Obituario: Amadeo de Saboya, duque de Aosta y “heredero” de la Corona de Italia (1943-2021)

El príncipe Amadeo de Saboya, duque de Aosta, fallecido a la edad de 77 años, era uno de los pretendientes del extinto trono de Italia y disputaba la jefatura de la Casa Real de Saboya a su primo Víctor Manuel, hijo del rey Umberto II. A través de su madre, el duque emparentaba con la mayor parte de las casas reales europeas, siendo primo hermano de la reina Sofía de España y sobrino del duque de Edimburgo.

Nacido en Florencia (Italia) el 27 de septiembre de 1943, Amadeo de Saboya-Aosta era el único hijo de la princesa Irene de Grecia y Aimone de Saboya, cuarto duque de Aosta, rey de Croacia con el nombre de Tomislavo II; su tío era el héroe homónimo de Amba Alagi, conocido como el “Duque de Hierro” y su abuelo era el “Duque Invicto” Manuel Filiberto de Saboya-Aosta. Su bisabuelo fue el efímero rey Amadeo I de España.

Nacido en la II Guerra Mundial y deportado a un campo de concentración

Durante la II Guerra Mundial, la caída de unas bombas de los Aliados cerca de Villa Cisterna, la residencia florentina de Aimone de Saboya y su esposa Irene, provocó el nacimiento prematuro del futuro jefe de la rama Saboya-Aosta, que recibió el título de duque de Puglia.

Amadeo de Saboya-Aosta reveló más tarde que, en el momento de su nacimiento, su madre hizo que el comisario de policía local le tomara las huellas dactilares por temor a que lo secuestraran.

El 26 de julio de 1944 por orden de Heinrich Himmler, los nazis deportaron al pequeño Amadeo al campo de concentración austríaco de Hirschegg, cerca de Graz, junto con su madre y sus primas Margarita y Maria Cristina de Saboya-Aosta, las únicas hijas de su tío Amadeo, tercer duque de Aosta, y la princesa Ana de Orléans.

Tras su liberación, en mayo de 1945, Amadeo vivió unas semanas en Suiza y semanas después regresó a Italia con su madre, primero a Milán, donde Aimone vio a su hijo por primera vez, y más tarde. en Nápoles y finalmente en Fiesole, cerca de Florencia.

En 1948 su padre murió de un infarto en un hotel de Buenos Aires y Amadeo asumió el título ducal al frente de la Casa de Saboya-Aosta. El duque recordaría muchos años después que él y su madre conocieron la muerte de su padre al sintonizar la radio BBC.

Amadeo estudió en el Collegio alle Querce de Florencia y en el Seaford College de Inglaterra, luego en el Morosini Naval College de Venecia. Asistió a los cursos de la Academia Naval de Livorno, al final de los cuales se embarcó con el grado de oficial de complemento de la Armada para ejercicios en el Atlántico y el Mediterráneo. Mientras tanto, se graduó en ciencias políticas en la Universidad de Florencia.

Una boda real y una boda plebeya

A partir de la década de 1970 el duque de Aosta se convirtió en empresario agrícola, gestionando la finca Borro, en el municipio de Loro Ciuffenna (Arezzo), recientemente vendida a la familia florentina Ferragamo.

Según la tradición de la casa Saboya-Aosta, Amadeo se casó con una princesa francesa, Claudia de Orléans, nacida en 1943, hija de los condes de París, pretendientes al trono de Francia. La boda se celebró el 22 de julio de 1964 en Sintra, Portugal, en presencia de numerosos representantes de casa reales europeas. Del matrimonio nacieron tres hijos: el príncipe Aimone y las princesas Bianca y Maffalda.

Doce años después la pareja terminó su convivencia, se divorció en 1982 y en 1987 el matrimonio fue declarado nulo y sin efecto por la Sacra Rota. Claudia de Orléans se volvió a casar poco después con un editor estadounidense, Arnaldo la Cagnina, mientras los tres hijos se quedaron con su padre en la finca Il Borro. El 30 de marzo de 1987 Amadeo contrajo matrimonio con Silvia Paternò Ventimiglia di Spedalotto en un segundo matrimonio en Bagheria (Palermo).

La disputa dinástica

En los últimos veinte años, Amadeo también ha sido protagonista de una disputa dinástica. Su posición en la línea de sucesión es controvertida: parte de los monárquicos afirman que Amadeo es el jefe de la Casa Real de Saboya, y por tanto el legítimo pretendiente al trono de Italia, mientras otros creen que el puesto de jefe de la Casa Real pertenece a Víctor Manue lde Saboya y que Amadeo era tercero en la línea de sucesión después de Manuel Filiberto.

La polémica fue objeto de un fallo oficial del Consejo de Senadores del Reino: el 7 de julio de 2006 la asociación privada creada en 1955 comunicó oficialmente que Amadeo sería considerado heredero de Umberto II. La razón oficial sería el matrimonio de Víctor Manuel de Saboya con una persona de un estatus social bajo, la esquiadora profesional Marina Doria.

Meses después, Víctor Manuel y Manuel Filiberto de Saboya presentaron ante la oficina de patentes de la Unión Europea la solicitud de registro del escudo de armas del “Príncipe heredero de Italia” como logotipo de su empresa, junto con otros símbolos del patrimonio heráldico de la Casa de Saboya. La acción tenía como objetivo impedir su uso por Amadeo de Saboya y su hijo, a quienes se les había ordenado utilizar el apellido en su totalidad, es decir, Saboya-Aosta.

En 2008 Víctor Manuel y Manuel Filiberto demandaron a Amadeo y su hijo mayor, Aimone, por haber firmado solo con el apellido “Saboya” y no “Saboya-Aosta”, configurando la hipótesis de uso ilícito del apellido. En 2010, un Tribunal condenó al duque de Aosta y su hijo por el uso del apellido y por el pago de una indemnización por los daños causados, por un importe total de 200.000 euros. Sin embargo, Amadeo, quien desde su nacimiento había utilizado libremente el apellido de Saboya, interpuso un recurso y ganó la apelación en 2018. El 15 de septiembre de 2010, la sentencia y la sentencia fueron suspendidas, permitiendo que Amadeo y su hijo puedan utilizar sólo el apellido “de Saboya”.

