Zita de Borbón-Parma: el camino a la santidad de la última emperatriz de Europa

Siempre hemos leído que “detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”. La mayoría de las veces esto no es cierto: Zita no estuvo detrás de un gran hombre, Zita caminó a su lado.

La historiadora Verónica Güidoni de Hidalgo nos cuenta su historia.

En la época de la fuerza femenina y el empoderamiento de las mujeres, cualquiera de nosotras en la tercera década del siglo XXI, quedaría asombrada ante la iniciativa y el temple feroz de algunas de nuestras congéneres de un siglo antes. Más aun si se trata de una de las épocas más convulsas de la historia y si los principales puestos de mando eran aun privativos de los hombres.

Las princesas del 1900 recibían por lo general una educación esmerada en internados o conventos, eran políglotas, veían poco a sus padres y se preparaban para el mayor logro de sus vidas: consolidar las dinastías, dar a luz al heredero varón. Tarea no tan sencilla a veces, pues en ello podía írseles la vida, en tiempos en los que la muerte en puerperio era una realidad demasiado frecuente.

Pero hubo princesas, como hemos podido ver en varias publicaciones que trascendieron a esa noble tarea, se inmiscuyeron en los negocios políticos, velaron por el poder de sus esposos y la integridad de sus reinos sin que por eso perdieran un ápice de femineidad ni menos de sangre azul.

Zita de Borbón (1892-1989), la princesa de mirada luminosa, fue una de ellas. Siempre hemos leído que “detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”. La mayoría de las veces esto no es cierto: Zita no estuvo detrás de un gran hombre, Zita caminó a su lado.

Nacida en la Toscana italiana, Zita María de la Gracia de Borbón Parma y Braganza era hija del último duque de Parma y Piacenza antes de la unificación italiana y de la segunda esposa de éste, la infanta portuguesa nacida en Alemania, María Antonia de Braganza. De este segundo matrimonio, Zita era la quinta hija, pero su padre en realidad tuvo veinticuatro hijos: doce en el primer matrimonio con María Pía de las Dos Sicilias -varios de ellos con discapacidades mentales- y doce del segundo con María Antonia.

Cuando su padre pierde el ducado de Parma, se instala con su numerosa familia en Austria, donde Zita crece hablando italiano, alemán y portugués, las lenguas que le eran familiares. Pero además de idiomas, Zita aprendió bien pronto lo que eran la pérdida de un trono, el exilio, la incertidumbre ante el futuro, el desarraigo.

Sin embargo, don Roberto, su padre, se esmeró en darle a prole la mejor educación, por eso envió a Zita a un exigente internado en Suiza y más tarde, cuando ya había muerto su padre, pasó a un convento en Inglaterra en el que reforzaría no sólo su formación religiosa y espiritual sino también su inglés. Una de sus tías era la superiora de ese convento, así es que no dejó de sentirse en familia y empezó a considerar la posibilidad de tomar los hábitos, como de hecho hicieron algunas de sus hermanas.

Pero no era solo su intelectualidad la que los hijos del duque educaban, también estaban abocados a las obras de misericordia y tenían obligación de ayudar a los necesitados confeccionando ropa para ellos de sus propios vestidos.

Una vez llegada a la adolescencia, su tía materna María Teresa de Braganza, tercera esposa de Carlos Luis de Habsburgo, hermano del emperador Francisco José, decidió buscarle un digno esposo a Zita, que era su sobrina favorita. Recordemos que María Teresa, ya viuda del archiduque Carlos Luis, había abogado exitosamente por el matrimonio morganático de su hijastro Francisco Fernando con Sofía Chotek, de modo que se la reconocía como comprensiva y tenaz en cuestión de corazones.

Una tarde, María Teresa organizó una fiesta en Viena e invitó a su sobrina Zita. Allí se rencontró con antiguos conocidos, pero uno llamó particularmente su atención: Carlos Francisco, primogénito de Otto, el hijastro de María Teresa. El flechazo fue inmediato para Zita, cuya mirada luminosa no la dejaba disimular la emoción que le provocaba ese apuesto príncipe Habsburgo de ojos transparentes. Inmediatamente se hicieron amigos.

