El heredero de la dinastía Habsburgo podría recibir un regalo muy especial en su cumpleaños 60

El archiduque Carlos no parece tener ambiciones de ser emperador, pero es venerado por un grupo de unos 130 monárquicos a quienes les encantaría verlo coronado en la República Checa.

La Asociación para la Restauración del Reino Checo comenzó una campaña de recaudación dinero para construir una réplica de la histórica Corona de San Wenceslao para el archiduque Carlos de Habsburgo, quien cumplirá 60 años el 11 de enero.

Nacido en 1961, Carlos de Habsburgo es el hijo del archiduque Otto, fallecido en 2021 y nieto del emperador Carlos I y de la emperatriz Zita, últimos emperadores de Austria y reyes de Hungría y Bohemia.

La copia de la corona fue realizada por el joyero Turnov Jiří Urban y encargada por la Asociación para la Restauración del Reino Checo, un pequeño grupo de monárquicos entusiastas que sienten que a la nación le iría mucho mejor bajo una monarquía.

Réplica de la Corona de San Wenceslao por el joyero checo Turnov Jiří Urban.

Según el presidente de la asociación, Jindřich Holub, que también es alcalde de la ciudad de Pohle, en la región de Havlíčkův Brod, la iniciativa debería servir para recordar a los checos que todavía existe una línea hereditaria de gobernantes que podrían servir legítimamente al país.

En su apogeo, la Casa de Habsburgo fue una de las dinastías gobernantes más importantes y más influyentes de Europa, pero cayó después de que la monarquía fue abolida al final de la Primera Guerra Mundial.

En una entrevista al periódico checo Novinky, Jindřich Holub sostiene que la popularidad de las familias reales actualmente reinantes es prueba de que las dinastía hereditarias con poderes ejecutivos limitados son representantes del Estado más dignos que los presidentes electos.

Federico V de Wittelsbach-Simmern fue Rey de Bohemia de 1619 a 1620

Creemos que el estado checo carece de un símbolo de valor duradero, que sería la monarquía incluso en el mundo moderno«, dijo Holub. Al mismo tiempo, es consciente de que las posibilidades de tal un cambio en la República Checa son escasos.

Según Jindřich Holub, los planes de la asociación de entregar el regalo de cumpleaños simbólico el 11 de enero pueden verse obstaculizados por la pandemia de coronavirus. Sin embargo, el nieto del último emperador austríaco Carlos I y rey de Bohemia puede esperar un regalo digno de su linaje.

La Corona de San Wenceslao, es parte de las regalías de la coronación de los reyes de Bohemia, junto con el orbe real y el cetro, las vestimentas de coronación, la cruz relicario de oro y la espada de San Wenceslao. La copia realizada para el archiduque Carlos, del mismo tamaño que la original, está realizada en plata dorada y decorada con piedras de vidrio.

Efeméride: Carlos I, el último emperador de Austria, abdicó hace 102 años

El 11 de noviembre de 1918, Carlos I de Habsburgo, Emperador de Austria y Rey de Hungría, firmó su abdicación al trono imperial en el palacio vienés de Schönbrunn. Al día siguiente, el partido de los Cristianos Socialistas, devotamente católico y dirigido por el arzobispo de Viena, proclamó el final de la monarquía dual austrohúngara y el inicio de la República de Austria, lo que supuso el final definitivo del reinado de los Habsburgo.

El nuevo gobierno anunció al emperador y la emperatriz Zita que debían abandonar el país. Hallaron refugio en Suiza, pero como no habían querido colocar ni un centavo de su fortuna en el extranjero, su situación fue lamentable. Sus antiguos súbditos ofrecieron a la pareja imperial 184 millones de francos suizos a cambio de una declaración formal por la cual Carlos renunciaría en nombre propio y de sus descendientes a sus derechos dinásticos, pero Carlos eligió la pobreza.