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“Dolor” del príncipe de Nápoles por la muerte de su primo y rival: “Las divisiones desaparecen ante el duelo”

El príncipe Víctor Manuel de Saboya, pretendiente del trono de Italia, expresó su dolor por la muerte de su primo, el duque de Aosta, quien disputaba desde hace décadas la jefatura de la Casa Real de Saboya.

Me enteré con profunda consternación de la desaparición de Su Alteza Real el Duque de Aosta, mi primo Amadeo”, dijo Víctor Manuel, titulado príncipe de Nápoles. El príncipe envió su “más sentido pésame” a la duquesa viuda de Aosta, y a los hijos del fallecido duque.

El dolor por la muerte de Amadeo”, dice la nota de Víctor Manuel, “se agudiza en el recuerdo de aquellas divisiones que lamentablemente han marcado estos últimos años, pero que desaparecen ante el duelo y el recuerdo de tantos buenos recuerdos que han acompañado la nuestra vida y en particular la juventud. Este duelo afecta a toda nuestra Casa”.

Casa de Saboya: décadas de enfrentamiento dinástico

Hijo de Umberto II, último rey de Italia, Víctor Manuel de Saboya es un personaje impopular en su país, que hasta 2002 no le permitió la entrada. Protagonista de feroces escándalos, y encarcelado por haber matado a un turista en los años 70, encontró un rival en su primo Amadeo de Aosta. En 2004 los primos se trenzaron a golpes cuando se encontraron en una cena con motivo del casamiento del príncipe de Asturias y Letizia Ortíz en Madrid.

El duque de Aosta murió el 1 de junio en Arezzo a la edad de 77 años tras haber sido hospitalizado debido a una operación de riñón. El funeral se celebrará en Florencia, a pesar de que había vivido durante 30 años en la finca “Il Borro” en las afueras de Arezzo, donde se desempeñaba como empresario en el sector del vino.

Desde hace años, el duque de Aosta afirmaba ser el legítimo heredero de la Casa Real de Saboya ante los escándalos protagonizados por Víctor Manuel y su hijo Emanuel Filiberto. El último enfrentamiento público tuvo lugar semanas atrás, cuando Víctor Manuel ubicó en la línea sucesoria a su nieta mayor, Victoria de Saboya.

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El duque de Aosta, pretendiente del trono de Italia, murió en un hospital a los 77 años

El príncipe Amadeo de Saboya, duque de Aosta y pretendiente del trono de Italia, falleció a la edad de 77 años el 1 de junio. La Casa Real de Saboya anunció que la muerte se produjo en el hospital San Donato di Aresso, donde el duque había sido operado de un riñón.

Según el diario italiano La Repubblica, el duque de Aosta había sido operado en una clínica de Milán para extirpar un tumor en un riñón y luego regresó a su residencia en Castiglion Fibocchi, cerca de la ciudad de Arezzo.

El 27 de mayo el duque de Aosta fue ingresado en el Hospital San Donato por ser necesaria una intervención menor. El curso clínico se consideró bueno, el paciente debería haber sido dado de alta este 1 de junio, pero sufrió un infarto y falleció.

El duque de Aosta era el único hijo del príncipe Amadeo (sobrino del rey Víctor Manuel III de Italia) y de la princesa Irene de Grecia y Dinamarca. Como hijo de Irene, el duque era primo hermano de la reina Sofía de España, del ex rey Constantino II de Grecia y del fallecido rey Miguel I de Rumania.

El duque estuvo casado con la princesa francesa Claudia de Orleáns, hija de los condes de París, hasta la disolución del matrimonio en 1987. Ese año, Amadeo de Saboya contrajo matrimonio con Silvia Paternò Ventimiglia di Spedalotto.

La monarquía de Italia fue abolida en 1946, tras la abdicación del rey Umberto II. El duque de Aosta reclamaba ser el legítimo heredero de la corona italiana en rivalidad abierta con su primo Víctor Manuel de Saboya, hijo del último monarca.

Al duque de Aosta le sobrevive un hijo y nuevo pretendiente del trono de Italia, el príncipe Aimón, duque de Apulia, dos hijas, las princesa Bianca y Mafalda de Saboya, y una hija biológica habida de una relación extramatrimonial con Kyara van Ellinkhuizen.

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La comunidad judía italiana rechaza la disculpa de la dinastía Saboya por las leyes raciales

Las organizaciones judías de Italia rechazaron la disculpa del heredero de la dinastía Saboya por el papel de sus antepasados en la aprobación de las infames leyes raciales de Mussolini. El príncipe Manuel Filiberto, descendiente del rey Víctor Manuel III que colaboró con el régimen fascista, pidió perdón a la comunidad judía italiana por las leyes raciales que provocaron la deportación de cerca de 8.000 judíos italianos a partir de 1943.

«Condeno las leyes raciales de 1938, cuyo peso siento todavía encima de mis hombros, así como toda la la casa real de Saboya«, escribió el príncipe, de 48 años en una carta. El príncipe considera que la firma de su bisabuelo dio validez a «un documento inaceptable» y, en homenaje a las víctimas italianas del Holocausto, pidió «oficialmente perdón» en nombre de su familia, según esa carta difundida en su cuenta Facebook.

La disculpa de Manuel Filiberto «es un gesto tardío”

Manuel Filiberto de Saboya, príncipe de Piamonte.

Pero en la comunidad judía, la disculpa del aristócrata fue recibida con frialdad. «Ninguna comunidad judía puede conceder el perdón en nombre de todos los judíos que fueron discriminados, entregados a las autoridades, expulsados ​​y asesinados», dijo la presidenta de la Unión de Comunidades Judías Italianas, Noemi Di Segni, en declaraciones al diario romano La Stampa.

«Hemos tomado nota del repudio, tal vez tenga algún valor a nivel personal, pero ciertamente no es una vía de expiación. Eso podría ser lo que le gustaría, pero los crímenes de Víctor Manuel III y del fascismo fueron una abominación, una trágica ruptura en la historia de Italia, y servirán de advertencia para generaciones», agregó Di Segni.

