Hace 463 años murió Isabel de Valois: así fue el doloroso funeral de la reina de España

Isabel de Valois, reina consorte de España, murió a los veintitrés años tras una breve enfermedad y un parto prematuro el domingo 3 de octubre de 1568 en el Palacio Real de Aranjuez. Dio a luz a una niña que murió pocas horas antes que su madre. El esposo de Isabel, el rey Felipe II de España, estaba a su lado cuando ella falleció y quedó en estado de shock y gran dolor por su muerte. Los íltimos tiempos habían sido particularmente dolorosos para la reina.

En 1657, Isabel dio a luz a una niña, Catalina, y volvió a quedar embarazada poco después. En ese tiempo, ocurrió algo que afectó mucho a la reina: el 18 de enero de 1568, Felipe encarceló a su hijo Don Carlos, mentalmente inestable, y se le impidió heredar el trono de España. Don Carlos moriría más tarde en cautiverio y, cuando Isabel se enteró de la detención, lloró sinceramente y comentó que Don Carlos nunca había sido más que amable con ella. Ella sufría de depresión por el asunto. Pasó su embarazo relajándose, jugando a las cartas, tejos y tirando dados, disfrutando de las bromas de sus tontos y viendo obras de teatro hasta septiembre de 1568, cuando enfermó y engordó mucho. Se desmayaba con frecuencia, tenía ataques de temblor y tenía debilidad y entumecimiento en el lado izquierdo. No podía dormir y no podía comer.

Los médicos la desangraron y le aplicaron inyecciones mientras el rey la consolaba. El 3 de octubre de 1568, Isabel y Felipe escucharon misa juntos. Isabel le pidió a Felipe que le prometiera que siempre apoyaría a su hermano el rey Enrique III y que protegería y cuidaría a sus sirvientes. El rey lo prometió. Isabel dijo que siempre había rezado para que él tuviera una larga vida y que hiciera lo mismo cuando ella llegara al cielo, y Felipe se derrumbó. Unas horas más tarde, Isabel dio a luz a una niña. Varias horas después, tanto la reina como su hija estaban muertas.

El cuerpo de Isabel de Valois fue embalsamado el mismo día y colocado en un ataúd cubierto de terciopelo negro ricamente adornado con los emblemas del rango real. Mientras tanto, la capilla del palacio se cubrió con tela negra bordada con emblemas como los lirios de Valois y las armas y cifrados del rey Felipe. La habitación estaba iluminada con muchas velas encendidas de cera blanca. El catafalco se encontraba ante el altar mayor con cuatro escudos en cada esquina que representaban las armas y los escudos heráldicos de Valois y Habsburgo.

Durante la tarde, personas con velo y vestidos con largas túnicas de luto llenaron la capilla. Estos no eran actores contratados para la ceremonia, sino verdaderos dolientes. El embajador francés Brantôme afirmó que “nunca la gente había mostrado tanto cariño. El aire se llenó de lamentos y de apasionadas demostraciones de dolor: porque todos sus súbditos miraban a la reina con sentimientos de idolatría, más que con reverencia”. A la ceremonia asistieron todos los caballeros y damas de la casa de la reina, el clero de Madrid, los jefes de las casas religiosas, hombres y mujeres, los embajadores extranjeros, los magistrados de Madrid y el gobernador militar.

Al caer la noche, la procesión fúnebre recorrió las largas galerías del palacio desde los aposentos de la reina muerta hasta la capilla real. Afuera, las armas tronaron y las campanas repicaron. El cuerpo de la reina fue llevado por cuatro grandes de España y precedido por el alcalde de la reina Don Juan Manrique. Su principal dama de honor, la duquesa de Alba, caminó tras el ataúd vestida con largas túnicas de luto. Luego vino una fila de damas nobles y caballeros.

El portal de la capilla se abrió de par en par y el féretro fue recibido por el nuncio papal Casteneo y el cardenal Espinosa seguido por el clero de Madrid. Mientras la procesión pasaba hasta el coro, se escuchó el canto del Réquiem. El ataúd se colocó sobre caatafalco y se cubrió con un manto de brocado de oro y se remató con la corona real, manto y cetro y un pequeño vaso de agua bendita.

Comenzó el oficio del reposo de los muertos. Los sonidos de los sollozos ahogados de las mujeres de la casa de Isabel se escucharon durante los cánticos de los sacerdotes y los sonidos de los lejanos murmullos de las multitudes en la calle y la avenida que conducía al palacio eran audibles. Al final del servicio, el nuncio dio la bendición. Todos salieron de la capilla excepto los que habían sido elegidos para realizar una vigilia por el cadáver.

QUIÉN FUE ISABEL DE VALOIS. Isabelle (llamada Isabel en España) nació el 2 de abril de 1545 en el palacio real de Fontainebleau y fue la segunda hija del rey Enrique II de Francia y su esposa Catalina de Médicis. Sus hermanos fueron los sucesivos reyes Francisco II, Carlos IX y Enrique III, los últimos monarcas de la dinastía Valois. El tratado de paz de 1559 entre Francia y España se selló con el compromiso de Isabel y el rey Felipe II de España (proporcionando una dote de cuatrocientas mil coronas de oro a la corona española) y de la hermana de Isabel, Margarita, con Emanuel Filiberto de Saboya. Las celebraciones coincidieron con el terrible accidente de Enrique II durante un torneo de justas, que le causaron la muerte tras mucho tiempo de agonía. Felipe no era fiel a Isabel, pero parecían disfrutar de la felicidad doméstica. Quedó embarazada y Felipe comenzó a pasar dos horas al día con ella y le mostró un gran cariño. Él estaba a su lado cuando dio a luz a la infanta Isabel Clara Eugenia el 12 de agosto de 1566. Embarazada en varias oportunidades sin poder proporcionar un heredero varón, la salud de Isabel se deterioró rápidamente.

La duquesa de Alba, velada con un velo, se sentó en una silla a la cabeza del ataúd vestida de negro. Don Juan Manrique se encontraba al pie del féretro sosteniendo su varita de oficio. Otros miembros de la casa se arrodillaron alrededor de la plataforma. Los soldados del guardaespaldas del rey sostenían antorchas, haciendo guardia dentro de la capilla aún iluminada con numerosas velas.

En medio de la noche, el rey Felipe entró en la capilla asistido por su medio hermano Don Juan de Austria y sus amigos Ruy Gómez y Don Hernando de Toledo. Avanzó lentamente hacia el féretro, se arrodilló a la cabeza del féretro y permaneció absorto en la oración durante un buen rato con los tres hombres de pie en silencio e inmóviles detrás de él. Nadie traicionó la presencia del rey en la capilla. Finalmente, Felipe se levantó, tomó el aspergillum, roció el ataúd con agua bendita y salió de la capilla. Abandonó el palacio asistido por sus tres compañeros y se dirigió al monasterio de San Gerónimo para rezar y meditar.

A la mañana siguiente, muchos de los más grandes eruditos, nobles y damas se reunieron en la capilla del palacio para escoltar el cortejo fúnebre hasta el convento carmelita de Las Descalzas Reales, donde Isabel sería enterrada temporalmente hasta que se terminara el mausoleo de El Escorial. El ataúd fue llevado por las calles por los mismos cuatro hombres del día anterior. El palio lo sostuvieron sobre el féretro los duques de Arcos, de Naxara, de Medina de Rioseco y de Osuna. Junto al féretro marchaban los marqueses de Aguilar y de Poza, los condés de Alba, de Liste y de Chinchon.

Las calles se habían adornado con crespones y banderas negras y muchos espectadores se alineaban en la ruta de la procesión para mirar y derramar lágrimas. En el portal de la iglesia de las Carmelitas, la procesión fue recibida por el nuncio papal Castaneo, Espinosa y Frexnada, obispo de Cuença que había sido elegido para realizar los ritos funerarios. También estuvo presente el arzobispo de Santiago, gran limosnero de España. Detrás de los prelados estaban la abadesa Doña Inez Borgia y las monjas de Descalzas.

Después de la misa, el ataúd fue depositado en un nicho excavado cerca del altar mayor. Luego, se realizó una parte importante de la ceremonia que era requerida para los soberanos españoles. El cadáver debía ser identificado por ciertos personajes designados por el rey. El obispo de Cuença primero bendijo el sepulcro. La tapa fue levantada por la duquesa de Alba y por Don Juan Manrique. De pie alrededor de la tumba como testigos estaban: el nuncio papal Castaneo, el cardenal Espinosa, el embajador francés de Fourquevaulx, el embajador portugués Don Francisco Pereira, los duques de Osuna, Arcos y Medina, el marqués de Aguilar, los condés de Alba, de Chinchon, Don Enríquez de Ribera, don Antonio de la Cueva, don Luis Quexada señor de Villagarcia, presidente de la junta de indios, y los archiduques Rodolfo y Matías, sobrinos de Felipe.

Cuando se quitó la tela mortuoria, los cadáveres de Isabel y su pequeña hija eran visibles. La duquesa de Alba vertió en el féretro bálsamo y perfumes finamente pulverizados que habían sido preparados especialmente para la ocasión. También esparció racimos de tomillo y flores fragantes. Luego se cerró el ataúd y se selló con el sello real. En el acto, el subsecretario de Estado, Martín de Gatzulu, redactó un acta de las actuaciones y fue firmada por todos los testigos. El confesor del convento y uno de sus compañeros se adelantaron para hacerse cargo de los restos de la reina hasta que fueran trasladados. Se cerró la tumba y se terminaron las ceremonias del día.

Durante nueve días se recitó el rezo de los muertos en todas las iglesias de Madrid. Mañana y tarde, el tribunal asistió al servicio realizado en la ermita de Las Descalzas en el que estuvo siempre presente la hermana de Felipe, Doña Juana. Felipe escuchaba el servicio dos veces al día en la capilla de San Gerónimo. Durante los nueve días completos, Felipe permaneció en soledad, sin hablar con nadie y rara vez salía de la galería elevada sobre el altar mayor de la capilla orando y meditando. Se suspendieron todos los asuntos del Estado y se ordenó mediante proclama en toda España un duelo general por la reina.

El 18 de octubre, en la iglesia de Nuestra Señora de Atocha, se escuchó una misa solemne por el reposo del alma de la reina en presencia del rey. Fue la ceremonia más imponente y magnífica hasta ahora, realizada a la luz de las antorchas. El obispo de Cuença pronunció la oración fúnebre que fue bien recibida por el público. Una oración similar se hizo en Toledo, Santiago y Segovia, así como en otras catedrales de España. Otro servicio conmemorativo se llevó a cabo en Francia, la tierra natal de la reina Isabel, en la catedral de Notre-Dame en París el 24 de octubre. Así, la Reina de España recibió suficiente y majestuoso tributo.

(*) Susan Abernethy es historiadora y autora del blog The Freelance History Writer.

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Dos zares en el trono: cuando Rusia fue gobernada por dos hermanos al mismo tiempo

Por Oleg Yegorov (RBTH)

A primera vista, es difícil imaginarse a dos personas reinando en la Rusia del siglo XVII, con su larga historia autocrática, simultáneamente, sin apuñalarse la espalda. Pero fue un caso real entre 1682 y 1696, cuando dos hermanos reales, Iván y Pedro, se sentaron juntos en el trono de Rusia y mantuvieron buenas relaciones.

En 1683, una misión sueca visitó Moscú y realizó una visita a ambos zares. Engelbert Kämpfer, un viajero alemán que acompañaba a los suecos como secretario del embajador, recordó la reunión de la siguiente manera: “Los dos zares estaban sentados en la Sala de Audiencias, en dos sillas plateadas, bajo iconos, ambos vestidos con ropas reales relucientes con gemas. El hermano mayor apenas se movió, con los ojos en el suelo, sin mirar a nadie. El más joven se enfrentó a todo el mundo abiertamente … y estaba hablando rápido”.

El hermano menor era Pedro I (apodado más tarde Pedro el Grande), de 11 años, quien, con enormes esfuerzos, convertiría Rusia en un imperio europeo. El hermano mayor, Iván V, de 16 años no dejó rastro palpable y fue olvidado. Pero, ¿cómo llegaron los dos al trono en primer lugar?

Dos hermanos: Iván V y Pedro I

La doble coronación de Pedro e Iván.

Padre de Ivan y Pedro, Alexei Mikhailovich gobernó Rusia durante más de 30 años. El zar tuvo dos matrimonios: primero con María Miloslavskaya, que dio a luz a 13 hijos, y luego, después de la muerte de María, con Natalia Naryshkina (3 hijos). Tanto los Miloslavski como los Naryshkin eran casas nobles influyentes deseosas de poner a sus descendientes en el trono.

En 1682, después de la muerte de Alexei y el hijo mayor de María, Fiodor III, que había reinado desde 1676, llegó el momento de decidir quién ocuparía el trono de Rusia: el hijo de María, Iván (de15 años), era el primero en la sucesión, pero constantemente enfermo e indiferente, o el hijo de Natalia, Pedro (de 10 años), activo y ambicioso pero muy joven.

Lucha por el poder

Los jóvenes Ivn y Pedro con la regente Sofía.

Al principio, parecía que la familia Naryshkin se había salido con la suya al convertir a Pedro en el zar; su causa parecía más fuerte. Como escribió el historiador del siglo XIX Sergey Soloviev, “apoyar al frágil y sin talento Iván significaba sumergir al país en el caos”. El 27 de abril de 1682, el patriarca Joakim, jefe de la Iglesia Ortodoxa Rusa, declaró a Pedro como zar.

Sin embargo, la lucha no había terminado: aunque a Iván no le importaba menos el trono, su hermana Sofía, de 25 años, que dirigía informalmente el grupo de partidarios de Miloslavskis, contraatacó. “Sofía no podía soportar la idea de que su suegra, a quien odiaba, se convirtiera [indirectamente] en la gobernante”, explicó Soloviev.

Derramamiento de sangre en el Kremlin

El trono doble de Pedro I e Iván V.

Sofía y sus seguidores superaron a los Naryshkin, provocando un levantamiento de los regimientos de Streltsy en Moscú. Los Streltsy, un influyente grupo de infantería de élite, se sintieron inseguros porque los zares los despojaron de sus privilegios y sus comandantes los explotaron durante todo el siglo XVII, por lo que esta audiencia fue fácil de encender. “Los Streltsy no entendían de política, pero creían que interferir en los asuntos estatales era su deber en caso de que el país abandonara el camino recto y ortodoxo”, escribió Robert K. Massie, un historiador británico, en su libro Pedro el Grande: su vida y su mundo .

El 15 de mayo, los Streltsy llenaron el Kremlin, enfurecidos por los rumores de que los Naryshkin mataron a Iván (muy probablemente difundidos por los partidarios de Sofía). Y aunque Ivan apareció ante ellos, los Streltsy llevaron a cabo una masacre de cuatro días, asesinando brutalmente a dos de los hermanos de Natalia, su consejero Artamon Matveev y muchos otros boyardos (nobles) leales a los Naryshkins. Finalmente, la multitud bien armada impuso su voluntad sobre la familia real: Pedro seguiría siendo el zar, pero solo junto con Iván.

¿Cómo funcionó?

El 25 de mayo, pocos días después de que los Streltsy cubrieran de sangre el Kremlin, tuvo lugar la coronación oficial de Iván V y Pedro I. “Esa ceremonia extraña, arreglada apresuradamente, no tuvo análogos, no solo en Rusia sino en cualquier monarquía europea”, señala Robert K. Massie .

Se sentaron en un trono especial de dos asientos y ambos fueron coronados con un gorro de Monomakh, la antigua corona de los zares de Rusia, aunque después de la coronación, Pedro, como hermano menor, tuvo que usar una réplica especialmente hecha para la ocasión. Detrás del trono, había un lugar especial para el tutor de los jóvenes zares, quien podía darles consejos sobre qué hacer y qué decir durante la coronación.