Pero Carlos era un poco introvertido y no se decidía a pedir la mano de Zita, hasta que le llegó el rumor que el Príncipe Jaime de Borbón -de la rama carlista española- iba a hacerlo. Fue entonces que el archiduque se alarmó y decidió pedir en compromiso a la princesa italiana. La boda se celebraría el 21 de octubre de 1911, una fecha que pasará al santoral católico en el castillo de Schwarzau. Zita tenía entonces diecinueve años.

Los primeros años del matrimonio fueron muy felices, sobre todo con el nacimiento de sus dos primeros hijos en 1912 y 1913. Todos percibían en el carácter alegre y decidido de la nueva archiduquesa, la fuerza que impulsaba a Carlos Francisco, cuyo carácter y cultura eran de menor envergadura que los de su esposa.

Pero la vida de Zita dio un giro completo con la muerte del tío de su esposo, el archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador y heredero, en 1914, y el consecuente estallido de la Primera Guerra Mundial. La herencia pasaba así a Carlos Francisco y a Zita como futuros emperadores de Austria Hungría. El anciano emperador Francisco José de 83 años, apenas sobreviviría dos años más. Un escenario complejo se le presentaba a la joven pareja imperial en una Viena que había acallado sus valses por levantar sus armas. En 1916, Carlos y Zita acceden al trono.

La coronación del emperador Carlos nada tuvo de alegre, fue austera, haciéndose eco de la sencillez que vivía la nueva familia imperial en pleno conflicto mundial. Fueron tiempos tristes: Carlos buscaba la paz, era el único mandatario del conflicto que, ante todo, buscaba la paz. Zita entre tanto, negociaba a través de correspondencia secreta con sus muchos hermanos en los diferentes países en conflicto, una salida de paz y honor para Austria. Desconfiaban de Alemania, sabían que el emperador alemán sólo quería el fin de la monarquía dual de Austria Hungría y el desmembramiento de todo ese gran imperio.

El gran Stefan Zweig escribirá lo que era Austria antes de la guerra: “La gente vivía bien, la vida era fácil y despreocupada en aquella vieja Viena, y los alemanes del norte miraban con cierto enojo y desdén a sus vecinos del Danubio que, en vez de ser ‘eficientes’ y mantener un riguroso orden, disfrutábamos de la vida, comíamos bien, nos deleitamos con el teatro y las fiestas y, además, hacíamos una música excelente”.

Claro que, para el resto de Europa beligerante, este estado de cosas debía terminar y el Imperio multiétnico, que no poseía esclavos ni colonias, poseedor de una enorme cultura era un estorbo. El caos que vendría con el desmembramiento era justamente lo que Zita y Carlos querían evitarle a su pueblo. No había sido un Estado ideal, pero en el Imperio no se conocían la tortura, las ejecuciones públicas, las sentencias de muerte secretas, los campos de concentración, las deportaciones, las confiscaciones ni el trabajo esclavo o infantil. El antisemitismo era un delito punible.

Zita lo intuía: sólo el caos ocuparía el vacío de aquel imperio con alma de músico si el Emperador no lograba mantener su postura y la cohesión de sus reinos, por eso se mantuvo firme junto a su marido atenta a la política mientras iban naciendo más hijos. El poeta Anatole France, ganador del Nobel, dirá de Carlos que fue “el único hombre honesto que surgiría durante toda esta guerra, pero era un santo y nadie lo escuchó”.

El emperador alemán Guillermo II, que buscaba la caída definitiva de los Habsburgo, descubrió los intentos secretos de paz entre Austria y Francia. La situación de la pareja imperial quedó muy comprometida.

Dentro de Austria las voces republicanas se hacían sentir, sumadas a la creciente pobreza en las calles y los cientos de heridos que realmente preocupaban a Carlos. Por fuera, los bolcheviques planeaban su golpe maestro. Carlos intuyó el peligro que eso representaría para las monarquías, por eso se opuso a que se le diera permiso a un poco conocido líder bolchevique Vladimir Lenin para salir de Suiza a Rusia a envalentonar a los rebeldes en Rusia.

Europa parecía no querer la paz. Zita, que había vivido de niña la abdicación de su padre, insistió a Carlos para que luchara aun por sus derechos, pero la paz interna del desmembrado imperio era para él un objetivo superior. Para sanar las heridas de guerra, era necesaria la paz interna. El emperador y la emperatriz fueron depuestos – una vez que fue proclamada una república germano austríaca – y, humillados, abandonaron sus reinos rumbo al exilio.