Nacido en 1887, Carlos I fue el último Habsburgo que se sentó en el trono de Austria, pero no estaba destinado a reinar, ya que era un sobrino nieto del emperador Francisco José. A los dos años de su nacimiento, se suicidó en Mayerling el archiduque heredero Rodolfo, hijo del emperado, por lo que la línea hereditaria, tras otros eventos luctuosos, pasó al sobrino del emperador, Francisco Fernando. El asesinato de este heredero en 1914 convirtió a Carlos en el insospechado heredero del emperador.

El 21 de octubre de 1911, en el mismo palacio de Schwarzau donde se habían conocido, Carlos contrajo matrimonio con la joven princesa Zita de Borbón-Parma, de 19 años. El viejo y cansado emperador Francisco José exultaba de alegría: «¡Por fin un archiduque se casa con la princesa adecuada!» El monarca regaló a la novia una fabulosa diadema de brillantes mientras la duquesa viuda de Parma ofreció a su hija un collar de perlas de veintidós vueltas. El Papa Pío X, desde Roma, pronunció una bendición que más parecía una maldición: «Zita será emperatriz, peor para ella«.

En marzo de 1919, el último emperador Habsburgo de Austria, Carlos I, y su familia abandonaron Austria para instalarse en el castillo suizo de Wartegg, propiedad de la duquesa de Parma. A partir de entonces regresó dos veces de incógnito a su antiguo imperio hasta que los Aliados le recomendaron irse a la isla de Madeira, donde una pulmonía, causada por la falta de ropa de abrigo, mató al emperador a los 34 años en 1922. Sólo el rey español Alfonso XIII se preocupó por la suerte de la emperatriz viuda, Zita, que estaba embarazada, y sus siete hijos, quienes fueron de inmediato recibidos en el Palacio Real de Madrid. Allí se conserva todavía la proclamación del pequeño archiduque Otto, de 11 años, como Emperador de Austria y Rey de Hungría.

Los socialistas en el poder emprendieron una campaña infame y de odio en contra de la familia imperial que culminó con la proclamación de las «Leyes Habsburgo» en abril de 1919, pocos días después de que Carlos abandonara Austria, que establecieron el destierro eterno de la dinastía y la confiscación de sus bienes. «La presencia de los Habsburgo conlleva un continuo peligro para la República», decía un diario, mientras otro calificaba a Carlos de Habsburgo de ladrón, acusándolo de haberse llevado las joyas de la dinastía.

Prohibido estrictamente copiar completa o parcialmente los contenidos de MONARQUIAS.COM sin haber obtenido previamente permiso por escrito y sin incluir el link al texto original. Puede encontrarnos en Facebook o Instagram.

A 320 años de la muerte de Carlos II: por qué los españoles creían que el rey estaba «hechizado»

El 1 de noviembre de 1700, el último monarca de la Casa de Austria murió aquejado por multitud de problemas. Alguien dijo alguna vez: “Carlos I fue guerrero y rey, Felipe II sólo rey, Felipe III y Felipe IV hombres nada más, y Carlos II ni hombre siquiera”.

Después de 44 años de reinado, casi 50 hijos y decenas de amantes, Felipe IV de España murió en 1665 dejando apenas un heredero que, para desgracia, apenas tenía cuatro años de edad. A pesar de que, en 1661, los astros habían señalado que el príncipe nacido ese año, hijo de Felipe IV y Mariana de Austria, iba a ser un hombre de heroico valor, venido al mundo para disfrutar de un felicísimo reinado, la genética no opinaba lo mismo.

Los sucesivos matrimonios consanguíneos de la familia produjeron tal degeneración que aquel niño, el rey Carlos II (1661-1700), creció raquítico, enfermizo y con una inteligencia muy corta, por no hablar de su esterilidad, que provocó la extinción de la Casa de Austria en España. Alguien dijo alguna vez: “Carlos I fue guerrero y rey, Felipe II sólo rey, Felipe III y Felipe IV hombres nada más, y Carlos II ni hombre siquiera”. Para cuando le llegó la muerte, a Carlos II ya lo había apodado popularmente como “el Hechizado”, culpándose a la brujería y a influencias diabólicas por todas sus cuitas.