Cuatro días después, la Duma (parlamento) de los boyardos anunció oficialmente, presionada por los Streltsy, que Sofía sería regente, y durante los siguientes siete años, fueron ella y su círculo cercano quienes realmente gobernaron Rusia. En cuanto a Iván y Pedro, eran gobernantes “ceremoniales”, cuyo deber era recibir a las delegaciones, asistir a las oraciones y fiestas oficiales, etc.

El final del tándem

Pedro e Iván

Durante 1682-1689, Pedro pasó la mayor parte de su tiempo fuera de Moscú, en la aldea de Preobrazhenskoe, junto con su madre. El zar más joven, que había presenciado la masacre de miembros de su familia y sus partidarios en el Kremlin, solo tenía sentimientos amargos por la corte real.

Escenas sangrientas y espantosas ante sus ojos, la muerte atroz de su familia, su madre desesperada, el poder que se les quita …”, dice Sergey Soloviev al enumerar los fantasmas del pasado, que impactaron la infancia de Pedro y, muy probablemente, lo convirtieron en un líder despiadado. En 1689, Pedro, de 17 años, prevalecería y pondría a su media hermana Sofía en un monasterio.

En cuanto a Iván, el hermano mayor nunca mostró ningún interés en los asuntos estatales. Debido a su mala salud, muchos historiadores lo consideraron con problemas mentales, aunque podrían haber sido solo rumores. En cualquier caso, Pedro siempre trató a Ivan con respeto, al menos oficialmente. Después de derrocar a Sofía, le escribió a Iván: “Ahora, señor, hermano mío, es hora de que reinemos solos … y estoy dispuesto a respetarte como a mi padre”.

Iván nunca habló en contra de Pedro y formalmente continuaron gobernando Rusia juntos, aunque Iván apenas se notaba en la política, eclipsado por su hermano súper activo. La muerte de Iván en 1696, tan tranquila como su vida, puso fin al extraño período de dos zares que reinaban en Rusia simultáneamente, y tal situación nunca volvió a ocurrir.

Monarquias.com / RBTH

La vida trágica de Estefanía de Bélgica: la princesa que no pudo ser emperatriz

Fue una víctima toda su vida: utilizada como instrumento político de su padre para posicionar a la monarquía belga en el mapa europeo, fue despreciada por su esposo y su familia política en la corte de Viena. Tras la misteriosa muerte del consorte, perdió toda esperanza de ser emperatriz.

Estefanía Clotilde Louise Hermine Marie Charlotte nació el 21 de mayo de 1864 en el Castillo de Laeken, la residencia de la familia real de Bélgica a las afueras de Bruselas. Era la tercera hija del entonces príncipe heredero del trono belga, Leopoldo, después de la princesa Luisa y un príncipe también llamado Leopoldo. Por entonces, reinaba en el país su abuelo, Leopoldo I, quien a su muerte un año más tarde dejaría el trono al padre de Estefanía, Leopoldo II.

Como futuro heredero al trono, su hermano menor disfrutó de toda la atención de su orgulloso padre, especialmente después de su ascenso al trono en 1865, mientras Estefanía y Louise tienen que prescindir del cariño de sus padres y fueron sometidas a una dura educación. Pero el ambiente en la corte de Bruselas se volvió aún más amargo para Estefanía cuando su hermano murió en 1869. Leopoldo II ha perdido a su único hijo y el nacimiento de una tercera hija, Clementina, amargó más la existencia de Leopoldo II.

Desde entonces, Leopoldo II solo tuvo dos objetivos en su vida: expandir su dominio personal en el Estado Libre del Congo y usar a sus hijas como peones en el tablero de ajedrez de la política matrimonial internacional. En 1875 hizo su primer movimiento al casar a la princesa Luisa con su sobrino, el príncipe alemán Felipe de Sajonia-Coburgo y Gotha, un matrimonio verdaderamente desgraciado. Para Estefanía, Leopoldo II tenía planes aún mayores: su hija se convertirá en la segunda emperatriz que la casa real belga propiciaba después del trágico reinado de su hermana, Carlota, en México.

Aparece Rodolfo

En marzo de 1880, el archiduque (y príncipe heredero) Rodolfo de Austria llegó a Bruselas por invitación de Leopoldo II. Era el hijo mayor del emperador Francisco José y la excéntrica y hermosa emperatriz Isabel, más conocida como “Sissi”. Cuando conoció a Estefanía, el archiduque le escribe a su madre que ha encontrado lo que estaba buscando y poco después le pidió matrimonio, para el deleite de Leopoldo II: ¡su hija algún día será emperatriz de Austria!

La boda fue programada para principios de 1881 y Estefanía dejó Bruselas para emprender su viaje la esplendorosa Viena y así prepararse para su nueva vida. Pronto, los cortesanos notan un problema: la joven, además de fea,era terriblemente ingenua. Tiene apenas 16 años y aún no ha llegado a la pubertad, y nadie se había encargado de darle instrucciones sobre relaciones humanas, clave para cumplir con su papel dentro de la dinastía Habsburgo.

Las ceremonias se pospusieron y Estefanía regresó a Bruselas por un tiempo. El 10 de mayo de 1881, resultó ser lo suficientemente madura, tras recibir clases intensivas, y le dio el “sí” al archiduque Rodolfo en Viena. En la víspera de su cumpleaños número 17, pasó a titularse Archiduquesa de Austria y Princesa Heredera de Austria-Hungría.

Aunque el matrimonio no se concretó por razones románticas, Estefanía y Rodolfo simularon llevarse relativamente bien en los primeros tiempos de su matrimonio. Estefanía pronto quedó embarazada y el 2 de septiembre de 1883 dio a luz a una hija, la archiduquesa Isabel María Enriqueta Estefanía Gisela.

Rodolfo de Habsburgo no puede ocultar su decepción inmediatamente después del nacimiento: esperaba un niño y un futuro sucesor al trono. La relación entre Estefanía y su marido dio paso a una profunda depresión y el vínculo entre la heredera y su suegra también fue de mal en peor.

Sífilis

En 1884, una extraña enfermedad se apoderó de Rodolfo. Los médicos sospechan que padecía sífilis, una enfermedad de transmisión sexual (ETS) que contrajo durante una de sus muchas aventuras sexuales extramatrimoniales. Bajo el más absoluto secretismo, los médicos de la corte austríaca trataron al heredero con drogas comunes como el opio y el mercurio, sustancia que en grandes dosis conduce a la inestabilidad mental.

Estefanía permaneció ignorante sobre los verdaderos motivos de la enfermedad de su esposo y sólo cuando ella misma desarrolló síntomas de una ETS la verdad cayó como un rayo. Para ella, las consecuencias de la infección resultarían desastrosas, ya que quedó estéril, un desastre para una princesa heredera que aún no ha dado a luz a un heredero al trono. Sintiéndose traicionada por Rodolfo, desarrolló una profunda aversión por él.

Culpable” de Mayerling

El matrimonio de Estefanía y Rodolfo esencialmente terminó tras esta tormenta y ambos se arrojaron a los brazos de sus respectivos amantes. La salud mental del archiduque flaqueó y el 30 de enero de 1889 ocurrió lo impensable: junto con su muy joven amante Marie von Vetsera, se suicidó en el pabellón de caza de Mayerling. A la edad de 24 años, Estefanía se convirtió en una viuda de la familia.

El llamado «drama de Mayerling» provocó una conmoción en toda Europa. El emperador Francisco José y la emperatriz Sissi culparon directamente a su nuera. A pesar de la vergüenza, se le permitió seguir viviendo en la corte y conservar su rango, sus títulos y sus joyas, además de una posición de precedencia, pero su sueño (o al menos el de su padre) de convertirse algún día en emperatriz llegó a su fin.

Llega el amor verdadero

Pasaron varios años hasta que Estefanía conoció a un nuevo hombre. Se trata del conde Elemér Lónyay de Nagy-Lónya et Vásáros-Namény, un noble de Hungría. Para una ex princesa heredera del Imperio de los Habsburgo, su rango era demasiado bajo, pero persistió en su deseo y el 22 de marzo de 1900 se casó con él.

Para Estefanía, su matrimonio llegó con grandes sacrificios: su papel como miembro de la familia imperial en Viena terminó y perdió todos sus títulos. En Bruselas, su padre Leopoldo II reaccionó con furia, en gran parte porque Estefanía no sólo se había casado con un noble de bajo rango, sino porque apoyó abiertamente a su hermana Luisa, que recientemente había cambiado a su marido por su amante. El emperador Francisco José rompió todo contacto con Estefanía.

A Estefanía no le importó perder su posición y se retiró con su nuevo marido al castillo de Oroszvár en Hungría, hoy Rusovce, Eslovaquia. Cuando Leopoldo II murió en 1909, ella y la princesa Luisa descubrieron con horror que su padre las había eliminado de su testamento. El viejo rey, viudo desde hacía siete años, había dejado toda su fortuna a su amante, la exprostituta parisina convertida en baronesa de Vaughan y madre de dos hijos el rey. Las hermanas presentaron una demanda contra el Estado belga para reclamar su parte del pastel, pero su reclamo no fue escuchado.

Memorias

En los años siguientes, Estefanía y su esposo llevaron una vida relativamente tranquila en su castillo. En 1937 publicó sus memorias «Ich sollte Kaiserin wer» («Debería ser emperatriz»), libro que causó un gran revuelo en Austria, pero se vendió muy bien y fue traducido en varios idiomas. La emperatriz que no pudo serlo murió el 24 de agosto de 1945 en la abadía de Pannonhalma en Hungría a consecuencia de un derrame cerebral. Allí se instaló algún tiempo antes huyendo del Ejército Rojo poco después de cumplir 81 años.

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De Harry Truman Joe Biden: la reina Isabel II conoció a 13 presidentes de EEUU en 70 años

La reina Isabel II de Gran Bretaña puede contar entre los muchos hitos de su extenso reinado el haber conoció a trece de los catorce presidentes de Estados Unidos de los últimos 70 años, todos los ocupantes de la Casa Blanca con excepción de Lyndon B. Johnson, quien solo realizó visitas de estado a Asia durante su tiempo en el cargo. El último en sumarse a la lista ha sido el demócrata Joe Biden, quien fue recibido por Isabel II este 13 de junio en el Castillo de Windsor.

HARRY TRUMAN CON LA PRINCESA ISABEL EN 1951

Harry S. Truman fue el primer presidente que conoció Isabel, en octubre de 1951, cuando todavía era princesa. Truman y su esposa Bess recibieron a Isabel y al duque de Edimburgo en una visita de dos días a Washington hecha en nombre de su padre, el rey Jorge VI, que estaba gravemente enfermo en ese momento. El presidente dijo que, si bien había recibido muchos invitados en Washington, “nunca antes habíamos tenido una pareja joven tan maravillosa, que nos ha capturado tan completamente el corazón de todos nosotros”.

Isabel II con Dwight D Eisenhower en 1957

Cuatro años después de su coronación, la reina Isabel hizo su primera visita de estado a los Estados Unidos, con Dwight D. Eisenhower como presidente. La visita se produjo durante la Guerra Fría, un momento crucial para la alianza entre Estados Unidos y el Reino Unido. El primer ministro británico, Harold Macmillan, también viajó para mantener conversaciones urgentes con el liderazgo estadounidense. La joven reina (entonces de 31 años), sin embargo, encontró tiempo para eventos más alegres, incluida una cena de Estado, una visita a Jamestown, Virginia, lugar del primer asentamiento británico en Estados Unidos, y su primer partido de fútbol americano. También se reunió con el ex presidente Herbert Hoover en el Hotel Waldorf Astoria de Nueva York. Dos años más tarde, Isabel recibió a Eisenhower en Balmoral.

John y Jackie Kennedy en 1961 en el palacio de Buckingham

Medio millón de personas acudieron a saludar al presidente John F. Kennedy y a la primera dama Jacqueline cuando llegaron a Londres para una visita en 1961, pocos meses después de la toma de posesión de Kennedy. La serie de Netflix “The Crown” recreó la visita en su segunda temporada, reflejando gran parte de las supuestas críticas de la primera dama al estilo anticuado de la reina. La familia real recibió a los Kennedy con una lujosa cena de estado en Buckingham y el presidente más tarde le escribió a la reina diciendo que «siempre apreciaría el recuerdo de esa deliciosa velada«.

Con Richard Nixon en 1969

En 1969, Isabel II recibió en Buckingham al presidente Richard Nixon, a quien ya había conocido en 1957 cuando era vicepresidente de Eisenhower. La reina y el duque de Edimburgo recibieron al presidente estadounidense en el Palacio de Buckingham e intercambiaron retratos autografiados, mientras que un equipo de televisión capturó la ocasión para un documental llamado “The Royal Family”, transmitido más tarde ese año.

Isabel II con Gerald Ford en Washington

Gerald Ford, 38° presidente de los Estados Unidos, recibió a Isabel II con grandes fastos en la Casa Blanca en 1977 para celebrar el 200 aniversario de la declaración de independencia de Estados Unidos. Isabel II fue a Washington para celebrar la relación continua entre los dos países con una cena de estado organizada por Ford y su esposa Betty. La pareja compartió un baile y el presidente le prometió a la reina que «Estados Unidos nunca ha olvidado su herencia británica«. La primera damaescribió más tarde en sus memorias que «era fácil tratar con la reina» y «si no hubiera estado confundiendo Su Alteza y Su Majestad (él es Su Alteza, ella es Su Majestad) me daría cuatro estrellas por la forma en que se desarrolló esa visita”.

Isabel II y la reina madre con Jimmy Carter

Un año después de su visita por el Bicentenario de la Independencia de Estados Unidos, la reina recibió al presidente Jimmy Carter en el Palacio de Buckingham para una cena con otros jefes de estado durante una cumbre de la OTAN. Carter rompió el protocolo real al besar a la Reina Madre, por error, en los labios. Aparentemente, la madre de Isabel II se sintió mortificada y dijo: «Nadie ha hecho eso desde que murió mi esposo«.

Isabel II y Ronald Reagan, en 1982 en Windsor

En 1982, junto con su esposa Nancy, Ronald Reagan se convirtió en el primer presidente estadounidense en pasar la noche en el Castillo de Windsor. Fue el primero de los tres viajes que hicieron los Reagan para ver a la reina en el Reino Unido, y ella también visitó el rancho de los Reagan cerca de Santa Bárbara, California, en 1983. Reagan escribió en sus memorias que el viaje de 1982 fue una «visita de cuento de hadas» y uno de los momentos más “divertidos” de su presidencia. Dijo que lo más destacado fue montar a caballo con Isabel II mientras Nancy y Felipe viajaban en un carruaje tirado por caballos. «Debo admitir que la reina es una jinete consumada«, escribió.

George HW y Barbara Bush en Buckingham.

El presidente George H. W. Bush conoció a Isabel II en 1989 en Londres. Durante la visita, Bush también se reunió con la primera ministra Margaret Thatcher, quien, escribió con desdén en sus memorias, le dio «una conferencia sobre la libertad». Mientras tanto, la reina llevó a los Bush a un recorrido por el Palacio de Buckingham y correspondió a la visita con un viaje a Washington dos años después.

Isabel II y Bill Clinton

Su sucesor, el presidente Bill Clinton, realizó varias visitas al Reino Unido durante su presidencia, en parte debido a su participación en el proceso de paz en Irlanda del Norte. Conoció a la reina por primera vez en un banquete en honor al 50 aniversario del Día D de la Segunda Guerra Mundial en la ciudad de Portsmouth, y seis años más tarde, la reina recibió al matrimonio Clinton y su hija, Chelsea, en el Palacio de Buckingham para tomar el té.

George W. Bush y Laura Bush en Buckingham.

