Bodas imperiales en Rusia: cómo vestían las novias de la dinastía Romanov

Desde una temprana edad, las jóvenes de la familia imperial de Rusia tenían un futuro marido seleccionado para ellas entre los grandes duques y príncipes de Rusia y del extranjero, y sus bodas eran un asunto de importancia estatal. Cada elemento de la ceremonia se regulaba hasta el más mínimo detalle, y el aspecto de la novia era una de las características más importantes del día.

Los requisitos eran más estrictos cuando se aplicaban a las novias del “primer nivel” de la familia, es decir, las que en el futuro podían ascender a un trono. No sólo la forma de organizar la ceremonia en sí, donde cualquier tropiezo podía ser visto como un mal presagio, era una dura prueba, sino que también lo era elegir el vestido de novia, literalmente.

La gran duquesa Isabel Mavríkievna, nieta de Nicolás I

La gran duquesa Isabel Mavríkievna, nieta de Nicolás I

Una foto de la boda del príncipe georgiano Konstantino Bagration de Mukhrani y la princesa Tatiana Constantinovna

Una foto de la boda del príncipe georgiano Konstantino Bagration de Mukhrani y la princesa Tatiana Constantinovna.

El “código de vestimenta para bodas” fue establecido por el emperador Nicolás I en 1834, y se aplicaba no sólo a los protagonistas de la ceremonia sino también a los invitados. El diseño de los vestidos de novia era siempre el mismo, pero se permitían algunos ajustes de estilo, bordado y decoración según la moda y el gusto de la novia.

La princesa Isabel con el vestido de novia, 1884.

La princesa Isabel de Hesse en su boda con el gran duque Sergio, 1884.

Los vestidos de novia se hacían de brocado de plata y se adornaban con piedras preciosas y bordados. Dos accesorios obligatorios eran una larga cola y un manto de armiño. Era un tipo de traje que era imposible ponerse sin la ayuda de las damas de honor.

Durante la ceremonia de la iglesia, la novia tenía que llevar una corona de boda y encima una tiara de diamantes. También había pendientes ceremoniales y un collar para acompañarlos a juego.

La diadema de boda de Rusia.

La diadema de boda de Rusia.

El Fondo de Diamantes de Moscú tiene en su colección la única diadema de boda de una Romanov que queda en Rusia en la actualidad. Fue usada por la emperatriz María Feodorovna, la esposa de Pablo I, en su boda, y luego por otras novias de la familia imperial.

La boda del Príncipe Nicolás de Grecia y la Gran Duquesa Elena Vladímirovna

La boda del Príncipe Nicolás de Grecia y la Gran Duquesa Elena Vladímirovna

La diadema tiene la forma de kokoshnik, con un enorme diamante rosa en el centro. En total, contiene 175 grandes diamantes indios y más de 1.200 pequeños diamantes de talla redonda. La fila central está decorada con grandes diamantes colgantes en forma de gotas.

Las joyas de las novias podían ser reliquias familiares o haber sido confeccionadas especialmente para la ocasión. Por ejemplo, para su boda con el Príncipe Nicolás de Grecia, la Gran Duquesa Elena Vladímirovna, nieta del Emperador Alejandro II y prima de Nicolás II, llevaba un tocado de diamantes de Cartier y un ramillete de diamantes en forma de lazo.

La boda de Nicolás II y Alexandra Fiódorovna.

La boda de Nicolás II y Alix de Hesse.

Alexandra Fiódorovna y su vestido de novia

Alejandra Feodorovna y su vestido de novia.

En total, un traje de boda real pesaba entre 25 y 30 kilos. Pasar él todo el día de pie con este puesto no era una tarea fácil, ¡y mucho menos moverse! A veces una novia quedaba tan agotada que había que llevarla en brazos.

Según la tradición, las novias de la familia Romanov donaban sus vestidos de novia a la iglesia por caridad. Sin embargo, Alejandra Feodorovna, la última emperatriz de Rusia, esposa de Nicolás II, decidió conservar el suyo. Por eso su vestido de novia ha sobrevivido hasta hoy (puede verse en el Hermitage). Muchas personas de la corte no aprobaron la decisión de la emperatriz y quedaron convencidas de que su rechazo a una tradición centenaria traería mala suerte a la familia. (RBTH)

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Silvia de Suecia, 45 años como reina

Silvia Renata Sommerlath, quien se convirtió en reina consorte de Suecia hace 45 años, el 19 de junio de 1976, nació en Heildelberg, Alemania en 1943 en plena Segunda Guerra Mundial. De padre alemán y madre brasileña, su familia optó por emigrar a Brasil en 1945 e instalarse en Sao Paulo, donde permaneció hasta 1957.

De regreso en Alemania Occidental, Silvia inició sus estudios de idiomas en Dusseldorf cuando tenía quince años hasta graduarse con una especialización en español con tan sólo 20 años.

Dado su notable talento para los idiomas (además del alemán y el portugués, habla sueco, inglés, español y lenguaje de señas) ocupó puestos importantes en torno a las relaciones internacionales. A principios de los 70, ocupó un cargo en el Consulado argentino de Munich y de ahí pasó al comité de organización de los juegos olímpicos de verano en esa ciudad en 1972.

En 1973 asumió como suplente en la Jefatura de Protocolo de la Comisión para los Juegos Olímpicos de Invierno a realizarse en 1976 en Innsbruck, Austria. Como su cargo en los JJOO de Munich la vinculaba al cuerpo de azafatas protocolares, le tocó estar cerca de los visitantes más ilustres en los Juegos. Uno de esos visitantes extraordinarios, fue el por entonces príncipe Carlos Gustavo de Suecia. El joven rubio, esbelto y de ojos azules, tenía fama de enamoradizo y mujeriego, pero al ver a Silvia por primera vez se deslumbró -él siempre dijo que al verla, hizo un «click»- y ese mismo día la invitó a cenar.

Todo parecía en orden: Silvia era culta, hermosa, de mirada dulce y eterna sonrisa. El pequeño detalle es que, el por entonces rey Gustavo VI, no estaba convencido de que su nieto y heredero, Carlos Gustavo, se casara con una plebeya que además era tres años mayor que él. Recordemos que Carlos Gustavo perdió a su padre en un accidente de avión cuando sólo tenía un año, de modo que a la muerte de su abuelo, indefectiblemente se convertiría en rey.

Los enamorados continuaron viéndose en secreto hasta el fallecimiento del anciano rey, cuando Carlos Gustavo se comprometió siendo ya rey de los suecos y contrajo matrimonio pocos meses después, el 19 de junio de 1976 con Silvia.

La joven nunca fue princesa ya que desde el mismo momento de su boda fue reina de Suecia y ese día de verano llevó un vestido de corte sencillo de la Casa Cristian Dior, bien de los años setenta, que dejaba todo el protagonismo a la enorme tiara que llevaba en su cabeza, rodeada de camafeos y que había pertenecido a Josefina, la esposa de Napoleón.

En la gran fiesta con más de mil invitados, el grupo sueco Abba -como no podía ser de otro modo- estrenó en vivo el tema Dancing Queen, dedicado especialmente a la nueva reina (ver video). Como en toda familia real, pronto llegaron los hijos: la princesa Victoria (1977), quien fue nombrada heredera cuando los médicos dijeron que la reina no podría tener más hijos; el príncipe Carlos Felipe, quien constituyó una sorpresa para la familia (1979) y la princesa Magdalena (1982). Actualmente los reyes tienen siete nietos.

Silvia es hoy abuela de siete nietos y preside numerosas asociaciones benéficas, como por ejemplo La Casa Silvia dedicada al cuidado e investigación de la demencia y de los adultos mayores; el Fondo del Matrimonio de la Pareja Real que apoya la investigación deportiva para jóvenes discapacitados; la Fundación Mundial de la Infancia (tarea que comparte con su hija Magdalena) y colabora, patrocina o preside otras treinta organizaciones, por lo cual ya ha recibido varios Doctorados Honoris Causa.

Pero si algo caracteriza a Silvia es justamente su discreción, que junto a su sonrisa, se mantienen intactas en el tiempo pese a las acusaciones de simpatías hacia el nazismo por parte de su padre o las infidelidades del pasado de su esposo. Silvia perdona siempre, y siempre sonríe.

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Hace 55 años: bombas en Ámsterdam por la boda de Beatriz y Claus de Holanda

El 10 de marzo de 1966, miles de holandeses protestaron violentamente contra el novio de la princesa heredera, que había pertenecido al “Jungvolk”, o movimiento juvenil alemán, y al “Hitlerjugend”, las Juventudes Hitlerianas.

Estruendos, humo, bombas lacrimógenas, huevos y hasta pollos muertos… la boda de la princesa Beatriz y el príncipe Claus de Holanda hace 55 años no fue memorable solo por su brillo y romanticismo. Miles de holandeses protestaron abiertamente el 10 de marzo de 1966 contra el esposo elegido por la futura reina, un diplomático alemán al que acechaban las sombras del nazismo.

En 1965, el parlamento de La Haya solo aprobó a regañadientes el compromiso del alemán Klaus von Amsberg con la entonces princesa heredera, de 27 años. En una protesta que unió a parlamentarios y anarquistas por igual, 300.000 personas firmaron una petición contra el matrimonio y, durante la procesión nupcial en Amsterdam 11 meses después, una bomba de humo explotó cerca del carruaje dorado de la pareja.

Aunque el Príncipe se ganaría más tarde los corazones de sus compatriotas adoptivos, 21 años después del final de la Segunda Guerra Mundial, el pueblo holandés conservaba recuerdos abrasadores de la ocupación de cinco años; y les conmovió la idea de que su futura reina se casara con un hombre que había llevado el uniforme de los invasores y pertenecía a las Juventudes Hitlerianas.

Las investigaciones oficiales y extraoficiales no revelaron información comprometedora sobre el prometido real, pero el compromiso se produjo en una década de altos sentimientos y protestas violentas, y cuando la monarquía holandesa estaba recuperando la popularidad que había perdido debido a la influencia ejercida sobre la reina Juliana por una curandera. Se pintaron cruces esvásticas en la residencia oficial del primer ministro. Un grafitti que declaraba el Klaus Raus (fuera Klaus) apareció en las paredes con pintura naranja, el color de la casa real holandesa. Los manifestantes destrozaron las ventanillas de los coches de los turistas alemanes.

Klaus Georg Wilhelm Otto Friedrich von Amsberg nació en Dotzingen, en el río Elba, el 6 de septiembre de 1926. Aunque descendía de un maestro herrero del siglo XVII a través de su bisnieto, un pastor luterano, la familia fue absorbida por la nobleza y tenía derecho al prefijo «von» reconocido por el Gran Duque de Mecklenburg-Schwerin en 1891.