La descripción oficial del recién nacido dice que era un niño de facciones hermosísimas, cabeza proporcionada, grandes ojos, aspecto saludable y muy gordito, lo que no concuerda con la descripción que el embajador de Francia hace del príncipe, diciendo que parece bastante débil, muestra signos visibles de degeneración, tiene flemones en las mejillas, la cabeza llena de costras y el cuello le supura. Total, una porquería. Y la verdad es que la segunda descripción es más veraz que la primera hasta el punto que el rey, avergonzado de su vástago, ordena que no se muestre al niño, y cuando era ello absolutamente necesario, por razones del protocolo cortesano, se le llevaba tan tapado que sólo se le veía un ojo y parte de la ceja”. [Carlos Fisas, Historias de la historia]

La infancia del futuro Carlos II fue tan larga como su lactancia, que duró exactamente tres años, diez meses y once días, pasando por las manos de catorce nodrizas propietarias del cargo y por los pechos de otras tantas “nodrizas de respeto”. Ninguna logró alimentar al niño para evitar que fuera enclenque, enfermizo. Un informe diplomático remitido al Rey Sol señalaba lo siguiente: “El príncipe parece ser extremadamente débil. Tiene en las dos mejillas una erupción de carácter herpético. La cabeza está enteramente cubierta de costras. Desde hace dos o tres semanas se le ha formado debajo del oído derecho una especie de canal o desagüe que supura. No pudimos ver esto, pero nos hemos enterado por otros conductos. El gorrito hábilmente dispuesto a tal fin, no dejaba ver esta parte del rostro”.

En 1665 murió Felipe IV y el nuevo rey aún tomaba el pecho. Para evitar la mala imagen de coronar como rey a un niño poco desarrollado, los médicos reales aconsejaron suspender la lactancia, que llevaban a cabo catorce sufridas nodrizas. Le prescribieron papillas y, como no se podía mantener en pie, encargaron al sastre unos gruesos cordones para sostenerle mientras recibía a los embajadores extranjeros.

Entonces, don Carlos II todavía era un bebé: no hablaba ni caminaba. Era víctima de sus parientes: los miembros de la Casa de Austria pasaron 200 años casándose entre ellos y trayendo al mundo una camada de infantes e infantas cada vez más deficientes y enfermos. Su madre era la sobrina carnal de su padre y, observando su árbol genealógico, encontramos que Carlos II tenía doce veces el apellido Habsburgo. Cuando tenía seis años, el rey del imperio más poderoso de su época enfermó sarampión y varicela; a los diez años, rubéola, y a los once, viruela, que estuvo muy cerca de matarlo; a los 32 años perdió el cabello y lo que quedaba fue disimulado debajo de la peluca. Y por sobre sus problemas físicos, estaban los mentales: aprendió a hablar a los 10 años y a los 15 apenas podía estampar su firma en un papel: «Yo, el Rey».

A los 20 años su inteligencia y sus conocimientos eran tan escasos como los de un niño. No le divertía jugar ni estudiar y, si de vez en cuando iba de caza, siempre lo hacía en carruaje. Cuando tenía 30 años creyó hacer un gran esfuerzo al dedicarse, durante una hora todos los días, a la lectura de un libro de historia. Cuando el primer ministro le hablaba de temas importantes para el gobierno, el rey miraba constantemente el reloj, esperando con impaciencia el final para irse a descansar. Sus millones de problemas también le impidieron procrear, algo imprescindible en un monarca hereditario. En 1679, para suavizar las relaciones con Luis XIV, se pactó el matrimonio del “Hechizado” con su sobrina, la princesa María Luisa de Orleáns.