El presidente George W. Bush conoció a la reina por primera vez durante un almuerzo en el Palacio de Buckingham durante una gira europea de seis días en 2001 y en 2003 se convirtió en el primer presidente de EEUU en realizar una visita oficial de estado al Reino Unido. Para coincidir con la visita de Bush en noviembre, alrededor de 100.000 personas salieron a las calles para protestar contra la guerra de Irak, lo que supuestamente costó millones al Reino Unido en gastos de seguridad durante la visita de tres días. La manifestación culminó con manifestantes que derribaron una efigie de Bush, recordando escenas de la caída de la estatua de Saddam Hussein en Bagdad seis meses antes. George y Laura Bush recibieron un saludo de 41 disparos y luego asistieron a un banquete de Estado.

Banquete de Estado en Buckingham en honor a Barack Obama

Barack y Michelle Obama conocieron a Isabel II en una visita de estado en 2011. Los Obama le obsequiaron un conjunto de recuerdos y fotografías del viaje de sus padres a los Estados Unidos en 1939. A cambio, la reina les dio una colección de cartas intercambiadas entre monarcas y presidentes de Estados Unidos. Los Obama se reunieron con la reina dos veces más y en su 90 cumpleaños el presidente dijo: «Ella es verdaderamente una de mis personas favoritas«.

Donald Trump fue recibido dos veces en el Castillo de Windsor.

El presidente Donald Trump se reunió por primera vez con la reina en una visita oficial en 2018, cuando tomaron el té en el Castillo de Windsor. Los gobiernos británico y estadounidense acordaron evitar Londres, donde decenas de miles de manifestantes criticaron su retórica y política sobre temas como la migración, el género y los derechos LGBTQ. En su visita de 2019, el presidente y la primera dama pasarán más tiempo con los miembros de la realeza que el año anterior, aunque con protestas en todo el país, la mayor parte de la visita se llevará a cabo a puerta cerrada. Volaron en helicóptero al Palacio de Buckingham y fueron recibidos por la reina, el príncipe Carlos y Camilla, duquesa de Cornualles. Allí mismo, la reina ofreció a Trump un banquete de Estado para 170 invitados.

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Jorge de Rusia, heredero de los Romanov, se comprometió con la italiana Rebecca Bettarini

El gran duque Jorge Mikhailovich, considerado heredero del trono de Rusia, anunció su compromiso matrimonial con su novia italiana, Rebecca Bettarini, quien se convirtió a la fe ortodoxa rusa y adoptó el nombre de Victoria Romanovna.

“Es con gran placer que Su Alteza Imperial la Gran Duquesa de Rusia, Jefa de la Casa Imperial Rusa, anuncia el compromiso de su amado hijo, Su Alteza Imperial el Gran Duque Jorge de Rusia, con Rebecca Virginia Bettarini, hija de Su Excelencia el Embajador Nob. Roberto Bettarini”, dice el comunicado oficial publicado por la Cancillería de la Casa Imperial.

Cuándo será la boda imperial

El comunicado confirma que la joven se convirtió a la ortodoxia y fue rebautizada como Victoria y agrega que la boda tendría lugar en el otoño de 2021. “A su debido tiempo, se anunciarán más detalles sobre la fecha y la hora de la boda”, agregó la Cancillería.

Según la nota difundida a la prensa, el gran duque Jorge se comprometió con Rebecca en diciembre pasado después de recibir el permiso de su madre, la gran duquesa María. «Consideramos adecuado que Victoria Romanovna, desde el momento de sumatrimonio con nuestro hijo, tenga derecho a utilizar el apellido dinástico Romanov con el título de Princesa y el tratamiento de Alteza Serena”, dijo la gran duquesa.

“Tenemos plena confianza de que nuestros compatriotas unirán sus oraciones a las nuestras al Dios Todopoderoso por un matrimonio feliz, prosperidad y la bendición de la pareja”, finaliza el comunicado de María, descendiente del zar Alejandro II de Rusia.

De Rebecca Bettarini a Victoria Romanovna: quién es la prometida del heredero del trono ruso

Rebecca Bettarini, hija de un diplomático italiano, dio el primer paso hacia su gran boda imperial con el gran duque Jorge de Rusia al abandonar el catolicismo y convertirse a la fe ortodoxa rusa. El siguiente pasó tendrá lugar en el otoño y la convertirá en “princesa” de la casa imperial tras conseguir el beneplático de su futura suegra, la gran duquesa María Vladimirovna, considerada la legítima heredera de la dinastía Romanov por muchos monárquicos rusos.

Actualmente, el gran duque y Rebecca viven juntos en Moscú. “Actualmente, las condiciones de vida no son demasiado restrictivas. Siguiendo las normas de seguridad sanitaria, podemos ir a trabajar, pasear, disfrutar de cafés y restaurantes. Antes de la pandemia, solíamos viajar entre Madrid, Bruselas, Roma y París”, contó en una reciente entrevista con la revista francesa Point de Vue.

El gran duque Jorge Mihailovich, de 39 años, con su pareja Victoria Romanovna. (Foto: Cancillería de la Casa Imperial)

Rebecca y yo crecimos en parte en la capital francesa. Esta ciudad es nuestro segundo hogar. Una vez restablecida la situación, esperamos poder volver a ella, encontrarnos con nuestros primos y la diáspora rusa, algunos de los cuales aún tienen actividades relacionadas con la tradición imperial”, agregó el heredero en la entrevista.

El gran duque contó con orgullo que su novia “habla cinco idiomas con fluidez y tiene una mentalidad abierta excepcional” y la definió como “una mujer independiente y moderna”.

“Nos conocimos cuando éramos adolescentes, gracias a amigos en común. Luego nos volvimos a encontrar en Bruselas en 2012. En ese momento, ambos estábamos trabajando con las instituciones europeas. Le pedí que me ayudara cuando comencé mi fundación. Entonces las cosas procedieron de forma natural”, relató Jorge.

Convertida a la ortodoxia como Victoria Romanovna

El gran duque Jorge Mihailovich, de 39 años, con su pareja Victoria Romanovna. (Foto: Point de Vue)

En un primer paso hacia una posible boda, Rebecca se convirtió a la fe ortodoxa rusa. “La fe es muy importante para mí. Crecí en una familia con fuertes valores cristianos. Durante mis estudios universitarios, mi padre trabajó con Rusia y estuvo asociado con la construcción de la Iglesia Ortodoxa de Santa Catalina en Roma”, dijo ella en la entrevista. Su conversión tuvo lugar en la Catedral de San Pedro y San Pablo, en San Petersburgo, donde están enterrados los restos de todos los zares de Rusia.

Tras su conversión, Rebecca adoptó el nombre ortodoxo de Victoria Romanovna, una condición para cualquier persona que desee ingresar por matrimonio a la familia imperial. La pareja actualmente reside en Rusia. “Me encanta vivir en Moscú. Esta ciudad vibra con una energía que es peculiar de sus habitantes. Me gusta caminar por el río Moskva helado, descubrir estaciones de metro que parecen palacios o museos. Y los moscovitas son amables y muy hospitalarios. Son muy curiosos tan pronto como hablas su idioma”, dijo la futura princesa.

La pasión francesa de María Mancini, la primera favorita de Luis XIV

Nací en Roma de una familia considerada por su propio mérito y por el lustre de su nobleza…” Así comienza María Mancini su relato autobiográfico llamado “Las verdaderas memorias de María Mancini escritas por ella misma”. Nació en el verano de 1639 en Roma y en sus escritos destaca rápidamente que su madre, no encontrando en María la belleza superlativa de su hermana mayor Hortensia, a los siete años la hizo ingresar en un convento dirigido por una tía suya, a fin de que profesara como monja algún día. De paso, la noble señora se libraba de tener otra hija casadera. Pero dos años después, debido a los problemas de salud que presentó la niña -entendible en una niña afectiva y con gran imaginación y para peor, sin vocación religiosa- la madre decidió que María regresara al hogar, “aunque me amaba mi madre con menos ternura que a mi hermana Hortensia”, agrega María en sus memorias.

El minucioso relato que sigue es ya conocido. El llamado del cardenal Jules Mazarino a sus hermanas para trasladarse a Francia con sus hijas, la estadía en Aix con el fin de prepararse a la vida cortesana, la llegada finalmente a París. María debió pasar aproximadamente año y medio en un convento -una vez más- porque aún no aprendía en forma correcta el francés, pero es probable que se debiera al carácter vivaz y temperamento despierto de la niña, ya que su madre presentaba constantemente quejas de la niña, lo que María atribuía al poco cariño y paciencia que su madre le profesaba. No obstante, era amenazada constantemente con el retorno al convento si seguía presentando tantas faltas de disciplina.

Poco después fallece su madre, luego su aya y María comienza a gozar de la libertad exigida por su espíritu deseoso de aventuras y, dueña de una imaginación excitada por las novelas que leía. Es en ese momento cuando el joven rey Luis XIV de Francia, el “Rey Sol”, comienza a mirarla con otros ojos, ya como dos adolescentes en pleno despertar de sus instintos. Todo parecía ser un romance inocente, aceptado y hasta fomentado por Mazarino y Ana de Austria, reina madre y madre de Luis. Hasta que la “razón de Estado” pudo más. En la cúspide de su romanticismo, ambos leían juntos “L’Astrée (La Astrea) de Honore d’Urfé, la novela madre de las novelas románticas de la época.

Cuenta María: “…la asiduidad del monarca, los magníficos regalos que me hacía y, más que todo eso, su languidez, sus suspiros y la solicitud general con que me complacía todos mis deseos, no me dejaron más dudas al respecto”.

Pero, esos momentos de solaz pronto amenazaron con desvanecerse cuando la reina Ana y Mararino iniciaron tratativas de matrimonio entre el joven rey y la princesa italiana Margarita Yolanda de Saboya. María narra lo que sufrió su corazón en ese momento y cuán triste se encontró ella temiendo perder a su amado. Afortunadamente estas tratativas no prosperaron. María volvió a disfrutar de la felicidad de saberse la preferida del rey, de la madre del rey y de su propio tío, Mazarino. Este estado no duró mucho más. El acuerdo franco-español que ponía fin a muchos años de conflicto tras la guerra de los Treinta Años (Paz de los Pirineos) tuvo una inesperada consecuencia para los jóvenes: el matrimonio entre Luis XIV y la infanta de España María Teresa de Austria, prima hermana del joven rey.

Luis protestó, pero aprendió enseguida la importancia de la renuncia por el bien de Francia instigado por Mazarino. A la vez, María ya había sido prometida a otro príncipe: Lorenzo, el condestable Colonna, cuya familia constituía el clan romano más influyente con deudas de favores mutuos con los Mazarino. “Vos sois rey y yo me marcho”, le manifestó María a Luis, parafraseando una de las tantas novelas que leía.

María menciona entonces las largas cartas que su desconsolado enamorado le enviaba, pero Luis jugaba un doble juego: por un lado penaba por María y por el otro, se entusiasmaba con su boda española. María sufrió sin duda, pero era inteligente: al caer enfermo el cardenal y ya comprometido el rey, se dio cuenta que pronto se quedaría sin apoyos en la corte francesa, por lo que decidió aceptar el matrimonio con Lorenzo. A los pocos meses, Mazarino murió.

Poco tiempo después, la joven regresó a Francia y en Fontainebleau fue presentada ante la nueva reina. Imaginó con todo su espíritu romántico ese reencuentro con quien había sido su amado, pero su frustración fue enorme al notar que él apenas la miró y ni siquiera procuró un fugaz encuentro a solas. “Nada puede haber más cruel”– escribió ella después de ese incidente.

En sus inicios, el matrimonio funcionó: nacieron tres hijos en casi tres años: Filippo; Marcantonio y Carlo. El condestable complacía a su vivaz esposa en todo por lo que organizó tertulias y salones como si siguiera en París. Pero en Italia comenzaron a murmurar acerca del comportamiento “a la francesa” de María y su reputación quedó cuestionada, especialmente por los continuos viajes que hacía, a veces sola y rodeada de admiradores. Su matrimonio empezó a resquebrajarse.

María le propuso a Lorenzo que la eximiera del deber marital y Lorenzo aceptó, pero esta respuesta en apariencias tranquila trajo dos consecuencias funestas para María: Lorenzo instaló en su casa a su amante y comenzó a dar oídos a las habladurías y libelos escritos contra María. Fue ahí cuando María decidió escaparse con su hermana Hortensia -viviendo con ella también, después de varios vericuetos de su vida matrimonial- y su hermano. Recorrió así gran parte de Europa. Llegó con un salvoconducto a Francia esperando la ayuda de su antiguo novio, pero la situación de Luis no era la misma que antes: si bien ayudó económicamente a María, no quiso alojarla en la corte ni recibirla siquiera dado que los escritos de la época relacionaban a María de un “vivo recuerdo” que la unía con Francia y claramente Luis no quería tener problemas con el Príncipe Condestable.

María entonces se alojó en un convento en Italia, en el que podía llevar la vida social que quisiera e incluso reunir gente de su entorno, pero pronto se aburrió y volvió a las aventuras. Lorenzo la conminaba a regresar al hogar, le hablaba de sus hijos, pero María estaba decidida a no volver. Se instaló en España en 1676, donde tenía muchos conocidos y desde allí mantuvo relación con la cultura, sociedad y política de la época.

Pero cuando el bastardo de Felipe IV, Juan José de Austria, asumió el protagonismo de la corte española y ejerció su influencia sobre el joven rey Carlos II (el “Hechizado”) se hizo necesario sentar posición y fue cuando María, temerosa de las libertades alcanzadas, temió por su seguridad y escribió sus memorias como un “descargo”, por un lado contra los escritos en su contra de Lorenzo, y por el otro manifestando su lealtad a España y la corona. Después de 1689, cuando murió el condestable, María regresó a Italia cansada de tanta travesía, mas no vencida. Falleció en Pisa en 1715, el mismo año que su inolvidable Luis XIV. El epitafio que ella misma compuso rezaba María Mancini Colonna, pulvis et cinis. Polvo y cenizas sin dudas, pero tan bien vividos que se salió con la suya, en solitario y regresando al hogar cuando sus libertades no corrieran peligro.

Ingeborg, la reina danesa de Francia que fue repudiada en su luna de miel

Tras haber intentado deshacerse de su primera esposa, Isabelle de Henao, Felipe II expulsó de la corte a su siguiente esposa en un escándalo que escaló hasta al Vaticano.

(*) Susan Abernethy es autora del blog The Freelance History Writer.

Después de dar a luz al tan esperado heredero del rey Felipe II Augusto de Francia (1165-1223), su esposa Isabelle de Henao murió. Felipe estaba en medio de planes para una cruzada y ni siquiera la muerte de su esposa lo detendría. Partió hacia Tierra Santa y, después de un viaje decepcionante, regresó en diciembre de 1191. Mientras estaba fuera, el príncipe Luis estaba mortalmente enfermo y en su lecho de muerte. Luis se recuperó, pero se volvió imperativo que Felipe encontrara una nueva esposa y tuviera más hijos.

Felipe eligió a la princesa Ingeborg de Dinamarca (1174-1237). Ingeborg nació alrededor de 1175, hija del rey Valdemar I el Grande de Dinamarca y su segunda esposa, la princesa rusa Sofía, hija de Volodar Glevoitz, príncipe de Minsk. Los hermanos de Ingeborg se convertirían a su vez en Reyes de Dinamarca, Knut VI y Valdemar II. Sabemos poco de la educación de Ingeborg y realmente no aparece en la arena política hasta que Felipe de Francia decidió casarse con ella.

Nadie puede explicar realmente por qué Felipe la eligió como esposa. Dinamarca estaba en ascenso y, por lo tanto, era un comodín político. Las conexiones sociales e intelectuales se estaban calentando entre Dinamarca y Francia. Los estudiantes daneses y algunos nobles llegaron a Francia para estudiar en las escuelas y centros monásticos destacados. Felipe envió un mensaje al rey Knut de que estaría interesado en casarse con cualquier hermana que pudiera tener disponible. La única ventaja del matrimonio en la superficie es el hecho de que Ingeborg era de cuna real y le trajo una dote de diez mil marcos de plata.