Primero a Suiza, que los recibió con generosidad siempre y cuando no tuviera Carlos ninguna relación con la política. Pero meses después la pareja imperial partió hacia Hungría, donde aún eran reyes por un tiempo más y muy queridos por el leal pueblo húngaro. A la hora de regresar a reunirse con sus hijos, Suiza les prohibió la entrada, así es que se refugiaron en la Isla Madeira, posesión portuguesa. Allí lograron reunir a la familia.

Poco después, una neumonía mal tratada sin atención médica y con escasos recursos como contaban, llevó a Carlos a la muerte en 1922. “Mi amor por ti, es inconmensurable”, le dijo antes de cerrar los ojos por última vez. Zita, devastada de dolor, con apenas 29 años, quedaba viuda con el mayor de sus ocho hijos que apenas llegaba a los diez años, en el exilio, en la pobreza y con un futuro certero.

La tristeza la invadía mas no la doblegaba. Continuó su lucha denodada por el reconocimiento de los derechos de su familia al Imperio por su carácter férreo y su valía intelectual. Zita honraría siempre el recuerdo de su matrimonio: nunca intentó casarse de nuevo ni se quitó el luto, se abocó con tesón a diseñar un futuro digno para sus hijos.

Zita entonces, decide pedir asilo en España. Alfonso XIII, su pariente, los alojó en el Palacio de El Pardo, pero luego les ofreció el Palacio Uribarren en Vizcaya. Allí vivirán seis años en la mayor estrechez, Zita no se avergonzaba de solicitar dinero de los bienes dinásticos de los Habsburgo para sobrevivir. Aunque desgraciadamente, no era la única de la gran familia Habsburgo que estaba en el exilio y necesitada de fondos.

De ahí partieron hacia Bélgica, a fin de que sus hijos mayores pudieran tener una educación universitaria, pero el estallido de la Segunda Guerra y la ocupación nazi la impulsó a la matriarca a levantar a su familia otra vez para trasladarse a América -como tantos- concretamente a Nueva York. Allí vivirían en paz y con mejores posibilidades de progreso.

Después de 1945, volvieron a hacer maletas y se instalaron definitivamente en Suiza. Allí empezó a desistir de sus intereses políticos en favor de su primogénito Otto y se dedicó a una ocupación más personal y noble: iniciar la causa de beatificación de su esposo. Austria no le abrió las puertas en años, ni siquiera para asistir al funeral de su amada hija Adelaida.

Recién en 1982 pudo regresar a su añorada Viena, pero ya no era lo mismo. Sin duda observó cada jardín, cada prolija calle, cada bosque, cada palacio con la misma mirada vivaz y curiosa, con el mismo temple con el que alentaba a su esposo décadas atrás, con el mismo amor. Pero ya no era lo mismo. Ya Viena no era un hogar para Zita.

Volvió a Suiza, fue feliz. Cuando cumplió 95 años en la primavera de 1987, sus numerosa familia la rodeó de cariños: sus hijos, nietos y bisnietos. Quizás sobrevivían algunos de sus hermanos, sobrinos, sobrinos nietos. Era una familia de longevos y de mujeres fecundas. Pero también, como afirma la historiadora y escritora María José Rubio, eran mujeres de gran intuición y genio político. Zita no era una Habsburgo de cuna, pero lo fue de corazón y fue madre también de esa gran dinastía.

Cuál fue el “secreto explosivo” que la emperatriz Zita reveló a un historiador antes de morir

El prestigioso Jean Des Cars tuvo un encuentro privado con la viuda del último emperador austrohúngaro en el que le confió un “secreto de Estado”.

Zita de Borbón-Parma, última emperatriz de Austria y Hungría, es recordada por haber sido testigo silencioso de los más grandes eventos que sacudieron a Europa en la primera mitad del siglo XX y especialmente los que sufrió la atribulada dinastía Habsburgo. El célebre historiador Jean Des Cars fue uno de los pocos que tuvo el privilegio de sentarse frente a ella para escuchar su verdad y los oscuros secretos que incomodaron durante décadas a los Habsburgo.