Klaus se educó, inicialmente, en Tanzania, donde su familia se mudó, cuando él tenía dos años, para administrar su plantación de sisal. Regresó al internado en Alemania en 1938, poco después de que Hitler se declarara ministro de guerra y comenzaran los pogromos antijudíos. Como muchos niños alemanes de secundaria de familias aristocráticas, Klaus se unió al Jungvolk, o movimiento juvenil alemán, y al Hitlerjugend, las Juventudes Hitlerianas.

Después de terminar la escuela en 1944, sirvió en el ejército alemán en Dinamarca y en la 90º división panzer en Italia, aunque no vio combate. En 1945, a los 19 años, fue capturado por las fuerzas estadounidenses cerca de Merano, Italia, y enviado a un campo de prisioneros de guerra en Ghedi, cerca de Brescia. Posteriormente, fue trasladado a Gran Bretaña, donde trabajó como conductor e intérprete. Después de la guerra, fue absuelto por un tribunal de desnazificación y se licenció en derecho en Hamburgo.

Klaus se unió al cuerpo diplomático de Alemania Occidental en 1961 y trabajó en la República Dominicana y Costa de Marfil antes de ingresar al Ministerio de Relaciones Exteriores en Bonn. Fue durante unas vacaciones de esquí en Suiza en 1965 cuando el diplomático conoció a su futura esposa, cuando ambos eran invitados del príncipe Moritz de Hesse. La princesa heredera de voluntad fuerte quedó cautivada de inmediato por su buena apariencia y en una semana su padre comenzó a hacer averiguaciones privadas. sobre él.

Su romance, mantenido en secreto hasta que un fotógrafo de noticias holandés los capturó, varios meses después, caminando de la mano, desató una tormenta de protestas en los Países Bajos, aunque el matrimonio contó con la aprobación de la reina Juliana, y su esposo, el príncipe Bernardo, quien también nació en Alemania. A Klaus, que cambió su nombre a Claus, se le otorgó la nacionalidad holandesa mediante un acto especial del parlamento.

La joven pareja se defendió debidamente a las acusaciones de nazismo contra Claus, sometiéndose al interrogatorio de la prensa internacional después de que la reina Juliana hiciera un anuncio formal del compromiso. Beatriz y Claus se negaron a atacar a sus críticos, y la princesa heredera declaró que se dio cuenta de que las protestas provenían de personas que tenían derecho a estar descontentas con el compromiso. «No nos sorprende que haya una controversia«, explicó. «Este es un país democrático y todo el mundo tiene derecho a expresarse».

Claus dijo que él había sido tan apolítico como otros chicos de 13 o 14 años cuando se unió a las Juventudes Hitlerianas. «Mirando hacia atrás en el período nazi ahora, lo considero un desastre para el mundo, del cual espero que todos aprendan», agregó. Sin embargo, esto aún no logró satisfacer, y Holanda se acercó a la boda con una mezcla de rabia y feliz anticipación, esta última manifestándose en la comercialización de zuecos con retratos de la joven pareja.

El día de la boda, 8.000 soldados y 4.000 policías se alinearon en la ruta de varios kilómetros hacia el ayuntamiento para la ceremonia civil en Ámsterdam, antes de que la pareja se dirigiera a la iglesia de Westerkerk. Muy cerca estaba el monumento más emblemático de la ocupación nazi, la casa donde la adolescente judía Ana Frank había vivido durante dos años en una habitación sellada antes de ser llevada a Belsen, donde murió.

Entre las 100.000 personas dispersas a lo largo de la ruta, los jóvenes manifestantes arrojaron bombas de humo contra el coche nupcial dorado, que en ocasiones quedó oculto a la vista por las nubes de humo cuando la policía se abalanzó sobre los alborotadores. Después del servicio religioso, al que asistieron la madre del novio y seis hermanas, pero ningún miembro masculino de su familia, un decreto real nombró a Claus como príncipe de los Países Bajos: una «C» fue sustituida juiciosamente por la primera letra de su Nombre cristiano.

La noche en que la pareja partió de luna de miel a México, hubo más batallas entre las tropas y unos 1.000 jóvenes en Amsterdam. Los altos sentimientos del público afortunadamente se disiparon pronto. A diferencia de su suegro, el príncipe Bernardo, Claus aprendió a hablar holandés sin rastro de acento alemán y su formación diplomática significaba que conocía la importancia de mantener la boca cerrada sobre temas delicados. Cuando Claus falleció en 2002, los holandeses lo despidieron como a un leal holandés.

Día de los Enamorados: los 40 años de matrimonio de Enrique y María Teresa de Luxemburgo

Aquel 14 de febrero de 1981 hubo dos ceremonias: una en el Palacio Gran Ducal y la otra en la Catedral, frente a decenas de familias reales de todo el mundo.

El gran duque Enrique y la gran duquesa María Teresa conmemoraron este 14 de febrero sus 40 años de matrimonio, y tras cuatro décadas de altibajos mutuos, ellos aseguran que el vínculo sigue tan fuerte como siempre.

Nuestra fuerza es sin duda el amor que nos sentimos, el amor que nos supera e incluso nos lleva a través de las tormentas”, dijo la gran duquesa en una entrevista reciente.

Sin la mujer que amo a mi lado, no hubiera podido llevar a cabo esta tarea, que implica un Mucha responsabilidad y sacrificios en términos de libertad personal está relacionada con el afrontamiento”, agregó el gran duque Enrique.

La pareja Gran Ducal tuvo cinco hijos: el gran duque heredero Guillermo, los príncipes Félix, Luis, y Sebastián, y la princesa Alejandra.

El entonces gran duque heredero y la exiliada cubana María Teresa Mestre, hija de banqueros nacida en La Habana, se casaron el Día de los Enamorados de 1981, en una boda que congregó a una enorme masa de príncipes y monarcas bajo un frío glacial.

María Teresa Mestre lució un vestido de seda blanco con ribete de piel y una cola de un metro de largo para casarse con su prometido, de 25 años, en la Catedral de Notre Dame de Luxemburgo a las 11 de la mañana. Una hora antes, la pareja se había casado en una ceremonia civil en el Palacio Gran Ducal.

La cubana María Teresa Mestre fue la primera latinoamericana en ingresar por matrimonio a la primera línea de la realeza europa.

Entre los invitados a la boda de primera clase de la política y la sociedad hubo, por supuesto, algunas cabezas coronadas, como el príncipe Rainiero III y la princesa Grace de Mónaco, el rey Olaf V de Noruega, la reina Margarita II de Dinamarca con el príncipe Enrique y los reyes Balduino y Fabiola de Bélgica.

Enrique de Luxemburgo conoció a Maria Teresa Mestre y Batista-Falla durante su tiempo en la universidad en Ginebra en octubre de 1975 y tuvieron su primera cita en marzo del año siguiente. Durante varios años, la pareja prefirió mantener su relación en secreto y después de terminar sus estudios, la pareja se comprometió el 8 de noviembre de 1980.

Hace 60 años: la boda de Astrid de Noruega, la princesa que no pudo renunciar al amor

El 12 de enero de 1962 Astrid siguió los pasos de su hermana mayor, la princesa Ragnhild, quien se casó con un plebeyo en 1953, pero el camino no fue fácil.

El 12 de enero de 1961 Noruega asistió en estado de shock al casamiento de la princesa Astrid, la hija del entonces rey Olav V, con un hombre plebeyo y divorciado. La boda había desatado una tormenta de pasiones en el reino escandinavo, en una Europa que todavía consideraba la boda de príncipes con plebeyos un asuntos absolutamente escandaloso.

En una época que las princesas se casaban aún por razones de Estado con otros príncipes, la boda de la princesa Astrid (entonces de 29 años) con el plebeyo noruego Johan Martin Ferner fue el eco del casamiento de la princesa Margarita de Inglaterra con el fotógrafo de la alta sociedad Tony Armstrong-Jones, una boda boicoteada por la ausencia de toda la realeza europea que fue invitada a Londres.

Astrid siguió los pasos de su hermana, la princesa Ragnhild, quien se casó con un plebeyo en 1953, pero el camino no fue fácil. En 1954, Noruega lamentó la muerte de la princesa Martha, esposa de Olav, víctima del cáncer a los 50 años de edad. La princesa tenía una salud en declive después de la guerra y y para sus tres jóvenes hijos fue una experiencia extremadamente difícil perder a su madre tan temprano en la vida. Su hija menor, Astrid, muy a su pesar, se convirtió así en la primera dama del reino ya que su abuela también había fallecido prematuramente.

Joven e inexperta, asumió con mucho talento las tareas que hasta entonces había cumplido su madre, acompañando a su abuelo Haakon VII en las mayores pompas cortesanas. “No sabía lo que estaba pasando, y no tuve ningún entrenamiento sobre cómo comportarme”, relató Astrid. “Hoy en día, te entrenan para que estés preparado antes de cumplir tus funciones. Pero yo no estaba acostumbrada a ser la pieza central, solía esconderme detrás de las faldas de mi madre. Y nunca había estado en una visita de estado. Pero recibí buenos consejos de tía Ingrid [reina de Dinamarca]: Haz lo que te parezca natural”.

Pero la nueva condición no le permitiría contraer matrimonio con el hombre que amaba, Johan Martin Ferner, un empleado de las tiendas Harrod’s de Londres que se cansó de esperar y se casó con una modelo profesional de la que se divorció apenas dos años después. Astrid y Ferner volvieron a encontrarse pero debieron luchar durante 13 hasta hasta lograr el consentimiento al matrimonio. En 1960, Astrid empezó una especie de huelga, negándose a cumplir con sus obligaciones reales hasta que su padre, ya convertido en rey, le diera su bendición.

La casa real de Noruega conoce el drama más terrible de su existencia”, anunció un respetado periódico noruego, en una época en la que Europa aún no estaba acostumbrada a los matrimonios de príncipes con plebeyos. Y de verdad fue un escándalo: el vicepresidente Parlamento se negó a felicitar a la pareja, el osbispo de Oslo se negó a casarlos y un diario cuestionó la falta de cordura de la princesa por no saber “elegir el camino del deber”.

La boda finalmente se celebró en enero de 1961, en presencia de numerosos príncipes extranjeros, incluida Margarita de Inglaterra con su flamante esposo. Pero, a diferencia de su hermana mayor, Astrid no fue “castigada” porque la casa real la necesitaba: con su padre viudo, y su hermano soltero, el país necesitaba una primera dama, por lo que ella continuó desempeñando esa labor y no perdió su estatus real ni su asignación estatal, señales de una importancia dentro de la corte que todavía conserva.

Los noruegos no tienen nada para reprochar a la princesa y su esposo plebeyo. En 2011, Astrid y Johan Ferner celebraron sus 50 años de matrimonio cuando la princesa -ahora con cinco hijos y cinco nietos- todavía es un miembro muy activo de la casa real y un gran punto de apoyo para su longevo hermano, el rey Harald V. En su 70 cumpleaños en 2002, la princesa recibió una pensión estatal honoraria como reconocimiento y agradecimiento por sus muchos años de esfuerzos, tanto como la primera dama del país y más tarde en relación con amplias tareas de representación.