Ingeborg, de dieciocho años, llegó a Amiens el 13 de agosto de 1193. No sabía francés y Felipe no sabía danés, por lo que se vieron obligados a hablar en latín rudimentario. El 14 de agosto se realizó la ceremonia de matrimonio. La pareja pasó la noche juntos y al día siguiente tuvo lugar la coronación de Ingeborg en la catedral de Amiens. Durante la ceremonia, Felipe parecía pálido e inquieto, ansioso por que la ceremonia terminara. Posteriormente, el rey se acercó a la parte danesa y exigió que se llevaran a Ingeborg de regreso a Dinamarca porque era su intención buscar la anulación del matrimonio. Ingeborg estaba muy descontenta con esta situación y huyó a un convento en Soissons.

Tres meses después, el 5 de noviembre, el tío de Felipe, Guillermo, arzobispo de Reims, convocó un concilio en Compiègne. El consejo estaba formado por quince obispos, condes y caballeros que eran parientes del rey o miembros de su casa. El argumento de Felipe se presentó afirmando que Ingeborg estaba relacionada con su primera esposa Isabelle dentro de cuatro grados, que era un grado de afinidad prohibido por la ley de la iglesia. Este fue un argumento muy débil y las tablas genealógicas que produjo Felipe no convencieron a los daneses. Sin embargo, como era de esperar, el consejo decidió disolver el matrimonio por anulación, permitiendo que ambas partes se casaran nuevamente. Los daneses quedaron consternados por la decisión y nunca aceptaron el argumento de la familiaridad.

Cuando se informó a Ingeborg de la decisión, gritó en latín entrecortado “Mala Francia: Roma Roma” (Mala Francia: A Roma, a Roma), señalando que su objetivo era apelar al Papa. Felipe la envió al monasterio de Saint-Maur-des-Fossés, no lejos de París. Era evidente que las cosas habían empezado muy mal.

Felipe II, acusado de bigamia y adulterio

Ingeborg apeló su caso ante el Papa Celestino III en Roma. Esperó su momento. Los embajadores daneses llegaron a Francia en un intento de reconciliación, pero Felipe los expulsó. Dinamarca envió una delegación para reunirse con el Papa y éste declaró inválida la decisión del concilio de Compiègne. Ingeborg estuvo prácticamente prisionera en Cysoing en Lille y luego en un castillo en el bosque de Rambouillet.

Basado en la decisión del consejo de Compiègne, Felipe siguió adelante y buscó otra esposa. El hecho de que hubiera intentado repudiar a sus dos esposas y estuviera bajo la censura del Papa fue suficiente para disuadir a muchos candidatos. Finalmente se fijó en Agnès de Méran y se casó con ella en junio de 1196, inmediatamente después de que el Papa convocara un concilio en París en un intento de reconciliación con Ingeborg. Ingeborg acusó a Felipe de bigamia y adulterio y desde el principio insistió en que el matrimonio se había consumado provocando que ella se convirtiera en una proscrita y exiliada. El concilio fracasó ante la oposición de Felipe. Era como si Felipe estuviera burlándose del Papa.

Durante los siguientes cinco años, Agnès dio a luz a dos hijos, una hija María y un hijo Felipe. En 1198, el Papa Celestino murió y el Papa Inocencio III asumió el cargo. Era un experto en la ley de la iglesia sobre el matrimonio e inmediatamente se convirtió en un defensor del caso de Ingeborg, apoyándola completamente. Innocent creía que Agnès era bígama en el peor de los casos y una concubina en el mejor de los casos. Empezó a trabajar en Felipe para poner fin a su convivencia con Agnès y llevar de vuelta a Ingeborg, si no al lecho matrimonial, al menos para tratarla con gracia. Después de años de cartas de ida y vuelta y la obstinada negativa de Felipe a dejar a un lado a Agnès, Inocencio pronunció un interdicto sobre Francia que comenzó el 13 de enero de 1200.

El castigo “divino” cae sobre Francia

El interdicto duró hasta septiembre de ese año y la gente sufrió mucho. En todas las tierras bajo el dominio real de Felipe, los habitantes se vieron privados de los servicios religiosos. Se cerraron las puertas de las iglesias y de los cementerios y se retuvieron los sacramentos. Los únicos servicios permitidos eran el bautismo del recién nacido y la hostia consagrada para los enfermos graves. Cesó la observancia de la misa y la confesión, se suspendieron las confirmaciones, los matrimonios y las órdenes sagradas y se dejaron los cuerpos sin enterrar, provocando un hedor terrible. Incluso las campanas de las iglesias dejaron de sonar para marcar el horario canónico y otras festividades de la iglesia. Trece de los obispos bajo el control del rey se mantuvieron leales a él y se negaron a obedecer las órdenes del Papa.

La mano de Felipe fue finalmente forzada y se iniciaron negociaciones con el Papa. Como Agnès estaba embarazada de su segundo hijo, se acordó que podía permanecer dentro de los límites de Francia. Felipe accedió a reunirse en público con Ingeborg. Esta reunión tuvo lugar en una mansión real en las afueras de París con Ingeborg prácticamente bajo arresto domiciliario. Pero fue un comienzo y condujo a un concilio, celebrado en Soissons en marzo de 1201 donde el rey podría ventilar sus quejas y la autoridad del tribunal fue reconocida por ambas partes. El Papa levantó el interdicto.

Acusada de brujería en su noche de bodas

Agnès dio a luz a su hijo y luego murió en julio de 1201. Fue enterrada en la abadía de Saint-Corentin en Mantes. Felipe ya no se consideraba bígamo. Debido a las disputas políticas, Felipe llegó a la conclusión de que el consejo de Soissons no fallaría a su favor y negó su derecho a que el consejo tomara una nueva decisión. Ingeborg fue enviada a la mansión real de Étampes. Pasaría seis años allí como prisionera en los sótanos y luego seis años más en la superficie bajo arresto domiciliario.

Después de que Soissons colapsara, Felipe trató de argumentar que Ingeborg le había lanzado un hechizo en su noche de bodas que lo había dejado impotente. El Papa Inocencio suavizó su postura y en una carta en julio de 1202, estableció dos condiciones previas para disolver el matrimonio. Ingeborg debía tener la oportunidad de defenderse ante un juez desinteresado y algunos de sus propios legados iban a ir a Dinamarca para interrogar a los testigos. En la misma carta, legitimó a los dos hijos de Agnes con Felipe. Por lo tanto, Felipe había asegurado la sucesión y estaba libre para esperar el momento oportuno.

Su estrategia se centró en tratar de romper el espíritu de Ingeborg, obligándola a convertirse en monja o abandonar Francia. Las condiciones en Étampes eran deplorables. En 1203, escribió una carta al Papa en la que afirma que vivió bajo numerosos insultos insoportables. No tenía visitantes ni sacerdote que le ofreciera consuelo, escuchar la Palabra de Dios o confesarse. Apenas tenía comida suficiente, no tenía medicinas y no se le permitía bañarse. Dice que apenas tenía ropa suficiente y que lo que tenía no era digno de una reina. Termina diciendo que está “disgustada con la vida”.

El Papa respondió escribiendo a Felipe exigiendo que se le permitiera a su legado visitar a la reina y dijo intencionadamente que si algo le sucede a Ingeborg, Felipe será el responsable. Amenazó con más sanciones si las condiciones de vida de Ingeborg no mejoraban. Detrás de escena, el Papa estaba tratando de que Ingeborg cediera y aceptara una separación de Felipe. Ella se mantuvo firme.

Felipe pasó por una fase en la que tuvo muchas amantes. En 1207 y 1212 se hicieron más intentos para llegar a algún tipo de conclusión de la disputa. Todos fallaron. Finalmente, en 1212, el agente confidencial del Papa concluyó tras investigar las pruebas de que el matrimonio se había consumado el 14 de agosto de 1193 e Inocencio declaró que en conciencia no podía separar a Ingeborg de Felipe. Una vez más intervino la política.

Ingeborg recupera la corona

En 1213, el rey Juan de Inglaterra conspiró con Otto de Brunswick, emperador de los alemanes, para crear un ataque de dos frentes contra Francia. Felipe II conspiró para invadir Inglaterra para destronar a Juan. El rey Knut y el rey Valdemar se habían involucrado en muchas disputas con Felipe por el trato que había dado a su hermana y sus relaciones eran tensas. Felipe necesitaba la ayuda del hermano de Ingeborg y del Papa. Felipe se había distanciado del papado y de sus súbditos en lo que respecta al trato que dio a Ingeborg. Ahora reabrió los canales diplomáticos y acordó recuperar a Ingeborg como reina. Evitó la guerra con Dinamarca y recibió la bendición del Papa por sus esfuerzos contra el enemigo, obteniendo un par de victorias decisivas en La-Roche-aux-Moines y Bouvines en 1214.

Después de la reconciliación, a Ingeborg no se le permitió vivir en París con Felipe, por lo que es poco probable que tuviera una corte o que se le permitiera cumplir con sus deberes como reina. Pero fue aceptada por la familia real y considerada la reina y esposa del rey. La trataba con afecto marital pero nunca volvieron a compartir la cama.

Este siguió siendo el estado de cosas hasta la muerte de Felipe en 1223. Después de su muerte, Ingeborg fue tratada con dignidad por Luis VIII y Luis IX, recibió todos los honores de una reina viuda y se le permitió participar en eventos reales. Recibió todas las tierras de su dote, convirtiéndola en una mujer rica. Tenía el control total sobre su herencia y era esencialmente una mujer libre por el resto de su vida. Ella permaneció fiel a la memoria de Felipe, pagando para que se dijeran misas por su alma.

Ingeborg dotó a iglesias, establecimientos religiosos y hospitales. Cuando su hermano y su sobrino fueron secuestrados en 1223 por Enrique, conde de Schwerin, envió una gran contribución a los fondos necesarios para rescatarlos. Envió a la iglesia de St-Maclou en Bar-sur-Aube uno de los tres dientes de San Maclou que encontró en un relicario en el castillo real de Pontoise. Dio un viñedo y una casa a la iglesia de San Aignan en Orleans, fundó la capilla de San Vaast en el castillo real de Pontoise y personalmente repartió limosnas en forma de regalos y en su testamento. Le gustaban especialmente los cistercienses. Se encargó un magnífico salterio iluminado para el uso de Ingeborg y se produjo en Vermandois.

Ingeborg se retiró finalmente a Corbeil, una isla en Essonne, al priorato de Saint-Jean-de-I’Ile que había fundado y donde terminó su vida en la tranquilidad el 29 de julio de 1236 a la edad de sesenta años. Fue enterrada en el priorato. Una efigie de cobre coronó su tumba hasta 1726 cuando fue removida para ser reemplazada por un nuevo altar.

¿Qué sucedió durante la noche de bodas?

Este es uno de los grandes misterios de la historia. Felipe pudo haber estado sexualmente disgustado por Ingeborg o puede haber tenido algún tipo de defecto oculto. Felipe pudo haberse dado cuenta de que ella era obstinada y él no podría controlarla o tal vez ella pidió algo que provocó su ira. Todos los cronistas tenían cosas buenas que decir sobre la apariencia personal de Ingeborg y su piedad. Ingeborg insistió desde esa noche en que había tenido lugar la consumación del matrimonio.

Felipe lo negó al principio, pero luego se vio obligado a ceder. La verdad es que nunca sabremos qué causó la aversión de Felipe por Ingeborg. Por parte de Ingeborg, ni siquiera consideró volver a Dinamarca.

Ingeborg tenía un caso muy sólido y el apoyo de algunas de las mejores mentes legales disponibles. Ella jugó un papel importante en las cartas que se escribieron para su caso, incluso si en realidad no las escribió ella misma. Hay un elemento de comprensión del derecho canónico en las cartas. Si esto era de su conocimiento o el de sus partidarios y abogados es una cuestión de especulación. El hecho es que defendió vigorosamente su caso ante el Papa y, sin embargo, terminó siendo un peón en un juego político de alto riesgo. El Papa tenía mucho poder disponible para tratar con el recalcitrante Felipe. Lo que se destaca es que Ingeborg se mantuvo firme en su propósito y mantuvo su posición como reina legítima.

Martha Luisa de Noruega y el sexismo en la realeza: “Yo fui un problema cuando nací”

La hija mayor de los reyes habló sobre discriminación sexual en una entrevista y reveló que se le dio la opción de ser reina en lugar de su hermano, pero no aceptó la oferta.

La princesa noruega Martha Luisa, la hija mayor del rey Harald y la reina Sonia, reconoció que su nacimiento significó un “problema” dinástico, al hablar por primera vez sobre la discriminación sexual, y reveló que estuvo a punto de convertirse en la heredera del trono cuando era una adolescente.

En el momento del nacimiento de la princesa, en 1971, solo los varones podían heredar el trono noruega, lo que, según Martha Luisa, la convirtió en un problema desde el momento en que nació. Lo primero que pasó cuando nací fue básicamente ‘¡Dios mío, es una niña! ¿Qué hacemos?’ Básicamente, era un problema cuando nací, del que no estaba enterada”, dijo.

Mi madre y mi padre siempre quisieron una niña, así que nunca sentí que me debilitara por ser una mujer”, dijo Martha Luisa, quien agregó en declaraciones a Insider que se sintió aliviada cuando descubrió que su hermano menor, el príncipe Haakon, sería el heredero del trono y se convertiría en monarca en lugar de ella.

Sin embargo, cuando Martha Luisa era una adolescente, hubo discusiones sobre si la casa real debería cambiar sus reglas sobre la línea de sucesión e incluso se le preguntó a la joven princesa si quería ser reina, algo que nunca antes había considerado.

“Estaba totalmente feliz de crecer, no estaba celosa en absoluto”, dijo la princesa. “Pero cuando tenía 15 años, la Primera Ministra en ese momento era una mujer, y de repente se le ocurrió la idea de que esto estaba mal. Recuerdo que vino a casa con nosotros, con el abuelo [el rey Olav V], y discutieron sobre si deberíamos cambiar todo el sistema y yo debería ser reina”. “Dijeron: ‘¿Qué quieres, Martha?’ Y yo dije ‘Tengo 15 años, no sé sobre estas cosas’”, agregó.

Martha Luisa no sintió que podría tomar una decisión tan importante sobre su futuro a esa edad, por lo que finalmente se decidió que su hermano mantuviera su lugar en la línea del trono por ser el varón. “Para mí, fue como, ‘uf’ [alivio]. Es mucha presión, y realmente es una vida que debes elegir y estar comprometido al 100%. Estoy muy feliz de que mi hermano sea el siguiente en la sucesión y esté haciendo un trabajo increíble. Está concentrado en todas las cosas correctas”, dijo Martha Luisa.

La princesa se ha labrado una vida sin obligaciones reales desde 2002, cuando denunció su título de “Alteza Real” para trabajar como una ciudadana privada. Con su novio, Durek Verrett, la hija del rey Harald se embarcó en una gira de espiritualidad el año pasado, titulada “La princesa y el chamán”. Ella también tiene su propio documental de televisión en proceso, aunque la producción está actualmente detenida debido a la pandemia.

Un largo camino hacia la igualdad de género

Noruega finalmente cambió sus reglas en torno a la línea de sucesión para que los nacidos después de 1990 sucedan al trono independientemente del género. El país es considerado pionero en llevar la igualdad a las reglas sucesorias al trono, ya que cambió su ley 23 años antes que el Reino Unido, que cambió las reglas en su propia línea de sucesión antes del nacimiento del príncipe Jorge de Cambridge en 2013.