Los representantes de la comunidad judía de Roma se hicieron eco de los mismos sentimientos: «Es un gesto tardío que no puede reparar la fuerza de la lesión», dijo la comunidad en un comunicado publicado en el diario La Repubblica. Este periódico italiano también citó a la autora judía italiana Lia Levi, diciendo que era demasiado tarde: “En 2018, 80 aniversario de las leyes raciales, esperábamos un gesto [de Emanuele Filiberto], pero no llegó”, dijo.

Marco Steiner, vicepresidente del proyecto conmemorativo del Holocausto de piedra de tropiezo de Milán, dijo que habría sido mejor que el príncipe Manuel Filiberto de Saboya hubiera guardado silencio. “No tengo palabras, prefiero el silencio. Si tuviera que decir qué efecto tienen esas palabras en mí, es mejor que no lo diga”, dijo Liliana Segre, de la Unión de Comunidades Judías en Italia.

Las leyes raciales de Mussolini y Víctor Manuel III

El su declaración, el príncipe de Piamonte recordó de todas formas que la dinastía Saboya contribuyó de forma determinante a la unidad italiana y que en 1848 también consacró la plena igualdad de derechos a los judíos italianos. En noviembre de 1938, Mussolini promulgó leyes raciales, que despojaron a la comunidad judía más antigua de Europa de todos sus derechos civiles. Las leyes entraron en vigor después de ser ratificadas por el rey Víctor Manuel III, y estaban destinadas a oprimir a la comunidad judía y expulsarla del país.

Entre otras restricciones, les prohibió casarse con no judíos; estudiar o enseñar en instituciones educativas estatales; trabajar en el sector público o profesiones liberales; poseer una propiedad por encima de cierto valor; trabajando como vendedor ambulante, en la industria de la música o en el teatro; vender artículos usados; poseer una radio; registrarse en una guía telefónica; criar caballos o palomas mensajeras; y publicar avisos de defunción.

Víctor Manuel III reinó hasta su abdicación el 9 de mayo de 1946, murió en exilio en Egipto el 28 de diciembre de 1947. Abdicó en 1946 para ceder su trono a su hijo Humberto II, que tuvo que abandonarlo un mes más tarde e irse a Suiza cuando los italianos decidieron elegir la República mediante un referéndum. La Constitución de 1946 impidió el regreso a Italia de las parejas reales, y de los descendientes masculinos de la familia de Saboya, que había reinado en el país desde su unificación en 1861.

Vergüenza y condena: Manuel Filiberto de Saboya pide perdón por leyes antisemitas de Víctor Manuel III

Condeno las leyes raciales de 1938 de las que todavía siento todo el peso sobre mis hombros”, escribió el príncipe Manuel Filiberto de Saboya en una carta pública en la que disculpó oficialmente por la firma de las leyes raciales en Italia durante el reinado de su bisabuelo, el rey Víctor Manuel III. “Para mí y mi familia ha llegado el momento de aceptar la historia”, dijo el príncipe.

Víctor Manuel III, penúltimo rey de la Casa de Saboya (1900-1946), permitió que Benito Mussolini liderara a Italia en la Segunda Guerra Mundial como miembro del Eje, y permaneció en la guerra incluso cuando el Duce había sido derrocado. El rey firmó y promulgó las leyes raciales que provocaron la deportación de casi 8.000 judíos italianos a partir de 1943.

Víctor Manuel III «traicionó la Constitución, aceptó al fascismo, firmó leyes que suprimían las libertades fundamentales, promulgó leyes racistas y arrastró a Italia a la guerra”, según el historiador Piero Craveri.

Ha llegado el momento, de una vez por todas, de hacer los relatos con la historia y con el pasado de la familia que hoy están aquí para representar, en el nombre milenario de esa Casa Real que ha contribuido de manera decisiva a la unidad de Italia, nombre que llevo con orgullo”, escribió Manuel Filiberto, de 48 años.

“Condeno las leyes raciales de 1938 de las que todavía siento todo el peso sobre mis hombros. Conmigo, toda la Casa Real de Saboya. No nos reconocemos en lo que hizo Víctor Manuel III: una firma dolorosa de la que nos disociamos firmemente”, agregó el príncipe en una misiva que sorprendió a los italianos y fue publicada en todos los periódicos del país.

La única figura de la familia real que inmediatamente expresó su desconcierto por las leyes fue la última reina consorte italiana, María José, esposa de Humberto II.

Manuel Filiberto pidió “perdón solemne y oficialmente” a la comunidad judía por la firma de las leyes antisemitas y prosiguió: “Escribo con el corazón abierto una carta difícil que puede sorprenderte y quizás no esperabas. Sepan que para mí es muy importante y necesaria porque creo que ha llegado el momento de reconciliarse con la historia”. La carta pretende ser el cierre definitivo de una larga serie de disculpas nunca oficiales por la historia del rey que no negó a respaldar las leyes raciales del fascismo.

En 2002, el padre de Manuel Filiberto, el príncipe Víctor Manuel de Saboya, había definido las acciones de su abuelo como “una mancha indeleble en nuestra familia”, pero las disculpas siempre fueron indirectas. La única figura de la familia real que inmediatamente expresó su desconcierto por las leyes fue la última reina consorte italiana, María José, esposa de Humberto II. En la víspera del Día Internacional en Recuerdo de las Víctimas del Holocausto, Manuel Filiberto dijo que decidió dar un “paso necesario, para que la memoria de lo sucedido permanezca viva”.

Mafalda de Saboya , hija de Víctor Manuel III, quien murió en 1944 en el campo de concentración de Buchenwald

Después de haber reiterado reiteradamente la condena de las leyes raciales, Manuel Filiberto espera “que la Historia no se borre, que la Historia no se olvide y que la Historia siempre tenga la oportunidad de contar lo ocurrido a todos aquellos que tienen hambre y sed de la verdad”. “Las víctimas del Holocausto nunca deben ser olvidadas y por eso, incluso hoy, nos claman su deseo de ser recordados con razón”, dijo.

El príncipe tuvo un recuerdo para su pensamiento “glorioso antepasado el rey Carlos Alberto, quien el 29 de marzo de 1848 fue uno de los primeros soberanos de Europa en otorgar a los judíos italianos plena igualdad de derechos”. Pero también se refirió al sufrimiento de su propia familia, recordando a la princesa Mafalda, hija de Víctor Manuel III, quien murió en 1944 en el campo de concentración de Buchenwald y a la deportación de su hermana María de Saboya, con su marido y sus dos hijos a un campo de concentración cerca de Berlín.

