Una reina, la primera mujer que entró en la tumba de Tutankamón, hace 99 años

A la reina Isabel, esposa de Alberto I de Bélgica, le apasionaba todo: las ciencias, las artes, las religiones, las culturas… La pasión por el conocimiento y la investigación la heredó de su padre, el duque Carlos Teodoro, quien fue el primer médico oftalmólogo de Baviera y prefería asistir a los enfermos de su país antes que participar en las ceremonias cortesanas.

Isabel -bisabuela del actual rey de Bélgica- era una mujer de mente tan curiosa que llegó a ser una las primeras mujeres europeas en entrar en la tumba del faraón Tutankamón en el Valle de los Reyes en Egipto en 1923. Jean Capart (1877-1947), padre de la egiptología belga y miembro del Museo de Bruselas, fue su guía personal en la expedición que la llevó a penetrar uno de los monumentos funerarios más apasionantes de la historia.

Tutankamón fue el rey que regresó al culto de Amón, dios de Tebas, y restableció la residencia real allí, después de que su suegro, Akhenaton o Amenophis IV rompiera espectacularmente con el poderoso sacerdocio, mudara su capital a Tell-el-Amarna y declarara el monoteísmo. En agradecimiento por este regreso, Tutankamón fue enviado a su viaje a través del inframundo equipado naves funerarias e implementos mortuorios como nunca antes se habían visto.

“El 22 de noviembre de 1922, Lord Carnarvon y Howard Carter encontraron una tumba en el Valle de los Reyes“, escribe el arqueólogo e historiador Patrick Weber. “Cuando oyó la noticia, Isabel se emocionó. La pared que separaba la antecámara de la bóveda debía ser abierta y la reina deseaba presenciar el acontecimiento (…) Telegrafió a Lord Carnavon para ver si se le permitiría unirse a él y obviamente se le da la autorización”.

Dos meses más tarde, de “riguroso incógnito” según informó la prensa, la reina de los belgas ya estaba en el sitio donde estuvo la ciudad real de Tebas, en el desierto egipcio y bajo altísimas temperaturas, porque quería presenciar con sus propios ojos la apertura de la tumba del faraón más misterioso de la historia.

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“Esta mañana muy temprano, el silencio de la necrópolis real tebana fue turbado por los preparativos que hubieron de preceder a la apertura de la tumba de Tutankamon”, relataba la prensa en febrero de 1923. “La ceremonia tuvo lugar en presencia de la reina de Bélgica y de su hijo, el príncipe heredero Leopoldo”.

“El grupo oficial se trasladó a pie al lugar donde se encuentra el mausoleo del faraón. Los subterráneos oscuros estaban iluminados por un arco voltaico de más de mil bujías. Prescindiendo de la etiqueta, el alto comisionado británico, Lord Carnarvon y los arqueólogos, con el beneplácito de la soberana, pusiéronse en mangas de camisa, toda vez que en el interior dela tumba el calor era aún más que a pleno sol.

La reina descendió primero sin desprenderse de su hermosa piel. Los despachos recibidos de Luxor relatan muy someramente la ceremonia allí realizada. Sólo dicen que en el interior de la tumba se hallaban dispuestas una veintena de sillas, donde tomaron asiento los invitados oficiales, y agregan que la reina no pudo ocultar por un momento la profunda impresión que el acto le producía. Carter, iluminándose con una lámpara portátil, invitó a la reina Isabel a descender por la estrecha abertura practicada en el muro de la cueva. Lord Allemby (mariscal de campo británico), que como es sabido, es corpulento, logró con grandes esfuerzos seguir a la reina de Bélgica.

“Cuando media hora más tarde la comitiva descendía a la superficie, el alto comisario, cubierto de polvo, dijo a la reina enjugándose el sudor de su frente: ‘Este pasadizo es demasiado estrecho, señora, gran superioridad sobre mi corpulencia’. La soberana, que se abanicaba, se contentó con sonreír y se apresuró a tomar el vaso de agua que le ofrecía un criado local. Cuando se hubo repuesto, se le oyó decir a sus compañeros de expedición, ¡Es maravilloso!”

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El Palacio de St. James, escenario de la proclamación de cada nuevo rey británico

Cuando el rey de Gran Bretaña muere, el palacio de St. James, una de las residencias de la familia real en Londres, recobra su papel histórico como escenario de la proclamación del nuevo monarca.

Esto sucedió por última vez el 8 de febrero de 1952, cuando la joven reina Isabel II -de 25 años- fue proclamada reina dos días después de la repentina muerte de su padre, Jorge VI, en un protocolo que permanece intacto y será puesto en marcha cuando se inicie el próximo reinado.

Antiguo monasterio medieval agustino que se convirtió en hospital para leprosos, fue reconstruido como un palacio de estilo Tudor con ladrillo rojo por el rey Enrique VIII en el siglo XVI. Al incendiarse el Palacio de Whitehall, St. James se convirtió en la principal residencia real en Londres en 1698, durante el reinado conjunto de María II y Guillermo III.

En este palacio, la reina Isabel se presentó de luto, acompañada por el príncipe Felipe, para prestar juramento. “Por la repentina muerte de mi querido padre estoy llamada a asumir los deberes y responsabilidades de la soberanía”, anunció ante el Consejo de Adhesión al Trono.

“Mi corazón está demasiado lleno para decirte hoy más de lo que siempre trabajaré, como lo hizo mi padre durante su reinado, para promover la felicidad y la prosperidad de mis pueblos, esparcidos como están por todo el mundo”, dijo la nueva monarca.

Acto seguido, Isabel II presentó su juramento y firmó dos copias del “Instrumento de Adhesión”, registrando la toma del juramento, que es presenciada por los miembros de la Familia Real presentes que son Consejeros Privados, el Lord Canciller, el Secretario de Estado de Escocia, el Primer Ministro de Escocia, el Abogado General de Escocia y el Lord Presidente del Tribunal de Sesión.

Después de esto, el Lord Presidente leyó los elementos restantes de la Lista de Asuntos, que la reina aprobó, referentes al uso de los Sellos, que ayudan a facilitar la continuidad del gobierno. La Proclamación fue firmada por los Consejeros Privados al salir de la reunión.

Después el Rey de Armas de la Orden de la Jarretera, acompañado por el Conde Mariscal ( responsable de los arreglos ceremoniales relacionados con la proclamación y coronación), otros oficiales y sargentos de Armas, leyó en voz alta la proclamación desde el balcón ubicado sobre el patio del antiguo convento:

“Considerando que ha complacido al Dios Todopoderoso llamar a Su Misericordia a nuestro difunto Señor Soberano, el Rey Jorge, el Sexto de Bendita y Gloriosa memoria, por cuyo Fallecimiento la Corona ha llegado única y legítimamente a la Alta y Poderosa Princesa Isabel Alejandra María, Nos, por lo tanto, los Lores Espirituales y Temporales de este Reino, estando aquí asistidos con este Consejo Privado de Su difunto Majestad, con representantes de otros Miembros de la Commonwealth, con otros Señores Principales de Calidad, con el Lord Alcalde, Concejales y Ciudadanos de Londres, por la presente, con una sola voz y el consentimiento de Lengua y Corazón, publique y proclame que la Alta y Poderosa Princesa Isabel Alejandra María se ha convertido ahora, por la muerte de nuestro difunto Soberano de feliz memoria, en la Reina Isabel II, por la Gracia de Dios Reina de este Reino y de todos Sus otros Reinos y Territorios, Cabeza de la Commonwealth, Defensora de la Fe, a quien Sus señores reconocen toda Fe y Obediencia constante con afecto sincero y humilde, suplicando a Dios por quien reinan los Reyes y las Reinas que bendiga a la Princesa Real Isabel II con largos y felices Años para reinar sobre nosotros”.

Los cañonazos lanzados desde la Torre de Londres y el Hyde Park coincidieron con la lectura de la proclamación, antes de que se hiciera el anuncio en otras ciudades importantes del Reino Unido. Los heraldos proceden después a leer la proclamación en otros puntos de la ciudad, como Trafalgar Square y el sitio original de Temple Bar en Fleet Street, hasta llegar al Royal Exchange donde se lee en presencia del Lord Mayor de Londres y otros funcionarios. Nueve meses después, el 4 de noviembre, Isabel II asistió a su primera apertura estatal del Parlamento, donde leyó y firmó su Declaración de Adhesión.

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Nuevo retrato de Isabel, futura reina de Bélgica, en su vigésimo cumpleaños

La princesa Isabel de Bélgica, primogénita del rey Felipe y la reina Mathilde, cumplió 20 años este 25 de octubre, fecha que la casa real conmemoró con la publicación de un nuevo retrato tomado en la Universidad de Oxford, donde la princesa cursa actualmente sus estudios.

La princesa Élisabeth Thérèse Marie Hélène, titulada Duquesa de Brabante desde que se convirtió en la primera en la sucesión al trono belga, nació el 25 de octubre de 2001 en un hospital de en Anderlecht, en las afueras de Bruselas.

Actualmente Isabel estudia en Lincoln College, una facultad de la Universidad de Oxford. Aprobó con éxito los exámenes de ingreso para el programa de tres años ‘Historia y política’. En 2020, obtuvo su Bachillerato Internacional en UWC Atlantic College en Gales.

En julio de este año, la futura reina completó su año en Ciencias Sociales y Militares en la Real Academia Militar de Bélgica. Antes de su curso de 2 años en Gales, asistió a la escuela secundaria de habla holandesa Sint-Jan Berchmanscollege en Bruselas. Además, asistió al Programa de Becas Globales de Yale Young en la Universidad de Yale.

En septiembre de 2011 completó su primera actividad oficial con la inauguración del Hospital Infantil Princess Elisabeth, el ala de pediatría del Hospital Universitario de Gante. También dio su nombre a la estación de investigación científica belga Princess Elisabeth Antartica Research Station y se convirtió en patrona del buque patrulla naval P902 Pollux.

En junio de 2019 acompañó a su madre en una visita humanitaria de campo a Kenia organizada por Unicef. Un curso introductorio en la Representación Permanente de Bélgica ante las Naciones Unidas en Nueva York completó esta misión.

Según la biografía de la princesa, publicada en el sitio web de la casa real, la duquesa de Brabante es multilingüe y habla con fluidez holandés, francés, alemán e inglés, y “disfruta del esquí, el tenis, la vela y el buceo”.

“A la princesa también le gusta caminar y estar en contacto con la naturaleza”, dice la biografía y agrega: “Ha estado tomando lecciones de piano durante varios años. Como todos los jóvenes de su edad, su gusto musical es variado”.

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Hace 100 años: nació el rey Miguel, el último hombre que ocupó el trono de Rumania

La larga vida de Miguel I, el último rey de Rumania, quien nació el 25 de octubre de 1921, reunió muchas curiosidades. Fue coronado rey a los seis años de edad: era apenas un niño en edad escolar cuando la muerte de su abuelo, el rey Fernando I, le obligó a convertirse en el jefe de Estado de esta monarquía balcánica.

Posteriormente, se dio la curiosidad de que Miguel fue sucedido en el trono por su padre, Carol II, quien había regresado del exilio para reclamar su derecho al trono, y finalmente sucedió a su padre para reinar por segunda vez. Si el reinado de Miguel I, entronizado en 1927, no hubiera sido interrumpido por la guerra o por el comunismo, hubiera alcanzado 90 años de reinado. Una vida realmente excepcional.

Sin embargo, uno de los mayores logros históricos de Miguel es el haber preservado miles de vidas en la Segunda Guerra Mundial cuando, a los 22 años, tuvo la valentía de arrestar al dictador fascista del país, Antonescu, un amigo y «títere» de Hitler. Acto seguido, Miguel sacó a Rumania del grupo de países aliados de la Alemania nazi y, según muchos historiadores, su acción podría haber salvado decenas de miles de vidas.

Pasaron más de 40 años en los que Miguel, sin trono, ni corona, ni documento rumano, trabajó como mecánico de aviones, agente de bolsa y criador de pollos. Pero cuando Rumania ejecutó a Nicolae Ceacescu, su último líder soviético, Miguel I regresó a su patria natal como un héroe. Para la mayoría de los rumanos, Miguel se había ido como rey y había vuelto como rey.

HIJO DE UN MATRIMONIO ROTO

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El príncipe Mihai Hohenzollern-Sigmaringen nació el 25 de octubre de 1921, en el palacio real de Sinaia. Su padre era el príncipe heredero Carol, admirador de Benito Mussolini, inteligente y elegante, gran coleccionista de sellos, que había abandonado Rumania por amor de una mujer, Zizi Lambrino; su madre, la era la princesa Elena de Grecia, sobrina del último káiser de Alemania y bisnieta de la reina Victoria de Inglaterra.

El matrimonio fue un fracaso desde que se concertó en 1920 y, en palabras de la reina María, madre de Carol, fue una historia «espantosa, trágica, llena de insoportables dolor, sufrimiento, pesar, humillación y vergüenza para todos nosotros, que despertó en el país una verdadera tormenta de pasión«. El príncipe Cristóbal de Grecia dijo que fue «un romance que estaba destinado a convertirse en uno de los mas trágicos» del siglo XX y dijo que su sobrina «ha conocido el sufrimiento como pocas otras mujeres».