No obstante, incluso Martha Luisa sabe que las reinas no son inmunes a la desigualdad de género dentro de una casa real, y recordó que su madre, la reina Sonia, enfrentó el sexismo desde el interior del palacio real cuando comenzó su relación con el entonces príncipe heredero Harald en los años 60. “Tenemos un largo camino por recorrer para lograr la igualdad de derechos para las mujeres. He visto a mi madre luchar, porque cuando llegó al palacio tuvieron que esperar nueve años para casarse porque ella no era aristocracia ni tenía ningún origen real”, recordó Martha Luisa.

La princesa agregó que cuando llegó su madre, el palacio era “una organización impulsada por militares donde las mujeres habían estado fuera durante muchos años” (de hecho, la última reina, Maud, había muerto tres décadas antes). Según Martha Luisa, a su madre no se le permitió tener su propia oficina, y los funcionarios del palacio cuestionaron su solicitud de tener su propio personal. “Ni siquiera la aceptaron en el edificio”, dijo Martha Luisa.

Sonja fue nombrada reina consorte de Noruega después de que el padre de Martha Luisa se convirtiera en rey en 1991. Desde entonces, la reina ha estado luchando por la igualdad en el palacio y según Martha Luisa, al menos el 50% del personal del palacio son ahora mujeres “gracias a mi madre”.

«Verla luchar por la igualdad, y cómo se las arregló con pequeñas victorias allí, pequeñas pérdidas aquí, y mi padre apoyándola, viéndola persistir durante tanto tiempo que al final valió la pena, aprendí mucho de ella”, dijo la princesa. “Y creo que todo esto, el hecho de que yo fuera un problema cuando nací, también despertó en mí un entendimiento sobre cómo funciona este mundo”.

“Es esta cosa subconsciente dentro de nosotros: todavía esperamos que el director ejecutivo sea un hombre, o que el médico o cirujano sea un hombre y no una mujer”, agregó en la entrevista. “Hemos tratado de ser iguales durante mucho tiempo y las mujeres han sido sobrecompensadas para estar en el mundo de los hombres. Y creo que ahora está regresando, donde las mujeres pueden ser mujeres y es respetado”.

Las princesas de la torre: las tres nueras del rey de Francia condenadas por adulterio

Una serie de misteriosos asesinatos en París convirtió las vidas de las tres nueras de Felipe IV de Francia en un verdadero drama.

El 19 de junio de 1315 el rey Luis X de Francia contrajo matrimonio con la princesa Clementina de Hungría. La noticia hubiera sido motivo de grandes celebraciones de no ser porque, a pocos kilómetros de la ciudad donde tenían lugares las nupcias, casi al mismo tiempo era sepultada la primera esposa del rey, Margarita de Borgoña (1290-1315). La que era reina consorte de Francia había sido encontrada cuatro días antes muerta en una celda helada y desprovista de comodidades del Castillo de Gaillard.

Todas las miradas apuntaban a un asesino: el rey. La misteriosa muerte de la reina era un capítulo más de la tragedia personal del rey Felipe IV “el Hermoso” de Francia, quien había fallecido algunos meses antes a causa de una caída de caballo que le provocó una hemorragia cerebral. El bello monarca, se dice, era víctima de una maldición que también se propagaría a todos los miembros su familia y provocaría el final de su dinastía.

La maldición habría sido lanzada en la hoguera por Jacques de Molay, el Gran Maestre de los Templarios a quien Felipe IV había condenado en complicidad con el papa Clemente V, en marzo de 1314. Felipe se había casado con la reina Juana de Navarra y tuvo varios hijos. Entre ellos estaban el futuro rey Luis X “el Obstinado”, quien apenas reinó dos años y cuyo hijo, Juan I, tuvo una vida tan corta que su reinado duró cuatro días; el segundo hijo fue Felipe “el Largo”, conde de Borgoña, casado con Juana de Borgoña (1292-1330); y finalmente Carlos “el Hermoso”, conde de La Marche, casado con Blanca de Borgoña (1296-1926), hermana de Juana.

Los tres hijos ocuparon sucesivamente el trono de Francia entre 1314 y 1328, pero no tuvieron descendencia. La hija del rey se llamaba Isabel y había heredado la belleza de su padre. Apodada “Loba de Francia” se casó con Eduardo II de Inglaterra, quien estaba más interesado en la compañía e influencia de sus hermosos amantes masculinos. Como la belleza no le alcanzó para lograr sus objetivos, Isabel recurrió a su otro talento, la ambición, que desató una verdadera “caza de brujas” en el seno de la corte francesa.

Luego de unos años de desgraciado matrimonio, Isabel volvió a Francia, donde solía quejarse ante su padre de la falta de pasión y masculinidad del hombre que le había tocado como esposo. Aburrida de su soledad en Inglaterra, donde los súbditos la detestaban, la inquieta mujer comenzó a albergar ambiciones dinásticas en su país natal.

En uno de sus viajes a París, “la Loba” había regalado unos delicados y costosos monederos bordados a sus tres cuñadas, las mencionadas Margarita, Juana y Blanca de Borgoña, y meses después, descubrió con sorpresa que aquellos monederos estaban en manos de dos caballeros normandos que ejercían como escuderos de Felipe IV, Gauthier y su hermano Philippe d’Aunay.

Ya sea por celos, por venganza o por ambición, Isabel decidió que esto debía saberse. Era la oportunidad perfecta: si sus cuñadas eran condenadas, sus hermanos no tendrían descendencia y ella podría ser coronada Reina de Francia e Inglaterra.

En abril de 1314, estando retirado en la Abadía de Maubuisson, a donde había viajado a meditar tras la quema en la hoguera del Gran Maestre Templario, Felipe IV fue informado por su hija sobre la posibilidad de que sus tres nueras mantuvieran relaciones con aquellos caballeros que, según sus espías, mantenían una relación de estrecha confianza con las princesas.

La Torre de Nesle.

El rey ordenó detener y vigilar a los caballeros durante un tiempo y ordenó una investigación a fondo para ver si había relaciones pecaminosas dentro de su real familia. Un tribunal encontró a las princesas Margarita y Blanca culpables de la organización de fiestas clandestinas, en las que se bebía y fornicaba.

Aquellos encuentros ilegales se desarrollaban al abrigo de la noche en la Torre de Nesle, construida sobre la ribera del río Sena, frente al Louvre, durante el siglo XII, y que Felipe el Hermoso había comprado en 1308.

«Cubiertas por un manto negro, salían por las noches a recorrer todo París con la libertina intención de seducir a los forasteros que llegaban a la corte, y a cualquiera que se distinguiera por su buen aspecto o complexión. Acordaban una cita amorosa y se encaminaban a la taberna, que contaba con una comunicación oculta por donde las mujeres hacían pasar a sus conquistas al lupanar. Allí, entre fiestas y deleites, pasaban toda la noche hasta quedar satisfechas. Entonces entraban en escena el tabernero y sus secuaces, quienes cerraban la función acabando con la vida de cada galán a puñaladas. Minutos después, los cuerpos eran arrojados por alguna de las ventanas de la torre…» [Néstor Durigon, Asesinas seriales]

En cuanto a la tercera princesa, Juana, se dijo que podría haber estado presente en alguno de estos encuentros, en haber ayudado a que pudieran concretarse en la Torre y que sabía absolutamente todo lo que sucedía entre sus cuñadas y los dos caballeros. Tras unos meses, Felipe IV hizo detener a los caballeros d’Aunay, quienes confesaron el adulterio luego de ser torturados por la guardia real.

El escándalo hería particularmente los valores religiosos del rey, quien, por otra parte, había permanecido casto desde la muerte de su esposa”, dice Stéphane Bern. “Pero además de atentar contra la moralidad de la familia real, ponía en peligro a la dinastía misma. Si había alguna sospecha de que un heredero de sangre real podía ser un bastardo, toda la sucesión al trono sería puesta en tela de juicio. ¡Carlos de Francia y Luis de Navarra, dos ‘hijos de Francia’, herederos del trono, podían haber sido engañados, para su gran vergüenza, por dos simples escuderos!

Acusados de alta traición a la Corona francesa, los hermanos d’Aunay fueron llevados a Pontoise (norte de Francia), donde fueron torturados ferozmente, castrados, colgados de las axilas en el cadalso y finalmente decapitados en público. Sus cuerpos destrozados fueron paseados por las calles de París mientras sus genitales fueron entregados a perros callejeros hambrientos.

Blanca y Margarita fueron juzgadas ante el Parlamento y declaradas culpables de adulterio. Despojadas de sus honores principescos, a las dos nueras del rey Felipe se les afeitó la cabeza y se les sentenció a cadena perpetua. Juana, en tanto, fue declarada inocente, en gran parte gracias a la influencia de su marido Felipe, conde de Borgoña,quien se opuso violentamente a su hermano Carlos, quien clamaba para que Juana fuera condenada a muerte como cómplice del pecado. La imagen y la santidad de la dinastía de los Capetos habían sido mancilladas y ahora los cornudos lloraban por la venganza.

En un carruaje, Margarita y Blanca fueron enviadas a los helados calabozos de piedra del Castillo de Andelys y, más tarde, en noviembre, al morir el rey Felipe, encerradas en el Castillo de Gaillard, en Normandía, por orden del nuevo rey, Luis X. La hipotética nueva reina, Margarita de Borgoña, considerada la principal responsable de poner en entredicho la filiación y paternidad real, fue enviada a la torre más alta del castillo, abierta al viento y a la intemperie por los cuatro costados.

Allí murió a los veinticuatro años de edad, según se dijo, a causa de una enfermedad que le provocaron el frío y la humedad de la torre pero el fantasma del asesinato sobrevuela su historia hasta nuestros días: ¿fue estrangulada por orden de su marido? El “Obstinado” Luis X no guardó luto ni asistió al entierro. Estaba ansioso por volver a casarse, esta vez con Clementina de Hungría, y lo hizo cinco días después de la muerte de Margarita.

Recluida en los sótanos de la misma fortaleza, la princesa Blanca, de dieciocho años, fue trasladada a un convento, donde se la autorizó a tomar los hábitos, y nunca más pudo ver a su hermana. En 1322, su esposo fue coronado con el nombre de Carlos IV y le negó su pedido de liberación y consiguió anular el matrimonio, muriendo a los pocos años. Por último, la princesa Juana, de veinte años, fue recluida en un castillo y cuatro años más tarde, en 1317, fue liberada para ser coronada reina junto a su marido, Felipe V de Francia.

Por la pandemia, embajadores presentaron sus credenciales a Isabel II en videollamada

Siguiendo la tradición, tres embajadores presentaron sus credenciales a la monarca pero a 40 kms. de distancia, a través de una videollamada.

La reina Isabel II de Gran Bretaña celebró su primera audiencia diplomática virtual saludando a los embajadores extranjeros que llegaron hasta el Palacio de Buckingham, desde su casa en el Castillo de Windsor.

Siguiendo la tradición, tres embajadores presentaron sus credenciales a la monarca pero a través de una videollamada, organizado de acuerdo con el consejo médico para mitigar el impacto de la pandemia de coronavirus.

La reina Isabel II, de 94 años, y su esposo Felipe, duque de Edimburgo, pasaron gran parte del segundo encierro en Inglaterra en su residencia de Berkshire y anunciaron a principios de esta semana que permanecerán en el Castillo de Windsor durante la Navidad, renunciando a la reunión real anual en Sandringham.

Una portavoz del Palacio de Buckingham dijo: “Las audiencias diplomáticas son una parte antigua y tradicional del papel del monarca y la esperanza siempre ha sido reiniciarlas lo antes posible. «Se consideraron una variedad de opciones de acuerdo con las pautas actuales para reintroducir audiencias diplomáticas mientras se conservan algunos de los elementos ceremoniales establecidos desde hace mucho tiempo, como el uso del Palacio de Buckingham», agregó.

El Reino Unido -el país más enlutado de Europa con 60.113 muertos por Covid- anunció el inicio de la vacunación la semana próxima para los residentes y el personal de las casas de ancianos. Pero el país, primero del mundo en aprobar el uso de la vacuna desarrollada por Pfizer y BioNTech, se encuentra todavía bajo confinamiento nacional, por lo que de acuerdo con el consejo médico, la reina celebrará todas las audiencias diplomáticas “virtualmente desde el Castillo de Windsor”, añadió la casa real

La monarca celebró tres audiencias diplomáticas separadas con Sophie Katsarava, embajadora de Georgia, Gil da Costa, embajadora de Timor-Leste también conocido como Timor Oriental, y Ferenc Kumin, embajador de Hungría, y su esposa Viktoria Kumin, quienes se presentaron ante la pantalla en la Equerry’s Room de Buckingham mientras la Reina estaba sentada en la Sala Oak en el Castillo de Windsor, a 40 kms de distancia.

Las audiencias diplomáticas se han mantenido casi sin cambios desde la era victoriana: los embajadores son recogidos de su embajada o residencia en un landau estatal, un carruaje ceremonial tirado por caballos, y son llevados al Palacio de Buckingham para presentar sus credenciales a la reina. Esta ceremonia se mantuvo intacta.

Realeza británica enfrentará una «década difícil», advierte líder republicano

La Casa de Windsor se encuentra ante el desafío de mantener el protagonismo con una familia real menguante, dijo Graham Smith.

La familia real británica deberá prepararse para una “década difícil” después de la pérdida de tres de sus protagonistas, según advirtió el activista republicano Graham Smith.

Smith, que dirige la organización Republic y clama por la abolición de la monarquía, aseguró que después de que los príncipes Harry y Andrés se hayan alejado de sus funciones públicas y la perspectiva de que la reina Isabel II fallezca en los próximos diez años dejará a la monarquía en una situación calamitosa con solo unos pocos miembros respetables.

«Han perdido a tres de sus estrellas principales a principios de año, Andrés dio un paso al costado y nunca volverá a la primera línea. Meghan y Harry se han ido, la reina se retira cada vez más debido a su edad y es probable que muera antes de que termine la década. Lo que te queda son los únicos miembros de la realeza reconocibles como Carlos, Guillermo y Kate”, dijo Graham Smith.

“Carlos no tiene la misma calidez y apoyo que los demás y, francamente, Guillemo y Kate son personas bastante aburridas y poco inspiradoras que siempre jugarán el papel secundario del próximo monarca. Todo va a quitarle mucho brillo a la monarquía y generará preguntas sobre por qué tenemos que aguantarla”, afirmó el activista.

“La alineación de miembros de la realeza a la que estamos acostumbrados durante tantos años está disminuyendo rápidamente”, advirtió.

Richard Fitzwilliams, un comentarista de la realeza, manifestó sin embargo no estar de acuerdo con el punto de vista presentado por Republic.

“Es obvio que se menciona a Carlos, pero no a Camilla, quien, de manera discreta, lo ha hecho muy bien y ha trabajado duro para varias organizaciones benéficas. Es extraño que la Princesa Real, que suele ser la persona que lleva a cabo la mayoría de los compromisos, también se omita. El conde y la condesa de Wessex también hacen un trabajo extremadamente valioso”.

La vida de Catalina de Grecia: la tía más discreta de la reina Sofía de España

Dejó su título real para ser conocida como Lady Katherine Brandam. Tres de sus hermanos fueron reyes, además de varios de sus sobrinos, pero protagonizó una época de gran agitación política, con frecuentes golpes de estado que minaron la existencia de la familia real griega.

Catalina de Grecia era princesa por derecho propio y estaba relacionada con muchas de las familias reales más poderosas de Europa, pero eligió llevar el nombre de Lady Katherine Brandram después de su matrimonio con un oficial del ejército británico y llevar una vida tranquila en la ciudad inglesa de Marlow.