María José de Italia: la reina que desafió a Mussolini y fascinó a Hitler

La llamaron la «Reina de Mayo» por haber reinado brevemente ese mes de 1946. Tras dejar los esplendores de la extinta corte de Italia y al esposo que nunca amó, el destierro marcó el resto de la vida de una de las soberanas más notables del siglo XX. La historiadora Verónica Güidoni de Hidalgo nos trae su historia.

(*) La autora es Profesora y Licenciada en Historia y especialista en Monarquías de la Edad Moderna.

La princesa María José nació el 4 de agosto de 1906 en Ostende cuando su papá era el rey Alberto I de Bélgica. Hija de la princesa bávara Isabel Gabriela, sobrina de la emperatriz austrohúngara Sissi, su vida transcurrió con normalidad hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial. Siendo la única niña y la menor de tres hermanos, fue enviada a Inglaterra, a un internado para preservarla de los horrores de la Guerra ante la invasión alemana en su país. Desde allí volvía con cierta frecuencia a su hogar y colaboraba en tareas humanitarias con su madre, visitando y atendiendo enfermos en los hospitales de campaña. La guerra terminó, pero las secuelas quedaron en el ánimo de la joven princesa quién generó -pese a sus raíces familiares- una marcada germanofobia. No obstante en esa circunstancia se dio cuenta que la razón de ser de cualquier monarca debía ser el servicio a los demás.

Para ella, su rango no era un privilegio sino un compromiso. Agraciada con notoria belleza, sus padres le buscaron esposo entre las casas reales católicas de Europa que a su vez fueran aliadas políticas. La elección recayó en el joven y apuesto hijo del rey Víctor Manuel de Italia, el Príncipe Humberto de Saboya. María José cuenta que a ella le gustó el joven elegido y encontraba intereses en común, por lo que contrajeron matrimonio en Roma el 8 de enero de 1930 en una boda de cuentos, muy común en la época. Pero María José había sido educada con ciertas ideas liberales, pasión por el arte, la música y las letras. En cambio Humberto había recibido una educación eminentemente militar. El matrimonio, en consecuencia, no resultó feliz. De hecho, la princesa consideró no haber sido nunca feliz en su matrimonio.

Con motivo de la boda, la familia del novio le regaló el collar con los nudos de los Saboya, símbolo de la dinastía (así como la flor de lis es el símbolo de los franceses). El novio le regaló todo el ajuar que usaría en esos días previos a la boda, incluso, diseñó el vestido de novia. Era de terciopelo blanco y tan pesado con su cola de siete metros que a la joven princesa no le gustó. Cuentan que aunque era invierno, al vestirse las mangas de encaje le ajustaban tanto que en un brote de enojo, las arrancó. Por eso debió usar los largos guantes de la foto, que iban de la mano hasta por encima del codo. Ella prefería el traje de novia que le habían confeccionado en Bélgica.
Una vez casada, se sorprendió de dos cosas: del rígido y obsoleto protocolo de la corte y de que el verdadero jefe en Italia era Mussolini, líder del partido fascista. Ni el rey ni Humberto se animaban a hacerle frente. Sólo María José lo enfrentaba y se unía a la oposición. De hecho, intrigaba contra él. Mussolini la odiaba y la prensa la calumniaba.

Recién en 1934, nació la princesa María Pía, su hija mayor. Justo en esos días, su padre, el rey Alberto I de Bélgica sufre un accidente en la montaña (que hoy se piensa que no fue accidente sino atentado) y fallece. Esto fue devastador para la princesa, quien debió reponerse para viajar a Bélgica y ayudar a su madre a salir de una muy profunda depresión (las famosas depresiones de los Wittelsbach) por lo que pasó casi un año en su país. Luego nació su segundo hijo Víctor Manuel, después la princesa María Gabriela y por último la princesa María Beatriz.

A la muerte de su padre siguieron otras desgracias. Su hermano, el flamante rey Leopoldo y su esposa, la queridísima Astrid eran una pareja feliz y enamorada que tenían tres hijos (uno de ellos, papá del actual rey de los belgas). El matrimonio entre su hermano Leopoldo y Astrid, princesa sueca fue un sueño. Se adoraban. Un día, de vacaciones en Suiza, él conducía el coche y por distraerse a mirar un mapa que ella le mostraba, perdió el control del auto y chocaron contra un árbol. Ella murió de inmediato. Dicen que su hijita de siete años, le había predicho su muerte. El rey y toda Bélgica quedaron desconsolados. Fue muy duro también para María José.

Se cuenta una anécdota muy dulce del matrimonio real italiano: un día volvía María José de noche a casa después de un concierto y se le aparece un carabinieri (policía) quien tomándola del brazo le dice: «Alteza, estoy loco por usted«. Ella, enojada, lo empuja y es ahí cuando Humberto se saca el sombrero para que ella reconozca en ese supuesto policía a su esposo.

Tuvo un par de encuentros con Hitler para tratar de ayudar a su hermano el rey Leopoldo III y evitar la invasión. Hitler estaba sorprendido de su belleza e inteligencia y le llamó «la verdadera princesa aria» porque era muy alta, rubia, de ojos azules y muy inteligente y aunque le tomó la mano en esa ocasión con admiración, no aceptó los pedidos de María José. Ella lo encontró repugnante.

Poco después, ante la abdicación de Víctor Manuel y Elena (suegros de María José) asciende al trono su hijo Humberto II y su esposa se convirtió en la última reina de Italia. Esto duró sólo un mes, mayo de 1946, ya que un referendum estableció que los italianos no querían monarquía (hoy se piensa que el referéndum fue adulterado) y la familia real se trasladó a Estoril, en Portugal, a dónde ya vivían otras familias reales destronadas.