En 1925, Carol, conocido en la prensa europea como el «príncipe playboy», desató la furia de su familia por una aventura romántica que estaba teniendo con una mujer llamada Magda Lupescu. Ella estaba divorciada y a Carol no le importaba estar casado. Renunció a su derecho al trono y se fue de Rumania, dejando al pequeño Miguel como príncipe heredero del reino. Cuando el padre de Carol, Fernando I, murió el 20 de julio de 1927, su nieto se convirtió en rey a los 5 años de edad.

EL REY NIÑO DE RUMANIA

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Cuando se le dijo que era el rey, se dijo que Miguel respondió: «¿En serio?» Cuando se le aseguró que, de hecho, él era el rey, pidió un pedazo de pastel de chocolate. Como futuro rey, Miguel fue bien educado: tenía niñeras inglesas, francesas y alemanas para enseñarle los idiomas y profesores que le enseñaron lo necesario para saber tomar decisiones de Estado. Pronto adquirió un gran sentido de la dignidad real y recibió una bofetada de su madre cuando, una vez, el niño le respondió: «Señora, yo soy el rey y quiero ser obedecido«.

En junio de 1930, el príncipe Carol, cansado de su vida de «bon vivant» por Europa, regresó a Bucarest para renunciar a su renuncia: los rumanos quedaron espantados al ver al «hijo prógido» de la monarquía regresar a ocupar el lugar que había abandonado. Sin embargo, el gobierno estaba en crisis y se aceptó la entronización de Carol II. Miguel, que tenía 9 años, volvió a ser el príncipe heredero y su nuevo papel no le disgustaba: «Estaba terriblemente cansado de usar pantalones largos y un sombrero rígido e ir a lugares en los que no quiero ir para nada«.

LA GUERRA LE CAMBIA LA VIDA

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Al inicio de la Segunda Guerra Mundial, Carol II intentó aprovechar el caos político de su país al declarar una «dictadura real», pero la Unión Soviética y Alemania lo engañaron para apoderarse del territorio rumano. Para aplacar a los indignados fascistas y militares rumanos, Carol II eligió al brutal general Ion Antonescu para dirigir su gobierno. En septiembre de 1940, el general se volvió contra el rey Carol y lo obligó a abdicar. Carol II partió nuevamente al exilio y rara vez volvió a ver a su hijo.

Miguel tenía entonces 18 años y volvió a ser rey, o más bien un «rey títere» dirigido por el dictador Antonescu. Miguel permitió el regreso de su madre desde el exilio, pero la atmósfera cortesana era agobiante. El rey rara vez aparecía en público y el gobierno solo le soliticaba su presencia en actos protocolares o simbólicos, como revistar a las tropas. Pero a medida que el joven rey maduró se preparó para actuar, algunos dicen, gracias a la influencia de su madre.

Aunque su corte era digna y sobria, y su madre, dulce y hermosa, le prestaba elegancia, había en ella una atmósfera de tristeza y le faltaba el vigor y la animación de otros tiempos. Pero Miguel era demasiado joven para recordar los alegres días de sus abuelos. Su juventud había sido demasiado triste y se dice que, en cierta ocasión, observó tristemente: «Cuando necesitaba una madre, tuve un padre; cuando necesité un padre, tuve una madre».

EL SEGUNDO REINADO

Miguel I se alió en secreto con las fuerzas antigubernamentales que estaban cobrando fuerza a medida que Alemania comenzaba a perder la guerra. Esta alianza al principio fue secreta, pero a mediados de 1944 Miguel emergió como un símbolo del descontento popular y presionó a Antonescu para que se rindiera a los soviéticos. El general se negó. El rey lo convocó al palacio y le dio nuevamente la orden, golpeando una mesa para enfatizar.

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El general nuevamente se negó. De inmediato, Miguel I pronunció las palabras en clave preestablecidas, y tres soldados y un oficial se adelantaron para arrestar al general Antonescu. El dictador fue encerrado en una bóveda donde el padre de Miguel había guardado su preciada colección de sellos reales dentro del palacio de Bucarest. Acto seguido, Miguel renunció a la alianza de Rumania con el Tercer Reich.

Cuando los políticos le advirtieron a Miguel sobre los peligros que aquella decisión significaría para la Corona y para Rumania, él se encogió de hombros y Rumania se convirtió en el primer «satélite» del Eje en traicionar a Hitler. La venganza del «Fuhrer» no se hizo esperar y el golpe aceleró la toma soviética del país. Para 1947, la Guerra Fría había comenzado y Josef Stalin había ordenado a Rumania deshacerse de su rey.

ABDICACIÓN A PUNTA DE PISTOLA

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El primer ministro de Rumania, el soviético Petru Groza, fue persuasivo: amenazó al rey con ejecutar a 1.000 de los partidarios de Miguel, y al propio rey, si no abdicaba. «Fue un chantaje«, dijo Miguel en una entrevista al «New York Times». «Dijeron: ‘Si no firmas esto de inmediato, ‘estamos obligados’ (…) a matar a más de 1.000 estudiantes que tenían en prisión.» Miguel, el último monarca detrás de la cortina de hierro, abdicó a punta de pistola el 30 de diciembre de 1947.

Miguel abandonó su país acompañado por más de 30 familiares y amigos en un tren de ocho vagones que transportaba, entre otras cosas, cuatro automóviles estadounidenses, nueve cajas de ginebra y tres escopetas. El nuevo gobierno rumano aseguró que Miguel había robado valiosas pinturas pertenecientes al Estado, pero siempre lo negó.

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UN ROMANCE EN PLENA TORMENTA

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En noviembre, un mes antes de su derrocamiento, el rey miguel había asistido a la boda de su querido primo y compañero de infancia, el príncipe Felipe de Grecia, con la princesa Isabel de Inglaterra y el príncipe Felipe de Grecia. Allí, en una recepción que se ofreció en la embajada de Luxemburgo en honor a Isabel y Felipe, Miguel I conoció a la princesa católica Ana de Borbón-Parma. Ambos recordaría más tarde que se enamoraron instantáneamente.

La pareja se casó en una ceremonia ortodoxa en Atenas en junio de 1948 después de que el Papa Pío XII se negara a permitir que Anne, que era mitad francesa y mitad danesa, se casara con un no católico. La familia de Ana se abstuvo de participar en la boda y los reyes de Grecia ofrecieron su palacio para la celebración. La pequeña princesa Sofía de Grecia, futura reina de España, sería una de las damitas de honor de la novia.

Sin dejar nunca de informarse sobre todo lo que acontecía en Rumania, reuniéndose en secreto con personajes de la politica y la sociedad rumana y recibiendo informes confidenciales y noticias semanalmente, Miguel comenzó a ganarse la vida en la compañía suiza «Lear Aircraft», donde se desempeñó coomo supervisor de pilotos, y más tarde trabajó como agente de bolsa. Con recursos muy modestos, comenzó a trabajar en su pasión personal, la mecánica, como director técnico de una empresa de material electónico para aviones.

Quién es quién en la realeza: el príncipe Filipos, hijo menor de los ex reyes de Grecia

Hijo de los últimos reyes de Grecia, el príncipe Filipos está muy bien relacionado con casi todas las familias reales de Europa y este 23 de octubre protagonizará, además, la primera boda real celebrada en la Catedral de Atenas desde el casamiento de sus padres, 57 años atrás.

El príncipe, un analista de fondos de cobertura con sede en Nueva York, de 35 años, se casó el año pasado con la heredera multimillonaria suiza Nina Flohr en una ceremonia íntima a la que solo asistieron sus padres a causa de la pandemia. Sin embargo, la celebración religiosa en la Catedral Metropolitana de Atenas parece que será un gran evento real.

Filipos (Philippos) es el hijo menor del rey Constantino II, que fue derrocado por un golpe militar en 1967, y de su esposa Ana María, nacida como princesa de Dinamarca. Como hijo de tales, Filipos es nieto de los fallecidos reyes Pablo y Federica de Grecia (padres de la reina Sofía de España) y de los también fallecidos monarca Federico IX e Ingrid de Dinamarca (padres de Margarita II).

Filipos nació en 1986 en el St Mary’s Hospital de Londres, el mismo hospital donde nacieron el los príncipes Guillermo y Harry. Y aunque la Monarquía griega fue abolida y reemplazada por la República en 1973, los hijos del rey Constantino II conservaron sus títulos de Príncipes de Grecia y Dinamarca: antes que Filipos nacieron la princesa Alexia (1965), el príncipe heredero Pablo (1967), el príncipe Nicolás (1969) y la princesa Theodora (1982).

Las conexiones de Filipos con la realeza son innegables: es primo hermano del rey Felipe VI de España así como del futuro rey danés, el príncipe Federico. Sus tías son la reina Sofía de España y la reina Margarita II de Dinamarca, y emparenta además con la reina Isabel II (su fallecido esposo Felipe nació como príncipe de Grecia) y las familias reales de Suecia, Noruega, Rusia, Rumania, Serbia, Italia y Alemania.

El bautizo de Filipos tuvo lugar unos meses después de su nacimiento en la catedral ortodoxa griega de Santa Sofía de Londres y sus padrinos fueron el rey Juan Carlos de España, el príncipe Felipe de Inglaterra, la princesa Diana de Gales y la condesa Mountbatten de Birmania. Creció en Londres en una casa señorial cerca de Hampstead Heath, donde se decía que la princesa Diana era una visitante frecuente que llevaba consigo a los príncipes William y Harry.

El príncipe asistió a una escuela en Londres antes de estudiar en la prestigiosa Universidad de Georgetown en Washington DC, donde se graduó con un título en relaciones exteriores, y actualmente reside en Nueva York, donde trabaja como analista de fondos de cobertura y se dice que disfruta de una vida fuera del centro de atención.

Sin embargo, eso no le ha impedido asistir a bodas de muy alto perfil a lo largo de los años debido a sus conexiones reales. En 2010, viajó a Estocolmo para asistir a la boda de la princesa heredera Victoria de Suecia con el príncipe Daniel, y volvió a la capital sueca para la boda de Madeleine de Suecia. Estuvo además en la boda de su primo, Felipe de España, con Letizia Ortiz, y más recientemente en Windsor, en el casamiento de la princesa Eugenia de Inglaterra.

El príncipe Filipos y su ahora esposa Nina Flohr mantuvieron una larga relación antes de casarse en Suiza en plena pandemia. El padre de Nina es el fundador de la empresa de alquiler de aviones privados VistaJet, mientras que su madre es exeditora en jefe de la revista Vogue Rusia. Su compromiso fue anunciado por la oficina de prensa de la familia real griega en septiembre de 2020 después de comprometerse en la hermosa isla griega de Ítaca.

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Hace 127 años: murió Alejandro III de Rusia, el zar gigante, bruto y sencillo

El zar Alejandro III de Rusia recibió el sobrenombre de “El Pacificador” porque durante su reinado (1881-1894) Rusia no entró en guerra con nadie. “Cualquier persona con corazón, no puede desear una guerra, y cada gobernante –a quien Dios le ha confiado un pueblo– tiene que hacer todo lo posible para evitar los horrores de la guerra”, solía decir este zar. En el plano íntimo, era un hombre enorme, bruto y fortachón que solía caer mal por sus modales de «ogro». Su contemporánea, la reina Victoria, se refirió a él como «un soberano a quien yo no considero un caballero» (el zar, enterado de lo que la monarca opinaba de él, se refirió a ella como «una mujer consentida, sentimental, egoísta» y una «anciana insidiosa y entrometida»).

En este artículo, tres datos curiosos sobre la vida de este monarca:

Su mal carácter provocó que un oficial se suicidara

En su memorias, el príncipe Peter Kropotkin, un famoso revolucionario ruso y filósofo describió una anécdota terrible que le sucedió al gran duque Alejandro, el futuro zar, en 1869. Cuenta que Karl Gunius, oficial finlandés, era famoso por haber mejorado el rifle Berdan, uno de los rifles más usados en Rusia en la segunda mitad del siglo XIX y después de uno de sus viajes de negocios a los Estados Unidos, se le dio una audiencia con Alejandro, que en ese momento era el ayudante general de su padre, Alejandro II.

«Durante la audiencia, el Alejandro… comenzó a hablar groseramente con el oficial [Gunius]. El gran duque debió haber contestado con dignidad, pero se indignó e insultó sin piedad al oficial… el oficial se fue de inmediato y le envió una carta al Gran Duque, exigiéndole que se disculpe y agregó que si la disculpa no se hacía en 24 horas, se suicidaría… Alejandro no se disculpó, y el oficial cumplió su palabra. Lo vi en la casa de mi amigo cercano esa noche cuando esperó a que llegara la disculpa. Al día siguiente, estaba muerto. Alejandro II estaba furioso con su hijo y le ordenó que escoltara el ataúd del oficial hasta la tumba, pero incluso esta horrible lección no curó al joven de la arrogancia y impetuosidad de los Romanov”.

Un zar con fama de gigante

Enorme y robusto, Alejandro III de Rusia medía 1,93 m. y poseía una impresionante fuerza física. Cuando quería hacer una gracia en una fiesta lo que más le gustaba era doblar atizadores y romper barajas enteras por la mitad de un solo golpe. El zar odiaba la pompa cortesana, el arte y los bailes, y pensaba que un auténtico ruso debía ser simple: “Un ruso debe ser sencillo en sus maneras, en sus palabras, en sus comidas y en el vestir”.