Hace 60 años: quiénes asistieron a la boda de Balduino y Fabiola de Bélgica

Como monarca de una de las familias reales mejor emparentadas del mundo, Balduino de Bélgica logró reunir una importante masa de invitados de sangre azul cuando se casó el 15 de diciembre 1960, exactamente hace 60 años, con Fabiola de Mora y Aragón.

El joven monarca, de 30 años, a quien muchos imaginaban soltero de por vida, sorprendió a Europa en septiembre de 1960 al anunciar que se casaría con la aristócrata española. En Madrid, la joven de 33 años, que estaba a punto de convertirse en monja, dejó boquiabierta a toda su familia al anunciarles que tenía novio y que ese joven era un rey.

Catalogada como la boda del año, el romance despertó un frenesí de alegría en Bélgica, que hacía años no celebraba un casamiento real y veía con tristeza cómo la familia real aún no podía recuperarse de los años amargos de las trágicas muertes del rey Alberto I (1934) y la reina Astrid (1935), la guerra y la posguerra.

Con tantos motivos para celebrar, el gobierno belga ofreció a Balduino la boda real más grande que vivió Bélgica en el siglo XX y, en, respuestas, decenas de miembros de la realeza viajaron hasta Bruselas para presenciar el evento. La relación de la familia real con las cortes de Europa quedó reflejada en la inmensa lista de invitados de sangre azul y casi no hubo ausencias notables.

La reina viuda Isabel de Bélgica con la reina Juliana de Holanda.

La reina abuela viuda de Alberto I, Isabel de Baviera (sobrina de la emperatriz Sissi), no quiso perderse el casamiento de su nieto. Fallecería cinco años más tarde, en 1965, y fue sepultada junto a la tumba de su esposo. Artística, intelectual, la denominada “reina enfermera” había sido muy popular por su labor solidaria en la Primera Guerra Mundial, pero al enviudar se sumergió en un estilo de vida bohemio, cercano al comunismo, que le hizo perder la simpatía de los belgas. Pocos ciudadanos lloraron su muerte.

La presencia del ex rey Leopoldo III y su segunda esposa, Lilian, princesa de Réthy, no despertó una gran emoción entre el público que se congregó en Bruselas. Impopular por su papel y por su segundo matrimonio mantenido en secreto durante la Segunda Guerra Mundial, se había visto obligado a abdicar en Balduino en 1951, retirándose mayomente de la vida público. Su hermano Carlos, conde de Flandes y tío de Balduino, declinó la invitación a la boda porque se encontraba desde hacía años distanciado de la familia.

Leopoldo III con su hijo Alberto y su yerno, Juan de Luxemburgo.

Tres jefes de Estado en la boda real

También asistieron a la boda todos los hermanos de Balduino: la mayor, Josefina-Carlota (1927-2005), estaba casada desde hacía siete años con el gran duque heredero de Luxemburgo, Juan (1921-2019); la pareja asistió a la boda acompañada de sus dos hijos mayores, el príncipe Enrique y la princesa Marie-Astrid. La representación de la familia real luxemburguesa estuvo presidida por la gran duquesa Carlota, por entonces la soberana más antigua de Europa (con 41 años de reinado), quien abdicaría en 1964, y su esposo el príncipe consorte Félix, príncipe de Borbón-Parma.

Josefina-Carlota se convertiría en la gran duquesa consorte de Luxemburgo cuatro años más tarde, en 1964, cuando su suegra abdicó al trono granducal y su esposo, Juan, se convirtió en el nuevo soberano. La gran duquesa, tercera princesa de la historia belga que se convertía en soberana en el extranjero, tuvo una enorme familia (5 hijos y más de 20 nietos) y murió de cáncer en 2005. El gran duque Juan abdicó en 2000 y murió en 2019. Están sepultados en la cripta granducal de la Catedral de Notre-Dame de Luxemburgo.

Josefina Carlota de Luxemburgo junto al ex rey Humberto II de Italia.

Alberto, príncipe de Lieja, y su esposa italiana Paola Ruffo di Calabria, fueron los que se llevaron la mayor cantidad de aplausos del público, admirados por su juventud y su belleza. También asistieron los hermanastros de Balduino (hijos de Lilian), los príncipes Alejandro, María Esmeralda y María Cristina.

El príncipe de Lieja, en tanto, sucedería a Balduino en el trono en 1993 porque, como se sabe, la reina Fabiola no tuvo hijos. Paola de Lieja fue una reina popular, pero una figura ensombrecida por los escándalos protagonizados por su esposo. Pese a la reticencia de Balduino y Fabiola de dejar el trono a la díscola y rebelde pareja, y de preferir en su lugar al príncipe Felipe, el destino siguió su curso. Alberto II abdicó al trono en 2013, tras veinte años de reinado.

Nacida en la familia real belga, como hija de Alberto I e Isabel, asistió a la boda la última reina de Italia, María José (1906-2001). Le acompañaban su esposo, Umberto II (1904-1983), y sus hijas, las princesas María Pía, María Gabriela y María Beatriz. Conocido como el “rey de mayo”, Humberto I había abdicado tras la Segunda Guerra Mundial y la caída del fascismo en 1946. Convertida Italia en una república, las autoridades prohibieron el regreso al país de toda la dinastía con excepción de María José, que no hizo uso de ese privilegio. Separada entonces de su marido y poco relacionada con la familia belga, María José viviría tranquilamente en Suiza hasta su muerte.

La doble boda (civil en el Palacio Real de Bruselas y religiosa en la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula) contó con la presencia del rey Olav V de Noruega (1903-1991), primo hermano de Balduino. Reinante desde hacía tres años, era viudo y se rumoreaba entonces que tenia un romance con la empleada de una tienda de ropa de Oslo pero tuvo que sacrificar la relación por el bien de la corona. Reinaría hasta su muerte en 1991, después de haber sido el segundo rey de la moderna monarquía noruega. A la boda le acompañó su segunda hija, la princesa Astrid, que solía ejercer como primera dama por ausencia de una reina. Tres años después protagonizaría su propia boda con un plebeyo, asistente de un comercio de Oslo.

La reina Juliana de Holanda (1909-2004) y el príncipe consorte Bernardo (1911-2004) se hallaban en el máximo de su popularidad cuando asistieron a la boda de Balduino y Fabiola. Asistieron con su hija mayor, la princesa Beatriz, quien sería reina de los Países Bajos desde 1980, cuando Juliana abdicó.

En los años 70, Bernardo fue acusado de haber recibido sobornos de una fábrica de aviones estadounidenses y perdió no solo su popularidad y su prestigio internacional, sino también sus cargos oficiales. Avergonzada, Juliana abdicó poco después alegando estar (a los 71 años) demasiado mayor para reinar. Juliana y Bernardo murieron en 2004, después de haber alcanzado los 67 años de matrimonio, mientras Beatriz reinó hasta su abdicación en 2013.

Los reyes de Suecia y Dinamarca no asistieron a la boda belga pese a estar ampliamente relacionados con Balduino. El rey sueco Gustavo VI Adolfo envió en su representación a su hijo, el príncipe Bertil, duque de Halland (1912-1997). Soltero a los 48 años, era el único de los cuatro hijos del rey que no había perdido su estatus real ni sus derechos sucesorios a causa de sus matrimonios con plebeyas. El propio Bertil estaba entonces en pareja con la inglesa Lilian Davies, pero no se casó con ella sino hasta 1977 porque antepuso sus deberes reales justo cuando la casa real sueca se encontraba en un grave peligro sucesorios: su sobrino y heredero del trono, Carlos Gustavo, era apenas un adolescente.

Desde la casa real de Dinamarca, viajaron a la boda de los reyes belgas el príncipe Axel, de 72 años, y su esposa Margarita. Hija mayor del fallecido príncipe Carlos de Suecia, duque de Västergötland, Margarita era la única hermana sobreviviente de la fallecida reina Astrid, madre de Balduino. Axel moriría en 1964 y su viuda regresó a su país natal para reintegrarse como miembro de la casa real de Suecia y participó de numerosos actos oficiales hasta su fallecimiento a los 78 años en 1977.

La familia real española, exiliada y sin patria, no podía estar ausente de la boda belga a causa de la estrecha relación que mantenían con la familia de Mora y Aragón. En una presencia censurada en los medios españoles por el régimen franquista -adverso a los Borbones-, viajaron a Bruselas don Juan de Borbón y Battenberg (1913-1993), jefe de la casa real y conde de Barcelona, su esposa doña María de Borbón-Dos Sicilias (1910-2000), su hijo el príncipe don Juan Carlos y la infanta María Cristina, hermana de don Juan.

Pese a haber luchado incansablemente para restituir la monarquía española, don Juan no logró su cometido por oposición del general Francisco Franco, quien “heredó” la corona al príncipe Juan Carlos. Don Juan, después de años de distanciamiento con su hijo a causa de la sucesión, retorno a España donde murió en 1993 y fue sepultado con honores de rey, con el nombre de “Juan III”. Juan Carlos reinaría 39 años, desde la muerte de Franco hasta una abdicación envuelta en escándalos en 2014.

Las familias reales destronadas después de la Segunda Guerra Mundial aistieron en masa a la boda de Balduino y Fabiola. El ex rey Simeón II de Bulgaria, quien había ascendido al trono en 1943, a los 6 años de edad, y abdicado en 1946, encabezaba la lista, seguido por el ex rey Miguel y la reina Ana de Rumania. El heredero del último emperador austrohúngaro, el archiduque Otto de Habsburgo-Lorena y los duques de Braganza, pretendientes del trono de Portugal, completaban la lista de asistentes.

Margarita de Inglaterra, la estrella de la boda

La familia real británica, que durante bastante tiempo había tenido una relación fría con la familia real belga desde 1962, cuando, contra el deseo de su pueblo y los deseos británicos, Balduino se negó a asistir al funeral del rey Jorge VI en 1952. Según el protocolo belga, el monarca solo podía asistir a un funeral de Estado en el extranjero si ya había visitado ese país oficialmente. Como Balduino reinaba desde apenas siete meses antes y aún no había visitado el Reino Unido, rechazó la invitación para asistir al funeral y envió a su hermano Alberto en su representación.

En represalia, los británicos no asistieron a la boda de Alberto y Paola en 1959, en una escalada que continuó en mayo de 1960, cuando Balduino se negó a asistir a la boda de la princesa Margarita de Inglaterra. Al igual que el resto de las casas reales, el rey belga consideraba absolutamente inapropiado que una princesa inglesa se casara con un fotógrafo. En lo que muchos entendieron como una sutil “revancha”, la reina Isabel II aceptó la invitación a la boda de Balduino y Fabiola enviando, en su lugar, a su hermana Margarita y al fotógrafo.