Pero María José no quiso quedarse allí. Con el pretexto de que el clima le sentaba mal, se dedicó a viajar por el mundo con su madre, la reina Isabel. Finalmente se instaló en Suiza, mientras sus hijos se quedaban en Portugal con el padre. Fue realmente una separación. Su hijo varón se fue poco después a vivir con ella. Humberto murió en 1983. Una de sus hijas, Beatriz, se casó con un diplomático argentino. María José nunca pudo volver a Italia y eso la apenó mucho. Falleció el 27 de enero de 2001 aparentemente de cáncer de pulmón. Sus cuatro hijos viven aún.

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La terrible muerte de Mafalda de Saboya, la princesa a la que Hitler odiaba

Su historia, una de las más trágicas que se recuerden en las monarquías del siglo XX, coincidió el esplendor y el ocaso de su dinastía.

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El 28 de agosto de 1944, Adolfo Hitler desataba la más terrible venganza sobre el rey italiano Víctor Manuel III y su familia. Prisionera por los nazis en un campo de concentración, al final de la Segunda Guerra Mundial la princesa Mafalda, hija de los reyes, fue víctima de un bombardeo que la dejó destrozada. Los médicos del campo no pudieron (no quisieron) hacer nada por la hija del rey y la desgraciada murió para ser sepultada como una simple “N.N”. Su historia, una de las más trágicas que se recuerden en las monarquías del siglo XX, coincidió el esplendor y el ocaso de su dinastía. Su llegada al mundo, el 19 de noviembre de 1902, no fue una noticia alegre ni para los italianos ni para su familia: sus padres, Víctor Manuel de Saboya y la princesa Jelena de Montenegro, esperaban un niño que heredara el trono, y Mafalda era su segunda hija mujer.

“Mafalda tuvo una juventud protegida, educada por una gobernanta al igual que sus hermanas”, cuenta Jonathan Petropoulos en su libro «Las familias reales y el Reich». “Las princesas recibieron una educación sólida, en particular en historia, literatura, latín y en las artes. Pero su entorno estuvo férreamente resguardado. Un historiador afirmó, algo exageradamente que ‘jamás se discutía de política en presencia de las princesas italianas’. Varias familias reales eran aún más estrictas con sus hijas que los Saboya; los hijos del rey de Bulgaria, por ejemplo, no podían tener amigos de su edad”.

Al crecer, Mafalda se convirtió en una de las princesas más hermosas de Europa. Los diarios y las revistas del mundo hablaban de ella, publicaban sus fotos y tejían toda clase de historias sobre sus pretendientes, entre los cuales se encontraba el príncipe de Gales. Casualmente, su tragedia se inicia con su matrimonio. Su prometido era el príncipe alemán Felipe de Hesse- Kassel (1896-1980), buen amigo de Hermann Göerin que se había unido al movimiento nazi con bastante ardor. Eran los tiempos iniciales de los movimientos fascistas en Alemania e Italia, y la unión matrimonial entre el príncipe y la princesa vino a ejemplificar, de forma perfecta, el desastroso destino del Eje Roma-Berlín.

Esta elección le crearía en la década siguiente una relación distinta con Musslini, dado que el príncipe Felipe de Hesse-Kassel pertenecía a las SA, en 1934 fue nombrado gobernador de la provincia de Hesse-Nassau, y nombró padrino de uno de sus hijos a Adolfo Hitler (…) Mafalda vio por primera vez a Felipe en Roma, donde el príncipe se había instalado en 1923 (…) Quedó impresionada. Si bien no se trató de un ‘coup de foudre’, el príncipe alemán era algo nuevo en su vida. Poco después, descubrió que, por primera vez, se había enamorado. Y de un príncipe al que le sobraban los blasones: era bisnieto de la reina Victoria de Inglaterra y su madre, hermana del káiser Guillermo II de Alemania, y ahijada de la reina madre Margarita de Italia”.

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Boda real a las puertas del infierno

La boda tuvo lugar en el Palacio de Racconigi el 25 de septiembre de 1925 y tuvieron cuatro hijos, los príncipes Moritz, Heinrich, Otto y Elisabeth. En los años siguientes, Felipe, como lo hacían numerosos miembros de las casas nobles alemanes, se afilió al partido nazi. Según Jonathan Petropolous, “Felipe se volvió progresivamente entusiasta de Mussolini y su régimen. El fiscal, durante su juicio de desnazificación, escribió que Felipe, a pesar de no ser abiertamente político, consideraba al fascismo como bueno, que en sus inicios obtuvo ostensiblemente una excelente cosecha, en la cual su líder, Mussolini, intentó restaurar el orden y la limpieza de Italia (…) En su ingenuidad política, Felipe vio solo este costado del nazismo y cerró los ojos a otros aspectos expresados en la opresión y en la remoción de todos los opositores al régimen…”

Más adelante en su libro Petropolous habla de la posición de la casa de Hesse ante el nazismo: “La nazificación de los Hesse y de otros príncipes, como también su relación con líderes nazis, fue de suma importancia en varios aspectos. En primer lugar, al relacionarse con la élite nazi, la nobleza contribuyó a hacerlos socialmente aceptables. La presencia de la nobleza en algún acto del partido nazi agregaba brillo al evento y contagiaba a otros potenciales adherentes (…) Aún más, la aristocracia enviaba un mensaje al pueblo en el sentido de que la clase gobernante tradicional tenía fe en los nazis y adhería a la idea de que Hitler podía rescatar del hundimiento a Alemania…”

En 1939 el príncipe Philipp pasó a formar parte del equipo personal de Hitler, desde el cual llevó a cabo diversas misiones diplomáticas privadas entre Alemania e Italia. Aparte, su relación con la familia real italiana tuvo mucho que ver con la buena entente Hitler-Mussolini, que durante un tiempo contó con el visto bueno del inepto Víctor Manuel III. Entre las varias misiones que Philipp llevó a cabo bajo las órdenes de Hitler estuvo la comunicación a Mussolini del “Anschluss”, la anexión de Austria por parte de la Alemania nazi.

Sin embargo, la capitulación del rey Víctor Manuel ante los aliados y el cambio de alianzas producido en Italia en 1943, que fue seguido del asesinato de Mussolini, despertaron el deseo de venganza del terrible Führer, que en 1944 convocó a Philipp a una tormentosa entrevista en su cuartel general. A la salida de la reunión, el príncipe de Hesse fue arrestado y enviado a un campo de concentración en Sachsenhausen, e inmediatamente después Hitler ordenó detener a la princesa Mafalda, a la que consideraba “lo más negro de la casa de Saboya”. Los alemanes recibieron la orden de detener a toda la familia real, además del desarme de las tropas de su país, por lo que Víctor Manuel III y la reina Jelena debieron huir al sur del país.