Llevaba una vida muy frugal, según su hija

Su hija, la gran duquesa Olga, lo admiraba y describió así su rutina de trabajo: «Yo estaba asombrada ante la enorme cantidad de trabajo que mi padre tenía que hacer cada día. Yo creía que un zar era el hombre más trabajador en la tierra. Además de las audiencias y las funciones de Estado, cada día se enfrentaba a una montaña de edictos, leyes e informes que tenía que leer y firmar. Muchas veces mi padre solía garabatear frenéticamente sus indignados comentarios en los márgenes de los documentos: ‘¡idiotas! ¡Tontos! ¡Qué bestia es!’…»

«Se levantaba a las 7 de la mañana, se lavaba con agua fría, se vestía con ropa de campesino, se preparaba su café en una cafetera filtradora de vidrio, llenaba el plato de galletas, y después de desayunar, se iba a su escritorio y comenzaba su tarea diaria. Había una muchedumbre de servidores para atenderle, pero no molestaba a ninguno de ellos. Había campanillas en el despacho, pero no las hacía sonar. Algunos momentos después, su esposa se reunía con él, y dos sirvientes ponían a su disposición una mesita. Marido y mujer compartían un desayuno de huevos cocidos y pan de centeno y mantequilla».

«Cuando el zar ruso está pescando, Europa puede esperar«

Alejandro III poseía una casa de campo, o dacha, en Kotka, Finlandia. En aquella época el país escandinavo era parte del Imperio ruso y a Alejandro le encantaba pasar tiempo en verano con su familia remando, haciendo senderismo y pescando. Ordenó que se construyera en el bosque una cabaña de dos pisos para su familia. La visitó un total de 31 veces y pasó allí 213 días.

Una vez, cuando el zar se estaba descansando en su dacha, estalló en Europa un conflicto diplomático en torno a los intereses de Francia, que desde 1891 había sido aliada del Imperio ruso. El ministro de Asuntos Exteriores, Nicolás de Giers, envió un telegrama a la oficina del emperador, recomendando que Alexánder suspendiera sus vacaciones y regresara a San Petersburgo para participar en las negociaciones. El ministro de Asuntos Exteriores temía que el conflicto condujera a una guerra en Europa Cuando los mensajeros llegaron apresuradamente a la casa de campo de Alejandro, el zar lo escuchó con calma y respondió: “Cuando el zar ruso está pescando, Europa puede esperar”.

La leyenda dice que amaba el vodka

La leyenda cuenta que el gusto por el alcohol de Alejandro III hizo que cambiara la forma de sus botas. Se dice que le gustaba tomar algo de vez en cuando pero que su mujer, la princesa danesa Dagmar (que tomó el nombre ruso de María Fiódorovna) no toleraba ni el olor del alcohol. Según otras fuentes, estaba preocupada por la salud de su marido. De manera que, pasar no molestar a su mujer con emociones negativas, el emperador bebía de manera secreta. Para hacerlo pidió que le hicieran unas botas largas y anchas, donde al parecer guardaba una pequeña botella.

Por otra parte, hay expertos que creen que las historias sobre su supuesto abuso del alcohol provienen de sus oponentes liberales. Cuando llegó al poder en 1881, tras el asesinato de su padre reformista -Alejandro II- tomó un camino mucho más conservador. Pacificó los problemas internos y fortaleció el ejército y la armada. Así que sus opositores pensaron que era necesario “crear una imagen de un tonto y borracho en el trono”, para demostrar que había que deshacerse del monarca. Lo que contradice la descripción del zar como un borracho es el testimonio de su doctor, Nikolai Veliamínov. “¿Bebía vodka? Me parece que no y, si lo hacía, no era más que un pequeño vaso. Cuando quería beber en la mesa, su bebida favorita el kvas con champán, y lo bebía modestamente”. Tal y como comenta el historiador Kirill Soloviov: “No hay fuentes fiables que confirmen la inclinación a la bebida”.

Quién es quién en la realeza: el duque de Kent, un octogenario que se niega a jubilarse

El primo de la reina, nació el 9 de octubre de 1935 y se convirtió en duque a los 6 años, al morir su padre en un accidente de aviación. Isabel II siente una gran admiración y respeto por él.

Primo hermano de la reina Isabel II, el duque de Kent nació el 9 de octubre de 1935 en la casa de su familia en el número 3 de Belgrave Square, Londres. El secretario del Interior, Sir John Simon, estuvo presente para verificar el nacimiento, como era tradición en la monarquía inglesa desde finales del siglo XVII.

El niño, nieto del rey Jorge V, fue bautizado en la Capilla Privada del Palacio de Buckingham el 20 de noviembre de 1935 por el arzobispo de Canterbury Cosmo Lang, y sus padrinos fueron sus abuelos paternos Jorge V y la reina María, su abuelo materno, el príncipe Nicolás de Grecia; su tío el Príncipe de Gales ; su tía la princesa María; su tío bisabuelo el duque de Connaught (hijo de la reina Victoria); y su tía bisabuela la princesa Luisa, duquesa de Argyll (también hija de Victoria).

El padre del príncipe Eduardo fue el príncipe Jorge, duque de Kent (1902-1942) y su madre fue la princesa Marina, hija del príncipe Nicolás de Grecia y de la gran duquesa Elena Vladimirovna de Rusia, lo cual es descendiente de los reyes de Grecia y Dinamarca y de los zares de Rusia. La familia de los duques de Kent se amplió un año más tarde, con el nacimiento de la princesa Alejandra, y en 1942 nació el último hijo, el príncipe Miguel. En 1942, su padre, el príncipe George, entonces duque de Kent, murió en un accidente aéreo durante la guerra cerca de Caithness en Escocia mientras estaba en servicio activo. Fue entonces cuando el príncipe Eduardo, de 6 años de edad, heredó los títulos de duque de Kent, conde de St. Andrews y Barón Downmpatrick.

El duque fue a la escuela preparatoria Ludgrove en Berkshire (a la que más tarde también asistió el príncipe Harry) y luego pasó a estudiar en Eton, donde le gustaba remar. Su madre, la duquesa viuda de Kent, perdió su asignación oficial y debió mudarse al campo con sus tres hijos, donde fueron criados de forma muy simple. La princesa Marina quedó sumergida en una pobreza refinada, pero continuó con su trabajo como Comandante del Servicio Naval Real de Mujeres, o Wrens, hasta su muerte en 1968. Los únicos lujos que la familia podía darse eran los que compraban con el dinero que la abuela, la reina María, enviaba a sus nietos de sus fondos privados. Posteriormente, el joven pasó a estudiar en Le Rosey en Suiza, donde fue capitán del equipo de esquí de regimiento en los campeonatos del Ejército.

Cuando su tío, el rey Jorge VI, murió en 1952, el duque de Kent caminó en la procesión detrás del ataúd del monarca durante el funeral de estado. Un año después, en 1953, asistió a la coronación de su prima, la reina Isabel II, y por tener el rango de Duque real durante el servicio de coronación hizo una promesa de lealtad al soberano, después del príncipe Felipe y de su tío, el duque de Gloucester. Ese año, el joven duque acompañó a la princesa Marina en una gira de un mes por el Lejano Oriente y posteriormente se unió a la Royal Military Academy Sandhurst en Surrey, donde ganó el premio Sir James Moncrieff Grierson de idiomas extranjeros y se graduó como intérprete de francés.

En 1961, el duque de Kent se comprometió con la señorita Katharine Worsley, una joven maestra hija de una familia burguesa que conoció a su novio mientras él tenía su base en la base del ejército de Catterick Camp en Yorkshire. Una espectacular boda se celebró en la ciudad de York el 8 de junio del mismo año en presencia de toda la familia real británica y representantes de otras monarquías, como el príncipe heredero Harald de Noruega, la princesa heredera Margarita de Dinamarca, Irene de Holanda, el heredero del trono griego, Constantino, con su hermana Sofía, la reina viuda Victoria Eugenia de España con su hijo, don Juan, y su nieto Juan Carlos, la reina madre Helena de Rumania, entre otros.

Sir Richard Buckley, quien fue secretario privado del Príncipe Eduardo durante 28 años, recuerda a Katharine como «una novia de cuento de hadas».

Los Kent se establecieron en Anmer Hall en Sandringham Estate de la reina, ahora hogar del duque y la duquesa de Cambridge, que era el lugar ideal para criar a sus hijos tres hijos (George, conde de St Andrews, Lady Helen y Lord Nicholas). Sir Richard describió al duque como un padre «devoto» y, en su ancianidad, sigue siendo un hombre de familia comprometido y, como fotógrafo entusiasta, disfruta fotografiándolos a todos juntos.

En años reciente, sin embargo, hubo informes que indicaban que la duquesa podía ser agorafobia y que estaban sufriendo problemas maritales, ninguno de los cuales fue comprobado. Sir Richard Buckley fue testigo de la influencia positiva de Katherine sobre su esposo, quien, cuando asumió sus cargos reales en el extranjero, era bastante tímido. Katharine, que era «una duquesa muy moderna y una gran fan de Pink Floyd», le dio confianza al príncipe Eduardo. Actualmente el duque, que prefiere ser conocido como «Príncipe Eduardo», aún es patrocinador, presidente o miembro activo de más de 100 organizaciones benéficas y organizaciones.

Actualmente, los duques viven en Wren House, una casa ubicada dentro del palacio londinense de Kensington, y en Oxfordshire. El duque cuenta la música y la ópera; ingeniería, innovación y ciencia; e historia militar entre sus intereses. A la vez, mantiene estrechos vínculos con el ejército en la actualidad y tiene varios nombramientos de alto nivel y visita sus regimientos con regularidad. También realizó varias visitas tanto a Irak como a Afganistán para visitar sus regimientos cuando estaban involucrados en operaciones de combate en esas regiones.

Según Sir Richard, el duque “nunca pierde los estribos ni se enoja”, tiene buen ojo para los detalles y una memoria excelente, a menudo recuerda los nombres de las personas a las que solo vio una vez. La reina, que eligió al duque de Kent como compañero en el desfile de su cumpleaños cuando su esposo no pudo estar, siente una gran admiración y respeto por su primo.

Hace 463 años murió Isabel de Valois: así fue el doloroso funeral de la reina de España

Isabel de Valois, reina consorte de España, murió a los veintitrés años tras una breve enfermedad y un parto prematuro el domingo 3 de octubre de 1568 en el Palacio Real de Aranjuez. Dio a luz a una niña que murió pocas horas antes que su madre. El esposo de Isabel, el rey Felipe II de España, estaba a su lado cuando ella falleció y quedó en estado de shock y gran dolor por su muerte. Los íltimos tiempos habían sido particularmente dolorosos para la reina.

En 1657, Isabel dio a luz a una niña, Catalina, y volvió a quedar embarazada poco después. En ese tiempo, ocurrió algo que afectó mucho a la reina: el 18 de enero de 1568, Felipe encarceló a su hijo Don Carlos, mentalmente inestable, y se le impidió heredar el trono de España. Don Carlos moriría más tarde en cautiverio y, cuando Isabel se enteró de la detención, lloró sinceramente y comentó que Don Carlos nunca había sido más que amable con ella. Ella sufría de depresión por el asunto. Pasó su embarazo relajándose, jugando a las cartas, tejos y tirando dados, disfrutando de las bromas de sus tontos y viendo obras de teatro hasta septiembre de 1568, cuando enfermó y engordó mucho. Se desmayaba con frecuencia, tenía ataques de temblor y tenía debilidad y entumecimiento en el lado izquierdo. No podía dormir y no podía comer.

Los médicos la desangraron y le aplicaron inyecciones mientras el rey la consolaba. El 3 de octubre de 1568, Isabel y Felipe escucharon misa juntos. Isabel le pidió a Felipe que le prometiera que siempre apoyaría a su hermano el rey Enrique III y que protegería y cuidaría a sus sirvientes. El rey lo prometió. Isabel dijo que siempre había rezado para que él tuviera una larga vida y que hiciera lo mismo cuando ella llegara al cielo, y Felipe se derrumbó. Unas horas más tarde, Isabel dio a luz a una niña. Varias horas después, tanto la reina como su hija estaban muertas.

El cuerpo de Isabel de Valois fue embalsamado el mismo día y colocado en un ataúd cubierto de terciopelo negro ricamente adornado con los emblemas del rango real. Mientras tanto, la capilla del palacio se cubrió con tela negra bordada con emblemas como los lirios de Valois y las armas y cifrados del rey Felipe. La habitación estaba iluminada con muchas velas encendidas de cera blanca. El catafalco se encontraba ante el altar mayor con cuatro escudos en cada esquina que representaban las armas y los escudos heráldicos de Valois y Habsburgo.

Durante la tarde, personas con velo y vestidos con largas túnicas de luto llenaron la capilla. Estos no eran actores contratados para la ceremonia, sino verdaderos dolientes. El embajador francés Brantôme afirmó que “nunca la gente había mostrado tanto cariño. El aire se llenó de lamentos y de apasionadas demostraciones de dolor: porque todos sus súbditos miraban a la reina con sentimientos de idolatría, más que con reverencia”. A la ceremonia asistieron todos los caballeros y damas de la casa de la reina, el clero de Madrid, los jefes de las casas religiosas, hombres y mujeres, los embajadores extranjeros, los magistrados de Madrid y el gobernador militar.