“A principios de noviembre de 1982, siendo periodista de Figaro, recibí una llamada telefónica de un miembro del personal de Jacques Chirac: ‘Zita, la emperatriz de Austria, reina de Hungría, regresa a Viena en diez días. después de sesenta y cinco años de exilio. Ella estaría encantada de darte una entrevista exclusiva’”, relató recientemente en una entrevista con la revista Point de Vue. “¡En el periódico, algunos la creían muerta! Cuando hablo con mi padre, Guy des Cars, me dice: “¡Es genial! ¡Tu abuela la conoció en la década de 1930!”

Nacida en la villa Pianore, en Viareggio (Italia) en 1892, fue la décima de los 21 hijos del duque Roberto de Parma y de María Antonia de Portugal, y se casó en 1911 con el archiduque Carlos, sobrino de quien entonces era el emperador Francisco José. Para entonces, la dinastía había afrontado el suicidio del archiduque Rodolfo y el asesinato de la emperatriz Isabel, y aún faltaba lo peor: el estallido de la Primera Guerra Mundial tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando y la caída de la monarquía austrohúngara.

Nacida en la villa Pianore, en Viareggio (Italia) en 1892, fue la décima de los 21 hijos del duque Roberto de Parma.

El archiduque Carlos fue coronado emperador de Austria y rey de Hungría tras la muerte de su longevo tío Francisco José, pero tuvo que dejar Austria en 1918 y el papel histórico de Zita, a quien le costó renunciar para siempre a su país, fue que empujó a su esposo Carlos a tomar el Gobierno en Hungría en un intento de golpe en 1919, y por ello la pareja real, junto a sus ocho hijos, fue confinada a la isla de Madeira por los aliados que habían ganado la I Guerra Mundial.

Solo sesenta años después Zita de Borbón regresaría a Viena, la capital de su desaparecido imperio, y se reunió con Jean Des Cars: “Muy emocionado, salgo hacia el castillo de Waldstein, en el sur de Viena, acompañado del fotógrafo François Guénet. Mientras su hija, la princesa Isabel de Liechtenstein, nos recibe, aparece una mujercita de 90 años, vestida de negro, sostenida por dos bastones».

«La mirada de Zita es muy brillante. Me impresiona la valentía de esta superviviente de las dos guerras mundiales, esta abuela políglota, humana y culta, retirada hace años en un convento, que está a punto de hacer su entrada oficial en Viena”. “La única tierra de mi imperio que no se ha convertido en comunista”, le dijo ella.

En el transcurso de este encuentro es cuando la ex emperatriz le revela un “explosivo secreto” a Des Cars: “De repente, regresa al drama de Mayerling, este pabellón de caza donde el archiduque Rodolfo, hijo de Sissi y Francisco José, y su amante de 17 años, Marie Vetsera, fueron encontrados muertos en 1889: Lo de Rodolfo no es un suicidio, admite. ‘Fue eliminado porque sabía demasiado sobre un complot contra su padre’”. “Zita luego me instruye a restablecer la verdad sobre este secreto de Estado”, afirmó el historiador.

Zita de Borbón-Parma tardaría 60 años en regresar a Viena desde la muerte de su marido en el exilio.

“Según Zita, varios elementos apoyan la tesis de un crimen: las versiones contradictorias de la autopsia, rastros de sangre, testimonios, cartas… Pero también el silencio y la negativa de los padres de Rodolfo a ir a la cabecera del heredero de la doble monarquía. Estoy aturdido por estas revelaciones”, recordó el historiador.

“Sin perder la calma, Zita me instruye para restablecer la verdad sobre este secreto de estado y rehabilitar la memoria de Europa. ¡Nada menos! Llevado por su confianza, al día siguiente, soy testigo de su regreso triunfal a Viena. La multitud la vitorea frente a la catedral de Saint-Etienne, donde es aplaudida. Nunca olvidaré estos fascinantes momentos”.

Tras el encuentro, Des Cars dedicó las últimas páginas de su libro “Sissi y la fatalidad” a lo que la emperatriz le había confesado. “Cuando sale a la venta, cinco meses después, se convierte en una primicia mundial que me valió el boicot a los televisores y las amenazas de muerte. ¡Que importa!”, recordó el historiador. “El inicio de una larga investigación por toda Europa, fiel a la misión que me encomendó Zita, ya mi padre que, antes de morir en mis brazos, me susurró estas últimas palabras: Sigue. Todavía no he resuelto el misterio’”.