Nacida como Princesa de Grecia y Dinamarca el 4 de mayo de 1913, la princesa Catalina fue la tercera hija del rey Constantino I y la reina Sofía, hermana del káiser Guillermo II de Alemania; también tuvieron tres hijos, todos los cuales se convertirían en reyes debido a que que la familia real griega tuvo que sortear plagada de dictaduras, golpes de estado y exilios. La princesa tuvo la distinción de ser la ahijada de todo el ejército y la marina griegos, pero esto le ofreció poca protección en la infancia.

Nacida como Princesa de Grecia y Dinamarca el 4 de mayo de 1913, la princesa Catalina tenía dos hrmanas mujeres, la futura reina Helena de Rumania e Irene, duquesa de Aosta.

Hija de reyes, nieta y sobrina de emperadores, descendiente de zares rusos, tenía un distinguido “pedigrí” real. El linaje de su padre era de las familias reales rusa y griega, mientras que por parte de su madre estaba relacionada con Federico (el emperador de Alemania) y su esposa Vicky, que era hija de la reina Victoria y el príncipe Alberto. Tenía una apariencia clásica (en una visita a Hollywood en la década de 1930 le ofrecieron un contrato cinematográfico), pero conservó un estilo y una elegancia sofisticados e incluso en sus últimos años, muchos de los cuales los pasó en una silla de ruedas, nunca la perdió su espíritu regio.

Sus padres fueron depuestos en varias ocasiones durante su juventud (la primera vez cuando solo tenía cuatro años). En la Primera Guerra Mundial, los reyes Constantino y Sofía fueron acusados ​​de ser pro-alemanes y la edad de tres años la princesa tuvo que ser rescatada de la villa de la familia, Tatoi, en las afueras de Atenas, después de que la policía secreta prendiera fuego a la casa.

El exilio se convirtió en una forma de vida para Catalina. En 1917, sus padres la llevaron a la seguridad de Suiza, pero en 1920 su padre regresó a Grecia, reinando como rey durante dos años más antes de que volvieran al exilio. Constantino I murió en el exilio en Florencia, en 1923, atormentado por los problemas poĺitico que había sufrido su corona.

Catalina y su familia ahora pasaron muchos años en Florencia, viviendo en Villa Sparta, donde se convirtió en una pintora entusiasta.

A la agitación política se sumó a una educación estresante. Desde la edad De siete, Catalina había sido atendida por una institutriz inglesa, la señorita Edwards, y durante la Primera Guerra Mundial se educó en Suiza y asistió a un internado en Broadstairs antes de ir a North Foreland Lodge, Inglaterra. En la década de 1920, la familia fue exiliada a Florencia, donde vivió con su hermana, la reina madre Helena de Rumania. Catalina y su familia ahora pasaron muchos años en Florencia, viviendo en Villa Sparta, donde se convirtió en una pintora entusiasta.

De los hermanos de Catalina, Alejandro fue rey de Grecia desde 1917 hasta 1920 (hasta su muerte por envenenamiento de la sangre causado por la mordedura de un mono); su otro hermano, Jorge II, reinó de 1922 a 1924, y nuevamente de 1935 hasta su muerte súbita en 1947; y Pablo, el padre de la reina Sofía de España, reinó de 1947 a 1964.

En 1934, Catalina (primera desde la izquierda) fue dama de honor, al igual que la joven princesa Isabel, ahora reina, en la boda del duque de Kent y la princesa Marina de Grecia

En 1934, Catalina fue dama de honor, al igual que la joven princesa Isabel, ahora reina, en la boda del duque de Kent y la princesa Marina de Grecia, prima hermana de la princesa, en la esplendorosa boda en la Abadía de Westminster, Londres. Un año más tarde, tras la segunda entronización de Jorge II en 1935, Catalina regresó por fin a su tierra natal para cumplir con sus deberes reales, pero el estallido de la Segunda Guerra Mundial significó más turbulencias.

Catalina se unió en 1939 a la Cruz Roja Griega y participó en la enfermería de los hospitales de campaña. En 1941, el rey Jorge II, los príncipes herederos Pablo y Federa con sus pequeños hijos, tuvieron que huir de Grecia en un hidroavión organizado rápidamente por la Real Fuerza Aérea británica. Catalina los acompañó a Sudáfrica, donde pasó el resto de la guerra. Allí, en circunstancias algo precarias, continuó desempeñándose como enfermera y trabajó para ciegos en un hospital militar en Ciudad del Cabo. La conocían simplemente como “Hermana Katherine”. Durante cuatro años estuvo completamente sin noticias de su querida hermana, la reina Helena de Rumania.

En la boda estuvieron presentes la princesa Sofía, de 7 años, y sus hermanos menores, Constantino e Irene.

En 1947 la princesa conoció a quien sería su esposo, el oficial de Artillería Real, el Mayor Richard Campbell Brandram, un oficial de la Artillería Real que jugaba rugby y que era hijo de un director de escuela preparatoria retirado. Se habían visto por primera vez a bordo del Asconia cuando ella salía de Alejandría en su camino de regreso a Inglaterra, y él regresaba a casa desde Bagdad. Según el mayor Arthur Gould-Lee, historiador de la familia real griega: “En el camino de los solteros solteros a bordo, [Brandram] consideraba con cierto interés selectivo la llegada de nuevas pasajeras femeninas a la cubierta de primera clase”.

El rey Jorge II de Grecia anunció “con especial satisfacción” el compromiso de su hermana con Richard Brandram. La madre del mayor fue objeto de considerable atención de la prensa y declaró públicamente su felicidad: “No todos los días te conviertes en la futura suegra de una princesa”. El rey Jorge murió inesperadamente tres semanas antes de la boda en Atenas y su sucesor, el nuevo rey Pablo actuó como padrino con un brasalete de luto en el brazo. En la boda estuvieron presentes la princesa Sofía, de 7 años, y sus hermanos menores, Constantino e Irene.

Catalina adoptó el nombre inglés “Katherine” y el apellido de su esposo tras su matrimonio.

Catalina adoptó el nombre inglés “Katherine” y el apellido de su esposo tras su matrimonio y el rey británico Jorge VI le otorgó el título de Lady, con el rango de hija de un duque. La princesa se retiró de la vida pública y disfrutó de la pintura y la vida familiar en una cabaña en Marlow. Despojada de todo interés dinástico, Catalina encajaba más en el estilo de vida de la esposa de un oficial del ejército, quien prestó servicio en varias partes del mundo. Juntos pasaron algunos años en Bagdad y otras áreas conflictivas donde el ejército británico mantuvo una presencia militar. Pocas veces se volvió a ver a la princesa: asistió en 1995 a la boda del príncipe heredero Pablo de Grecia, y una de sus últimas apariciones públicas fue en el servicio del 80 cumpleaños de su primo, el duque de Edimburgo, en la Capilla de San Jorge en Windsor en junio de 2001.

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El bello Steenie, el cortesano al que un rey de Inglaterra amó como a nadie

Era un joven encantador y sin dinero de la corte de los Estuardo, a quien un contemporáneo describió como «el cuerpo mejor formado» del reino.

Tras la muerte de la reina Isabel en 1603, el trono de Inglaterra pasó a su sobrino, el rey Jacobo VI de Escocia, hijo de la desgraciada y decapitada reina María Estuardo.

El nuevo monarca era un joven desconocido cuando llegó a Londres. Se sabía que estaba casado con una princesa danesa, la sufriente Ana, hacia la cual Jacobo se mostró paciente y afectuoso. Pero, con el tiempo, se habían distanciado. Cuatro difíciles años tuvo que soportar la reina sin ver llegar ningún síntoma de embarazo en los que sufrió la presión y las críticas de sus detractores.

Cuando la reina Ana murió, en 1606, Jacobo VI ya era rey (Jacobo I) de Inglaterra y reinaba desde Londres, en cuya corte reunía una serie de favoritos masculinos y muy atractivos con lo que, se dice, mantuvo intensos romances. Entre ellos estaba Esmé Stuart, señor de Aubigny, veinte años mayor que Jacobo, y que marcó fuertemente su personalidad. El segundo favorito fue el escocés James Hay, al que creó vizconde de Doncaster, primero, y después, conde de Carlisle. A este le sucedió Robert Carr, otro joven y atractivo escocés, caballerizo de James Hay, que terminó convertido en Conde de Somerset.

Una crónica de la época escribió acerca de la relación del rey con Buckingham y con su predecesor, Robert Carr, lord Somerset: “El amor que el rey le demuestra sólo se explica si está confuso con respecto a su sexo y piensa que son damiselas. Por lo que he visto, Somerset y Buckingham luchan por ver cuál de los dos consigue parecer más femenino, aunque sus aires de p(utas) y sus gestos lascivos exceden los de cualquier mujer que yo haya conocido”.

Pero hubo un hombre que pasó a la historia como el más importante compañero sentimental de Jacobo I. Se trata de George “Steenie” de Villiers, duque de Buckingham (1592-1628), un joven encantador y sin dinero, a quien un contemporáneo describió como “el cuerpo mejor formado de Inglaterra”. El pueblo estaba cada día más disconforme con la conducta del rey mientras los nobles y el Parlamento se preocupaban por su futuro.

Acusado de homosexual, Jacobo I no se amilanó y admitió públicamente: “Pueden estar seguros de que amo al conde de Buckingham más que a cualquier otro… Jesucristo tenía a su Juan, y yo tengo a mi Steenie”. El amor del rey hacia Steenie queda reflejado en las cartas de amor que le escribía: “Amo tu persona, y amo todas tus partes”, decía una de ellas. “Dios te bendiga, mi querido Niño y Esposa, y permita que siga siendo tu Papá y Marido”, le respondía el rey.

El 23 de agosto de 1628, un oficial del ejército asesinó a Villiers apuñalándolo en un muelle del río Támesis. El favorito fue sepultado en la Abadía de Westminster, siendo la primera persona no perteneciente a la familia real en ser enterrada allí, precisamente cerca de la tumba de su amado rey Jacobo. Fue el célebre pintor holandés Peter Paul Rubens (1577-1640) el encargado de inmortalizar a Steenie Villiers, cuya belleza encandiló al propio rey.

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Diario de un cortesano español relata interna del divorcio de Enrique VIII y Catalina de Aragón

El arqueólogo profesional convertido en autor Tim Darcy Ellis publicó un libro basado en los diarios personales de Juan Luis Vives que podrían cambiar las opiniones de larga data sobre el rey Tudor.

Juan Luis Vives fue un español judío y un erudito de renombre en el siglo XVI, que huyó de España para evitar la Inquisición. El Lord Alto Canciller de Inglaterra, Sir Thomas More, le ofreció el trabajo de tutor de la princesa María, hija de Catalina de Aragón y Enrique VIII, a la que aceptó para convertirse en un conocido miembro de la corte Tudor. Pero Vives “no está en los libros de historia ingleses”, según Tim Darcy Ellis, quien publicó recientemente una novela histórica sobre el cortesano basada en relatos históricos.

En su libro Los diarios secretos de Juan Luis Vives, Ellis explora la historia de cómo Vives quedó atrapado en la disputa de divorcio entre Enrique VIII y su primera esposa y vivió para contarlo. Para trazar su historia, reunió extractos de los escritos originales del cortesano y trabajar en un relato ficticio de su vida y, al hacerlo, hizo algunos descubrimientos notables.

“En la escuela, solo me enseñaron historia inglesa y eran en gran medida los años setenta y ochenta, una era poscolonial y de posguerra, así como leer libros de los años veinte y treinta”, explicó Ellis. “Siento que simplemente aceptas esa narrativa y no haces demasiadas preguntas”.

“Muchos personajes españoles fueron vistos como oscuros y siniestros, conspirando y querían ver a la reina cortarse la cabeza; siento que casi los vimos como el enemigo y no analizamos ningún potencial sobre cómo contribuyeron. Siento que con Vives, él realmente mejoró la sociedad para mucha gente en Inglaterra en ese momento, especialmente mujeres, gente pobre y aquellos con enfermedades”, agregó Ellis.

Enrique VIII es más conocido por sus seis matrimonios y, en particular, por sus esfuerzos por anular el primero, con Catalina de Aragón. En entrevista con Express, Ellis detalló cómo Vives jugó un papel fundamental en el proceso al «trabajar en ambos lados» para apoyar sus propios objetivos de «asegurarse de que los gobernantes cristianos se ocuparan de todos en sus dominios».

“Tan pronto como llegó a Inglaterra, Vives se hospedó con la familia More, pero muy pronto conoció a los monarcas y luego se fue a la Universidad de Oxford. Así que gradualmente durante un año o dos, estuvo involucrado en asuntos de la corte real y habría sido invitado a eventos”, añadió el autor.

“Puedes ver con Vives que su confianza crece a través de sus escritos, siento que después de que su padre fue ejecutado [como parte de la Inquisición] tuvo una oportunidad de decir cómo se sentía. Comenzó a arremeter contra el Papa, el Arzobispo de Sevilla, el Emperador Carlos V y Enrique VIII con una valentía increíble”.

“Es extraordinario los ataques que lanzó contra personas a las que vemos que no les importa cortarles la cabeza”, dijo Ellis, quien asegura que Vives “apoyó a Catalina de Aragón contra Enrique cuando intentaba divorciarse de ella y terminó en prisión justo antes de que finalmente lo expulsaran de Inglaterra”.

El desacuerdo de Enrique con el Papa Clemente VII sobre su divorcio lo llevó a iniciar la Reforma inglesa, separando a la Iglesia de Inglaterra de la autoridad papal. El rey se autoproclamó Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra y disolvió conventos y monasterios, por lo que fue excomulgado.

Con el tiempo, Juan Luis Vives se vería encarcelado por ir contra Enrique VIII y advertirle de su «arrogancia», pero escapó antes de la ruptura. “Lo encarcelaron durante seis semanas y luego le dieron un día para salir. Para cuando ocurrió la ruptura con la Iglesia en la década de 1530, él estaba de regreso a salvo en Flandes, y ese fue un punto de su vida en el que realmente estaba pensando en atacar a la Iglesia”, dijo el autor.

Vives “fue bastante franco, pero en cuanto a la ruptura con Roma, no comentó mucho sobre eso y no creo que lo vea como algo malo. Es parte de su habilidad de oratoria y persuasión: un hombre muy inteligente que podía manipular a los actores clave en el momento adecuado”. Durante su reinado de 36 años como rey de Inglaterra, Enrique VIII ejecutó hasta 57.000 personas. Pero Ellis dice que Vives se las arregló para manipular y mantener al rey bajo control, escapando antes de su “mala momento”.

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La popularidad de Meghan Markle y el príncipe Harry cayó a su nivel más bajo

Los duques de Sussex, antes adorados por los británicos, ya no gozan del cariño de los ciudadanos del Reino Unido. La popularidad de la pareja alcanzó su nivel más bajo jamás registrado.

De acuerdo con una reciente encuesta llevada a cabo por YouGov acerca de la popularidad de los miembros de la familia real, la percepción pública del dúo continúa «deslizándose hacia abajo».

El príncipe Harry, de momento, sigue dividiendo a la opinión pública: el 48% de los adultos tiene una impresión positiva del hijo menor de Carlos, mientras que el 47% tiene una opinión negativa acerca de él. Esto le deja con una puntuación neta de un punto, es decir, una caída de 19 puntos desde marzo de este año.

La popularidad de su esposa es muy inferior. El 33% de los adultos británicos la ve de una manera positiva, mientras que un 59% tiene una opinión negativa acerca de la duquesa. Es decir, la puntuación de Meghan es de 26 puntos negativos, una caída de 18 puntos desde marzo.

El único miembro sénior de la familia real con una puntuación peor que la de Markle es el príncipe Andrés, tercer hijo de la reina Isabel II, recientemente involucrado en el escándalo sexual del fallecido magnate estadounidense Jeffrey Epstein. Andrés suma 73 puntos negativos de popularidad.