Al caer la noche, la procesión fúnebre recorrió las largas galerías del palacio desde los aposentos de la reina muerta hasta la capilla real. Afuera, las armas tronaron y las campanas repicaron. El cuerpo de la reina fue llevado por cuatro grandes de España y precedido por el alcalde de la reina Don Juan Manrique. Su principal dama de honor, la duquesa de Alba, caminó tras el ataúd vestida con largas túnicas de luto. Luego vino una fila de damas nobles y caballeros.

El portal de la capilla se abrió de par en par y el féretro fue recibido por el nuncio papal Casteneo y el cardenal Espinosa seguido por el clero de Madrid. Mientras la procesión pasaba hasta el coro, se escuchó el canto del Réquiem. El ataúd se colocó sobre caatafalco y se cubrió con un manto de brocado de oro y se remató con la corona real, manto y cetro y un pequeño vaso de agua bendita.

Comenzó el oficio del reposo de los muertos. Los sonidos de los sollozos ahogados de las mujeres de la casa de Isabel se escucharon durante los cánticos de los sacerdotes y los sonidos de los lejanos murmullos de las multitudes en la calle y la avenida que conducía al palacio eran audibles. Al final del servicio, el nuncio dio la bendición. Todos salieron de la capilla excepto los que habían sido elegidos para realizar una vigilia por el cadáver.

QUIÉN FUE ISABEL DE VALOIS. Isabelle (llamada Isabel en España) nació el 2 de abril de 1545 en el palacio real de Fontainebleau y fue la segunda hija del rey Enrique II de Francia y su esposa Catalina de Médicis. Sus hermanos fueron los sucesivos reyes Francisco II, Carlos IX y Enrique III, los últimos monarcas de la dinastía Valois. El tratado de paz de 1559 entre Francia y España se selló con el compromiso de Isabel y el rey Felipe II de España (proporcionando una dote de cuatrocientas mil coronas de oro a la corona española) y de la hermana de Isabel, Margarita, con Emanuel Filiberto de Saboya. Las celebraciones coincidieron con el terrible accidente de Enrique II durante un torneo de justas, que le causaron la muerte tras mucho tiempo de agonía. Felipe no era fiel a Isabel, pero parecían disfrutar de la felicidad doméstica. Quedó embarazada y Felipe comenzó a pasar dos horas al día con ella y le mostró un gran cariño. Él estaba a su lado cuando dio a luz a la infanta Isabel Clara Eugenia el 12 de agosto de 1566. Embarazada en varias oportunidades sin poder proporcionar un heredero varón, la salud de Isabel se deterioró rápidamente.

La duquesa de Alba, velada con un velo, se sentó en una silla a la cabeza del ataúd vestida de negro. Don Juan Manrique se encontraba al pie del féretro sosteniendo su varita de oficio. Otros miembros de la casa se arrodillaron alrededor de la plataforma. Los soldados del guardaespaldas del rey sostenían antorchas, haciendo guardia dentro de la capilla aún iluminada con numerosas velas.

En medio de la noche, el rey Felipe entró en la capilla asistido por su medio hermano Don Juan de Austria y sus amigos Ruy Gómez y Don Hernando de Toledo. Avanzó lentamente hacia el féretro, se arrodilló a la cabeza del féretro y permaneció absorto en la oración durante un buen rato con los tres hombres de pie en silencio e inmóviles detrás de él. Nadie traicionó la presencia del rey en la capilla. Finalmente, Felipe se levantó, tomó el aspergillum, roció el ataúd con agua bendita y salió de la capilla. Abandonó el palacio asistido por sus tres compañeros y se dirigió al monasterio de San Gerónimo para rezar y meditar.

A la mañana siguiente, muchos de los más grandes eruditos, nobles y damas se reunieron en la capilla del palacio para escoltar el cortejo fúnebre hasta el convento carmelita de Las Descalzas Reales, donde Isabel sería enterrada temporalmente hasta que se terminara el mausoleo de El Escorial. El ataúd fue llevado por las calles por los mismos cuatro hombres del día anterior. El palio lo sostuvieron sobre el féretro los duques de Arcos, de Naxara, de Medina de Rioseco y de Osuna. Junto al féretro marchaban los marqueses de Aguilar y de Poza, los condés de Alba, de Liste y de Chinchon.

Las calles se habían adornado con crespones y banderas negras y muchos espectadores se alineaban en la ruta de la procesión para mirar y derramar lágrimas. En el portal de la iglesia de las Carmelitas, la procesión fue recibida por el nuncio papal Castaneo, Espinosa y Frexnada, obispo de Cuença que había sido elegido para realizar los ritos funerarios. También estuvo presente el arzobispo de Santiago, gran limosnero de España. Detrás de los prelados estaban la abadesa Doña Inez Borgia y las monjas de Descalzas.

Después de la misa, el ataúd fue depositado en un nicho excavado cerca del altar mayor. Luego, se realizó una parte importante de la ceremonia que era requerida para los soberanos españoles. El cadáver debía ser identificado por ciertos personajes designados por el rey. El obispo de Cuença primero bendijo el sepulcro. La tapa fue levantada por la duquesa de Alba y por Don Juan Manrique. De pie alrededor de la tumba como testigos estaban: el nuncio papal Castaneo, el cardenal Espinosa, el embajador francés de Fourquevaulx, el embajador portugués Don Francisco Pereira, los duques de Osuna, Arcos y Medina, el marqués de Aguilar, los condés de Alba, de Chinchon, Don Enríquez de Ribera, don Antonio de la Cueva, don Luis Quexada señor de Villagarcia, presidente de la junta de indios, y los archiduques Rodolfo y Matías, sobrinos de Felipe.

Cuando se quitó la tela mortuoria, los cadáveres de Isabel y su pequeña hija eran visibles. La duquesa de Alba vertió en el féretro bálsamo y perfumes finamente pulverizados que habían sido preparados especialmente para la ocasión. También esparció racimos de tomillo y flores fragantes. Luego se cerró el ataúd y se selló con el sello real. En el acto, el subsecretario de Estado, Martín de Gatzulu, redactó un acta de las actuaciones y fue firmada por todos los testigos. El confesor del convento y uno de sus compañeros se adelantaron para hacerse cargo de los restos de la reina hasta que fueran trasladados. Se cerró la tumba y se terminaron las ceremonias del día.

Durante nueve días se recitó el rezo de los muertos en todas las iglesias de Madrid. Mañana y tarde, el tribunal asistió al servicio realizado en la ermita de Las Descalzas en el que estuvo siempre presente la hermana de Felipe, Doña Juana. Felipe escuchaba el servicio dos veces al día en la capilla de San Gerónimo. Durante los nueve días completos, Felipe permaneció en soledad, sin hablar con nadie y rara vez salía de la galería elevada sobre el altar mayor de la capilla orando y meditando. Se suspendieron todos los asuntos del Estado y se ordenó mediante proclama en toda España un duelo general por la reina.

El 18 de octubre, en la iglesia de Nuestra Señora de Atocha, se escuchó una misa solemne por el reposo del alma de la reina en presencia del rey. Fue la ceremonia más imponente y magnífica hasta ahora, realizada a la luz de las antorchas. El obispo de Cuença pronunció la oración fúnebre que fue bien recibida por el público. Una oración similar se hizo en Toledo, Santiago y Segovia, así como en otras catedrales de España. Otro servicio conmemorativo se llevó a cabo en Francia, la tierra natal de la reina Isabel, en la catedral de Notre-Dame en París el 24 de octubre. Así, la Reina de España recibió suficiente y majestuoso tributo.

(*) Susan Abernethy es historiadora y autora del blog The Freelance History Writer.

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La historia pocas veces contada del infante Luis Fernando, oveja negra de la realeza española

Este infante, nieto de la reina Isabel II y primo del rey Alfonso XIII, heredó el aire bohemio y rebelde su madre, y la pasión desenfrenada por las mujeres de poca clase que tenía su padre. Un periódico, en los años 30, lo describía categóricamente: “Luis Fernando es famoso internacionalmente por ser un aprovechado y un personaje de dudosa reputación. Fue arrestado al menos dos veces, expulsado de dos países y se ha hecho despreciable al casarse con una tonta y vieja mujer, treinta y dos años mayor que él, contra las protestas de su familia. Mucha gente cree que el príncipe Luis Fernando es capaz de llegar a cometer cualquier acto vergonzoso”. En otra crónica se le apodaba “el príncipe pantalones de hierro”: “porque se lo ha expulsado de tantos países y hoteles sin demostrar ningún dolor que pareciera estar blindado”.

A Luis Fernando de Orleáns y Borbón, que nació infante y murió plebeyo, secretamente le gustaba ser apodado en los bajos fondos como el “rey de los maricas”. Consumía cocaína, malgastó fortunas propias y ajenas, y comprometió, con un crimen, la imagen de la Casa de Borbón dentro y fuera de España. Nació en el Palacio Real madrileño en 1888 y tuvo una infanta, fue hijo de Doña Eulalia de Borbón, hermana de Alfonso XII, uno de los mayores dolores de cabeza que tuvo desgraciada, al ser testigo del odio que unía sus padres, de las batallas legales y, por sobre todo, de la falta de cariño.

El niño se crió en España, Francia e Inglaterra. Una legión de institutrices y profesores particulares se encargó de los idiomas, alcanzando desde muy niño un espectacular dominio del inglés, el francés, el alemán y el materno, idiomas que hablaba con gran fluidez cambiando de uno a otro con gran facilidad. La infanta Beatriz, su cuñada, escribió: “Cuando Alfonso fue a vivir a Madrid, ella frecuentaba más la corte, quería mucho a este hijo, pero a veces parecía preferir al otro, que era un bala perdida, homosexual… aunque se casó con una vieja por dinero, para arruinarla, claro. Pero era su hijo y la infanta Eulalia lo quería y lo defendía. Era severa con sus hijos pero no con nosotros”.

Las cosas cambiaron cuando, en 1904 -cuatro años después del divorcio de sus padres- Luis Fernando comprendió lo difícil que era mantener buenas relaciones con su madre. Doña Eulalia le prohibió terminantemente que siguiera la carrera de actor, lo que engendró en el joven un odio terrible. Heredó una finca, la cual quería explotar, pero todo quedó en la nada cuando decidió, abruptamente, instalarse en el París de la belle epoque. Fue invitado de todas las fiestas, las cuales competían por ser la más ostentosa y extravagante. Fue célebre una fiesta en la que apareció con el torso desnudo totalmente pintado de azul, montado sobre un elefante y con un turbante adornado por brillantes, a semejanza de un maharajá indio. Desde entonces, su vida estuvo plagada de excesos, donde la droga, el alcohol y el sexo indiscriminado fueron moneda corriente. Su afición al juego y a la cocaína lo tenía siempre al borde de la ruina y llegó a traficar drogas para poder mantener sus vicios y su rumboso tren de vida.

Melchor de Almagro San Martín, que había sido condiscípulo del infante, testimonia su excentricidad: “En el baile de la condesa de Chabrillan, se presentó Luis teñido con añil de pies a cabeza para representar el dios Azul, seguido por un deslumbrante cortejo de sacerdotisas y hieroferantes, como sacados de un friso antiguo. El infante cabalgaba sobre un elefante, arreado con atalajes de oro y pedrería. Hizo su entrada semidesnudo, cubierta la cabeza con un turbante verde gayo y coronado de garzotas sujetas por broches de enormes diamantes”. Desde entonces, se vio vinculado a todo tipo de escándalos que hicieron correr ríos de tinta en los periódicos del mundo. Su hermano mayor y su primo el rey realmente lo despreciaban, y Luis Fernando se vengaba con ironías punzantes y un comportamiento tremendamente promiscuo, llegando a hacerse célebre la queja de una dama de la alta sociedad: “Yo tenía dos lacayos negros y guapos, pero los perdí a los dos. Al primero se lo llevó la tuberculosis; al segundo, el infante de España”.

En octubre de 1924, Luis Fernando de Orleáns fue expulsado de Francia mediante una orden judicial. Los relatos «oficiales» publicados en los periódicos de París cuentan que el infante paseaba por los pintorescos paisajes o quizás los barrios bajos del viejo París cuando se encontró con un hombre que se ofreció hacerle de guía a sitios más interesantes. Ambos se dirigieron al número 32 de la Rue des Tournelles, a una casa antigua donde se supone que el galante Enrique IV de Francia fue un visitante frecuente. La entrada a la casa era a través de un café frecuentado por hombres de dudosa reputación. “Aquí estaba la habitación real”, dijo el extraño guía turístico mientras abría la puerta. El infante entró y fue recibido por dos hombres vestidos como marineros. El guía cerró la puerta con llave y los marineros sacaron revólveres y apuntándole al infante le exigieron que entregara todo el dinero que llevaba consigo. Luis Fernando saltó hacia la ventana, la abrió y pidió ayuda. Dos policías oyeron sus gritos, fueron a su auxilio. Otras fuentes dicen que, en realidad, Luis Fernando fue expulsado de territorio francés luego de haber dado muerte, por estrangulamiento, a un joven marinero durante una orgía homosexual en la que completaba el trío cierto aristócrata portugués, apellidado Vasconcellos y otro supuesto amante del infante. Ambos habrían paseado por París el cadáver del desdichado, envuelto en una manta, intentando abandonarlo en las embajadas de España y Portugal para huir de la justicia francesa. 