Efeméride: Carlos I, el último emperador de Austria, abdicó hace 102 años

El 11 de noviembre de 1918, Carlos I de Habsburgo, Emperador de Austria y Rey de Hungría, firmó su abdicación al trono imperial en el palacio vienés de Schönbrunn. Al día siguiente, el partido de los Cristianos Socialistas, devotamente católico y dirigido por el arzobispo de Viena, proclamó el final de la monarquía dual austrohúngara y el inicio de la República de Austria, lo que supuso el final definitivo del reinado de los Habsburgo.

El nuevo gobierno anunció al emperador y la emperatriz Zita que debían abandonar el país. Hallaron refugio en Suiza, pero como no habían querido colocar ni un centavo de su fortuna en el extranjero, su situación fue lamentable. Sus antiguos súbditos ofrecieron a la pareja imperial 184 millones de francos suizos a cambio de una declaración formal por la cual Carlos renunciaría en nombre propio y de sus descendientes a sus derechos dinásticos, pero Carlos eligió la pobreza.

Nacido en 1887, Carlos I fue el último Habsburgo que se sentó en el trono de Austria, pero no estaba destinado a reinar, ya que era un sobrino nieto del emperador Francisco José. A los dos años de su nacimiento, se suicidó en Mayerling el archiduque heredero Rodolfo, hijo del emperado, por lo que la línea hereditaria, tras otros eventos luctuosos, pasó al sobrino del emperador, Francisco Fernando. El asesinato de este heredero en 1914 convirtió a Carlos en el insospechado heredero del emperador.

El 21 de octubre de 1911, en el mismo palacio de Schwarzau donde se habían conocido, Carlos contrajo matrimonio con la joven princesa Zita de Borbón-Parma, de 19 años. El viejo y cansado emperador Francisco José exultaba de alegría: «¡Por fin un archiduque se casa con la princesa adecuada!» El monarca regaló a la novia una fabulosa diadema de brillantes mientras la duquesa viuda de Parma ofreció a su hija un collar de perlas de veintidós vueltas. El Papa Pío X, desde Roma, pronunció una bendición que más parecía una maldición: «Zita será emperatriz, peor para ella«.

En marzo de 1919, el último emperador Habsburgo de Austria, Carlos I, y su familia abandonaron Austria para instalarse en el castillo suizo de Wartegg, propiedad de la duquesa de Parma. A partir de entonces regresó dos veces de incógnito a su antiguo imperio hasta que los Aliados le recomendaron irse a la isla de Madeira, donde una pulmonía, causada por la falta de ropa de abrigo, mató al emperador a los 34 años en 1922. Sólo el rey español Alfonso XIII se preocupó por la suerte de la emperatriz viuda, Zita, que estaba embarazada, y sus siete hijos, quienes fueron de inmediato recibidos en el Palacio Real de Madrid. Allí se conserva todavía la proclamación del pequeño archiduque Otto, de 11 años, como Emperador de Austria y Rey de Hungría.

Los socialistas en el poder emprendieron una campaña infame y de odio en contra de la familia imperial que culminó con la proclamación de las «Leyes Habsburgo» en abril de 1919, pocos días después de que Carlos abandonara Austria, que establecieron el destierro eterno de la dinastía y la confiscación de sus bienes. «La presencia de los Habsburgo conlleva un continuo peligro para la República», decía un diario, mientras otro calificaba a Carlos de Habsburgo de ladrón, acusándolo de haberse llevado las joyas de la dinastía.

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Bisnieto de Carlos y Zita de Austria: «Su matrimonio fue su fuerza a pesar de todas las dificultades»

Imre de Habsburgo dijo que los últimos emperadores austrohúngaros «entendieron que el matrimonio es una vocación y un camino hacia esa santidad a la que todos estamos llamados».

El archiduque Imre de Habsburgo recordó esta semana a sus bisabuelos, el último emperador y rey ​​de Austria-Hungría, el Beato Carlos I (1887-1922), y la emperatriz Zita (1892-1989), al cumplirse un nuevo aniversario tanto de su boda, ocurrida en el castillo de Schwarzau el 21 de octubre de 1911, y de la beatificación del emperador, celebrada por el papa Juan Pablo II en 2004.