María Luisa sabía que Carlos II era memo y oligofrénico. Pero lo que sucedió fue más allá de sus temores. Carlos II, en cuanto recibió la noticia de su boda, no hacía más que hablar de ella, besaba su retrato y lo enseñaba a todo el mundo, desde las costureras a los criados. No dejó nunca de ser un niño y aun niño retrasado y se comportaba como tal. El embajador de Francia en Madrid, el conde de Blèourt, que luego fue duque, sobornó a unos criados del rey y se hizo con unos calzoncillos del mismo, ‘de tela áspera y seda’, que mostraban trazas de poluciones, los hizo examinar por dos médicos. Uno de ellos dijo que el rey tenía capacidad de engendrar, el otro que no, con lo que el embajador se quedó con ganas de saber más”. [Carlos Fisas, Historias de la historia]

Pese a los esfuerzos y las oraciones, no hubo manera en que la reina María Luisa quedara embarazada. Durante nueve años, la reina sufrió el martirio de un marido tonto e impotente que no se daba cuenta de lo que hacía debido a su mentalidad de niño de doce años. En las calles, los madrileños se divertían entonando una copla en la que reflejaban los problemas del trono: “Parid, bella flor de lis, en aflicción tan extraña, si parís, parís a España, si no parís, a París”.

Viudo en 1689, Carlos II se casó con la alemana Mariana de Neoburgo (1667-1740), hija de los duques electores de Sajonia. El hecho de que la novia tuviera 23 hermanos era toda una garantía de fertilidad, exactamente lo que andaban buscando los Austrias, pero tampoco resultó: el rey era impotente y estéril y la reina nunca perdió la virginidad. “Tres vírgenes hay en Madrid: la Almudena, la de Atocha, y la Reina Nuestra Señora”, decía otra copla popular.

Al cabo de cuatro meses, el rumor de la impotencia de Carlos II, que circulaba desde hacía algún tiempo, se difundió en la corte y se propagó por toda Europa. Desesperado ante la débil salud y la falta de herederos, el gobierno acudió a un popular astrólogo de su época, que aconsejó al rey exhumar cadáveres de sus antepasados, abrazarlos y dormir con ellos. El rey siguió el consejo al pie de la letra, pensando que así rompería su mala suerte y tendría el deseado heredero al trono: durmió con los cuerpos momificados de San Isidro y San Diego de Alcalá porque tiempo atrás habían curado a algunos miembros de la familia real, para que Carlos se liberase de los demonios que lo poseían.

Dice un historiador: “Este [el rey] contempla lo que en cada uno de los féretros queda de su primera esposa, de su padre Felipe IV, de sus abuelos Felipe III y doña Margarita; de sus bisabuelos Felipe II y doña Ana, y de sus tatarabuelos los reyes emperadores don Carlos y doña Isabel. De todos aquellos despojos, alguno momificado y en buen estado de conservación, como es el caso del emperador, los que más honda impresión causan en Carlos II son los de su esposa la reina María Luisa, consumida y desfigurada a los nueve años de haber fallecido. Y el pobre Carlos se pasó toda aquella noche gimiendo y diciendo a gritos: ‘¡María Luisa! ¡Mi reina!…’”.

La vida de Carlos II se fue apagando mientras las tormentas crecían en torno a la sucesión al trono. A los 36 el rey ya era un anciano enfermo, delgado y pálido, consumido por la desdicha y sumido en una melancolía eterna. Entre todo ese calvario, sus médicos lo trataron fervientemente, purgándolo, aplicándole sangrías y usando “medicamentos” tales como aves muertas en su cabeza, entrañas de cordero en su abdomen o polvos de víbora.

En el verano del año 1700 el rey Carlos II enfermo física y mentalmente desde el instante de su concepción, había entrado en la recta final de su vida. La cámara contigua al dormitorio del rey, era una barahúnda de frailes, monjes, curas, médicos, curanderos, exorcistas, adivinos, criados y servidores que iban y venían en un revolotear incesante tratando de confortar el espíritu y aliviar el dolorido cuerpo del moribundo monarca. El dormitorio estaba adornado con reliquias e imágenes traídas de las iglesias donde se veneraban y en la penumbra de un rincón, unos sacerdotes entonaban incesantes letanías de salmos y oraciones” [Ignacio Martín Escribano, La plaga de los borbones]

En la habitación del real alcázar se celebraba una misa tras otra y el rey confesaba y comulgaba cada día porque podía abandonar este mundo en cualquier instante. Uno de esos días, un perrito de la reina Mariana hizo mover las sábanas del lecho y el rey, espantado, creyó que eran brujas que salían del infierno y venían a buscarlo. A veces imaginaba que la gente que le rodea está compuesta eran demonios y no cortesanos.