Por aquellos años solía decir que “las desgracias de España están relacionadas directamente con las sensualidades y extravagancias del Rey Alfonso”, pero Luis Fernando había hecho ahora algo que logró indignar al propio rey.

Un periodista comentaba: “La difícil situación del príncipe Luis Fernando es más que un mero divertimento o un escandaloso episodio. Es probable que sea parte del capítulo final de la caída de la más antigua y desacreditada familia real en el mundo, los reales Borbones. Los Habsburgo y los Romanov han sido depuestos, arruinados, diezmados por asesinatos y dispersados. Aquellas antiguas familias estaban más manchadas de sangre que los Borbones pero no se podían comparar con ellos en derroche y autoindulgencia. Los Borbones aún retienen algo de su poder y mucho de su fortuna y se divierten de la misma manera en la que lo hacían siglos atrás”. Dijo el gran Talleyrand sobre los Borbones, después de que retornaran al trono de Francia en 1815: “No aprendieron nada ni olvidaron nada”.

Harto de la «oveja negra» de los Borbones, el 9 de octubre de 1924 Alfonso XIII anuló sus privilegios como infante de España y le retiró el título, a pesar de las protestas de Don Luis Fernando. En respuesta a semejante afrenta, Luis Fernando lanzó una profecía: “He nacido y moriré infante de España, como tú has nacido y morirás rey de España, mucho tiempo después de que tus súbditos te hayan dado la patada en el culo que mereces”.

Incapacitado para vivir ni en España o Francia, Luis Fernando hizo sus maletas y se trasladó a Lisboa, donde no abandonó su vida errante y pronto, en marzo de 1926 fue arrestado cerca de la frontera con España, disfrazado de mujer, siendo acusado de contrabando. En julio de 1930 anunció su compromiso matrimonial con Marie Say, viuda del príncipe Amadeo de Broglie y dueña del hermoso Castillo de Chaumont, donde vivía lujosamente como una princesa del Renacimiento, y de una gran fortuna sólo comparable con la de los Barones de Rothschild.

Marie era hija de Constant Say, del cual había heredado la azucarera del mismo nombre. Durante décadas, la millonaria había sido la anfitriona de decenas de excéntricas fiestas a las que acudían el maharajá de Kapurthala, el shah de Persia, el rey de Inglaterra, los reyes de Suecia, de Rumania y de Portugal. Su último capricho fue casarse con el infante don Luis cuando él tenía 41 años y ella superaba los 70.

A partir de entonces, la fortuna de Marie, ya un poco menguada por las crisis financieras y administradores poco escrupulosos, comenzó a mermar aceleradamente. Poco a poco, terrenos, obras de arte, mobiliario, cuadros y hasta su piano se fueron vendiendo mientras la familia política de Marie Say acusaba a Luis Fernando de dilapidar la fortuna que pertenecía a los Brissac. Finalmente su bien más preciado, el Castillo de Chaumont, debió ser cedido al Estado por 1.800.000 francos, en 1938.

Tres años antes, Luis Fernando había sido nuevamente extraditado de Francia, tras ser arrestado en una redada de la brigada antivicios. Volvió a Francia una vez más y durante la ocupación se dedicó a causas más loables: salvó a muchos miembros de la Resistencia, con la ayuda de su tía, la infanta Paz, que le proveía de información. Hasta llegó a pasearse, a plena luz del día por Berlín, luciendo la estrella amarilla cosida a su ropa como estaban obligados a hacer los judíos, a modo de protesta.

Viudo en 1943, Luis Fernando pasó los últimos años de su vida en compañía de una bailarina que lo cuidó durante su larga enfermedad. Murió el 20 de junio de 1945 y nadie de la familia, ni siquiera su madre, fue al funeral, en una iglesia de París.

Hace 65 años: nació María Esmeralda, la princesa periodista de Bélgica

La princesa María Esmeralda es la menor de los hijos que el fallecido rey Leopoldo III de Bélgica tuvo con su segunda esposa, la princesa Lilian, madre también del príncipe Alejandro y la princesa María Cristina. Antes su padre había estado casado con Astrid de Suecia, trágicamente muerta en 1935, con quien había tenido a los hermanastros mayores de Esmeralda: la gran duquesa Josefina-Carlota de Luxemburgo, el rey Balduino y el rey Alberto II.

Junto a la guerra, la deportación, el exilio y la “Cuestión Real” que hizo temblar a Bélgica, Leopoldo III y Lilian ya habían estado muchos años en el centro de atención, pero cuando la princesa Esmeralda nació, en el 30 de septiembre de 1956, poco a poco iban asumiendo una vida en un segundo plano. “Fui la última de los seis hijos de mi padre”, contó Esmeralda. “Llegué en un momento en el que él ya no se preocupaba por los asuntos de Estado. Durante ese período de serenidad, decidió dedicar una enorme cantidad de tiempo a mi educación”.

Hija de un rey sin trono, la princesa Esmeralda llevó una vida más libre que sus hermanastros mayores, los reyes Balduino y Alberto II. Fue la favorita de su padre, a quien acompañó en sus viajes expedicionarios por el mundo, y estudió periodismo. Los recuerdos de su infancia y juventud constituyen un retrato impecable de la familia real belga.

Esmeralda pasó en los primeros años de su vida en el Castillo de Laeken, donde rápidamente se convirtió en la favorita de su padre. La princesa desarrolló un vínculo estrecho con él que durará el resto de sus vidas: “Mi padre me llamó su TP, su tout petit. Le juré que nunca usaría el nombre de ‘papá’ para nadie más que para él, incluso para hablar con mis futuros hijos sobre su padre”.

Cuando el rey Balduino se casó con Fabiola a finales de 1960, Esmeralda se mudó con sus padres y sus hermanos al castillo de Argenteuil, en Waterloo, que se convirtió finalmente en el verdadero hogar de la princesa. “Cuando nos instalamos en Argenteuil, realmente comenzamos a llevar una vida familiar”, dijo. “Había mucho menos personal y seguridad y muchos menos dignatarios. Comíamos todas las comidas juntos, nunca lo hacíamos cuando vivíamos en Laeken”.

“De mi infancia tengo el recuerdo de años felices vividos en un cálido ambiente familiar”, dijo Esmeralda, que durante sus primeros años de vida fue educada por profesores privados en la casa familia. “Mis padres siguieron de cerca mis estudios. Georges Gérardy, mi maestro orientador, venía a enseñarme todos los días. Alternando francés, latín, literatura e historia”, recordó la princesa, que también recibió clases de matemáticas y holandés.

Cuando era niña, tenía poca interacción con los niños de mi edad, a excepción de unos pocos primos raros”, dijo Esmeralda en una entrevista televisiva. “Siempre estuve con gente mucho mayor. Era muy solitaria. La educación en el hogar también tenía ventajas, ya que podía pasar mucho tiempo con mis padres y viajar con ellos, así que no quiero quejarme. Pero anhelaba a otros niños, quería compartir cosas con ellos”.

A lo largo de toda su vida, la princesa Esmeralda demostró su admiración por su padre: “Tenía paciencia y tolerancia. Pasamos horas juntos no solo para hacer la tarea, sino también para contar historias y juegos. Realmente me agradaba, teníamos una relación sólida, llena de confianza”.

Esmeralda descubrió gradualmente que era una princesa, relató: “Creo que lo sentí instintivamente ya que vivíamos en un palacio o un castillo donde había guardias y gente de uniforme por todas partes. Fue parte de mi infancia, sin que me diera cuenta”. “Las niñas pequeñas a menudo fantasean con ser princesas. Supongo que estaba soñando con otra cosa, ya que realmente lo era. Tenía un carácter más rebelde”.

“Cuando era niña, descubrí que era una princesa cuando un día mi madre se estaba preparando para ir a cenar. La vi peinarse, maquillarse, ponerse el vestido. Cuando la vi con toda su belleza y elegancia pensé: mi madre es una verdadera princesa”, dijo. Durante mucho tiempo la niña pensó que su padre era un aventurero o un explorador porque constantemente emprendía viajes a sitios lejanos.

Al menos 2 o 3 meses al año estaba lejos de los rincones más lejanos”, recordó Esmeralda sobre su padre. “Me escribía para despertar mi interés cuando era niña. Me contaba sobre animales extraordinarios o historias misteriosas. Eran como cuentos de hadas de los que recibía un episodio una vez a la semana… Corría hacia el globo terráqueo en su oficina para ver qué río había navegado o en qué aldea se había quedado”.

Varios hechos históricos están grabados en la memoria de Esmeralda, como el asesinato del presidente estadounidense John F. Kennedy el 22 de noviembre de 1963. Ella misma salía de bañarse cuando se conoció la noticia: “Mi madre entró al baño y dijo: ‘Leo, en Texas, el presidente Kennedy recibió un disparo. Está en una condición desesperante.

“Mis padres me sacaron del baño, me pusieron el pijama y corrieron hacia la televisión. Yo fui a mi habitación, donde mi institutriz estaba charlando con la camarera. Tomé una postura trascendental y, desde el apogeo de mis siete años, declaré: ‘Será mejor que dejes de charlar, el presidente Kennedy acaba de ser asesinado’”.

La princesa también recuerda el aterrizaje en la Luna el 21 de julio de 1969: “Mi padre me sacó de la cama en medio de la noche para experimentar directamente los primeros pasos del hombre en la luna. Tenía 12 años y me costaba mantenerme despierta. ‘Te arrepentirías por el resto de tu vida si no experimentaras esto’, me dijo mientras me dejaba frente a la televisión”.

“Ser la hija de un rey puede ser difícil. Pero también puede ser una oportunidad excepcional”, relató Esmeralda. “Depende de cómo se mire. Tuve una madre y un padre excepcionales y tuve la oportunidad de conocer a muchas personas que de otra manera nunca hubiera conocido”. Esas reuniones solían tener lugar en su casa: “Mis padres querían hacer de Argenteuil un centro de encuentros culturales y científicos. Eso les interesó mucho. Siempre venía gente, médicos, historiadores, científicos, exploradores, escritores, artistas y filósofos”.

Esmeralda solía pasar los veranos en el castillo de Ciergnon, en las Ardenas, junto con el resto de su familia: “Era la época de las largas mesas donde los padres, los seis hijos, las institutrices y, a menudo, numerosos primos comían al mediodía. ¡Qué grupo tan feliz fue para mí! Recuerdo los días en que tronó. Lo esperé con impaciencia porque entonces podríamos buscar refugio en el ático. Allí se nos permitió abrir todas las cajas y maletas misteriosas mientras la lluvia golpeaba contra las ventanas”.

En Ciergnon mis padres recibieron a muchos amigos y familiares. Organizaron torneos de golf y fiestas de caza. Por la noche, todos jugaban al billar. Mientras ya estaba en la cama, escuchaba bolas de billar chocando entre sí y los gritos de mi padre y mis hermanos hasta altas horas de la noche. Por nuestra parte, mi hermana y yo habíamos formado un verdadero equipo de fútbol. Para ello se convocó a todos los compañeros de casa: la gendarmería, los cocineros, los conductores y los jardineros. Mi hermana y yo éramos los porteros”.

A mediados de la década de 1970, llegó el momento de que Esmeralda se embarcara en estudios superiores. Primero va a las Facultés universitaires Saint-Louis en Bruselas donde estudia Derecho. Obtiene un diploma de candidatura, pero luego abandona su educación. Luego se matriculó en la Universidad de Louvain-la-Neuve, donde estudió periodismo.

Nunca quise desarrollar una carrera en derecho”, dice la princesa. “Probablemente siempre quise hacer periodismo, pero para obtener una maestría en ese campo, primero tenía que tener un diploma de candidatura. Podría haber sido cualquier cosa, pero elegí derecho porque era una educación general útil”.

Mi padre sabía que quería estudiar periodismo. Aunque la prensa lo había tratado muy mal, por extraño que parezca, no le importaba mientras yo actuara honestamente como periodista y persiguiera la verdad. Amo mucho escribir. Me gusta conocer gente diferente y me gusta explorar cosas. Además, tenía una especie de imagen ideal del periodismo donde viajaría a países lejanos y haría reportajes increíbles”.

A diferencia de los demás estudiantes, la princesa no vivió en una habitación con otros universitarios, sino que permaneció en Argenteuil y viajaba a la universidad todos los días: “Cuando pienso en mis primeros pasos en la universidad, la desconfianza de los profesores, fue difícil de soportar. Me hubiera gustado un nombre diferente. Recibí miradas hostiles de algunas personas, tal vez porque no les agradaba la familia real. Eso puede doler: ser juzgado por su familia o su nombre y no como un individuo. Entonces depende de ese individuo convertirlo en una ventaja, eso es lo que intenté”.

Esmeralda se graduó en 1980 y fue entonces cuando comenzó la vida real para ella. Anteriormente realizó una pasantía en el periódico en francés La Libre Belgique, y entonces se instaló a trabajar como periodista en París. “Fue fantástico. Tenía muchas ganas de ser libre y salir”, dijo. “Primero me quedé con amigos durante medio año mientras buscaba un apartamento. Después tuve mi propio lugar, pero me mudaba a menudo dentro de la ciudad. Fue maravilloso porque tenía un trabajo que amaba y era independiente. Durante el fin de semana volvía a Argenteuil con regularidad, pero tenía mucha libertad”.