La hermosa princesa Margarita (1930-2002) acaparó la atención de todos los medios de prensa acreditados en Bruselas y fue la que más gritos de admiración cosechó entre las multitudes. Famosa por haber renunciado al amor en 1955 para obedecer los preceptos reales, había logrado su cometido de casarse con Tony Armstrong-Jones, pero el matrimonio no fue feliz. Primera divorciada de la familia real en 400 años, Margarita tuvo un final amargo ensombrecido por diversos problemas de salud. Tony, casado en segundas nupcias con una amante, murió en 2008.

Joyas reales: descubra las impactantes tiaras kokoshnik de la realeza europea

Estas brillantes tiaras de diamantes y esmeraldas están modeladas y nombradas en honor al antiguo tocado ruso.

Escribe Anna Sorokina (RBTH)

Con frecuencia se puede ver a las mujeres de la realeza europea con tiaras que se asemejan a un antiguo tocado ruso llamado kokoshnik. En Rusia, emperatrices y grandes duquesas llevaban este tipo de tiara a partir del gobierno de Catalina la Grande durante la segunda mitad del siglo XVIII. Fuera de Rusia, la moda de la tiare russe se desarrolló gracias a la reina Alejandra, esposa del rey Eduardo VII y hermana de la emperatriz rusa María Feodorovna, esposa de Alejandro III. Algunas de esas tiaras todavía incluyen la palabra «kokoshnik» en sus nombres oficiales, aunque en realidad nunca pertenecieron a ningún miembro de la familia real rusa.

La Tiara Kokoshnik de la reina Alejandra

Alejandra de Dinamarca y María de Teck, reinas de Inglaterra, con la Tiara Kokoshnik

Una famosa pieza de joyería perteneciente a la reina Isabel II de Gran Bretaña es la Tiara Kokoshnik de Diamantes, con sus exclusivos rayos de sol hechos de oro blanco y amarillo. Fue este adorno el que inspiró la tendencia del «estilo ruso» en la joyería fuera de Rusia.

La tiara tiene una historia de origen fascinante. En 1888, cuando la reina Alejandra y el rey Eduardo VII (entonces príncipes de Gales) estaban celebrando su aniversario de bodas de plata, las damas de honor quisieron presentarle un regalo particularmente notable. Alejandra les pidió una copia exacta de la tiara de diamantes que llevaba su hermana en Rusia.

La reina Isabel II en un banquete de estado en Turquía (2008).

Las damas donaron sus diamantes y encargaron la tiara a la casa de joyería Garrard & Co. Como la mayoría de las tiaras rusas, también se puede usar como collar; este tipo de adorno se llama tiara con flecos. Alejandra estaba encantada con el regalo y a menudo lo usaba en funciones oficiales, llamándola su Kokoshnik ruso.

La tiara pasó de una reina británica a otra y hoy es propiedad de Isabel II. Al igual que su madre, abuela y bisabuela, la reina lo ha usado a menudo durante apariciones públicas durante su reinado.

La boda de la princesa Beatriz en 2020

Por cierto, Isabel II tiene otra tiara del siglo XIX en su colección, la Tiara Fringe, que utilizó en su boda en 1947 y recientemente prestó a su nieta, la princesa Beatriz de York, para su boda en 2020. Aunque desde la distancia parece una tiara Kokoshnik, en realidad tiene una forma diferente y un diseño más modesto.

Tiara Greville Emerald Kokoshnik

La princesa Eugenia y Jack Brooksbank abandonan la Capilla de San Jorge en el Castillo de Windsor después de su boda en 2018.

Otra nieta de Isabel II, la princesa Eugenia, también usó una tiara kokoshnik de platino con diamantes blancos y rosas y enormes esmeraldas en su boda en 2018.

Greville Emerald Kokoshnik

Fue creada en 1919 por el joyero francés Boucheron para Margaret Greville, la hija de un miembro del parlamento llamado William McEwan. La dama legó la tiara a la familia real en 1942 junto con sus otras joyas, y ahora la tiara pertenece a Isabel II.

Kokoshnik de aguamarinas sueco

Princesa Sibylla de Sajonia-Coburgo y Gotha.

Una de las tiaras kokoshnik más fabulosas pertenece a la familia real de Suecia.

Margarita de Suecia con la tiara Kokoshnik que heredó de su madre, Sibyla de Sajonia-Coburgo.

Fue usado por primera vez en la década de 1900 por la princesa británica Margarita de Connaught, la esposa del futuro rey Gustavo VI Adolfo de Suecia, pero no hay información sobre el joyero que la creó.

Las princesas Madeleine y Victoria de Suecia en distintos eventos con la tiara sueca.

La tiara pasó a su nuera, la princesa Sibylla de Sajonia-Coburgo y Gotha, madre del actual rey sueco. En la actualidad, su hija mayor, la princesa Margarita, ocasionalmente la ha usado en diversos eventos reales, al igual que sus sobrinas, las princesas Victoria y Madeleine.

La tiara rumana de acero ennegrecido

El kokoshnik rumano se exhibe como pieza de museo.

La tiara de la reina María de Rumania (nacida princesa María de Edimburgo en Inglaterra) fue hecha en 1914 por Cartier. En ese momento, la famosa firma de joyería francesa estaba experimentando con diferentes materiales, y la base en forma de kokoshnik estaba hecha de acero ennegrecido. La tiara está adornada con platino, diamantes y rubíes.

Muchas de las joyas de la reina María se perdieron durante la Primera Guerra Mundial o sus hijos las vendieron en las décadas de 1940 y 1950, después de la caída de la monarquía. Finalmente, la tiara fue devuelta a Cartier y ahora se exhibe como pieza de museo.

El Kokoshnik de la condesa de Rosenborg

Condesa Ruth de Rosenborg

Esta tiara fue hecha en la década de 1930 por un joyero de la corte danesa llamado Aage Dragsted para la esposa del príncipe Viggo, nieto del rey Christian IX de Dinamarca.

La pareja no tuvo hijos, por lo que la tiara fue heredada primero por la cuñada del príncipe Viggo, la princesa Margaretha de Suecia y más tarde por su nuera, la condesa Ruth de Rosenborg. Tras la muerte de este último en 2010, se puso a la venta esta exquisita tiara con flores y hojas granates. Se vendió en Suiza en 2014 a un comprador anónimo.

La historia de la reina Mercedes: del cuento a la pesadilla, del trono a la tumba

SEGUNDA PARTE | La “dulcísima” primera esposa de Alfonso XII conquistó a sus súbditos, que pasaron del sueño de una boda por amor a la pesadilla de una vida perdida a los 18 años.

Desde el primer momento la prensa vistió el compromiso del rey Alfonso XII de España con María de las Mecedes de Borbón con las gasas del amor triunfante sobre las razones políticas, cuando los más recientes historiadores parecen coincidir en que más bien hubo una conjunción de ambas cuestiones. Pero para la monarquía española la boda fue algo más serio. El reinado y el exilio de la reina Isabel II habían creado en la opinión pública un rechazo de la institución que con la llegada de Alfonso XII se había conseguido aliviar. El hecho de que el joven rey decidiera contraer matrimonio con su prima carnal pasó a ser una cuestión menor en el aprecio popular, si se comparaba con el hecho de que su prima era una sevillana.

Atrás quedaban años de enfrentamientos entre el duque de Montpensier, padre de la novia, y su cuñada la ex reina Isabel II, con la sucesión del trono por medio, y también la negativa materna -de Doña Isabel- a que su sucesor se casara con una hija de su enemigo más acérrimo. Para el pueblo, aquellos enfrentamientos no eran nada comparados con la alegría que suscitaba ahora el hecho de tener una española como reina, la primera en varios siglos. Una vez fijada la boda para el 23 de enero, la Corte y los duques de Montpensier se dispusieron a hacer todos los preparativos para el acontecimiento.

Doña Mercedes cuidó con todo detalle los preparativos de su enlace, teniendo especial cuidado en todas las decisiones que tomaba. Así, su equipo de bodas fue confeccionado íntegramente en España, al igual que su traje de novia. La ceremonia nupcial se celebró en la madrileña Basílica de Atocha, siendo los padrinos el rey Francisco de Asís y la reina María Cristina, abuela del novio, que enfermó esa mañana y estuvo representada por la princesa de Asturias, Isabel. A la boda le siguió un banquete y varios días de celebraciones diversas en la Villa y Corte. La nueva reina no tenía aún 18 años; Alfonso XII acababa de cumplir los veinte. Para ambos era su primera relación sentimental y las razones de Estado se compaginaron muy bien con las del corazón.

La boda fue celebrada por el pueblo español como si de una fiesta familiar se tratara: bailes, corridas de todos, ferias. Por primera vez unos sorprendentes globos iluminaron con aquella novedad llamada luz eléctrica la Puerta del Sol, las Fuentes de Neptuno, Cibeles y el Paseo del Prado. La mayoría de las Diputaciones Provinciales decretaron alguna construcción para la provincia con motivo del enlace real: carreteras, hospitales, iglesias, escuelas, etc. Madrid, por su parte, se vistió de gala y durante semanas se realizaron diversas obras para que la capital luciera en todo su esplendor. Del mismo modo se concedieron algunos indultos con motivo del enlace real. El mismo día, y para que el pan no faltara en ninguna familia, por pobre que fuera, éste se incluyó como limosna en el programa de actos públicos.

El día de la boda, con Madrid totalmente engalanado, la felicidad de la joven pareja era tan obvia y espontánea que transmitía a todos una embriagadora sensación de pura felicidad. La popularidad de la “Reina Niña” con sus parientes políticos ayudó a curar los restos de muchas disputas dinásticas y el placer total y natural de la familia real tuvo efectos beneficiosos para el país y en la corte. Todo pareció perfecto y España respiraba por fin, aliviada, después de amenazas militares, guerras, exilios y crisis dinásticas. Pero el sueño duraría apenas cinco meses.

¿Dónde vas Alfonso XII?

La nueva reina, única hasta el momento que nació y murió en Madrid, atendió sus deberes de soberana y recibió entusiasmada la idea de un gran templo para cobijar a su querida Patrona, que también contó con las simpatías de su suegra la Reina Isabel, quien donó para ella parte de sus joyas. La Reina Mercedes cedió para tal fin los terrenos adyacentes a la Plaza de la Armería, del Palacio Real de Madrid, para así poder ver desde su ventana la silueta del templo. Al tiempo, su comenzó a resentirse. A la joven reina le fue diagnosticada una tuberculosis que la debilitó día a día. A finales de febrero Mercedes comunicó a Alfonso XII y al Gobierno que estaba embarazada, pero el 28 de marzo sufrió un aborto del que no volvió a recuperarse.