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Un trágico regreso a Roma

Mafalda, que confiaba en estar a salvo por estar casada con un príncipe alemán de tendencias nazis, volvió a Roma desde Bulgaria, donde había viajado para asistir al funeral de su cuñado, el rey Boris III, presuntamente asesinado por orden de Hitler. Una vez en la Ciudad Eterna, supo que los Saboya habían huido y que sus hijos estaban escondidos en El Vaticano. Cuando llegó el 21 de septiembre de 1943, corrió al encuentro de los niños. Monseñor Montini le sugirió a la princesa que permaneciera en el Vaticano todo el tiempo que quisiera y le cedió sus propios apartamentos, pero ella se negó y quiso regresar a su residencia de Villa Polisena, decisión que le costaría la vida. Al día siguiente recibió en la mañana un llamado desde la embajada alemana invitándola a dirigirse a su sede porque el príncipe Felipe la llamaría por teléfono. Era mentira. Felipe había sido capturado por los nazis y se encontraba en el campo de concentración de Flossenburg. Ya en la embajada, supo que el plan de Hitler era mantenerla prisionera.

La hija del rey fue trasladada primero a Múnich y luego a Berlín. Después de tres semanas de intensos interrogatorios, fue enviada al campo de concentración Buchenwald. “Recuerdo perfectamente”, dijo el conde Federico de Vigliano, “que la querida y amable princesa vestía ese día un traje negro, un abrigo de media estación del mismo color y unos zapatos oscuros muy rebajados. Estas prendas de vestir serían las únicas que usaría en la prisión durante once meses, hasta el día de su muerte”.

A su llegada al siniestro campo fue internada en el pabellón número 15, reservado para “reclusas especiales”. La construcción tenía 50 metros de largo por 9 de ancho y estaba dividida en dieciséis celdas, cocinas y baños. Se le prohibió, bajo amenaza de severas sanciones, revelar su verdadera identidad y se le asignó oficialmente el nombre de “Frau von Weber”. Dormía en una mísera celda, sobre una cama de paja y base de cemento. Su alimento era el mismo que las tropas de las SS: una ración de pan negro, una carne salada en conserva, más una sopa en la mañana y otra en la noche, con un substituto de café. Cuenta Ovidio Lagos: “Hubo interrogatorios despiadados y sistemáticos, de los cuales jamás quiso hablar. ¿De qué se la acusaba? Era culpable, por estar casada con un ciudadano alemán y, por lo tanto, por poseer esa nacionalidad, de no haber informado a las autoridades [nazis] lo que estaba sucediendo en Italia. Lo cual era un absoluto disparate porque al firmarse el armisticio ella estaba en Sofía y además porque jamás le había interesado la política”.

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El severo régimen se relajó un poco en abril de 1944 pero para entonces la princesa ya gozaba de un deplorable estado de salud, agravado por una profunda depresión. El pabellón en el que la mantenían prisionera necesitaba reparaciones y se confió el trabajo a un grupo de obreros italianos, a quienes ella reconoció porque llevaban sobre la chaqueta un triángulo de tela roja con la letra «I» de Italia. Mientras duraron los trabajos compartió con ellos una parte de su comida y en sus conversaciones con el viejo soldado Leonardo Boninu le reveló un día su verdadera identidad.

La noticia produjo gran impresión entre los prisioneros italianos del campo, como también en el franciscano alemán, padre Ricardo Steinhof, que logró acercarse a ella y confesarla. Ellos fueron las últimas personas con las que Mafalda habló, ya que nunca pudo volver a ver a su familia. Los sufrimientos causados por la angustia siempre creciente, originada por la falta absoluta de noticias, y el ayuno forzado con el consiguiente debilitamiento de su organismo, golpearon duramente el cuerpo y el alma de la princesa. Durante horas escribía largas cartas a sus hijos, cartas que nadie se ocuparía de enviar nunca. Trabajaba en confeccionar muñecas para su hija menor, la princesa Elisabeth, y cuando los aviones ingleses y norteamericanos comenzaron a sobrevolar el campo, trató de trazar en el terreno, entre la barraca y el muro alto que lo rodeaba una gran “I”, de Italia.

El 24 de agosto de 1944, la aviación aliada bombardeó el campo, con el objetivo de destruir los establecimientos limítrofes, y alcanzando de lleno a un pequeño polvorín situado a escasos metros del pabellón número 15. Las bombas causaron innumerables muertes y el pabellón se incendió provocando el derrumbe del muro.

La princesa había corrido a la trinchera que servía de refugio, construida a poca distancia del lugar, y fue encontrada horas después, sepultada bajo un cúmulo de tierra y de escombros a algunos metros del ministro Breitscheld y de dos soldados alemanes muertos. La señora Kuhn, que había quedado casi sepultada también en el mismo radio, pudo gritar en demanda de ayuda. Cuando llegaron a socorrerla, la encontraron Mafalda “tirada en el suelo con un aspecto era desolador. Le colgaba el brazo izquierdo, convertido en una enorme llaga sanguinolenta y una profunda herida en su mejilla derecha”, según contó un testigo.

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La princesa fue trasladada al hospital vecino, pero ahí no había lugar; todas las camas estaban ocupadas y fue necesario llevarla nuevamente al campo, pero en el momento en el que iba a ser atendida por un doctor, descubrió su verdadera identidad y se negó a operarla hasta recibir orden expresa desde Berlín. La princesa se desangró durante veinticuatro horas en un hospital destruido.

El 28 de agosto el doctor optó por realizar la operación personalmente, dado el carácter de rehén de la princesa y de su condición de miembro de la familia real italiana. Entre deliberaciones con otros médicos, que duraron horas, los doctores le amputaron el brazo izquierdo. Inconsciente, la princesa fue instalada al pabellón que servía como prostíbulo para los oficiales de las SS, sin recibir antibióticos u otro tipo de atención. En la noche del 29, en su más dura agonía, pronunció sus últimas palabras: “Italianos, me muero. Recuérdenme como a una hermana”. Tenía 42 años y su cuerpo fue enterrado en Weimar en una tumba cuya lápida decía «Mujer desconocida».