“Primero fui pasante en Figaro Magazine durante un año”, recuerda Esmeralda. “Posteriormente trabajé como autónomo para muchas publicaciones diferentes, también en Italia, España y Alemania. Envié mis artículos a todos los rincones de Europa. También me fui a vivir a Italia por un tiempo, porque vendí muchos artículos a revistas allí. Así que viví en Milán durante un año”.

Esmeralda escribía bajo su seudónimo Esmeralda de Réthy”, un guiño al nombre que sus padres utilizaban a menudo para viajar de incógnito. Consiguió entrevistas con grandes nombres, como el secuestrado barón Edouard-Jean Empain y el artista Jean-Michel Folon. También logró que su tía María José, última reina de Italia,le concediera un reportaje. En un solo movimiento, también puede hacerle algunas preguntas a su hijo y pretendiente al trono, Víctor Manuel de Saboya.

Por supuesto que ayudó que fuéramos parientes”, recordó. “Pero quien hace lo que investiga rápidamente se da cuenta de que también concedió entrevistas a otros. Entonces no fue imposible llegar a ellos. Por supuesto, mi título abrió algunas puertas, pero también podría tener el efecto contrario. Gente que se preguntaba si yo era un periodista serio y profesional. ¿O tal vez solo lo estaba haciendo como un pasatiempo? Una revista satírica en Bélgica incluso afirmó una vez que alguien más escribió mis artículos. Eso me llevó a la desesperación porque era muy injusto y equivocado. Al mismo tiempo, no pude probarlo, la gente simplemente lo cree”.

En 1983, Leopoldo III y su hija realizaron su último viaje expedicionario juntos, que los llevó a pasar dos semanas en Senegal: “Mi padre estaba muy cansado, pero aún gozaba de buena salud. Hacía mucho calor, pero insistió en hacerlo todo a pie. Tomó montones de fotografías y me pidió que lo fotografiara frente a un enorme baobab. Bromeó diciendo que ambos parecían de la misma edad. Tengo recuerdos tristes de ese viaje porque sintió que era el último. El ya tenía 81 años y podía hacer menos cosas que antes”.

El 25 de septiembre de 1983, Leopoldo III murió después de una cirugía cardíaca. Esmeralda tenía poco menos de 27 años y sintió que había perdido a su mentor, su héroe y su ídolo: “Tenía una relación cercana con él, así que fue terrible. Hablé con él por teléfono todos los días. Además de padre e hija, también éramos muy buenos amigos”.

Leopoldo III, dijo su hija, “no tuvo la suerte de vivir de forma independiente”. “Su camino estaba trazado. No tenía la libertad que yo tengo para comprar un periódico o tomar una taza de café. Estaba feliz de que pudiera vivir libre. Vivió esa vida a través de mí. De alguna manera viví la vida que él quería”. “Mi trabajo fue lo único que me mantuvo en pie después de su muerte”, confesó la princesa. “Pude concentrarme en eso y eso lo hizo un poco más fácil. Fue triste para mi madre. Me quedé con ella las dos primeras semanas, pero después tuve que volver a trabajar. Ella entendió eso, pero no le gustó porque, por supuesto, se sentía muy sola. Pero tenía que pensar en mí y en mi vida”.

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Hace 123 años: nació Carlota de Mónaco, la bastarda convertida en princesa que salvó a la dinastía Grimaldi

El príncipe Luis II de Mónaco (1822-1949), hijo de un matrimonio escandalosamente roto, nunca se casó. Maltratado en su infancia por los duros enfrentamientos que protagonizaron sus padres, creyó conveniente no buscar una esposa. Enlistado en el Ejército francés, recorrió varios puertos hasta conocer en Constantinopla a la hermosa Juliette Louvet, de quien se dice que era hija de una lavandera. Alberto I, padre de Luis, jamás apoyó esa relación y se negó a dar su consentimiento.

Del romance de Luis y Juliette nació en 1898 en Constantinopla una niña, Carlota (Charlotte), quien por decisión de su padre fue llevada a París para recibir una educación digna de la hija de un príncipe. No hay que olvidar que, al no tener Luis hijos, ni hermanos ni tíos, la niña es la única heredera de la dinastía Grimaldi, por lo que el 15 de mayo de 1911, cuando tenía 13 años, se aprobó una ley que la reconoció como hija de Luis.

Al no tener Alberto I más que un solo heredero, Luis, aparecieron en Mónaco otros pretendientes al trono. Uno de ellos era el duque alemán Wilhelm von Urach, miembro de una rama secundaria de la familia real de Württenberg, casado con la princesa Florestine, hija a su vez de Florestan I. El segundo era el francés marqués de Chabrillan, heredero directo de José Grimaldi, hijo del príncipe Honorato III.

Para evitar que un alemán se quedara con la corona de los Grimaldi, el príncipe Alberto I ya en los últimos años de su vida se resignó a adoptar a Carlota, su única nieta, en 1919. La firma de la adopción tuvo lugar en París, con el presidente francés Poncaire y su canciller como testigos, y de esta forma Carlota Louvet Grimaldi se convirtió en la princesa Carlota de Mónaco.

Como heredera legítima del trono, Carlota tuvo que adecuarse a un matrimonio digno, y se casó en 1920 con el conde francés Pierre de Polignac, descendiente de una dama de honor de la reina María Antonieta de Francia. Ese año Carlota dio a luz a su primera hija, la princesa Antonieta, y tres años más tarde a su hijo, el futuro príncipe Rainiero III. En el medio, la muerte de Alberto I había convertido a Carlota en la presunta heredera.

Diez años más tarde, Carlota anunció su divorcio del príncipe Pierre, una noticia que despertó un gran escándalo en Europa. La princesa había abandonado el hogar y a sus hijos para viajar por Europa y curar sus depresiones crónicas, provocadas en parte por haberse casado con un hombre que nunca amó. De Pierre se decía que era homosexual.

Pierre de Polignac era guapo, elegante y refinado, y “su voz tan cultivada que era prácticamente inaudible”, escribió la revista Life en 1947. Los informes decían que el príncipe, un asiduo de los círculos literarios donde pudo cultivar su pasión por la literatura y la poesía, conoció a Jean Cocteau y mantuvo una relación sentimental con Marcel Proust.

El 18 de febrero de 1933 Luis II firmó la ordenanza que rompió definitivamente el matrimonio entre su hija y Pierre y ordenó posteriormente a su ex yerno no volver a Mónaco a menos que quisiera enfrentarse al Ejército monegasco. Pierre se fue a vivir a París y cuando quiso ver a sus hijos iba a una finca en la frontera del principado, con una renta anual de 500.000 francos concedidos como “pensión alimenticia” de parte de Carlota.

Aunque Antonieta y Rainiero quedaron al cuidado de su abuelo, el príncipe Pierre nunca cortó las relaciones con ellos, especialmente con el varón, a quien acompañó a Los Ángeles (EEUU) para pedir la mano de la actriz Grace Kelly.

En 1944, la princesa Carlota decidió renunciar a su derecho al trono, con lo cual al morir Luis II, cinco años más tarde, su nieto se convirtió en el príncipe Rainiero III. La antigua heredera retuvo el título de princesa y fue a la universidad en su vida posterior, obteniendo un título en trabajo social fuera de sus deberes reales.

Carlota asistió a la entronización de su hijo y luego se mudó a una finca en las afueras de París para vivir su vida posterior. Allí ayudó a rehabilitar a los presos y vivió con su amante, un ex ladrón de joyas francés, lo que la convirtió en una figura real bastante singular en sus últimos años. En 1956 asistió a la boda de Rainiero III con Grace Kelly y se la vio muy poco hasta su muerte en 1977.

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Bodas imperiales en Rusia: cómo vestían las novias de la dinastía Romanov

Desde una temprana edad, las jóvenes de la familia imperial de Rusia tenían un futuro marido seleccionado para ellas entre los grandes duques y príncipes de Rusia y del extranjero, y sus bodas eran un asunto de importancia estatal. Cada elemento de la ceremonia se regulaba hasta el más mínimo detalle, y el aspecto de la novia era una de las características más importantes del día.

Los requisitos eran más estrictos cuando se aplicaban a las novias del “primer nivel” de la familia, es decir, las que en el futuro podían ascender a un trono. No sólo la forma de organizar la ceremonia en sí, donde cualquier tropiezo podía ser visto como un mal presagio, era una dura prueba, sino que también lo era elegir el vestido de novia, literalmente.

La gran duquesa Isabel Mavríkievna, nieta de Nicolás I

La gran duquesa Isabel Mavríkievna, nieta de Nicolás I

Una foto de la boda del príncipe georgiano Konstantino Bagration de Mukhrani y la princesa Tatiana Constantinovna

Una foto de la boda del príncipe georgiano Konstantino Bagration de Mukhrani y la princesa Tatiana Constantinovna.

El “código de vestimenta para bodas” fue establecido por el emperador Nicolás I en 1834, y se aplicaba no sólo a los protagonistas de la ceremonia sino también a los invitados. El diseño de los vestidos de novia era siempre el mismo, pero se permitían algunos ajustes de estilo, bordado y decoración según la moda y el gusto de la novia.

La princesa Isabel con el vestido de novia, 1884.

La princesa Isabel de Hesse en su boda con el gran duque Sergio, 1884.

Los vestidos de novia se hacían de brocado de plata y se adornaban con piedras preciosas y bordados. Dos accesorios obligatorios eran una larga cola y un manto de armiño. Era un tipo de traje que era imposible ponerse sin la ayuda de las damas de honor.

Durante la ceremonia de la iglesia, la novia tenía que llevar una corona de boda y encima una tiara de diamantes. También había pendientes ceremoniales y un collar para acompañarlos a juego.

La diadema de boda de Rusia.

La diadema de boda de Rusia.

El Fondo de Diamantes de Moscú tiene en su colección la única diadema de boda de una Romanov que queda en Rusia en la actualidad. Fue usada por la emperatriz María Feodorovna, la esposa de Pablo I, en su boda, y luego por otras novias de la familia imperial.

La boda del Príncipe Nicolás de Grecia y la Gran Duquesa Elena Vladímirovna

La boda del Príncipe Nicolás de Grecia y la Gran Duquesa Elena Vladímirovna

La diadema tiene la forma de kokoshnik, con un enorme diamante rosa en el centro. En total, contiene 175 grandes diamantes indios y más de 1.200 pequeños diamantes de talla redonda. La fila central está decorada con grandes diamantes colgantes en forma de gotas.

Las joyas de las novias podían ser reliquias familiares o haber sido confeccionadas especialmente para la ocasión. Por ejemplo, para su boda con el Príncipe Nicolás de Grecia, la Gran Duquesa Elena Vladímirovna, nieta del Emperador Alejandro II y prima de Nicolás II, llevaba un tocado de diamantes de Cartier y un ramillete de diamantes en forma de lazo.

La boda de Nicolás II y Alexandra Fiódorovna.

La boda de Nicolás II y Alix de Hesse.

Alexandra Fiódorovna y su vestido de novia

Alejandra Feodorovna y su vestido de novia.

En total, un traje de boda real pesaba entre 25 y 30 kilos. Pasar él todo el día de pie con este puesto no era una tarea fácil, ¡y mucho menos moverse! A veces una novia quedaba tan agotada que había que llevarla en brazos.

Según la tradición, las novias de la familia Romanov donaban sus vestidos de novia a la iglesia por caridad. Sin embargo, Alejandra Feodorovna, la última emperatriz de Rusia, esposa de Nicolás II, decidió conservar el suyo. Por eso su vestido de novia ha sobrevivido hasta hoy (puede verse en el Hermitage). Muchas personas de la corte no aprobaron la decisión de la emperatriz y quedaron convencidas de que su rechazo a una tradición centenaria traería mala suerte a la familia. (RBTH)

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Obituario: la princesa Lalla Malika, rostro humanitario de la familia real de Marruecos (1933-2021)

La princesa Lalla Malika, tía del actual rey de Marruecos y única hermana sobreviviente de Hassan II, murió a los 88 años tras una extensa vida de servicio público en pos de causas solidarias. “Elegante y distinguida, Lalla Malika cultivó la discreción. Aparte de sus actividades caritativas dentro de la Media Luna Roja marroquí, vivía alejada de toda vida social, dedicándose sobre todo a su familia, sus hijos y sus nietos”, relató una persona allegada a la corte real.

Nacida el 14 de marzo de 1933 en el Palacio Real de Rabat, la princesa fue una de las hijas rey Mohammed V ibn Yusuf, 16º monarca de la dinastía alauí, Comendador de los Creyentes (al-Amir al-Mu’minin) y 35º descendiente directo del Profeta. Su madre, Lalla Abla Bin Tahar, nieta del sultán Hassan I de Marruecos, era una concubina favorita del harén real que tenía su propia corte y que gozaba de la mayor consideración en palacio. Como hija del rey Malika recibió al nacer el título de “Lalla”, señora.

La princesa y sus hermanas fueron criada por su madre en el harén del palacio real, donde también habitaban la otra favorita del rey Mohammed V, Lalla Bahia Bin Antar, y otras decenas de concubinas reales. Según diversos informes, cada mujer del rey, cuya única misión era criar a sus hijos y «consentir» al esposo, disponía de una lujosa residencia de la que no podían salir. Lalla Abla jamás fue vista en público.