La pérdida de su hijo la fue consumiendo. Un hijo era lo que Mercedes más ansiaba en esta vida, y para el que incluso ya había elegido nombre, Fernando. En una carta fechada en abril de 1878, Mercedes anunciaba a su abuelita, la Reina María Cristina, que se estaba recuperando de un aborto: “Podrá usted figurarse lo mucho que he sentido el percance que tuve, ya estoy completamente bien y quiera Dios que a la próxima no suceda lo mismo”. No hubo, sin embargo, próxima vez, y a partir de este momento, fue haciéndose evidente su trágico final. Mercedes pasó los últimos meses de su vida consumiéndose lentamente y sabiendo que no le quedaba otra salida que la muerte.

A partir de mediados de mayo su estado empeoró, y aunque ella intentó disimular acudiendo a actos públicos, Madrid entero supo que su reina ya se iba. Su última aparición pública fue en el estreno de la obra “Consuelo”, de López de Ayala, en el Teatro Real. El público, que empezaba a sospechar de la precaria salud de la soberana, le tributó una clamorosa ovación. A partir de los primeros días de junio se recluyó en palacio, para encamarse definitivamente el día 18, cuando se le presentaron una altísima fiebre tifoidea acompañada de hemorragias intestinales. Los médicos no vieron entonces ninguna posibilidad de salvar su vida. El día 24 de junio las salvas de ordenanza saludaron el cumpleaños dieciocho de la reina, mientras el cardenal primado la ungió con los Santos Óleos. El prelado llegó a preguntar a la reina: “¿Sentiría Vuestra Majestad dejar este mundo?” Y Mercedes, intentando sonreír, respondió con sencillez y con pena: “Sí, eminencia, lo sentiría, sobre todo por Alfonso…”

Cuando el día 25 se facilitó el informe médico en términos desesperantes, el pueblo de Madrid cerró espontáneamente cafés y espectáculos y se fue concentrando silencioso en torno al palacio. En la madrugada del día 26, Mercedes se encontraba ya al límite de su capacidad de resistencia. Mostrando una palidez cadavérica, los rasgos de su cara se fueron afilando a la vez que adquirían ese tinte mortecino. Apenas se percibía su respiración, no se movía y no reconocía a nadie. Alfonso XII tomó su mano, sin lograr reanimarla. Los Montpensier se arrodillaron, para rezar entre lágrimas, junto a las infantas Isabel, Pilar, Paz y Eulalia, que pasaron horas postradas de rodillas en la alcoba. Diez minutos después de las doce, Mercedes murió.

Cinco cañonazos transmitieron la luctuosa noticia a la ciudad de Madrid, sumida en una conmoción general. Había muerto la soberana española que menos tiempo ocupó el Trono de San Fernando: ciento cincuenta y cuatro días. Su agonía había sido larga y muy dolorosa, y así lo relataría Cortés Cabanillas: “Alfonso tenía entre sus manos las de la moribunda, sin separar la vista de su cara pálida y consumida. A las doce murió. El rey se desplomó sobre el cuerpo bienamado, mientras los bronces de las campanas y los cañones y los cañones anunciaban la muerte de la soberana, y el gentío estacionado frente al Alcázar prorrumpía en sollozos”.

Dice un cronista de la época que el Rey Alfonso se encerró en sus habitaciones: “lloraba como un niño; no quería, sin embargo, que nadie viese el dolor profundo de un monarca que era, ante todo, un hombre”. La muerte fue anunciada con cien cañonazos, mientras las campanas de la capital tocaban a muerte. Todo Madrid lloró con la noticia, cerrándose comercios, teatros y plazas de toros, mientras el desconsolado rey, lloroso, repetía: “¿Para qué habré conocido la felicidad?”. Hartzenbusch, célebre poeta, lo plasmaría así en unos versos: “La triste nueva de su fin recibo. ¡Era flor de virtud, joven y bella! Yo, viejo inútil vivo. ¡Quién fuera digno de morir por ella!”.

Por otra parte, así lo narra la infanta Eulalia, testigo de excepción de los acontecimientos: “Aquella historia de amor era quizá demasiado bella para ser duradera. Fue una continua luna de miel que duró seis meses escasos, y terminó con la muerte de la joven reina después de una agonía larga y terrible, abriendo ancho paréntesis de luto en la Corte de España, que lloró sinceramente a la reina de los lindos ojos con el mismo dolor que el pueblo español, que la adoraba por linda, por buena y por española”. La Familia Real decidió no embalsamarla, amortajándola con el hábito blanco de las monjas de La Merced, tal y como había manifestado durante su agonía.

La reina efímera, que no dejó un hijo para la nación, originó en su época romances que cada niño español aprendería casi en la cuna: “¿Dónde vas, Alfonso XII? ¿Dónde vas, triste de ti…? Voy en busca de Mercedes, que ayer tarde no la vi. Tu Mercedes ya se ha muerto, muerta está que yo la vi, cuatro duques la llevaban por las calles de Madrid”.

López de Ayala, presidente del Consejo, lleno de emoción, anunció la muerte de la reina ante las Cortes con suma emoción: “Nuestra cálida y bondadosa Reina Mercedes ya no existe. Ayer celebramos sus bodas; hoy lloramos su muerte…”. El pueblo desfiló incrédulo por el Salón de Columnas del Palacio Real, donde se instaló la capilla ardiente de la reina. Casi setenta mil personas desfilaron por allí para rendir un último homenaje a la reina “carita de ángel”, ahora atrozmente desfigurada dentro de su ataúd.

El 28 de junio, casi nadie en Madrid dejó de salir a la calle para ver salir el cortejo fúnebre desde el Palacio en dirección a El Escorial. Por decisión del rey, los restos de su amada -“aquel ángel que está en el cielo”- fueron llevados en ferrocarril al Monasterio de El Escorial, para ser sepultados en el Panteón de Infantes, y no en el Panteón de Reyes, reservado únicamente a las reinas que hubieran tenido descendencia. Una blanca lápida de mármol cerraba el sepulcro con esta entrañable inscripción: «María de las Mercedes, de Alfonso XII la dulcísima esposa».

El dolor de Alfonso XII fue sincero, como lo atestigua la infanta Eulalia: “Costó esfuerzos sin cuento hacerle abandonar El Escorial (…). Desde entonces cambió el carácter de mi hermano, y adquirió la falsa alegría de quienes ocultan una profunda tristeza (…). Tanto cambió su carácter, que todo, en él, producía la impresión de quien adquiere un forzado sentido de la vida, una falsa alegría que oculta verdaderamente una melancolía que jamás haya de superar”.

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La historia de la reina Mercedes: un romance de leyenda que desafió a la razón política

PRIMERA PARTE | La «dulcísima» primera esposa de Alfonso XII conquistó a sus súbditos, que pasaron del sueño de una boda por amor a la pesadilla de una vida perdida a los 18 años.

Fue en la Navidad de 1872 en Randan, la residencia francesa de los duques de Montpensier, donde Alfonso, todavía un príncipe de Asturias, y su prima hermana María de las Mercedes se enamoraron a primera vista, según la leyenda. Alfonso tenía quince años y Mercedes tenía doce. De regreso en París, los jóvenes príncipes se vieron con cierta frecuencia, y antes de partir para Madrid para ser proclamado rey, Alfonso le dijo a Mercedes: “Nada ha cambiado para mí; si soy Rey tú serás mi Reina, y prefiero dejar de serlo, antes que dejes de ser mi mujer”.

María de las Mercedes de Orleáns era una jovencita bajita, de cara redonda, cabellos y ojos negros y un aire gracioso; no era hermosa, pero toda su persona respiraba ternura y su simpatía la hacía pasar por linda. El pueblo madrileño, cuando la conoció, la llamaría “carita de cielo”, acertando plenamente con este cariñoso mote.

La elección matrimonial de Alfonso XII sorprendió a la familia, fue un balde de agua helada para su madre y la mayor de las alegrías para el duque de Montpensier, padre de Mercedes y tío de Alfonso, quien soñaba con el trono. Alojada durante una temporada en el Alcázar de Sevilla, la desterrada y destronada Isabel II estaba bastante enfrentada con Montpensier y mostró su oposición a la boda con estas palabras: “El casamiento con la hija de Montpensier, no puedo aprobarlo, no porque la muchacha no sea buena, sino porque no quiero nada de común con Montpensier, además por ser esto repugnante al país”.

La negativa de Isabel II a este casamiento, más que una calentura del momento, debe inscribirse en las fundadas sospechas que existían de la intervención del intrigante duque de Montpensier en el asesinato del general Juan Prim, presidente del Consejo de Ministros, un crimen que estremeció al establishment político de España. Los argumentos de Alfonso para convencer a su madre fueron inútiles. Isabel II se negó a estar presente en la boda, pero el que sí asistió fue Don Francisco de Asís, con el único objeto de mortificar a su esposa.

La reina madre escribió luego una carta a su hija, Pilar: “Mucho siento no asistir a la boda de tu hermano; pero, como quiera que sea, con el corazón estaré con ellos y con toda mi alma les bendigo, deseando que tengan durante muchísimos años toda clase de venturas. ¡Qué monas estaréis con los vestidos que os he elegido y que os regalo! Hasta las flores [que adornaban los vestidos] las he elegido yo… Me figuro el placer que tendréis en volver a ver a vuestro padre; yo me alegro mucho de que vaya”.

La infancia sevillana de una futura reina

Sexta hija, quinta mujer, de una infanta española y de un príncipe francés, nieta de Borbones y de Orleáns, descendientes de los Borbones de España, de los de Parma, y de los de Nápoles, nadie sabía, un 24 de junio de 1860, que la niña nacida en la primavera de Madrid despertaría pasiones, enamoraría a un rey, sería amada y llorada por toda una nación y su memoria se extendería en el paso del tiempo, haciéndola protagonista de un cuento de hadas, acaso el único que ha tenido la monarquía española.

Mercedes pasó su infancia en Sevilla, ciudad por la que sintió siempre una especial predilección. A lo largo de su corta vida le quedaría siempre el acento sevillano y la gracia y la simpatía de las mujeres del sur español, porque toda su infancia transcurrió entre las residencias que sus padres poseían en la mencionada Sevilla, en Sanlúcar de Barrameda y Villamanrique, en la hermosa finca andaluza donde los infantes pasaban sus temporadas de descanso.

Muchas son las descripciones que existen de la futura reina de España en sus años de adolescencia, aunque para obtener una imagen más completa de ella se puede recurrir a la descripción hecha por su futura cuñada, la infanta Eulalia, en sus Memorias: “Los ojos oscuros y grandes, sombreados por lindísimas pestañas, el pelo negro como de pura andaluza y la piel mate, suave y delicadísima, la hacían el prototipo de la garbosa española, a la vez llena de finura y aristocracia (…) Era una mujer altiva, llena de misteriosa sugerencia, dulce en el hablar meloso, que se había hecho al acento andaluz”.