Ni sus padres ni sus hijos fueron notificados de su muerte a pesar de los rumores que comenzaron a circular a finales de 1944. Allí permaneció sepultada durante seis años hasta ser trasladada al Castillo de Kronberg, en Hesse, donde fue sepultada definitivamente. Hoy Mafalda es recordada en Italia como la figura más respetada de la derrocada Dinastía Saboya.

“La princesa -escribió la princesa Victoria Luisa de Prusia-, que era una mujer encantadora, pero delicada, tuvo que soportar cosas horribles en Buchenwald; pero las sufrió todas como una heroína (…). Unos prisioneros italianos que la habían reconocido como hija de su rey señalaron su tumba y cuando más tarde fueron liberados colocaron una sencilla cruz de madera en la que grabaron su nombre. De ese modo, su familia pudo saber finalmente cómo había dejado de sufrir…”

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¿Podrían los descendientes del rey Amadeo I de Saboya volver a reinar en España?

El príncipe italiano abandonó la corona española en 1870, pero curiosamente sus descendientes tienen derecho al trono español. La respuesta es sí, pero su explicación no es tan simple como parece.

¿Podrían los descendientes del rey Amadeo I de Saboya volver a reinar en España? La respuesta es sí, pero su explicación no es tan simple como parece. Amadeo, duque de Aosta, quien reinó efímeramente desde 1870, después de que los españoles hubieran expulsado a la Casa de Borbon, abdicó al trono en 1873 prometiendo no volver jamás a pisar suelo de un reino que lo había tratado tan mal. Sin embargo, sus descendientes tienen un lugar especial en la línea sucesoria al trono de España, no por tener a Amadeo I como ancestro, sino por contar entre sus ancestros a la infanta Luisa Fernanda de Borbón, hermana menor de la reina Isabel II.

Nacida en Madrid el 10 de octubre de 1846, Maria Luisa Fernanda fue la menor de las hijas de Fernando VII y su cuarta esposa, la reina gobernadora María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. El mismo día que su hermana Isabel II contrajo matrimonio con un primo, Luisa Fernanda desposó con un descendiente de los reyes de Francia, Antonio de Orléans, duque de Montpensier (1824-1890). Sus hijos fueron titulados Infantes de España, dado en lugar prominente que ocupaban en la casa de Borbón, y entre ellos destacó María de las Mercedes, la primera esposa de Alfonso XII y cuya muerte en 1878 ensombreció la existencia de la familia real por mucho tiempo.

Pero es a través de otra hija de Luisa Fernanda que llegamos a los Saboya. La infanta María Isabel de Borbón y Orleáns (1848-1919), primogénita de los duques de Montepensier, tenía 26 años cuando contrajo matrimonio con su primo, Felipe de Orleáns, conde de París, nieto del rey Luis Felipe de Francia. Tuvieron ocho hijos (entre los cuales destaca Amelia, la última reina consorte de Portugal), de los cuales la tercera, Hélène (1871-1951) estuvo alguna vez a punto de casarse con el heredero del trono británico.

La oposición familiar a su matrimonio con el príncipe inglés Alberto Víctor la llevó a suspender sus planes amorosos y casarse con el príncipe que se designó para ella: Emanuele Filiberto de Saboya, duque de Aosta (1869-1931), el primogénito del rey Amadeo I y de la reina María Victoria. Los dos hijos de este matrimonio, Amadeo, futuro duque de Aosta (1898-1942) y Aimone (1900-1948) poseían derechos de sucesión al trono español por descender de la infanta Luisa Fernanda.

Emanuel Filiberto, hijo del rey Amadeo I, con su esposa e hijos.

Amadeo de Aosta estuvo casado con su prima Ana de Orleáns y murió siendo prisionero en Nairobi, después de haber sido padre de dos princesas. Margarita de Saboya-Aosta, nacida en 1930, y María Cristina de Saboya-Aosta, nacida en 1933, todavía viven y ostentan derechos al trono español por descender de Luisa Fernanda. La primera fue esposa del archiduque Roberto, hijo del emperador Carlos I y la emperatriz Zita de Austria, mientras la segunda se casó con el príncipe Casimir de Borbón-Dos Sicilias.

Boda de Ana de Orleáns con Amadeo, duque de Aosta.

El hijo menor de Emanuele Filiberto de Saboya, el príncipe Aimone, estuvo alguna vez a punto de ser coronado rey de Croacia con el nombre de Tomislaw II, pero el proyecto nunca pudo concretarse. Casado con la princesa Irene de Grecia, murió a la joven edad de 48 años en Buenos Aires. Su hijo, Amadeo, actual duque de Aosta, no solamente es pretendiente del trono italiano sino que también ostenta derechos al trono español heredados de su padre y su abuelo.8

Boda del príncipe Aimon de Saboya-Aosta con Irene de Grecia y Dinamarca.

Tanto el actual duque de Aosta como sus primas, las princesas Margarita y María Cristina de Saboya-Aosta, ocupan un lugar especial en la sucesión española después de los descendientes del rey Juan Carlos y los descendientes de María de las Mercedes, princesa de Asturias, hija de Alfonso XII. En esta línea sucesoria también se encuentra Aimone, duque de Apulia, único hijo varón del duque de Aosta, que está casado con la princesa Olga de Grecia y tiene tres hijos: Umberto, príncipe de Piemonte, Amadeo, duque de los Abruzzos, e Isabella, todos ellos con derecho de sucesión al trono español.

El actual Duque de Aosta, Amadeo de Saboya, con su hijo y heredero del ducado, Aimone.

Como hijo de la princesa Margarita de Saboya, también está en la lista el archiduque Lorenzo de Austria-Este, casado con la princesa Astrid de Bélgica, hija del rey Alberto II y hermana del rey Felipe I. Sus cinco hijos (Amadeo, María Laura, Joaquín, María Luisa y María Leticia) se titulan príncipes de Bélgica y archiduques de Austria-Este y están incluidos en la línea sucesoria española porque sus ancestros cumplieron con todas las normas dinásticas vigentes para ser considerados elegibles.