Unos meses antes de que Carlos II abandonara este mundo, el confesor real, fray Froilán Díaz, escribió: “el rey está como alelado y parece haber perdido el seso”. En una carta fechada el 9 de septiembre de 1698, este fraile dominico daba fe de haber mantenido una increíble conversación con el mismo Lucifer que le aseguró que el rey había sido víctima de un hechizo tras ingerir chocolate, su alimento preferido veinticinco años antes de su muerte. Pero no se trataba de un chocolate cualquiera, sino de uno muy especial, elaborado “con los miembros de un hombre muerto” y con “los sesos de la cabeza para quitarle la salud, y de los riñones, para corromperle el semen e impedirle tener descendencia

Carlos II murió el 1 de noviembre de 1700 y su muerte significó la extinción de la Casa de Austria en España. Tenía apenas treinta y ocho años pero parecía de ochenta. En la morgue del antiguo palacio de Madrid, el médico encargado de la autopsia apenas pudo disimular su sorpresa al descubrir que, en el interior del cadáver “no había una sola gota de sangre”. La enorme cabeza del rey estaba repleta de agua, como consecuencia de la hidrocefalia mientras el corazón, según dejó asentado el médico, era “del tamaño de un grano de pimienta”. Por su parte, los pulmones “estaban corroídos” y “los intestinos, putrefactos y gangrenados”. Por último, el médico observó que el muerto tenía «un solo testículo negro como el carbón”. Para los españoles, no cabía duda alguna: el rey estaba hechizado.

Prohibido estrictamente copiar completa o parcialmente los contenidos de MONARQUIAS.COM sin haber obtenido previamente permiso por escrito y sin incluir el link al texto original. Puede encontrarnos en Facebook o Instagram.

Alemania dedica exhibición a la coronación del emperador Carlos V, hace 500 años

El archiduque de Austria, duque de Borgoña y rey ​​de España tenía 20 años el 23 de octubre de 1520, cuando ascendió al trono de Carlomagno como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

La ciudad alemana de Aquisgrán abrió una exposición sobre la ceremonia de coronación de Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, celebrada el 23 de octubre de 1520 en ese sitio del oeste del país. La exposición «El emperador comprado: la coronación de Carlos V y las transformaciones del mundo» reúne pinturas, textos de imprenta y magníficas insignias, y describe los acontecimientos que acuñaron aquella época, la personalidad del monarca de apenas 20 años y las circunstancias de su elección, marcadas por el soborno.

En Aquisgrán fueron coronados más de 30 reyes germano-romanos entre 931 y 1531. La ciudad alemana fue la residencia del emperador Carlomagno y de ella deriva la afirmación de ser «regni sedes principalis», o «el asiento del trono más alto del imperio». Desde Otón el Grande a principios del siglo X, la mayoría de las coronaciones reales de la Edad Media habían tenido lugar en las paredes de la antigua Capilla Palatina carolingia.

Cuando los electores lo escoltan al piso superior de la catedral de Aquisgrán, donde el trono de Carlomagno se ha mantenido durante más de 700 años, Carlos V se sentó en el trono de mármol antiguo forrado con brocado dorado para la ocasión festiva y el arzobispo de Colonia presentó un anillo de oro con las palabras: «Lleva aquí el símbolo de la monarquía y del Imperio Romano, que siempre protegerás de las invasiones de los bárbaros y los turcos con tu fuerza invencible».

El arzobispo de Trier colocó su mano derecha sobre la cabeza del joven monarca y dijo a su vez: «El espíritu de la sabiduría eterna, el entendimiento del conocimiento debe descender sobre ti». Después, el arzobispo de Mainz le dio su bendición: «Que Dios, el Señor, un Rey omnipotente, esté siempre contigo y te proteja de todos tus enemigos con el escudo real de la fe ahora y en todo momento», según las descripción de un testigo flamenco presente en la ceremonia.