Harry y Meghan gozan de mejores índices de popularidad entre la población más joven, los ciudadanos mayores los rechazan todavía más. El duque y la duquesa de Sussex han obtenido, respectivamente, 28 y 20 puntos de popularidad entre británicos de 18 a 24 años. Entre personas con más de 65 años, los duques obtuvieron -45 y -66 puntos, respectivamente.

Ingrid Seward, editora en jefe de Majesty Magazine, una revista dedicada a la realeza británica, habló sobre la percepción del público británico acerca del duque y la duquesa de Sussex.

«Dejamos de tener a Harry y Meghan en la portada hace un tiempo. Simplemente no se estaba vendiendo, la revista no se estaba vendiendo cuando estaban en la portada. La revista Hello! me dijo lo mismo», compartió Seward en el pódcast Royally Obsessed.

La razón en la caída de la popularidad de la pareja real, según la editora en jefe, es que los británicos sienten que Harry los abandonaron y que Meghan es probablemente la que lo motivó a hacerlo.

YouGov

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Akishino de Japón fue declarado Heredero del Trono en ritual imperial

El hijo menor de los ex emperadores Akihito y Michiko asumió el título de “Koshi denka” en un ritual ancestral celebrado en Tokio.

El príncipe Akishino de Japón, fue formalmente declarado Príncipe Heredero de la Era Reiwa en una ceremonia en Tokio este 8 de noviembre.

El evento, que estaba programado para el 19 de abril y se pospuso debido a la pandemia del coronavirus, tuvo lugar casi 18 meses después de que el príncipe fuera ascendido al primer lugar en la sucesión al trono tras la entronización de su hermano mayor, Naruhito.

El ascenso del príncipe Akishino al rango de “Koshi denka” (heredero) entierra definitivamente las esperanzas de una gran mayoría de japoneses que prefería ver como futura emperatriz a la princesa Aiko, hija de Naruhito y de la emperatrz Masako.

Vestido con una túnica de color naranja, el príncipe de 54 años se presentó en el ritual «Rikkoshi Senmei no Gi» (ceremonia de proclamación del príncipe heredero) en el Salón Matsu no Ma, el espacio más amplio del Palacio Imperial de Tokio, ante unas 50 personas, incluidas miembros de la familia imperial y funcionarios del gobierno. Su esposa, la princesa heredera Kiko, de 54 años, también participó del ritual.

Las ceremonia fue similar a los rituales de Rittaishi no Rei que se celebraron en 1953, cuando Akihito fue declarado príncipe heredero, y los de 1991 cuando el actual emperador fue proclamado como tal. Pero a diferencia de sus antecesores, Akishino no asumió el título de “Kotaishi” -que utilizan los hijos del emperador- sino el de “Koshi”, destinado a los herederos que no son hijos de los emperadores reinantes.

Tras los discursos del emperador Naruhito, de 60 años, y del príncipe heredero, el primer ministro Yoshihide Suga ofreció un mensaje de felicitación similar al que se dio en octubre de 2019 durante la entronización del emperador.

El número de asistentes a la ceremonia, de aproximadamente 15 minutos de duración, se redujo significativamente de los 350 inicialmente planeados a raíz del brote de coronavirus en el país. Los banquetes imperiales y el desfile por las calles de Tokio también se cancelaron.

El príncipe heredero Akishino heredó una espada imperial transmitida por los sucesivos príncipes herederos nipones como símbolo de su nuevo estatus y será recibido en audiencia por los emperadores en la ceremonia “Choken no Gi”, que se llevará a cabo el domingo por la tarde después de la proclamación.

El emperador Naruhito, de 60 años, cuenta actualmente con otros dos presuntos herederos además de su hermano: su sobrino de 14 años, el príncipe Hisahito, y su longevo tío el príncipe Hitachi, de 83 años.

Las mujeres de la familia real están impedidas de reinar en consecuencia de la Ley de la Casa Imperial impuesta después de la II Guerra Mundial, y pierden su estatus imperial cuando contraen matrimonio. Tampoco pueden transmitir derechos sucesorios a sus hijos ni ejercer como regentes, cosa que sucedió diez veces a lo largo de la historia nipona hasta el siglo XVIII.

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Perfil: Akishino de Japón, un futuro emperador con curiosidad científica

Reconocido por su franqueza, no es el futuro monarca que muchos japoneses quisieran tener, pero su presencia se convirtió en indispensable para una monarquía en peligro de extinción. ¿Quién es realmente el príncipe?

El nuevo príncipe heredero nipón, Fumunito, también conocido como Akishino, que será formalmente declarado heredero de la Era Reiwa en una ceremonia en Tokio este 8 de noviembre, es conocido como uno de los miembros más francos de la familia imperial, y a menudo expresa sus puntos de vista sobre cómo debería estar la familia en los tiempos modernos. El príncipe también es conocido por su interés en los animales, habiendo investigado la domesticación de pollos, entre otros temas.

Nacido el 30 de noviembre de 1965, Fumihito es el hijo menor del emperador emérito Akihito y la emperatriz emérita Michiko y era conocido como el príncipe Aya cuando era joven. Asistió a la escuela primaria de la Universidad de Gakushuin al igual que su hermano y muchos otros miembros de la familia imperial, y avanzó a su escuela secundaria y secundaria antes de ingresar a la Facultad de Derecho de la universidad, Departamento de Estudios Políticos.

Después de graduarse de la universidad en 1988, fue a Gran Bretaña para estudiar en la Escuela de Graduados de Zoología en el St. John’s College de la Universidad de Oxford y regresó a Japón en 1990, escribió el Japan Times en un reciente perfil del príncipe.

Boda imperial con una plebeya

La noticia del compromiso de Fumihito en agosto de 1989 sorprendió a muchos en Japón, ya que fue solo siete meses después de la muerte de su abuelo, el emperador Hirohito. La noticia llegó mientras la familia imperial cumplía un año de luto y Fumihito estudiaba en Gran Bretaña. Su compromiso, después de una relación de cuatro años también ocurrió antes que el de su hermano mayor, al que le costaba encontrar una esposa, y el interés de los medios significó que eclipsó a Naruhito por primera vez.

La corte consideró que una boda sería inapropiada durante el período de duelo, pero decidió que un anuncio no oficial era aceptable. Después de regresar de dos años de estudios en Gran Bretaña, Fumihito se casó con Kiko en junio de 1990. Su matrimonio con Kiko, quien también estudió en la Universidad de Gakushuin y es la hija del economista y profesor de la Universidad de Gakushuin, Tatsuhiko Kawashima, marcó el inicio de una nueva rama de la familia imperial, la de los Príncipes Akishino.

La primera hija de la pareja, la princesa Mako, nació en octubre de 1991, y su segunda, la princesa Kako, nació en diciembre de 1994. En septiembre de 2006, nació el príncipe Hisahito, convirtiéndose en el primer hijo y heredero del trono del crisantemo nacido del imperial. familia en 41 años. Debido a que la Ley de la Casa Imperial de 1947 de Japón establece que solo los varones de la línea paterna pueden ascender al trono, lo que deja tres herederos en la actualidad: Akishino y su hijo menor Hisahito se convirtieron en los futuros emperadores.

Primero en la línea sucesoria

En 2018, el príncipe causó revuelo al cuestionar si el dinero público debería financiar el Daijōsai único, un ritual clave durante el proceso de entronización que se celebró en noviembre de 2019, dada su naturaleza fuertemente religiosa. Su comentario sobre la necesidad de aceptar una familia imperial más pequeña también atrajo interés y ofrece una idea del pensamiento de la casa imperial.

Akishino planteó una pregunta sobre el financiamiento estatal de Daijosai, el evento religioso, desde el punto de vista de la separación de religión y estado. En su lugar, sugirió utilizar los fondos privados de la familia imperial para el ritual en 2018. Aunque su propuesta no fue aceptada, dijo que sus sentimientos sobre este asunto permanecen sin cambios en una conferencia de prensa en su cumpleaños en 2019.

Como sugiere este comentario, el príncipe Akishino es conocido por su franqueza. Sin embargo, también es conocido por su sentido del humor. Durante la misma conferencia de prensa, el príncipe comentó sobre las ceremonias relacionadas con la entronización de su hermano: “En la ceremonia anterior, el actual emperador estaba a mi lado y sentí que podía observar sus gestos formales si no sabía qué hacer. Pero en esta ceremonia, no pude hacer eso e imaginé que otros participantes probablemente seguirían mis acciones. Así que estaba un poco nervioso por eso. Pensé que tenía que comportarme para no cometer errores”, dijo.

Compartir alegrías y tristezas de la gente”

“Como el único otro miembro masculino de la familia imperial de la misma generación, Akishino tiene una gran responsabilidad en el mantenimiento de la familia”, escribió el periodista Saito Katsuhisa, especializado en asuntos de la monarquía nipona.

Akishino y Kiko han participado en diversas ceremonias como las relacionadas con el nuevo reina y otros eventos como parte de sus funciones. Sus hijas mayores, la princesa Mako, de 29 años, y la princesa Kako, de 25, también han cumplido con distintas ceremonias. Cuando se le preguntó sobre los deberes de su familia y el nuevo papel de la familia imperial en la conferencia de prensa, el príncipe dijo que cree que es importante que todos los deberes se lleven a cabo de manera respetuosa.

“Creo que el (papel básico de la familia imperial) es compartir las alegrías y las tristezas de la gente y cumplir con nuestros deberes mientras deseamos la felicidad de la gente. Esto es algo que el emperador emérito ha dicho a menudo ”, dijo el príncipe en la conferencia de prensa. “A medida que las solicitudes (del público a la familia imperial) cambian de una época a otra, creo que siempre debemos considerar la forma en que actuamos para adaptarnos a los tiempos”, dijo mientras mantiene la importante tradición de la familia.

En una conferencia de prensa celebrada por el príncipe heredero y la princesa heredera antes de su viaje a Europa, un periodista preguntó qué pensaba la pareja sobre el tema de cumplir con los deberes reales a medida que la familia disminuye en número. Akishino dijo que, en cierto sentido, era necesario simplemente aceptar que habría menos miembros capaces de participar en las actividades de buena voluntad internacional. “Creo que debemos hacer lo que podamos con los números disponibles”, comentó.

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La desconocida Luisa de Lorraine-Vaudémont, última reina de la maldita dinastía Valois

“Apenas parecía sensible al resplandor de su felicidad. Enrique se sorprendió por esta prodigiosa indiferencia” (Escrito por el historiador contemporáneo Fontanieu)

La reina viuda Catalina de Médicis estaba haciendo todo lo que estaba a su alcance para encontrar una novia para su hijo Enrique. Se consideraron a Doña Juana, hermana del rey Felipe II de España, a la hija de Felipe II y sobrina de Enrique, Doña Isabel Clara Eugenia de España, a las cuñadas viudas de Enrique, María de Escocia e Isabel de Austria, la reina Isabel Tudor de Inglaterra o incluso una princesa sueca o danesa. Ninguna de estas posibilidades funcionó. Entonces Enrique hizo lo impensable. Eligió a su propia novia, la hija de una casa menor de la nobleza francesa.

Debido a que Enrique era el tercer hijo del rey Enrique II, había pocas posibilidades de que se sentara en el trono de Francia. En 1573, el reino polaco estaba buscando un gobernante y eligió a Enrique como su rey. En otoño, Enrique viajó a Cracovia y en el camino se detuvo en la corte del duque Carlos III de Lorena, que estaba casado con su hermana, la princesa Claudia. Claudia acababa de dar a luz a un hijo y estaban celebrando su bautizo. Debido a que Claudia estaba indispuesta, los eventos fueron organizados por Catalina, condesa de Vaudémont.

Luisa, la hijastra de la condesa de Vaudémont, era parte de su séquito y llamó la atención de Enrique. Tenía diecinueve años, era rubia y hermosa. Enrique pidió que le presentaran a Luisa y le dieran un baile. El duque de Lorena presentó a su sobrina y Enrique se enteró de que era la hija del conde de Vaudémont de su primera esposa. Enrique rara vez se apartaba del lado de Luisa durante su estancia en Nancy. Estaba encantado por su humildad y modales amables. Luisa se parecía notablemente a María de Clèves, la esposa del enemigo de Enrique, el príncipe de Condé. Enrique estaba obsesionado con Marie y quería casarse con ella a pesar de que ella ya estaba casada y la relación era idealizada y platónica.

Hija de una buena familia

Luisa nació el 30 de abril de 1553 en el castillo de Nomeny. Era hija de Nicolás, duque de Mercoeur y conde de Vaudémont, una rama más joven de la Casa de Lorena y primos de la Casa de Guisa. Su madre era Marguerite d’Egmont, hermana del conde de Egmont, gobernante de los Países Bajos que había sido ejecutado en 1568 por orden del rey Felipe II de España. La madre de Luisa murió un año después de su nacimiento y su padre se casó con Juana de Saboya, hermana del duque de Nemours. Jeanne era una madrastra cariñosa y cariñosa y se aseguró de que Luisa recibiera una sólida educación clásica. Presentó a Luisa a la corte de Nancy a la edad de diez años.

Juana de Saboya murió cuando Luisa tenía quince años y su padre se casó por tercera vez con Catalina, la segunda hija del duque de Aumale, hijo de Claudio, primer duque de Guisa y de Luisa de Brezé, hija de Diane de Poitiers y su marido el conde de Maulevrier, gran senescal de Normandía. Estas diversas esposas produjeron muchos medios hermanos y hermanas para Luisa.

Catalina era solo tres años mayor que Luisa y mostró favoritismo hacia sus propios hijos a expensas de Luisa y sus hermanos de Juana de Saboya. El padre de Luisa no hizo nada para mitigar el maltrato y la negligencia a manos de su madrastra. No se le permitió participar en las desviaciones de la corte de su padre. Catalina le dio a sus propias hijas ciertos lujos y privilegios que le correspondían a Luisa. A Luisa le dieron una habitación en una parte distante del palacio donde vivía aislada. Su principal compañera fue Mademoiselle de Changy y recibió la visita de uno de sus hermanastros, el hijo de Jeanne de Savoy. Estas circunstancias hicieron a Luisa tranquila y seria, de temperamento suave, sensible y piadosa.

Una serie de eventos desafortunados

Después de conocer a Enrique en 1573, Luisa continuó con su vida aislada, viajando en misiones de beneficencia, rezando, leyendo, haciendo peregrinaciones al santuario de San Nicolás, bordando y estudiando. Tenía muchos pretendientes, incluido el conde de Thoré, hermano del mariscal de Montmorency. Ella formó un vínculo con el príncipe Paul de Salms, pero su familia se opuso a esta alianza porque querían que se casara con François de Luxembourg, el conde de Brienne.

El hermano de Enrique, el rey Carlos IX, murió en mayo de 1574 y Enrique regresó inmediatamente desde Polonia hasta Francia para reclamar el trono con el nombre de Enrique III.

El 30 de octubre de 1574, el objeto de la obsesión de Enrique, María de Clèves murió de una infección pulmonar. Enrique estaba desconsolado, pero su madre le aseguró que le buscaría una esposa y comenzó las negociaciones para casarlo con la princesa sueca Elisabeth Vasa, pero Enrique tenía otras ideas: había decidido en secreto casarse con Luisa de Vaudémont, la princesa de Lorena que se parecía a María de Clèves. Pero por ahora se mantuvo callado sobre su decisión.

En enero de 1575, Enrique informó a su madre de su plan. Catalina estaba decepcionada con la elección de Enrique, ya que Luisa no era una princesa y no aportaría una gran dote al arreglo. Pero se dio cuenta de que no podía cambiar de opinión a Enrique. Una vez que Enrique dio a conocer su decisión, se envió un mensaje a través de una misiva privada al duque de Lorena.