Los «Reyes de Mayo»: Hace 70 años, Italia expulsaba a los Saboya

El 9 de mayo de 1946, Victor Manuel III, el «Rey Soldado» de Italia abdicaba al trono luego de 46 años de reinado. El penúltimo monarca de la Casa de Saboya, se había mantenido una cuestionable connivencia con el régimen fascista de Benito Mussolini. Esa cohabitación con el «Duce», y el desastre que supuso para Italia la Segunda Guerra Mundial, movieron a Víctor Manuel III a abdicar. Tras su abdicación, Víctor Manuel partió al exilio con el título de Conde de Pollenzo y murió un año después en Alejandría, Egipto, en cuya iglesia de Santa Catalina fue y continúa sepultado.

Subió al trono su hijo, Humberto II (1904-1983), hasta entonces Príncipe de Piamonte, de quien los Saboya esperaban que pudiera levantar la imagen de la Casa Real, pero para entonces el prestigio real había caído estrepitosamente. Humberto II apenas un mes, desde el 9 de mayo hasta el 2 de junio de 1946, fecha en que los italianos abolieron en referéndum la monarquía, y optaron por la actual república. Los italianos asociaban al rey con el régimen fascista y recordaba claramente la cobardía de la familia real, que huiría en septiembre de 1943 de Roma ante el ataque de los alemanes, dejando el gobierno desorganizado y al ejército sin órdenes claras.

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Humberto II, la reina María José y sus hijos

Humberto II – bautizado entonces como el «Re Di Maggio» (Rey de Mayo)- emprendió el camino del exilio. La familia acabó separándose: Humberto se instaló en Cascais (Portugal) con sus tres hijas, María Pía, María Gabriela y María Beatriz. Fuera de Italia, Humberto se reconcilió con los representantes de las dinastías que los Saboya habían desposeído de sus respectivos tronos en el siglo XIX. Su exilio transcurrió en Cascais, cerca de Lisboa y de su hermana Juana, reina madre de Bulgaria, de los Condes de Barcelona y de los Condes de París entre otras regias personalidades. Mientras tanto, la reina María José, partió con el hijo varón, el príncipe Víctor Manuel, a Merlinge (Suiza).

Humberto nació en 1904 en Racconigi, a la luz de las velas, porque un temporal había cortado la luz de la residencia real en Turín. Era el hijo de Victor Manuel III y la princesa Helena de Montenegro. El mismo año de su nacimiento, un anarquista asesinaba a su abuelo Humberto I y catapultaba a sus padres al trono. En 1930 contrajo matrimonio con la princesa María José de Bélgica, la hija de los reyes Alberto I y Elisabeth. Pero para en 1946 el matrimonio no se llevaba bien y el exilio fue la excusa perfecta para separarse.

Además, María José, era conocida como la «reina rebelde» por su actitud contraria al régimen fascista de Benito Mussolini, lo que la distanció de su familia política. La reina, mujer de gran cultura, enamorada de la música y apasionada del deporte, había intentado distanciar a los Saboya del régimen musoliniano, lo que llevó a su suegro a ordenar su prisión en el Palacio Real de Milán en 1943.

La Constitución aprobada un año más tarde impidió la entrada en territorio nacional de los varones de la casa de Saboya, condenando a la familia al exilio, medida que la dinastía siempre denunció por injusta. No podían siquiera sobrevolarla. El Parlamento levantó la prohibición en 2002 y el príncipe Víctor Manuel dio un paseo por Italia en el 2003 que no despertó el clamor monárquico que algunos soñaban.

Su detención en junio de 2006 por presunta corrupción, falsificación y explotación de prostitutas en el casino de Campione d´Italia, un enclave italiano en Suiza, convenció definitivamente a los italianos de que habían obrado con sabiduría librándose de los Saboya.

LA CASA DE SABOYA. La Casa de Saboya es una antigua familia noble del norte de Italia, que tuvo su solar en el ducado de Saboya y que llegó a ostentar la corona del Reino de Italia desde 1861. Fue fundada en el siglo XI por un noble borgoñón, Humberto «el de la Mano Blanca», quien obtuvo para su hijo Odón el título de Conde de Saboya, con dominios en el norte de la península italiana.

Este último, a través de su matrimonio con Adelaida, heredera de Turín en el Piamonte, logró extender mucho los dominios de su Casa. En 1831, Carlos Alberto de Saboya fue coronado Rey de Cerdeña y Duque de Saboya. En 1849, abdicó a favor de su hijo, Víctor Manuel II quien cedió el Ducado de Saboya y la ciudad de Niza a Francia en 1860 y fue coronado oficialmente como Rey de Italia en 1861.

Para cuando los Saboya llegaron a ser Reyes de Italia, este país era un conjunto de territorios formado por el Reino de Cerdeña, que incluía en el continente el Piamonte, y estaba regido por los Saboya; el Reino Lombardo-Véneto, bajo soberanía del Emperador Francisco José de Austria; el Ducado de Parma, regido por una rama de los Borbones; el Ducado de Módena y el Gran Ducado de Toscana, regidos por Archiduques austriacos; el Reino de las Dos Sicilias, bajo otra rama borbónica y los Estados Pontificios, regidos por la Monarquía electiva del Papado.

LA MAYOR TRAGEDIA. En 1943, la princesa Mafalda (1902-1945), hija de Victor Manuel III, fue capturada por los nazis y encerrada en el campo de concentración de Buchenwald, en el que murieron 56.000 personas. Nada pudo salvar a la princesa de una muerte lenta y dolorosa. Ni que su marido, Felipe de Hesse-Kassel, perteneciera al partido de Adolf Hitler, ni que su padre, el rey Victor Manuel III, consintiera la entrada de Mussolini en el Gobierno italiano. El 24 de agosto de 1944 los aliados bombardearon la barraca en la que se alojaba provocándole heridas en todo el cuerpo. Luego de una cirugía torpe, la princesa murió desangrada. Ni siquiera pertenecer a una dinastía reinante evitó que la princesa fuera enterrada en un nicho común y sin una placa con su nombre. Era «262. Una mujer desconocida».