El 28 de junio del año 1519, los electores de la catedral Bartholomäus de Frankfurt habían elegido al monarca Habsburgo como sucesor de su abuelo, el emperador Maximiliano I, con el nombre de Carlos V. El entonces joven de 19 años, hijo de Felipe el Hermoso y Juana I de Castilla, ya era rey de España y las nuevas posesiones españolas en América, gobernante de los Países Bajos y del condado libre de Borgoña, archiduque de Austria, conde de Tirol, rey de ambas Sicilias.

En la coronación de Carlos V, los religiosos caminaron hasta la puerta de la ciudad el día antes de su coronación con la reliquia del cráneo de aquel emperador: «A la mañana siguiente, alrededor de las siete, fue llevado a la Iglesia de Nuestra Señora por los electores y nobles, y la celebración de la misa comenzó con cánticos solemnes», afirmó un testigo presencial flamenco: «El rey estaba completamente vestido de oro. Y allí fue desnudado hasta el ombligo y ungido con muchas ceremonias por el obispo de Colonia”.

Al monarca se le hizo subir los seis peldaños que conducían hasta el Karlsthron, en el piso superior de la Catedral, donde los tres electores espirituales, los arzobispos de Colonia, Mainz y Trier, colocaron la corona imperial en su cabeza. A las doce del mediodía, el emperador y su séquito acudieron al banquete en el ayuntamiento vecino. Las personas también fueron atendidas: “Había una fuente frente a la corte de la majestad real, de la que salía vino blanco, por lo que casi hubo un gran aplastamiento y riña de la gente pobre. (…) Asimismo (…) se asó un buey entero. (…) Y cuando lo asaron, la gente lo arrancó y se lo llevaron, y nuevamente hubo una gran riña y riña”, relató el testigo.

“Carlos V fue un gobernante en el umbral de los tiempos modernos”, destacó el historiador alemán Winfried Dolderer. “Con él terminó la destacada importancia de Aquisgrán para la monarquía medieval. La última vez que su hermano menor, Fernando I, recibió la corona aquí fue en 1531, cuando él mismo era emperador. El sucesor de Fernando, Maximiliano II, fue coronado en Frankfurt en 1562. Fue el último”.

La exposición, que unos 300 objetos provenientes de Alemania y del extranjero, fue inaugurada el 23 de octubre y permanecerá abierta hasta el 24 de enero de 2021, aunque se esperan restricciones por la segunda ola de la pandemia de coronavirus.

Prohibido estrictamente copiar completa o parcialmente los contenidos de MONARQUIAS.COM sin haber obtenido previamente permiso por escrito y sin incluir el link al texto original. Puede encontrarnos en Facebook o Instagram.

Asesinatos, ejecuciones, suicidios y accidentes: ¿fue la Casa de Habsburgo víctima de una maldición?

Las personas más supersticiosas aseguraban que la familia de María Antonieta, de la emperatriz «Sissi» y de Carlota de México eran víctima de un maleficio lanzado por el príncipe de Argovia a Rodolfo de Habsburgo en el siglo XIII.

Francisco José I (1830-1916), penúltimo emperador de Austria, estuvo destinado a reinar desde su infancia. La abdicación de Fernando I tras la revolución de 1848 y la renuncia al trono de Francisco Carlos permitieron la coronación de este joven archiduque austriaco de 18 años como emperador.

Convencido absolutista, su reinado, de casi 68 años, sería el tercero más largo de la historia de Europa, después de los de Luis XIV de Francia y Juan II de Liechtenstein. En el plano íntimo, su esposa Isabel de Baviera (1837-1898) -la emperatriz “Sissi”- aportó brillo y belleza a la estricta y archicatólica corte vienesa, pero pronto sobrevinieron las calamidades, una interminable serie de desgracias que llevaron a muchos a preguntarse si la familia Habsburgo era víctima de una maldición.