Carita de Cielo

Tras algunos años en Francia, Mercedes regresó a España con su familia después de que se hubiera devuelto la corona a la dinastía Borbón, en la persona de Alfonso XII, instalándose con su familia en Sevilla, en el Palacio de San Telmo que ya había sido la residencia familiar. Dos años antes, en 1872, Mercedes y Alfonso XII habían iniciado una relación amorosa, en ese encuentro que el padre de Mercedes mantuvo con su gran enemiga, Isabel II, en Randan.

Llevaban los cuñados reconciliados apenas unos meses, y aquella fue la primera visita en años. Al ver a Mercedes, Doña Isabel exclamó: “¡Cómo ha crecido esta niña, si parece ya una mujer!” Fernando González-Doria, en su libro Las Reinas de España, escribe: “Mercedes de Orleáns ha crecido a sus doce años todo cuanto tenía que crecer, y ya no ganará nada más en estatura… Es una mujer bajita, de cara muy redonda, cabello y ojos negros, como los de su madre, y tiene un aire muy gracioso, por lo que, si es faltar a la verdad que fue bella, sí podía decirse perfectamente que resultaba linda y gentil. El pueblo madrileño le iba a adjudicar más tarde un sobrenombre muy certero: carita de cielo”.

Tres días pasaron la Reina Isabel y su hijo en Randan. Mercedes, que antes de conocer a su primo había comentado con zumbonería andaluza: “espero que no sea demasiado mandón y no nos tiranice con sus aires de heredero”, cambió pronto esta frase por una despedida más esperanzadamente: “Un día te llamarán los españoles y te despertaras siendo rey, y todos regresaremos a España”. Nunca olvidaron los jóvenes aquellas Navidades en Randan. Alfonso confesó más tarde: “Ella apareció ante mis ojos como la imagen de la felicidad y de la virtud”. Y Mercedes le habló siempre de su posible entrada triunfal en Madrid: “… te arrojarán flores desde los balcones y tú irás montado en un caballo blanco, completamente blanco…”

Así lo cuenta la biógrafa Ana de Sagregra: “Un día paseaba la infantita por el jardín de palacio cuando se acercó a las tapias una gitana solicitando una limosna; generosa, la princesa miró en su faltriquera [bolsillo] y depositó en la mano de la vieja todo su contenido. La mendiga, bendiciéndola por aquel rasgo de caridad, tomó su mano y, contemplando la palma, exclamó: «Veo en tu mano una corona de reina. Veo que serás coronada por gracia de tus virtudes y por virtud de tus gracias; un rey y un pueblo estarán de rodillas a tus pies… Pero, ¡oh!». Y la vieja, lanzando un grito de pavor, desapareció corriendo”.

Los sentimientos de Alfonso, ya rey, hacia su prima fueron pronto de dominio público, aunque el monarca sólo se lo confiase a su hermana la infanta Isabel, a Cánovas del Castillo, presidente del Consejo de Ministros, a quien, dicho sea de paso, no gustó para nada la idea de tener una Montpensier como reina. Ni que decir tiene cómo le sentó el noviazgo a Doña Isabel II. Con aquella personalidad arrolladora, toda genio y corazón, la “Reina castiza” no ocultó el disgusto que le produjo este enamoramiento de su hijo y heredero. Aunque en público manifestó aquello de “contra la muchacha no tengo nada, pero con los Montpensier no transigiré jamás”, entre sus íntimos no dejó de decir que Mercedes le parecía “una mosquita muerta”.

Para entonces, los Borbones estaban establecidos en España. Hasta Isabel II, siempre tan temida y vigilada por Cánovas. Los Montpensier pasaban el verano en La Granja, mientras que desde El Escorial, Alfonso XII hacía frecuentes escapadas a Segovia para ver a Mercedes. El 13 de septiembre de 1877, la infanta Paz escribió en su diario: “Acabo de volver de un largo paseo con Alfonso. Hace dos días que está aquí, y nos ha prometido quedarse más tiempo. El pobre está muy enamorado de nuestra prima Mercedes; pero ni al Gobierno ni a mamá les gusta este casamiento. Espero que se resuelva felizmente esta cuestión…”

Dos días más tarde, Pilar escribió: “Ayer mañana nos dijo Alfonso que quería hablar seriamente de su boda con mamá y que no marcharía de El Escorial antes de que se hubiera tomado una resolución. Por la tarde vi en los ojos de mamá que había llorado, y Alfonso nos dijo que todo estaba en orden y que al día siguiente vendrían de La Granja los tíos Montpensier con las primas”.La reina madre, desaprobando el noviazgo, regresó a París, mientras que Alfonso XII, terco y enamorado, siguió obstinado en su matrimonio. Y con él, el pueblo español recibió la noticia de sus amores con extraordinario alborozo. Les encantaba a los españoles que el rey se hallara perdidamente enamorado de una princesa española, y estuviera enfrentado, por su amor, a las opiniones de su madre, del Gobierno y de numerosos miembros del Congreso, enemigos de que Montpensier sea suegro del rey. España por fin tenía su cuento de hadas.

Los ángeles no se discuten

A pesar de la oposición de Isabel II y de la preferencia del gobierno por un matrimonio con alguna princesa europea (una de las candidatas deseadas fue la princesa inglesa Beatriz), se impusieron los deseos del rey. El 28 de noviembre de 1877, el monarca cumplió veinte años, y comunicó al gobierno que había llegado la hora de casarse y que su esposa sería la infanta María de las Mercedes, Y siguiendo las regias instrucciones, el político inició los trámites exigidos por la Constitución, solicitando la debida dispensa a Roma, ya que los futuros esposo eran primos carnales.

El 12 de diciembre, el duque de Sesto y el Marqués de la Frontera -representando al Rey- pidieron a los Montpensier la mano de su hija, a lo que Don Antonio accedió encantado. Fuera de todo protocolo, la noche anterior se había recibido un telegrama en el Palacio de San Telmo, la residencia sevillana de los Montpensier. En este telegrama, Alfonso XII le dijo a su tío:

Nuestro muy caro y amado tío: Después de meditar por Mí propio el asunto con todo el detenimiento que su importancia merece, y oído Mi Consejo de Ministros, he resuelto, de conformidad con su dictamen, contraer inmediatamente matrimonio; y siéndome tan conocidas las altas prendas que adornan a la Infanta de España Doña María de las Mercedes de Orléans y Borbón, hija vuestra y Mi prima, no he titubeado en elegirla por esposa, seguro de que, mediante el divino auxilio, será ésta unión dichosa para los dos y útil a la nación nobilísima cuyos destinos tengo a Mi cargo. Vivamente deseo, por tanto, que Mi muy querida prima consienta este enlace, y que vos y Mi muy cara y amada tía, vuestra esposa, me otorguéis su mano, con cuyo fin lleva y os entregará esta carta el Marqués de Alcañices y de los Balbases, Duque de Alburquerque, Mi Mayordomo Mayor, esperando que vuelva con la respuesta tan pronto como ya anhela mi corazón. Madrid, diciembre de 1877. Vuestro sobrino, Alfonso”.

El duque de Montpensier remitió a Madrid dos telegramas, de los cuales el primero, más formal, es el siguiente: “Alcañices desempeñó admirablemente su comisión y sale mañana domingo para Madrid, llevándose las contestaciones más favorables; todos rebosando en alegría, y más que nadie, tu respetuoso tío, que tanto te quiere. Antonio de Orléans”. El segundo telegrama tiene un tono más familiar: “Sabes que la contestación a tu carta será un Sí, como lo deseas y lo desea también tu respetuoso tío y afectísimo tío”.

Mercedes escribió a la directora del colegio Asunción, donde estudió, para darle la novedad del compromiso: “Segura del profundo cariño que hacía mi siente usted, mi querida Madre, me es grato comunicarle, llena de regocijo, que se abre ante mí un porvenir radiante de venturas inacabables y de dicha sin ocaso, en una alianza que no está inspirada por meras razones de Estado, sino que obedece a la elección hecha libre y espontáneamente por el corazón hidalgo del joven monarca”.

Recibida la contestación favorable, el rey decidió pasar las Navidades en Sevilla con su amada. Alfonso XII dirigió a la Comisión del Congreso de los Diputados un discurso con motivo de su enlace, a lo que un diputado respondió con un tierno discurso: “Señores, podemos seguir discutiendo de todas esas cosas, pero jamás voy a discutir sobre la infanta Mercedes, porque los ángeles, señores diputados, no se discuten”. Los diarios recogían, a su vez, el clamor popular: “El joven soberano se casa enamorado y esto se percibe hasta en la atmósfera madrileña, que está envuelta en aroma nupcial”.

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Cuando Inglaterra y España se prometieron amor eterno: así fue la boda de María I y Felipe II

Fue el casamiento del siglo XVI, desbordante en esplendor y pompa real. La historiadora invitada Susan Abernethy nos cuenta los detalles de ese gran día.

La boda de la reina María I de Inglaterra y el rey Felipe II de España tuvo lugar el 25 de julio de 1554. Era la fiesta de Santiago el Mayor, patrón de España, y el lugar elegido para el evento fue la Catedral de Winchester, a setenta millas a las afueras de Londres, donde la rebelión de Wyatt acababa de ser sofocada y las epidemias de verano amenazaban. A pesar de que estaba lloviendo a cántaros, la boda fue un gran acontecimiento y los preparativos para la boda se basaron en los de la madre de María, Catalina de Aragón, con el príncipe Arturo Tudor.

Para que todos pudieran ver los actos, se construyó una pasarela de madera y se cubrió con alfombras que se extendían desde la puerta oeste de la catedral hasta el frente del coro. La pasarela tenía cuatro pies de alto y terminaba en un estrado tapizado en púrpura de aproximadamente cuatro pies cuadrados que cubría toda la nave central contigua a la pantalla del coro. La plataforma tenía un estrado de barandillas octogonal donde se llevaría a cabo la ceremonia real. Los muros de la catedral estaban cubiertos de banderas, alfombras y estandartes.

Felipe llegó a media mañana acompañado de sus asistentes ingleses y españoles que vestían sus más espléndidos atuendos. El mismo Felipe II estaba vestido al estilo francés para combinar con la ropa de María. Llevaba un jubón blanco enjoyado y calzones con un manto dorado decorativo que le regaló María. Estaba hecho de tela de oro adornada con terciopelo carmesí y forrada con satén carmesí. El manto estaba adornado con cardos de oro rizado y cada uno de los veinticuatro botones de las mangas estaba elaborado con cuatro perlas grandes. Para completar su disfraz, llevaba el collar ceremonial de la orden de la Jarretera que María le había enviado antes.