La familia de Malika se completaba con sus fallecidos hermano Hassan II, quien reinó entre 1961 y 1999, y el príncipe Abdullah; sus hermanas las princesas Lalla Aisha, nacida en 1930, un emblema de la independencia y los derechos de la mujer marroquí; Lalla Nuzha, nacida en 1940, casada con el primer ministro Ahmed Osman y fallecida en 1977 en un accidente de tráfico en Tetuán a los 37 años; y su hermanastra Lalla Amina, jinete emérita y ardiente defensora de los deportes ecuestres en el reino.

A los 28 años, Lalla Malika se casó con Mohammed Cherkaoui, varias veces ministro del gobierno y ex embajador del rey Hassan II en París. Procedente de una ilustre zaouïa (tribu o asamblea) de estudiosos, los Cherkaoua, el esposo de la princesa fue uno de los firmantes del Manifiesto de la Independencia de Marruecos en 1944 y fue considerado un buen diplomático que supo mantener vínculos de calidad con Europa. De su matrimonio nacieron cuatro hijos: Moulay Sulaiman, Moulay Omar, Moulay Mehdi y Lalla Rabia, sobre cuya educación supervisó la propia princesa.

La prensa marroquí recuerda a su muerte que la princesa, que se desempeñó como presidenta de la Media Luna Roja Marroquí (CRM), fue muy conocida por su contribución a las iniciativas humanitarias en todo el país. En 2018, Lalla Malika inauguró la Semana de la Media Luna Roja de Marruecos como parte del compromiso del país con las actividades humanitarias y durante la ceremonia, donó varios equipos al Instituto Ahmed Bin Zayed Al Nahyan, incluida ropa, sillas de ruedas y anteojos.

Lalla Malika bint Mohammed nació en 1933 y murió el 28 de septiembre de 2021.

Hace 151 años: nació Christian X de Dinamarca, héroe de la II Guerra Mundial

Abuelo de la reina Margarita II, padre de Federico IX y hermano del rey Haakon VII de Noruega, el rey Christian X de Dinamarca (1870-1947) estaba muy bien posicionado en la genealogía real europea, pero ha pasado a la historia por su papel durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se convirtió en su símbolo de esperanza para sus millones de súbditos. Nació el 26 de septiembre de 1870, hace 151 años.

Entronizado a los 41 años de edad en 1912, tras la inesperada muerte de su padre Federico VIII, Christian X fue el primer monarca de la dinastía Glücksborg que nació como heredero al trono. Además, fue el primer heredero al trono en obtener un certificado de escuela secundaria, en 1889, pero su educación posterior estuvo en línea con la tradición de orientación militar de la familia, con 22 años en la Royal Lifeguard, de los cuales se convirtió en comandante en jefe en 1905.

Al comienzo de su reinado, el rey tuvo dificultades para aceptar las prácticas parlamentarias que fueron determinadas por los cambios del sistema en 1901, y que llevaron a múltiples enfrentamientos con los líderes políticos. Las diferencias culminaron en una acalorada discusión entre el rey y el primer ministro en ese momento, Carl Theodor Zahle, que terminó con la destitución de todo el gobierno y el nombramiento de una nueva administración dirigida por su propio abogado, Otto Liebe.

Muchos políticos y votantes radicales y socialdemócratas percibieron esta decisión como inconstitucional, y resultó en la llamada Crisis de Pascua en 1920. Unos meses después de la crisis de Pascua, el rey cruzó la frontera hacia la región reunificada del sur de Jutlandia (North Slesvig) en un caballo blanco y, por lo tanto, en la mente del público se transformó de un monarca politizante en un símbolo de unidad nacional.

Cuando Dinamarca fue ocupada por las tropas alemanas el 9 de abril de 1940, el rey ganó el apoyo popular cuando continuó con sus paseos diarios a caballo por las calles de Copenhague. Eso quedó en evidencia, entre otras ocasiones, durante el cumpleaños número 70 del rey, unos meses después de la ocupación, cuando la Plaza del Palacio de Amalienborg se llenó de súbditos que rindieron homenaje al monarca en claro desafío a los ocupantes nazis. En octubre de 1942, el rey se cayó de su caballo durante el paseo diario y la caída provocó un daño duradero a su salud. El rey falleció tranquilamente el 20 de abril de 1947, y en el Castrum Doloris -capilla ardiente- su ataúd fue decorado con un brazalete del movimiento de resistencia danés. Su cuerpo está sepultado en la catedral de Roskilde.

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Así fue la huida de las joyas de la reina María Antonieta durante la Revolución Francesa

Dos barazaletes de diamantes que pertenecieron a la reina María Antonieta de Francia (1755-1793), se subastarán muy pronto por un valor estimado en 3,5 millones de euros. Las impresionantes joyas, que están compuestas por 112 diamantes, estaban entre las pocas posesiones que la reina logró enviadas retirar de Francia antes de que ella y su esposo, el rey Luis XVI, fueran capturados durante la Revolución Francesa. Después de que el rey Luis XVI y su esposa fuera ejecutados en 1793, las joyas llegaron a manos de su hija mayor, Madame Royale María Teresa, que fue exiliada a Gran Bretaña. A su muerte, en 1851, su colección de joyas se dividió entre sus tres sobrinos y sobrinos, los condes de Chambord y la duquesa de Parma y hoy uno de sus descendientes, cuyo nombre no trascendió, las ha puesto a la venta.

La reina María Antonieta nació archiduquesa de Austria como hija del emperador Francisco I y la emperatriz María Teresa de Austria en 1755. Se casó con Luis XVI en 1770 a la edad de 14 años.

María Antonieta compró los barazaletes por 250.000 libras en 1776, dos años después de su coronación, pagándolas en parte con piedras preciosas de su colección personal y con fondos proporcionados por su marido. Los documentos personales del rey Luis, fechados en ese momento, dicen: “Para la reina: pago inicial de 29.000 libras por las pulseras de diamantes que compró en Boehmer”. A medida que avanzaba la Revolución Francesa, la joven reina empezó a preparar un plan de escape para que sus tesoros se salvaran de ser expoliados por los revolucionarios. De esta forma, colocó los brazaletes en un cofre de madera que envió al embajador y amigo personal de Austria, el conde Mercy-Argenteau, que vivía en Bruselas, en 1791.

A medida que avanzaba la Revolución Francesa, la reina colocó los brazaletes en un cofre de madera que envió al embajador y amigo personal de Austria, el conde Mercy-Argenteau, en Bruselas en 1791. Dos años después fue guillotinada en París

El diplomático mantuvo bajo llave la caja hasta que la reina María Antonieta fue juzgada por traición y guillotinada el 16 de octubre de 1793 en La Bastilla de París. El emperador Francisco II de Austria, hermano de la reina, ordenó más tarde que se abriera el cofre y se hiciera un inventario de los artículos que había dejado. Las joyas que contenía el tesoro de María Antoieta fueron entregadas a Madame María Teresa, que tenía entonces 17 años y era la única sobreviviente de la familia de Luis XVI. La niña había sido tomada prisionera en el Temple de París en agosto de 1793 con sus padres, su hermano, el delfín y su tía, Madame Elisabeth; pero cuando fue liberada todos los que la acompañaron ya habían sido ejecutados.

Madame Royale María Teresa, única hija sobreviviente de Luis XVI y María Antonieta, fue liberada en un intercambio de prisioneros y llevada al lugar de nacimiento de su madre en Viena en 1795.

María Antonieta había intentado huir de París a Varennes con su familia en junio de 1791, pero fueron capturados y puestos bajo arresto domiciliario, tres meses antes de haber enviado secretamente las joyas al conde Mercy Argenteau. Más tarde el rey y la reina fueron encarcelados en el Temple y la monarquía reemplazada por la Convención Nacional en 1792. El nuevo régimen declaró a Luis XVI culpable de traición y fue guillotinado el 21 de enero de 1793, seguido más tarde por su esposa, ejecutada el 16 de octubre de 1793. Un año más tarde el conde Argenteau abrió el cofre de la reina y entregó todas las joyas a Madame Royale, que acababa de ser liberada. La joven había conseguido su libertad en un intercambio de prisioneros y llevada al lugar de nacimiento de su madre en Viena en 1795. En un retrato de Antoine-Jean Gros, pintado en 1816, aparece con un par de brazaletes de diamantes notablemente similares a los que recibió de su madre.

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El impresionante linaje real de Lady Charlotte Lindesay-Bethune, duquesa de Noto

La ciudad italiana de Palermo fue este sábado (25 de septiembre) el escenario de la boda del príncipe don Jaime de Borbón-Dos Sicilias, hijo de los duques de Calabria y 12º en la línea sucesoria al trono de España, con la aristócrata británica Lady Charlotte Diana Lindesay-Bethune, hija de los condes de Lindsay. La joven, de 28 años, tiene detrás de sí importantes lazos con la alta nobleza escocesa y curiosos entronques con los reyes de Inglaterra.

La flamante duquesa de Noto es hija de James Randolph Lindesay-Bethune, 16º conde de Lindsay, miembro destacado del partido Conservador y de la Cámara de los Lores y ex presidente del National Trust for Scotland. En 1982 se casó con Diana Mary Chamberlaine-Macdonald y tuvo hijos: Frances Mary (1986), Alexandra Penelope (1988), William James (1990), 16º vizconde de Garnock; David Nigel (1993) y Charlotte Diana (1993).

Los Lindesay, ligados a Guillermo el Conquistador

Los Lindesay son una familia de origen normando, quizás procedente de la villa de Limésy, en ese ducado. El primer miembro documentado de esta estirpe es un David de Lindissie, que acompañó en 1068 desde Normandía, al exiliado príncipe Edgar Atheling (1053-116), sobrino nieto del rey Eduardo el Confesor y último de los descendientes varones de la Casa de Wessex, en su reclamación del trono inglés.

El príncipe Edgar viajó a Escocia para solicitar el apoyo de Malcom III en dicha reclamación y casar a su hermana Margarita (futura Santa Margarita de Escocia) con el soberano escocés. Los Lindesey participaron en las diversas guerras entre sajones y normandos por la posesión del Trono de San Eduardo.

Sir Walter de Lindesay luchó junto al príncipe David de Escocia, conde de Huntingdon, por sus derechos al trono. Fue consejero de los reyes David I y Guillermo I de Escocia. Su hijo sir David, casó con la heredera de John, barón Crawford, título que heredó su hijo también David, junto a grandes estados en East Lothian.

Uno de sus descendientes, otro sir David Lindsay, lord de Byres y Barnwell (+1279), fue regente del reino durante la minoría de Alejandro III y lord chambelán hasta 1257. En 1268 se unió al futuro rey Eduardo I de Inglaterra en la Cruzada liderada por San Luis IX, en la que éste encontró la muerte. Sir David acompañó al príncipe Eduardo hasta Tierra Santa y murió en Egipto en 1279 en lucha contra el sultán Baibars. Uno de sus biznietos, sir Alexander Lindsay de Glenesk (1381), peregrinó y falleció en Tierra Santa.

Un antepasado de Lady Charlotte fue yerno del rey de Escocia

Su hijo sir James Lindsay, casó con la princesa Egidia, nieta de Roberto Bruce y hermana del rey Roberto II de Escocia. Su hijo sir David, 10º barón Crawford, casó en 1380 con la princesa Isabel, hija del mismo Roberto II. Elevado a conde en 1398, Sir David también fue Lord Gran Almirante de Escocia y embajador en Inglaterra, donde obtuvo las tierras de Lindsey. Otra hija del rey Roberto, la princesa Juana casó en 1376 con sir John Lyon, lord Glamis, antepasado directo de la reina Isabel, nacida Bowes-Lyon hija de los condes de Strathmore y Kinghorne, madre de la reina Isabel II de Inglaterra.

Los hijos del primer conde crearon dos líneas de la familia, los condes de Crawford y los lores Lindsay de Byres, que volverían a unirse en el siglo XVII, y de las que surgieron muchas otras. Los miembros de esta familia ocuparon importantes y numerosos cargos en la corte y gobierno de Escocia, siempre cerca de sus monarcas, como grandes chambelanes, miembros del consejo privado, generales, jueces y embajadores. También participaron en guerras civiles e intrigas en la difícil sucesión de las diversas familias que se sucedieron en el trono, así como en las minorías de edad de los soberanos y en las guerras contra Inglaterra. También en el campo de la cultura destacaron personajes de la familia como el poeta David Lindsay de Mount (1490-1555).

Lady Charlotte emparenta con la princesa Alejandra de Kent y la reina Isabel II

El tercer conde de Crawford casó con lady Marjory Ogilvy, hija de los condes de Airlie, el primero de los matrimonios con esta antigua familia escocesa. De esta forma los Lindsey emparentan con la familia del esposo de la princesa Alejandra de Kent, el fallecido sir Angus Ogilvy. Su hijo Alexander Lindsey fue creado duque de Montrose en 1488. Este 4º conde de Crawford fue antepasado de lady Elizabeth Knollys, prima de la reina Isabel I y antepasada de la actual duquesa de Cambridge.

En los difíciles años del reinado de María Estuardo de Escocia las dos líneas de la familia participaron activamente en numerosos episodios, como guardia personal o en las tropas de la reina. Cuando la joven reina de Escocia regresó de Francia en 1561, el 6º Lord Lindsay fue uno de los nobles protestantes que se manifestaron contra la intención de la reina de celebrar misas católicas en su capilla privada, Además participó en la conspiración para el asesinato del esposo de la reina, lord Henry Darnley, y su primo David Lindsay (1527-1574), 10º conde de Crawford fue uno de los asesinos de David Rizzio, favorito de la reina María. Ambos ocuparon cargos en la corte de Jaime VI de Escocia y I de Inglaterra en Londres.