Las personas más supersticiosas del Imperio aseguraban que la familia de Francisco José y Sissi era víctima de un maleficio lanzado por el príncipe soberano de Argovia y sus dos hijos a Rodolfo de Habsburgo en el siglo XIII.

Los emperadores Alberto I y Leopoldo III fueron asesinados y María de Borgoña murió a causa de una estruendosa caída. Felipe “el Hermoso”, Rey de España, pereció muy joven de un posible envenenamiento mientras su esposa, Juana -”la Loca”- pasó el resto de su vida encerrada luego de haber perdido la razón. Sus sucesores no la pasaron bien en el trono de España y Carlos II fue el ejemplo máximo de aquello que sus súbditos creían que era un “hechizo”.

Raquítico, enfer­mizo y de escasa inteligencia, además de estéril, la infancia de Carlos II fue tan larga como su lactancia, que duró exactamente tres años, diez me­ses y once días, pasando por las manos de catorce nodrizas que no con­siguieron fortalecer al in­fante. Cuando su padre, Felipe IV, murió en 1665, el nuevo rey aún tomaba el pecho. Para evi­tar la mala imagen de coronar como rey a un niño poco des­arrollado, los médicos reales aconsejaron suspender la lac­tancia. Le prescribieron papillas y, como no se podía mante­ner en pie, encargaron al sastre unos gruesos cordo­nes para sostenerlo mientras recibía a los embajadores extranje­ros.

Cuando tenía cinco años todavía no sabía hablar. A los seis, en­fermó sarampión y varicela; a los diez años, ru­beola, y a los once, una viruela que estuvo muy cerca de matarlo; a los 32 años perdió todo el cabello y lo que que­daba fue disi­mu­lado debajo de la pe­luca. Y por sobre sus problemas físi­cos, estaban los mentales: aprendió a hablar a los 10 años y a los 15 apenas podía estampar su firma en un papel. Era de espe­rarse que no pudiera tener hijos.

Desespe­rada, la Corte acu­dió a un astrólogo, que aconsejó al rey ex­humar cadáve­res de sus antepasados, abrazarlos y dormir con ellos. El rey siguió el consejo al pie de la letra, pensando que así rompería su mala suerte y tendría el deseado here­dero al trono: durmió con los cuerpos momificados de San Isidro y San Diego de Alcalá porque tiempo atrás habían curado a algunos miem­bros de la familia real, para que Car­los se liberase de los de­monios que lo poseían.

Por aquellos tiempos, el emperador Rodolfo II de Habdburgo desarrolló un carácter psicopático que lo hizo verdaderamente infeliz y, un siglo más tarde, María Antonieta, la archiduquesa austríaca que fue reina consorte de Francia, fue guillotinada en La Bastilla durante la revolución.

El hermano menor de Francisco José, Maximiliano, fue el efímero soberano imperial de México hasta su fusilamiento en Querétaro, en 1867, mientras el otro hermano del emperador, el piadoso archiduque Carlos Luis, murió en 1896 de tifus por beber agua contaminada del río Jordán durante una peregrinación por Tierra Santa. Mientras tanto, el archiduque Juan Nepomuceno, desapareció en 1890 en las profundidades del océano Atlántico en compañía de su esposa; el archiduque Guillermo, gran aficionado a la equitación, murió a consecuencia de un accidente ecuestre y el archiduque Ladislao murió en un ridículo accidente de caza a la edad de 20 años.

El golpe más cruel para Francisco José y Sissi fue en 1855, cuando su hija mayor Sofía Federica murió a causa de disentería durante un viaje a Budapest. “Nuestra pequeña ya tiene su morada en el cielo. Hemos quedado llenos de aflicción. Sissi, resignada ante los designios del Señor”, telegrafió Francisco José a su madre.

Diez años más tarde moría la joven archiduquesa Matilde, de 19 años, en 1867. Se encontraba fumando en el balcón del palacio, lista para asistir con su familia a una función teatral, cuando su vestido de gala se manchó con glicerina de una vela. El vestido ardió al caer una ceniza de su cigarrillo y la archiduquesa murió calcinada en presencia de toda su familia.

