utas) y sus gestos lascivos exceden los de cualquier mujer que yo haya conocido”.

Pero hubo un hombre que pasó a la historia como el más importante compañero sentimental de Jacobo I. Se trata de George “Steenie” de Villiers, duque de Buckingham (1592-1628), un joven encantador y sin dinero, a quien un contemporáneo describió como “el cuerpo mejor formado de Inglaterra”. El pueblo estaba cada día más disconforme con la conducta del rey mientras los nobles y el Parlamento se preocupaban por su futuro.

Acusado de homosexual, Jacobo I no se amilanó y admitió públicamente: “Pueden estar seguros de que amo al conde de Buckingham más que a cualquier otro… Jesucristo tenía a su Juan, y yo tengo a mi Steenie”. El amor del rey hacia Steenie queda reflejado en las cartas de amor que le escribía: “Amo tu persona, y amo todas tus partes”, decía una de ellas. “Dios te bendiga, mi querido Niño y Esposa, y permita que siga siendo tu Papá y Marido”, le respondía el rey.

El 23 de agosto de 1628, un oficial del ejército asesinó a Villiers apuñalándolo en un muelle del río Támesis. El favorito fue sepultado en la Abadía de Westminster, siendo la primera persona no perteneciente a la familia real en ser enterrada allí, precisamente cerca de la tumba de su amado rey Jacobo. Fue el célebre pintor holandés Peter Paul Rubens (1577-1640) el encargado de inmortalizar a Steenie Villiers, cuya belleza encandiló al propio rey.

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