Felipe caminó por la nave sobre la plataforma elevada hasta llegar al estrado. Fue hasta el otro extremo y bajó unos escalones a la izquierda donde había un dosel preparado para él y se sentó en una silla frente a la buhardilla. Mientras esperaba a la Reina, lo acompañaron los embajadores extranjeros que se sentaron en orden de precedencia. Entre ellos estaban su padre el embajador del emperador, el del rey de los romanos, los de Bohemia, Venecia y Florencia, así como algunos caballeros ingleses y españoles. El embajador francés no apareció.

En el centro, había una mesa frente a la pantalla y a la derecha había otro dosel y una silla para María. Esta silla, donde realmente se sentó María, todavía se conserva en la catedral. La posición de la silla de la reina indicaba claramente la posición superior de María como monarca reinante de Inglaterra. María entró en la catedral por la puerta oeste alrededor de las 11:30 am acompañada por las principales mujeres nobles del reino. Un cronista señaló que estaba ‘ricamente vestida y adornada con joyas’, lo que está completamente dentro de su personaje. Su tren fue llevado por la marquesa de Winchester asistida por el señor chambelán Sir John Gage.

El vestido fue descrito como en el estilo francés hecho de una rica tela delicada (tejido) con un borde ancho y mangas bordadas en satén púrpura y con perlas y forrado con tafetán púrpura. Llevaba una chaqueta de manga corta de moda conocida como partlet que solo cubría el pecho junto con un cuello alto y una falda de satén blanco. Una vez que se supo su presencia, Felipe fue alertado. María ocupó su lugar bajo el dosel junto al estrado y comenzó a orar.

Stephen Gardiner, obispo de Winchester, junto con otros cinco obispos en pleno pontificio, salieron del coro y subieron cinco escalones hasta el estrado con barandillas de la plataforma. Todos se pararon en el centro con Gardiner, como obispo diocesano y también Lord Canciller de Inglaterra, colocado en el lugar más destacado.

María y Felipe se levantaron y saludaron a los obispos. A ellos se unieron los embajadores extranjeros, los condes de Bedford y Lord Fitzwalter, y el gran chambelán, el conde de Oxford. Fue en este momento de la ceremonia cuando Don Juan de Figueroa, doctor en derecho y consejero de Carlos V (padre de Felipe II), así como regente de la cancillería del reino de Nápoles, se adelantó para entregar a Felipe con las cartas patentes. En estas cartas, el padre de Felipe le otorgó el título y todos los derechos de Rey de Nápoles.

Gardiner leyó las cartas en latín y luego dio una breve explicación en inglés para beneficio de la audiencia. Este nuevo rango le dio a Felipe una espada de Estado para igualar la de María como Reina de Inglaterra y hubo un breve retraso en la ceremonia hasta que se encontró una. Gardiner anunció que era hora de que la pareja se casara en persona de acuerdo con los términos de los artículos que habían sido aprobados por el emperador, Felipe y María. El obispo luego mostró el tratado matrimonial en su forma latina, dando un breve comentario en inglés.

El obispo dejó en claro que el tratado había sido aprobado por el Parlamento y destacó que el reino de España también había dado su consentimiento a los términos. Luego comenzó la ceremonia de matrimonio preguntando primero si alguien sabía de algún impedimento para el matrimonio, ya sea por parentesco o por un reclamo anterior. Hubo una pausa y luego la audiencia respondió que no había ninguna. A continuación, Gardiner leyó la dispensa papal de Julio III que permitió que estos dos primos se casaran. El servicio de bodas se llevó a cabo en latín e inglés.

Gardiner preguntó quién entregaba la reina y cuatro compañeros pasaron a primer plano. El marqués de Winchester y los condes de Derby, Bedford y Pembroke actuaron en nombre de todo el reino, ya que María no tenía parientes varones cercanos. La congregación gritó su apoyo a su Reina y luego los votos se intercambiaron en los dos idiomas. Felipe luego colocó una banda de oro simple y tres puñados de monedas de oro en la Biblia del obispo. El obispo los bendijo. La asistente principal de María, Lady Margaret Clifford, hija del conde de Cumberland y pariente cercana de la reina, se acercó con el bolso de la reina y María colocó el oro en él. María y Felipe luego se besaron.

Durante el beso, el conde de Oxford tomó la mano de la reina y luego el conde de Pembroke, portando una espada, se paró ante el nuevo rey de Inglaterra. Mientras sonaban las trompetas, la pareja de recién casados ​​y todos los que habían estado en el estrado siguieron a los obispos al coro. Todos tomaron sus lugares bajo marquesinas a ambos lados del Altar Mayor y Gardiner y otros dos obispos celebraron la Misa Mayor. Los otros tres actuaron como servidores.

Así fue el banquete nupcial

Felipe se levantó, se acercó a la reina y le dio el beso de la paz. Se terminó la comunión y el Rey de Armas de Jarretera se dirigió al pie del Altar Mayor junto con algunos heraldos y proclamó los títulos del rey y la reina, dando sus títulos combinados de manera alternada. Este estilo había sido adoptado en 1475 por los abuelos de María y los bisabuelos de Felipe, Fernando e Isabel de España. «Felipe y María, por la gracia de Dios Rey y Reina de Inglaterra, Nápoles, Jerusalén, Irlanda y Francia, Archiduques de Austria, Duques de Milán, Borgoña y Brabante, Condes de Habsburgo, Flandes y Tirol …«

La reina y su compañía laica recibieron galletas y vino especiado. Un dosel, sostenido por los principales pares de Inglaterra, fue llevado al pie del altar y María y Felipe procesaron bajo él tomados de la mano por la nave, fuera de la Catedral y en el salón este del castillo de Wolvesey donde se llevó a cabo el banquete de bodas. preparar. En un extremo del salón, se había erigido una plataforma elevada y, después de subir varios escalones, María y Felipe se sentaron en la mesa real, junto con el obispo Gardiner, quien se sentó un poco lejos del rey y la reina. Estaban sentados bajo un dosel de estado con María colocada en la posición prominente a la derecha con una silla que era más ornamentada que la de Felipe. Los que estaban en la mesa real fueron atendidos por cortesanos ingleses.

En el vestíbulo se habían dispuesto grandes buffets para exhibir una impresionante placa dorada y plateada. Casi ciento cuarenta personas cenaron en treinta platos en cuatro platos. Entre ellos se encontraban los consejeros privados y los embajadores en una mesa, y dos mesas largas para los invitados ingleses y españoles que estaban de pie mientras comían. En el otro extremo de la sala, se instaló un estrado para los músicos que tocaron durante toda la comida.

A la hora señalada, aparecieron cuatro heraldos y un caballero. El caballero pronunció un discurso aclamando el matrimonio y posteriormente, Felipe invitó a los consejeros ingleses a brindar un brindis. La comida terminó alrededor de las cinco de la tarde y María bebió una copa de vino para la salud y el honor de los invitados. Toda la fiesta se trasladó a otro salón donde las festividades continuaron hasta las nueve, incluyendo bailes y otras fiestas. María y Felipe salieron temprano de la fiesta para cenar en privado por separado. El obispo Gardiner finalmente bendijo el lecho matrimonial y el rey y la reina se retiraron.

Felipe se levantó a las siete de la mañana siguiente y escuchó misa. Después de la misa, el rey tramitó los asuntos continentales reales. María siguió la tradición y permaneció recluida con sus damas durante todo el día.

(*) Susan Abernethy es historiadora y autora del blog The Freelance History Writer.

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Del cuento a la tragedia: la historia de Soraya, princesa triste del imperio persa

Soraya Esfandiary, segunda esposa del shah de Irán, fue la soberana más hermosa y la más trágica de su tiempo.

(*) La autora es Profesora y Licenciada en Historia y especialista en Monarquías de la Edad Moderna.

Soraya Esfandiary Bakhtiary nació en Isfaham en 1932. Pertenecía a una familia de la nobleza del sur de Irán. Era hija de un embajador iraní de origen noble y de una alemana, de ahí sus llamativos y bellísimos rasgos. Educada entre Londres, Berlín, Suiza e Irán, el shah (o emperador) Reza Pahlevi la vio por primera vez en 1948, después de su divorcio con la hermosísima Fawzia de Egipto, cuando un pariente de la joven Soraya le mandó una foto de la chica. Pahlavi vio aquella foto y quedó hipnotizado. Pronto se conocieron, se enamoraron y él le regaló un diamante de compromiso de 23 quilates.

La fantástica boda tuvo lugar en 1951, con 2.000 invitados de todas las casas reales europeas. Para la celebración hubo arreglos florales con orquídeas y tulipanes holandeses y se brindó a los invitados un circo de caballos traído de Roma. El traje de la novia era blanco plateado, bordado con perlas legítimas, adornos de plumas y capa de visón blanco, diseño de Christian Dior. Soraya tenía sólo 19 años y el shah ya era un experimentado hombre divorciado de 32. Un detalle promisorio: el día de la boda nevó mucho en Teherán, lo que se tomó como un excelente augurio para el flamante matrimonio.

Todo fue romanticismo oriental y cuento de hadas de las mil y una noches hasta que el imperio empezó a inquietarse por la falta de heredero. La monarquía iraní necesitaba un varón para subsistir y el shah sólo tenía una hija mujer de su anterior matrimonio con Fawzia. Soraya no se quedaba embarazada y esa fue justamente su desgracia.

Pasó por todos los médicos especialistas posibles, desde Berlín a Nueva York sin resultados. Y como suele pasar en las mejores familias, la suegra y la cuñada de Soraya no se mostraron muy empáticas que digamos. La hermana melliza del shah, la princesa Ashraf, a la que llamaban la “Pantera Negra; lo dominaba completamente insistiendo con el tema del heredero: Soraya debía embarazarse y si no, el shah buscarse otra esposa a fin de salvar la amenazada dinastía.

En sus memorias, Soraya confesará años después que suegra y cuñada manipularon médicos y estudios ginecólogos para demostrar que ella no estaba capacitada para ser madre. Nunca lo sabremos, pero en 1958 la joven princesa tuvo que elegir: o aceptaba que su esposo conviviera con otra mujer (los musulmanes pueden tener hasta cuatro esposas a la vez) u optar por el divorcio.

El shah la amaba y Soraya era una joven enamorada también. ¡Cómo no estarlo con la apabullante colección de tiaras y joyas que le regalaba su marido y las sesenta rosas rojas que recibía cada mañana en la que el shah no amanecía con ella! Lo cierto es que, el 14 de marzo de 1958, los siete sabios del reino decidieron que el rey debía divorciarse. En cuanto se lo comunicaron a la joven reina, ella supo que no había vuelta atrás.