Hacia 1886 la emperatriz Isabel empezó a sentir que una serie de terribles desgracias la iban a golpear e incluso que su muerte estaba próxima. Alguien le contó que una maldición pesaba sobre los Habsburgo y que, desde hacía muchos siglos, una figura desvaída y misteriosa, la Dama Blanca, solía aparecerse a los miembros de la familia para anunciar una tragedia.

Sissi afirmaba haberla visto muchas ocasiones y a sus cincuenta años pensaba que ya no podría escapar de ella: “Sé que voy hacia un fin espantoso que me ha sido asignado por el destino y que sólo atraigo hacia mí la desgracia”, dijo un día. Y no estaba equivocada. En 1886, su primo y gran amigo el rey Luis II de Baviera fue hallado muerto, flotando sobre las aguas del lado Starnberg, días después de haber sido apartado del gobierno y declarado loco.

Unos años más tarde la hermana de “Sissi”, Sofía Carlota, duquesa de Alençon, casada con un príncipe francés, murió envuelta en llamas durante un incendio que causó la muerte a 117 personas en París. La duquesa se hallaba supervisando un bazar de caridad cuando comenzaron las llamas. En lugar de huir, Sofía ayudó a escapar a algunas de las jóvenes que trabajaban allí y regresó varias veces al edificio hasta que no regresó. Cuando recuperaron su cadáver, estaba tan quemado que sólo pudieron identificarlo por la dentadura.

En 1889, el golpe más cercano al corazón de Francisco José: Rodolfo, su único hijo varón y heredero del trono, fue encontrado muerto en Mayerling junto a su amada, la baronesa María Vetsera, en circunstancias realmente misteriosas, aunque según la versión oficial fue el suicidio. El “kronprinz”, melancólico y depresivo como su madre, quería divorciarse de Estefanía de Bélgica, a la que detestaba, y convertir en consorte a María, considerada una mujer absolutamente inadecuada para un heredero imperial.

Tras una serie de enfrentamientos con su padre, según la versión oficial, Rodolfo creyó que la única salida era matar a su amada y luego suicidarse. Nueve años más tarde, el 10 de septiembre de 1898, a punto de cumplir los 61 años, Sissi murió en la ciudad suiza de Ginebra, víctima de un atentado perpetrado por un anarquista italiano que desilusionado por no hallarse en la ciudad el príncipe Enrique de Orleáns, que era su objetivo, decidió apuñalar a aquella aristócrata ignorando que se trataba de la emperatriz. En el momento del atentado, Sissi, que no se percató en un primer instante de que había sido herida de muerte por un estilete, pensando que el sujeto sólo pretendía robarle el reloj, siguió caminando hasta que, a los pocos metros, cayó desplomada y murió.

“Usted no imagina cómo amaba yo a mi esposa”, confesó Francisco José al conde de Paar. El emperador no dejaba de repetir en voz alta que no podía entender que alguien quisiese asesinar a una persona que nunca había hecho mal a nadie. Más de setenta jefes de Estado y de gobierno de todo el mundo asistieron a sus funerales, pomposos, solemnes, oscuros, en Viena.

Hasta el último día de su vida, Francisco José contempló los retratos y fotografías de su bello “ángel” y suspiraba: “Nadie sabrá jamás cuánto la he amado”. Y faltaba lo peor: el viejo y agotado Francisco José vivió lo suficiente para contemplar el asesinato de su sobrino y nuevo heredero, Francisco Fernando, en Sarajevo, en 1914. Fue el colmo. En venganza, el emperador declaró la guerra a Serbia y detonó la Gran Guerra, luego conocida como la Primera Guerra Mundial: “Si la monarquía debe perecer, que perezca al menos decentemente”, dijo al llevar al mundo al desastre. El corazón del viejo Habsburgo no resistió y murió en 1916, dos años antes de la caída del Imperio.

Prohibido estrictamente copiar completa o parcialmente los contenidos de MONARQUIAS.COM sin haber obtenido previamente permiso por escrito y sin incluir el link al texto original. Puede encontrarnos en Facebook o Instagram.