“Su matrimonio fue su fuerza a pesar de todas las dificultades que tuvieron que soportar”, dijo el Archiduque Imre, de 35 años, hijo de la princesa María Astrid de Luxemburgo y del archiduque Carlos Christian de Habsburgo-Lorena. “Poco antes de su boda, el beato Carlos le dijo a Zita esta frase sorprendente: ‘Ahora tenemos que ayudarnos mutuamente a llegar al cielo’. Esto demuestra que entendieron que el matrimonio es una vocación y un camino hacia esa santidad a la que todos estamos llamados, a pesar de nuestros pecados y debilidades”, reflexionó en una entrevista.

Imre de Habsburgo, quien está casado desde 2012 con la periodista Kathleen Walker y tiene tres hijos, cree que los jóvenes “necesitan redescubrir la belleza del matrimonio, pero siempre sean realistas al respecto, sabiendo que a veces puede ser un desafío”.

“El Beato Carlos y la Sierva de Dios Zita nos muestran que vale la pena luchar por un matrimonio fructífero y orientado al cielo”, dijo a National Catholic Registrer.

El archiduque, bisnieto de los últimos emperadores del linaje Habsburgo, relató que Carlos I y Zita siempre trataron de ser “respetuosos el uno con el otro, buscar constantemente el interés del otro, estar abiertos a la vida, orar juntos”. “La oración fue clave para la vida familiar de esta pareja excepcional”, dijo. “Oraban mucho en familia… antes de los almuerzos y cenas, antes de acostarse con sus hijos, y largas horas frente al Santísimo Sacramento durante el exilio cuando Beato Carlos tuvo más tiempo”.

Carlos I fue el último Habsburgo que se sentó en el trono de Austria. A los dos años de su nacimiento, se suicidó en Mayerling el archiduque Rodolfo, hijo del emperador Francisco José, por lo que la línea hereditaria, tras otros eventos luctuosos, pasó al sobrino del emperador, Francisco Fernando. El asesinato de este heredero en 1914 convirtió a Carlos en el insospechado heredero del viejo emperador.

En 1911, en el mismo palacio donde se habían conocido, Carlos contrajo matrimonio con la joven princesa Zita de Borbón-Parma, de 19 años. El viejo y cansado emperador Francisco José exultaba de alegría: «¡Por fin un archiduque se casa con la princesa adecuada!» El monarca regaló a la novia una fabulosa diadema de brillantes mientras la duquesa viuda de Parma ofreció a su hija un collar de perlas de veintidós vueltas. El Papa Pío X, desde Roma, pronunció una bendición que más parecía una maldición: “Zita será emperatriz, peor para ella”.

Carlos I murió de insuficiencia respiratoria el 1 de abril de 1922, mientras vivía exiliado y en la pobreza en la isla de Madeira. Zita, entonces embarazada del octavo hijo de la pareja, estaba a su lado. Las últimas palabras del emperador a su esposa fueron: “Te amo mucho”.

“Creo que su vida y la forma en que la vivieron tiene un significado continuo para hoy, ya que la institución del matrimonio es atacada tan a menudo cuando tratamos de redefinir lo que significa, intentando destruir la primera célula de nuestra sociedad, el lugar donde la fe, los valores y la ciudadanía se transmiten a través de la educación”, dijo Imre.

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La joya mágica y empeñada: la apasionante historia de la corona de los reyes de Hungría

El 30 de noviembre de 1916, Hungría presenció la coronación del último de sus reyes. Aquel día, la santa corona de oro de San Esteban -en húngaro, ‘Magyar Szent Korona’-, la preciada reliquia nacional húngara, se posó por última vez en su historia sobre la cabeza de un hombre ungido, Carlos I de Habsburgo, último rey húngaro.

La coronación del primer rey de la Hungría medieval, San Esteban (Itsvan) ocurrió en una fecha inolvidable, en el año 1000, cuando millones de persona de todo el mundo temían el fin del mundo. La corona recibió el nombre de parte del Papa Silvestre II, quien la obsequió a Esteban buscando que éste convirtiera a su reino del paganismo al catolicismo. Con la gran particularidad de tener torcida la cruz que le sirve de cimera, es una obra de rara perfección, de oro fino y con una multitud de perlas y de piedras, además de esmaltes, representando a la Virgen, a Jesucristo, a los Apóstoles.