La última noche juntos, él puso un disco y bailaron sin decirse nada. “Volverás enseguida”, le dijo él antes de despedirse. “Puede ser que no vuelva nunca más”, respondió ella. Soraya se marchó. Ella sólo quería volver a ser Soraya Esfandiary, pero no, pues el shah le asigna pasaporte diplomático para que entre y salga de cualquier país del mundo y el título de Princesa de Irán, quizás él, en realidad, no quería perderla del todo. Soraya no quedaba desprotegida, se llevaba todas sus joyas y gemas. Acompañada de su madre y su hermano arribó a Italia, no sabía ni siquiera comprarse un helado sola. Allí se quedó para probar suerte en el cine. Los mejores representantes del jet set internacional la cercaban por todos lados.

Ella sólo quería vivir. Un año después de su divorcio, parecía que el príncipe Raimundo de Orsini la había conquistado, se los veía juntos y se hablaba de boda inminente, y aunque no pasó de rumores, él estaba enamorado.

Poco después Soraya probó suerte en el cine: protagonizó una película y se enamoró del director Franco Indovina, pero él era casado. La película no tuvo gran éxito. Dicen que el shah compró todas las cintas y las hizo desaparecer, él aún pensaba en ella, aunque ya estaba casado con la joven Farah Diba. En 1972 Franco murió en un accidente de avión y Soraya abatida por el dolor abandonó Roma para siempre.

Se fue a París, a las Bahamas, a la Costa Azul, a España. Amó España. Huía como princesa errante, no pertenecía a ningún lado, pero añoraba Irán aun cuando los años pasaban. Se convirtió en la reina de la prensa del corazón. El shah manifestó que siempre pensaba en ella, aunque ya tenía cuatro hijos con Farah.

En 1979 una revolución islámica derrocó al shah Pahlaví y en 1980 falleció en Egipo de un cáncer linfático sin poder volver a Irán ni ver a su amada Soraya. Ella ya había devuelto las joyas a Irán, quizás por eso el régimen del Ayatollah no puso precio a su cabeza. Poco después Soraya viajó a Egipto y visitó la tumba de su marido. Volvió a París y continuó sola. En octubre de 2001, a los 69 años, una mucama la encontró muerta en su departamento. Murió sola, los ojos tristes se cansaron de soñar con Irán y se cerraron para siempre.

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Los condes Eduardo y Sophie de Wessex cumplen 20 años de matrimonio (Fotos)

El hijo menor de la reina Isabel II y la exrelacionista pública constituyen una de las parejas más estables de la familia real británica. Se casaron en Windsor el 19 de junio de 1999.

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El último shah y Fawzia de Egipto, una boda de cuentos sin final feliz

El 15 de marzo de 1939 el palacio Abdeen de El Cairo era protagonista de una boda real que unía a dos grandes y poderosas monarquías de Oriente Medio.

El 15 de marzo de 1939 el palacio Abdeen de El Cairo era protagonista de una boda real que unía a dos grandes y poderosas monarquías de Oriente Medio: el joven príncipe heredero de Persia, Mohammed Reza Pahlevi, de 20 años, con la princesa Fawzia de Egipto, de 18 años. En la boda en El Cairo, los invitados recibieron cajas de bombones hechas de oro y piedras preciosas; carruajes llenos de flores desfilaron por las amplias avenidas, y fuegos artificiales fueron lanzados sobre el Nilo.

Cada uno de los dos países tenía motivos políticos y personales para celebrar la boda: para el rey egipcio Farouk I, el hermano de la princesa, el matrimonio afirmaba el poder de un monarca constitucional en una región dominada por los británicos. Para el shah de Persia, Rezah Pahlevi, anteriormente un soldado ordinario, emparentar con la familia real egipcia de un siglo otorgaría legitimidad a su familia.

La princesa Fawzia bint Fuad nació el 5 de noviembre de 1921 en el Palacio Ras al-Tin en Alejandría, y era la hija mayor del rey Fuad y su segunda esposa, Nazli Sabri. Creció en una corte árabe de habla inglesa, en palacios esplendorosos y jardines reales, protegida del mundo exterior por una institutriz inglesa. Era una niña tímida y bonita de ojos azules y cabello negro, descrita por el escritor y cortesano egipcio Adel Sabit como una «niña sumamente sobreprotegida que vivía en un entorno bucólico, rodeada por siervos, tías y damas de compañía”.

Una receta para el desastre

Tenía 17 años cuando se discutió por primera vez el partido con el joven príncipe heredero de Persia. En ese momento, ella había sido educada en Suiza y disfrutaba de la socialización, la moda europea, y nunca había usado el velo. Pero una vez en Egipto, su estatus de princesa real le restó libertad. «En aquellos días, Fawzia estaba prácticamente prisionera en la casa flotante de su madre en el Nilo», escribió Adel Sabit. “Rara vez salía, y cuando lo hacía, estaba rodeada de damas de compañía y criados. En un momento en que todas las demás niñas disfrutaban de una relativa libertad, Fawzia, en virtud de su posición, se encontraba estrechamente cercada».

Después de concebir la idea de un encuentro con una princesa egipcia, el shah Reza Pahlevi envió un embajador a El Cairo para sondear la opinión de la familia real. Aunque el primer ministro egipcio había llamado anteriormente «el matrimonio de un árabe sunita a un persa chiíta» una receta para el desastre», se acordó el compromiso. Se envió una delegación de Teherán a El Cairo con una carta del shah y una colección de joyas. Durante todo ese tiempo, el príncipe heredero desconocía las negociaciones; ni siquiera había visto una foto de ella cuando, en mayo de 1938, se anunció el compromiso.

Los ritos matrimoniales se llevaron a cabo dos veces: en El Cairo, el 15 de marzo de 1939, según la costumbre sunita; una ceremonia chiíta tuvo lugar más tarde en Teherán. Un álbum de fotografías de la boda de El Cairo muestra una sucesión de cenas ceremoniales y entretenimientos de sofocante formalidad. Se puede ver al joven príncipe heredero sentado con tristeza entre los miembros de la realeza egipcia con un uniforme militar. La pareja real voló a Teherán al día siguiente, junto con los efectos personales de Fawzia en 200 baúles y maletas.

Los recién casados fueron recibidos en el aeropuerto por el shah, quien frente a una multitud, besó a Fawzia en la frente y le dijo: «Bueno, hija mía, este es tu país y aquí está tu gente«. La ceremonia nupcial persa incluyó siete días de fiesta. Los prisioneros fueron liberados de la cárcel, y se les dio comida y dinero a los pobres para celebrar. Debido a que la ley iraní requería que solo una mujer iraní de nacimiento podía convertirse en reina, se aprobó una ley apresuradamente que otorgaba a Fawzia la “calidad de mujer persa”.

La vida en Teherán para Fawzia era muy diferente, pero no menos restrictiva que la existencia que había dejado atrás. Un palacio Qajar del siglo XIX había sido renovado para la pareja real, pero para los estándares egipcios era exiguo. Aun así, la pareja estaba feliz al principio, y su único hijo, una hija, Shahnaz, nació el 27 de octubre de 1940.

La tristeza de Teherán

A los ojos del mundo, Fawzia era el epítome del glamour, su estilo una mezcla de moda europea y mística oriental. La prensa occidental la llamaba “la mujer más hermosa del mundo”. Su retrato, tomado por Cecil Beaton, apareció en 1942 en la portada de la revista Life, que la apodó la “Venus de Asia”. «Tenía ojos tristes y tristes», escribió Beaton, «cabello negro oscuro, una cara perfectamente esculpida y manos suaves y gráciles, desprovistas de las arrugas de labor».

Pero a Fawzia le resultó difícil adaptarse a la vida en la corte persa, en gran medida por la diferencia de estilos: recordaba con nostalgia el esplendor de los palacios de El Cairo. Las relaciones con su suegra y las hermanas del príncipe heredero fueron tensas y los chismes empezaron a circular acerca de las infidelidades del príncipe heredero.

En 1941, Pahlevi fue forzado a abdicar en favor de su hijo, quien se convirtió en shah de Irán, y Fawzia se convirtió en emperatriz. Pero a medida que avanzaba la década de 1940, la vida en Teherán se hacía cada vez más difícil de soportar. Su séquito de sirvientes egipcios fue despedido y, para defenderse del aburrimiento, Fawzia comenzó a pasar gran parte de su tiempo en la cama y jugando a las cartas. La comunicación era difícil, porque debía hablar con su esposo y a los miembros de la corte en francés, después de haber hecho un intento a medias de aprender persa, que ella abandonó después de unos meses.

De a poco, la luz de la reina Fawzia se fue apagando. Se negó a asistir a las reuniones de las organizaciones caritativas y fundaciones que la familia real iraní patrocinaba, y no dudó en dejar en claro su desprecio por Irán y todo lo que fuera iraní. Incluso comenzó a mostrar poco interés en su hija, la princesa Shahnaz, que nació en 1940 para disgusto de su esposo y de su suegra: había fallado en su misión de tener un hijo y heredero del imperio. En ese momento ella había dejado de compartir una habitación con su esposo, mientras los informes de sus amantes continuaban circulando.

Los rumores de la infelicidad matrimonial de Fawzia llegaron a oídos del rey Farouk en El Cairo. Un miembro de la corte egipcia había sido enviado a espiar a Teherán, donde descubrió que Fawzia estaba descuidada y gravemente enferma: sus omóplatos, según él, «sobresalen como las aletas de algunos peces desnutridos». Faruk exigió que los dos se divorciaran y tal era la apatía de Fawzia por Irán que abandonó Teherán y regresó a su país natal. La princesa Shahnaz se quedó en Irán y los rumores de divorcio comenzaron a oírse en todas las redacciones.

El período de convalecencia de Fawzia en Egipto se extendió de meses a años. Retomó la vida social en El Cairo, principalmente en compañía de su hermana, la princesa Faiza, y se negó a responder cartas, cables y mensajes privados enviados por su esposo. Un artículo en el londinense The Times en 1948 anunció: «La emperatriz Fawzia regresó a Egipto para recuperarse después de un severo ataque de malaria. Se ha anunciado que sus médicos le han prohibido regresar al clima y la elevación de Teherán, por lo que, en total acuerdo con el Sha y con buena voluntad de ambas partes, el matrimonio ha terminado«.

Cinco meses después del divorcio, Fawzia se casó con el coronel Ismail Shirin, un aristócrata egipcio que ocupó cargos diplomáticos y militares en el gobierno de Farouk. Vivieron juntos en Alejandría hasta su muerte en 1994, y tuvieron un hijo y una hija. Fawzia no sufrió mucho con el golpe de 1952 que depuso a su hermano Farouk y convirtió a Egipto en una república. Vivía con marido en El Cairo y Alejandría, y cuando fue posible visitó París y Ginebra. Su cabello oscuro, piel pálida y magníficos ojos la habían convertido en una de las mujeres más hermosas de El Cairo, cuando era una de las capitales de placer del mundo. También era una princesa amable y educada, y muchos iraníes la recordaban como la mejor de las tres esposas de shah. (S.C.)