Horas más tarde, Philippe Hurault de Cheverny y Michel Du Guast, marqués de Montgauger llegaron a Nancy ante el asombro del duque, su esposa y los padres de Luisa. La intención de Du Guast era intercambiar anillos de compromiso con Luisa en nombre del rey y entregar cartas de Enrique y Catalina de Médicis a Luisa y sus padres y habló con el duque de Lorena y el padre de Luisa la mayor parte de la noche.

Reina de la noche a la mañana

Al día siguiente, Luisa se había quedado dormida y la tomó por sorpresa cuando su madrastra entró en su habitación para despertarla y le hizo tres reverencias. Luisa pensó que era una broma y que estaba en problemas por quedarse en la cama demasiado tiempo. Cuando su padre entró en la habitación y se inclinó ante ella dos veces, se dio cuenta de que todo iba en serio.

Luisa se reunió con Du Guast y aceptó la propuesta del rey. Tres días después, Luisa, sus padres y el duque de Lorena partieron hacia Reims, donde Enrique sería coronado. Cheverny fue enviado a encontrarse con ella en Sommières y le entregó una carta de Enrique, un retrato del rey y un cofre con joyas. Luisa parecía apenas reconocer su posición mejorada. Enrique observaría esto y se sorprendió por su indiferencia.

Enrique pidió prestados 100.000 écus para los gastos venideros y viajó al norte desde Aviñón con su madre y la corte, rumbo a Reims para su coronación y matrimonio. Enrique fue coronado en Reims el 13 de febrero de 1575. Al día siguiente de la coronación, el cardenal de Guise prometió a Luisa y Enrique. Se finalizó el contrato de matrimonio y Luisa recibió una amplia dote. Se celebró un majestuoso banquete y la boda se celebraría al día siguiente.

Enrique III trató a su reina como a una muñeca

El rey se propuso reinventar a Luisa a su propia imagen idealizada. Enrique diseñó el vestido de novia de Luisa y otros atuendos para la boda. Acomodó las joyas en su tocado. Luisa pareció disfrutar de la atención que le dio. Ella fue muy paciente y dulce mientras Enrique III se preocupaba por ella. Mientras cosía una de las preciosas gemas de su vestido de novia, logró pincharle la piel con la aguja. Luisa ni siquiera lanzó un grito por la herida.

Insistió en peinar él mismo el cabello de Luisa y colocarle la diadema en la cabeza. Después de tomarse un laborioso tiempo para peinarse bien, era demasiado tarde para que la ceremonia se llevara a cabo según lo planeado por la mañana y la boda se llevó a cabo por la noche con la ceremonia oficiada por el Cardenal de Borbón. Se casaron bajo un dosel de tela de oro en el portal de Notre Dame de Rheims. A esto siguió un banquete, un ballet y un baile. El rey y la reina bailaron un minueto y luego un Gaillarde ante la gran admiración de los espectadores.

Es muy raro tener una descripción completa y detallada de una mujer medieval o renacentista. El embajador veneciano Jean Michel describió con precisión a Luisa diciendo:

“La reina es una joven princesa de diecinueve o veinte años. Ella es muy guapa; su figura es elegante y de talla mediana más que pequeña, pues su majestad no necesita usar zapatos de tacón para aumentar su altura. Su figura es delgada, su perfil hermoso y sus facciones majestuosas, agradables y vivas. Sus ojos, aunque muy pálidos, están llenos de vivacidad; su tez es clara y el color de su cabello amarillo pálido, lo que le da un gran contenido al rey, porque ese tono es raro en este país, donde la mayoría de las damas tienen el cabello negro.

“La reina no usa cosméticos, ni ningún otro artificio del toilette. En cuanto a sus virtudes morales, es dulce y afable. Se dice que es liberal y benevolente en la medida de sus posibilidades. Tiene algo de ingenio y comprensión, y su comprensión está lista. Su piedad es tan ferviente como la de su marido, y esto lo está diciendo todo. Parece devota del rey y le muestra una gran reverencia; en fin, es imposible presenciar una unión más completa que la que ahora existe entre sus majestades”.

De la adoración al hartazgo

Regresaron a la capital y durante varias semanas la reina y el rey visitaron las iglesias de París y ofrecieron limosnas. Luisa y Enrique hacían estas visitas con frecuencia y las monjas disfrutaban de la compañía de Luisa. Inmediatamente hubo un conflicto en el matrimonio. Enrique insistió en que todas las damas de compañía que habían venido con Luisa fueran despedidas y pidió que solo él nombrara a todos los reemplazos. Los padres de Luisa también se fueron.

La reina no tenía los poderes persuasivos necesarios para controlar el comportamiento de su marido o ejercer el poder político. La corte parecía frívola y disipada. Estaba asombrada de Enrique y temía el comportamiento de sus mignons (favoritos). No tenía la energía ni la experiencia para dirigir un círculo en la corte y estaba inquieta en presencia de su dueña de las túnicas, la duquesa de Nevers. Fue eclipsada por su suegra Catalina de Médicis, quien se negó a retirarse o ceder a Luisa su puesto de primera dama de Francia.

Catalina de Médicis hizo todo lo que pudo para mantener separados a Enrique y Luisa para minimizar la influencia de la nueva reina. En consecuencia, la posición de Luisa en la corte era marginal. Luisa pudo haber sufrido un aborto espontáneo en la primavera de 1576, posiblemente arruinando sus posibilidades de volver a quedar embarazada. Aun así, Enrique III y Luisa continuaron esperando tener un hijo. En noviembre de 1576, Luisa y Enrique establecieron oratorios en todas las iglesias de París y peregrinaron a todas ellas, dando limosna con la esperanza de que ella quedara embarazada. Parecía que no podía engendrar un heredero Valois y adelgazó y sufrió episodios de melancolía. Pero los cronistas de la corte dicen que Luisa toleró su posición incómoda, humillante y anónima con tolerancia y gracia.

Enrique compró el castillo de Olinville, en el barrio de Chartres, para Luisa. Viajó con el rey a Rouen y asistió a la inauguración de los Estados Generales en Blois en diciembre de 1576. Entretuvieron a los miembros de los Estados con bailes, inclinaciones en el ring, justas, banquetes, juegos de azar y mascaradas. Estas festividades se vieron interrumpidas tras la muerte del padre de Luisa el 28 de enero de 1577. Después de firmar un tratado de paz que puso fin a las luchas religiosas en febrero de 1577, Enrique y Luisa partieron en una expedición a Blois.

Era bien sabido en la corte que Luisa III y Enrique rara vez pasaban tiempo juntos. Apareció con el rey en ocasiones importantes. Pero Enrique parecía cansado de la compañía de Luisa y prefería la camaradería de sus mignons y damas de compañía. Sin embargo, nunca nombró a otra mujer maîtresse-en-titre. Luisa buscó la compañía de sus mujeres, oró, visitó hospitales, cuidó a los enfermos, realizó actos de caridad y patrocinó fundaciones caritativas. La gente de París llegó a apreciarla por su naturaleza dulce, belleza y piedad.

¡Revolución!

El 24 de septiembre de 1581 se organizó una fiesta espectacular en la Salle Bourbon de París. La ocasión fue el matrimonio del duque de Joyeuse con la media hermana de Luisa, Margarita. El más famoso de los diecisiete entretenimientos fue el Ballet cómico de la reine, que fue presentado por la reina Luisa. Había empleado a su propio equipo de poetas y músicos para crear el ballet. Al final del espectáculo, Catalina de Médicis obligó a Luisa a darle a Enrique una medalla de oro que representaba a un delfín nadando en el mar. Era una expresión de su esperanza de que el rey y la reina tuvieran un heredero varón para heredar el trono.

En la primavera de 1588, hubo tensión en la capital. Enrique no tenía heredero varón y el siguiente en la fila era Enrique de Navarra, que era abiertamente protestante. La Liga Católica, dirigida por la familia Guise, no quería ver a un protestante en el trono. El duque de Guisa había desafiado una prohibición real de la ciudad de París. En respuesta, Enrique trajo tropas francesas y suizas. Los parisinos estaban indignados con las tropas extranjeras en la ciudad y levantaron barricadas y contraatacaron, matando a algunas de las tropas del rey. Luisa se puso del lado de Enrique en los conflictos en abierto desafío a su propia familia.

Las hostilidades aumentaron y el rey huyó a Chartres. A la reina Luisa y a Catalina de Médicis no se les permitió abandonar el Hôtel de la Reine. Se reforzó la seguridad alrededor de las dos reinas y se instaló un nuevo gobierno encabezado por los Leaguers. Catalina trató de mediar entre la Liga y el rey y, aunque Enrique fue terco, finalmente capituló. Se celebró un Te Deum en la catedral de Notre-Dame al que asistieron las dos reinas. Fueron liberados de su cautiverio y viajaron a Mantes para encontrarse con Enrique el 23 de julio. Catalina quería que Enrique regresara a París, pero él se fue a Chartres llevándose a Luisa con él.

Asesinato en el palacio

Catalina de Médicis murió en enero de 1589 y Luisa asistió al funeral. Puede haber esperado ocupar el lugar que le corresponde en la corte, pero no fue así. En el verano de 1589, estallaron las guerras de religión. La autoridad del rey Enrique III se vio gravemente desestabilizada por una letanía de partidos políticos financiados por potencias extranjeras. La Liga Católica fue apoyada por el rey Felipe II de España, los protestantes franceses hugonotes fueron apoyados por los holandeses y la reina Isabel I de Inglaterra y los descontentos que fueron dirigidos por el hermano menor de Enrique, el duque de Alençon.

Los descontentos estaban formados por aristócratas católicos y protestantes que se oponían conjuntamente a las ambiciones absolutistas del rey. El propio Enrique adoptó la posición de que una monarquía fuerte y religiosamente tolerante salvaría a Francia del colapso. Enrique II se fue de campaña y se despidió de Luisa en el castillo de Chinon, donde Luisa permanecería a salvo. Luisa estaba deprimida por su separación de su marido.

El 1 de agosto, Enrique se estaba quedando con su ejército en Saint-Cloud, preparándose para atacar París. Permitió que un fraile dominico fanático, Jacques Clément, entrara en su presencia. Clément había traído papeles falsos y mientras Enrique los leía, apuñaló a Enrique en el abdomen. La herida no pareció ser fatal al principio y Enrique pudo dictarle una carta a Luisa explicando lo que había sucedido . Sin embargo, la herida le había perforado los intestinos y murió el 2 de agosto.

Luisa recibió la noticia de la muerte de Enrique III y dejó Chinon hacia el castillo de Chenonceau. Lamentó la muerte de Enrique y juró vengarla. Rompió todas las relaciones con su familia de Lorena y fue una defensora del nuevo rey Enrique IV. Pasó su viudez en Chenonceau en condiciones de austeridad. Sus apartamentos constaban de dos aposentos junto a la capilla que estaba tapizada con tela negra. Los techos y los revestimientos estaban pintados de negro y grabados con cornucopias y lágrimas plateadas.

Escribió muchos llamamientos al rey Enrique IV pidiendo justicia con respecto a los asesinos de su marido. En 1593 viajó a Mantes para buscar audiencia con el rey. Enrique IV la recibió en público en la iglesia de Notre Dame. Luisa se puso de pie y le imploró que vengara el asesinato de su marido y pidió que sus restos fueran llevados al mausoleo real. Enrique la crió y prometió cumplir con sus peticiones tan pronto como pudiera.

Luisa regresó a Chenonceau y pasó los siguientes siete años recluida, dando alojamiento a muchas monjas capuchinas. En su testamento dejó veinte mil coronas en un fideicomiso a su cuñada la duquesa de Mercoeur para que construyera y dotara de un convento para los capuchinos de Bourges. Sin embargo, la duquesa, siguiendo el consejo del rey, compró un sitio en la Rue St. Honoré en París. El 18 de junio de 1606, los capuchinos tomaron posesión de su nueva casa y fue el primer convento de su orden en Francia.

En 1600, Luisa se mudó de Chenonceau al castillo de Moulins. Su salud se deterioró y murió de hidropesía el 29 de enero de 1601 a la edad de cuarenta y siete años. Fue enterrada ante el altar mayor de la capilla de las monjas capuchinas. En 1688, los restos fueron trasladados a la capilla de los Capuchinos en la Rue Neuve des Petits Champs. Sus restos hicieron varios movimientos más antes de ser depositados en una bóveda en St. Denis en 1817.

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«Tremenda fragilidad»: experto augura un futuro deprimente para la monarquía de Japón

La investidura del príncipe Akishino como heredero pone en evidencia la “la tremenda fragilidad” de una monarquía exclusivamente masculina, afirmó el director del Centro de Estudios Japoneses de la Universidad Estatal de Portland. El príncipe Hisahito sufritá una «presión abrumadora».

Si Japón va a seguir teniendo una casa imperial, debería ser una que defienda el principio de igualdad de género al permitir emperatrices reinantes porque, de otra forma, corre un grave riesgo de supervivencia, aseguró el escritor Kenneth Ruoff, director del Centro de Estudios Japoneses de la Universidad Estatal de Portland y autor de “La Casa Imperial de Japón en la era de la posguerra, 1945-2019” publicado a principios de este año.

“El secreto de la larga supervivencia de la casa imperial de Japón no es una adhesión obstinada a la tradición, sino todo lo contrario, la voluntad de mantenerse en sintonía con las tendencias de la época, deshacerse de tradiciones que ya no se adaptan a las cambiantes normas sociales y adoptar nuevas prácticas”, recordó Kenneth Ruoff en un comentario publicado en el Japan Times con motivo de la proclamación del príncipe Akishino como heredero del trono.

Ruoff asegura que el príncipe Akishino y su esposa, la princesa heredera Kiko, “son personas decentes y sinceras que intentan usar su prestigio imperial para hacer del mundo un lugar mejor” y siguen los pasos de los anteriores emperadores, Akihito y Michiko “al mezclarse regularmente con sus compatriotas”. “Aquellos en Japón que se preocupan profundamente por la casa imperial deberían estar agradecidos por el hecho de que el príncipe heredero Akishino haya aceptado con gracia su puesto secundario”, afirmó el experto.

¿Qué pasaría frente a un «Megxit» japonés?

Comparando la escasez de varones herederos de la monarquía más antigua del mundo con el caso del príncipe Harry y Meghan Markle, el académico cree que “la preocupación en Japón debería ser aún más pronunciada considerando la crisis de los herederos”.

Desde la entronización del emperador Naruhito, en mayo de 2019, solo tres hombres tienen derecho a reinar (los príncipes Akishino, Hisahito y Hitachi) en un país que después de la II Guerra Mundial impuso la prohibición de que las mujeres tengan derechos de sucesión al trono. Paralelamente, Japón abolió todos los títulos de nobleza y las ramas descendientes de la familia imperial pasaron a ser plebeyas, por lo que no existen hombres de linaje imperial que puedan entroncar con las princesas.

“La política de Japón solo para hombres es responsable de la situación actual en la que actualmente solo hay dos herederos viables al trono”, dijo Ruoff, quien acotó que, de esta forma, “la línea imperial de Japón es potencialmente bastante frágil”. Los príncipes herederos Akishino y Kiko “están criando al único miembro masculino de la próxima generación de imperiales”, recordó. “No es exagerado decir que el futuro de la línea imperial descansa sobre los hombros del príncipe Hisahito, de 14 años”.

“Esto fácilmente podría considerarse un problema de derechos humanos si uno desarrolla algunos escenarios que se avecinan”, dice Ruoff. “Consideremos, por ejemplo, la presión abrumadora a la que se someterán el príncipe Hisahito y su futura esposa para engendrar un hijo (y el nacimiento de un solo hijo significaría que la tremenda fragilidad de la línea imperial continuaría durante otra generación)”, agregó.

En este sentido, el experto concluyó que la única forma en que la monarquía japonesa puede sobrevivir será teniendo “una casa imperial que defienda el principio de igualdad de género al permitir emperatrices reinantes”.

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