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En 1072, el emperador de Oriente, Miguel Ducas, regaló al rey de Hungría una corona abierta, también muy rica, de estilo bizantino, y veinte años después las dos diademas fueron soldadas de modo que formaron una sola corona. A los ojos de los húngaros, la santa corona no es como un emblema de la realeza, sino en cierto modo la realeza misma, como si el toque santo de la corona convirtiera a un sapo en un príncipe.

Los reyes no eran verdaderos soberanos ni se consideraban como legales y definitivos sus actos, sino después de haber sido coronados. Si un rey moría entre su elección y su coronación, aunque cuando fuese combatiendo por Hungría, se anulaban sus actos y se borraba su nombre de la lista de reyes. En el acto de la coronación, se ponía la corona sobre el hombro derecho a la esposa del rey y sobre la frente a las reinas reinantes, las cuales no tomaban el título de reina, sino de rey.

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El archiduque Otto, hijo del emperador Carlos, se refirió a la “mística» de la corona: “Hungría es un país muy especial desde este punto de vista, porque es el único, que yo conozca, donde el verdadero jefe de Estado es una reliquia histórica, la Corona de San Esteban, que no puede cambiar su punto de vista. El rey, en Hungría, es servidor de la Corona. Si jura lealtad, a la corona, debe asumir las consecuencias que se derivan de ese juramento inalterable».

Para los húngaros la corona ha sido el símbolo milenario de la soberanía y de la independencia, del que era indispensable estar en poseción para reinar. En toda la historia solo hubo un rey que no se hizo coronar, por considerar la ceremonia poco seria para un monarca que comulgaba con la doctrina del absolutismo ilustrado, con cierto matiz de enciclopedista. Se trata de José II, hijo de María teresa y la desdichada María Antonieta. En la historia húngara figura como “el rey con sombrero”, o sea no coronado, y, como tal, no tuvo nunca la misma consideración, iguales derechos ni idéntico prestigio que sus sucesores o sucesores.

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Encerrada en una triple arca de hierro, detrás de murallas y rejas, bajo la guardia de una milicia numerosa y bien armada, dos prefectos eran responsables de cuidarla día y noche delante de la puerta del santuario del castillo de Budapest. Tales precauciones no fueron, sin embargo, lo suficientes para impedir ciertas aventuras que sufrió la santa corona durante las innumerables revueltas políticas de los siglos últimos siglos.

Los aspirantes al trono se disputaban sangrientamente la posesión de este preciado talismán, cuyo contacto dejaba sobre la frente el signo indeleble de la realeza. Fue robada multitud de veces de su santuario, entregada por traición, sacada fuera del reino de Hungría, vendida y vuelta a comprar, perdida y vuelta a encontrar, y el relato de sus aventuras llenaría un libro completo.

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Una vez la perdió en el camino un candidato nómada que se la había llevado oculta en un barril. Otra vez, en 1440, la emperatriz Isabel, madre de Ladislao el Póstumo, la robó para empeñarla en manos del Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico III, el cual dio a cambio un papel como los que se expiden en las casa de empeño de la actualidad.

Cuando la causa nacional fue vencida, Kossuth y los otros jefes de la república, antes de expatriarse, enterraron piadosamente la corona al pie de un árbol, en un paraje solitario, para evitar que Austria la tomara. Pero un traidor la entregó por dinero, y el gobierno austríaco devolvió la corona solemnemente al castillo de Budapest.

La joya, reverenciada por los húngaros como símbolo de su nacionalidad y tradición cristiana, fue llevada de Hungría durante la Segunda Guerra Mundial y entregada al ejército norteamericano para ser salvaguardada de las fuerzas soviéticas que habían tomado Budapest. Permaneció oculta en las cámaras acorazadas de Fort Knox hasta su devolución a Hungría en 1987.

A 130 años de la muerte de Rodolfo de Habsburgo: ¿pacto suicida o asesinato político?

  • Se habló de atentado, de conspiración, de suicidio, pero nunca se supo la verdad sobre la muerte del heredero del Imperio Austrohúngaro y su amante, María Vetsera.
  • La verdad sobre lo ocurrido el 30 de enero de 1889 en el pabellón de caza imperial de Mayerling quedará en el misterio para siempre.

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