Alexander Lindsay, lord Balcarres (1618-1659), se mantuvo fielmente junto al rey Carlos I de Inglaterra y Escocia y fue elevado a conde por Carlos II, a quien acompañó al exilio en Holanda y falleció en Breda. Su esposa, nacida lady Anne Mackenzie, de los condes de Seaforth, fue aya del futuro Guillermo III de Orange. Su hijo Colin Lindsay, 3º conde de Balcarres, (1652–1722), ocupó importantes cargos en la corte de Jacobo II y fue hombre de confianza del rey. Su fidelidad al rey lo llevó a marchar al exilio con la familia real a finales del siglo XVII.

Volviendo a su primo el 1º conde de Lindsay, participó en la coronación de Carlos II en Escocia de 1651, sosteniendo el cetro real, y fue hecho prisionero por las tropas de Cromwell y encerrado en el castillo de Windsor. Liberado en 1660, con la restauración definitiva de la monarquía con Carlos II, obtuvo el título de 17º conde de Crawford, por falta de descendencia de su primo exiliado. Su nieto John, conde de Lindsay y 19º de Crawford, fue miembro del Consejo Privado de la reina Ana .

James Lindsay, 8º conde de Balcarres, reconocido como 25º conde de Crawford (1812-1880), fue autor de numerosas obras y creador de la biblioteca Lindesiana, sita en los castillos de Balcarres y de Haigh Hall. Su hija lady Anne Lindsay casó con lord Francis Bowes-Lyon, hijo de los condes de Strathmore y Kinghorne y tío paterno de la reina madre de Inglaterra Isabel.

Los lazos de Lady Charlotte con los duques de Gloucester gracias a Carlos II de Inglaterra

En 1878 la Cámara de los Lores reconoció que el título de conde de Lindsay y sus subsidiarios de vizconde Garnock, lord Parbroath, y lord Kilburnie, Kingsburn y Drumry, había pasado a la línea de los Lindsay de Byres, descendientes del 1º. conde. Esta línea adoptó el nombre de Lindsay-Bethune, tras el matrimonio en 1657 de Catherine de Bethune, hija y heredera de sir Robert Bethune de Balfour, señor de Bandon, con sir Patrick Lindsay, 3er lord Wormiston. Sus hijos heredaron los estados Kilconquhar y añadieron Béthune a su apellido. Los Béthune eran una noble familia de Artois (Francia), establecida en Escocia hacia 1192, con Robert VI, señor de Béthune, cuyos hermanos fueron antepasados de los duques de Sully y Chârost y otras ramas.

De los primeros condes de Lindsay de esta línea destaca Sir Henry Lindsay- Bethune, 9º conde de Lindsay (1787–1851), militar y diplomático que participo en una importante misión británica en Persia e impresionó por su inteligencia y dotes de mando en la corte del Shah Fath Ali Shah Qajar (1772-1834), que le encargó la modernización de su ejército. Otro personaje curioso de esta línea es el almirante sir John Lindsay de Evelix (1737-1788) destacado marino y militar que participó en la guerra de los Siete Años y en la de Independencia de Estados Unidos. En América tuvo una hija de una esclava y la llevó consigo al Reino Unido para ser educada como una dama y presentada en sociedad: Dido Elizabeth Belle Lindsay (1761-1804), que casó y tuvo descendencia y destacó como escritora de cartas.

A principios del siglo XX fue creado 1º baronet de Lindsay-Hogg, el político conservador y miembro del Parlamento, sir Lindsay Lindsay-Hogg (1853-1923), primo del conde. La esposa de su biznieto, Lucy Davies, fue la segunda esposa de Anthony Armstrong-Jones, 1º conde de Snowdon y ex esposo de la fallecida princesa Margarita de Inglaterra. El 15º conde, David (1926-1989), también militar de carrera y abuelo de lady Charlotte, casó en 1953 con Mary-Clare Douglas-Scott-Montagu, hija de John Douglas-Scott-Montagu, 2º barón Montagu de Beaulieu, nieto de Walter, 5º duque de Buccleuch y 7º de Queensberry (1806-1884).

La familia Buccleuch es una ilustre casa escocesa que se remonta a la Alta Edad Media. Los títulos subsidiarios del ducado son: conde de Buccleuch, conde de Dalkeith, lord Scott de Buccleuch, lord Scott de Whitchester y Eskdaill (todos ellos en la nobleza de Escocia). Además posee los títulos subsidiarios del ducado de Queensberry, que son: marqués de Dumfriesshire, conde de Drumlanrig y Sanquhar, vizconde de Nith, Tortholwald y Ross y lord Douglas de Kilmount, Middlebie y Dornock.

Anne Scott (1651-1732), 4ª condesa de Buccleuch e hija de Walter Scott, 8º barón Buccleuch (1606-1633), se casó en 1663 con 12 años con James Fitzroy, duque de Monmouth y Buccleuch (1649-1685), que adoptó el apellido de su esposa. Era el mayor de los hijos ilegítimos del rey Carlos II y de dama galesa Lucy Walter y fue ejecutado en tiempos de Jacobo II al encabezar un levantamiento para hacer valer sus derechos de sucesión.

Por el enlace del 15º conde con Mary-Clare Douglas-Scott-Montagu, su nieta la duquesa de Noto emparenta de los duques de Gloucester, primos hermanos de la reina Isabel II. El actual duque de Gloucester, príncipe Ricardo, es nieto del 7º duque de Buccleuch, por parte de su madre la princesa Alicia (1901-2004). También es prima de Sara, duquesa de York, tataranieta del 6º duque de Buccleuch.

El rey Carlos II tuvo numerosos hijos ilegítimos que tituló y casó con grandes familias británicas y de estos descienden las casas ducales de Cleveland, Grafton, Saint Albans y Richmond y los condes de Lichfield. Lady Charlotte Lindesay emparenta por esta ascendencia con la fallecida princesa Diana de Gales y sus hijos los príncipes Guillermo y Harry, ya que la fallecida princesa era descendiente de dos de los hijos de Carlos II, los duques de Grafton y de Richmond. Por otro lado, la duquesa de Noto emparenta de nuevo con los príncipes a través de su bisabuela la reina madre Isabel. En efecto, la esposa 5º duque de Buccleuch, lady Charlotte Thynne, de los marqueses de Bath, era biznieta del primer ministro William Cavendish-Bentinck, 3er duque de Portland, bisabuelo de la madre de Isabel II. Una nieta de Carlos II, lady Anne Lennox, hija del 1er. duque de Richmond, casó con el 2º conde de Albermale, Willem van Keppel, siendo antepasados directos de la actual duquesa de Cornualles, Camilla Parker Bowles.

Cómo emparentan Lady Charlotte y Jaime de Borbón-Dos Sicilias

La madre de lady Charlotte, Diana Mary Chamberlayne-Macdonald (1961) es hija de sir Nigel Donald Peter Bosville-Macdonald y de Penélope Mary Alexandra Chamberlayne. Sir Nigel (1927-2013) fue mayor de la Guardia Escocesa y secretario privado y gentilhombre militar del príncipe Enrique, duque de Gloucester desde 1958 hasta 1974, así como gentilhombre militar de la reina Isabel II desde 1979 hasta 1997. El Clan Macdonald es uno de los más extendidos de Escocia. Entre las ramas más conocidas del clan están los lores de las Islas, los condes de Ross, los barones de Sleat, etc. y remontan su origen a un tal Somerled que dominaba las islas Hébridas y murió en la batalla de Renfrew en 1164 luchando contra el rey Malcom IV. Su esposa Ragnhildis era hija del señor de las islas de Mann. Descendiente de los condes de Ross, el teniente general Godfrey Bosville-Macdonald, 3º barón Macdonald de Sleat, casó con Maria Louisa Edsir, supuesta hija ilegítima, aunque nunca reconocida, del príncipe Guillermo Enrique, duque de Gloucester y de Edimburgo, hijo menor de Jorge II, y de lady Almeria Carpenter. Entre sus descendientes, a parte de los Macdonald, se encuentran su bisnieto Henry John Lascelles, 6º conde de Harewood, que en 1922 casó con la princesa real María, hija del rey Jorge V.

Los duques de Noto están relacionados a través del rey Carlos I de Inglaterra y Escocia, cuya hija, la princesa Enriqueta Ana, se casó con Felipe de Francia, duque de Orléans, hermano de Luis XIV. Su hija la princesa Ana de Orléans casó con Víctor Amadeo II de Saboya y fue madre de Carlos Manuel II de Saboya, rey de Cerdeña, antepasado a través de sus dos nietos el rey Víctor Manuel I de Cerdeña y la condesa de Artois, María Teresa de Saboya, del duque Elías I de Parma, bisabuelo del duque de Calabria como padre de su abuela, la Infanta Alicia. Una bisnieta de Ana de Orleans, duquesa de Saboya, la princesa Luisa Isabel de Francia, duquesa de Parma, a través de su hija la reina María Luisa de España, esposa de Carlos IV, es antepasada de Don Jaime por 8 líneas diversas de descendencia, que incluyen las familias reales de España, Dos Sicilias, Parma, Austria, Francia y Brasil.

Por otra parte, Don Jaime desciende por tres líneas de la hermana mayor de Carlos I, la famosa Isabel del Palatinado, duquesa de Orleáns. La primera a través de su hijo el elector palatino Carlos I Juan, bisabuelo del emperador Francisco Esteban, duque de Lorena, bisabuelo del conde de Caserta. La segunda y tercera a través de su hijo Eduardo, conde Palatino de Simmern, por un lado 4º abuelo de la reina María Carolina de Nápoles, nacida Austria y por otro 10º abuelo del Infante Carlos Tancredo. La hija menor de dicha reina Isabel, Sofía de Hannover fue la abuela del rey británico Jorge II y antepasada de la reina Victoria I “abuela de Europa” y el rey Cristian IX de Dinamarca “el suegro de Europa”, entre otros.

Otra línea interesante de parentesco es la de este Jorge II de Inglaterra, aceptando la filiación de la baronesa Macdonald como nieta del soberano británico, como hacen la mayoría de los historiadores. Jorge II es antepasado también de Don Jaime a través de la descendencia de su hija la princesa real Ana, que casó con Guillermo IV de Orange-Nassau. Dos de sus nietos, Federico Guillermo de Nassau-Weilburg, fue bisabuelo del conde de Caserta y de la duquesa María Pía de Parma; y Enriqueta de Nassau-Weilburg, fue bisabuela de la reina regente María Cristina y 4ª abuela de la duquesa María Ana de Parma, ambas abuelas del Infante Don Carlos, duque de Calabria.

Monarquias.com / Orden Constantiniana

Hace 38 años: murió Leopoldo III, el “rey traidor” de Bélgica

El 25 de septiembre de 1983, hace 38 años, murió el ex rey Leopoldo III de Bélgica, que se había visto obligado a abdicar al trono en 1951 por rendirse a las fuerzas nazis invasoras durante la Segunda Guerra Mundial. Impopular por la decisión de haber capitulado ante los nazis, y sobre todo por haberse casado secretamente durante la guerra, Leopoldo III era para muchos un “rey traidor”.

La vida de Leopoldo III, cuarto rey de los belgas, estuvo marcada por la desgracia. Era un joven príncipe heredero de 32 años, atractivo y popular, cuando, en febrero de 1934, tuvo que tomar el trono porque su padre, el rey Alberto I, había caído por una montaña mientras escalaba. Solo unos meses más tarde, la esposa de Leopoldo III, la reina Astrid, murió en un accidente automovilístico en Suiza cuando el auto deportivo que el rey conducía chocó contra un árbol.

Un autócrata que prefería el consejo de confidentes a los ministros oficiales y funcionarios del gobierno, el rey Leopoldo III fue sospechoso de simpatizar con los nazis cuando se rindió al ejército belga en mayo de 1940, aunque la mayoría de los historiadores dirían más tarde que tenía pocas opciones dada la velocidad con la que los alemanes estaban invadiendo Europa y el pequeño tamaño y la potencia de fuego limitada del ejército belga.

Después de la rendición, Leopoldo III volvió a ignorar el consejo de sus ministros y decidió servir en la guerra como prisionero de los nazis en lugar de huir a Inglaterra y encabezar un gobierno en el exilio. Poco después de su rendición visitó a Adolfo Hitler para discutir el racionamiento y sus críticos alegaron que el propósito de la visita era obtener garantías de que la dinastía Sajonia-Coburgo permanecería en el trono belga. Entre tanto, el rey prisionero se casó con Marie Liliane Baels, la institutriz de sus tres hijos y una plebeya nacida en Londres que había sido vista en compañía de colaboradores nazis.

Cuando Leopoldo se casó con la señorita Baels en diciembre de 1941 mientras estaba cautivo, le otorgó el título de princesa de Rethy con el entendimiento de que ni ella ni sus hijos podrían asumir el trono. Ese matrimonio causó más controversia cuando se reveló que la pareja había tenido una boda en la iglesia antes de la boda civil anunciada, en violación de la costumbre en el país fuertemente católico, que exige que la boda civil se celebre primero.

La pareja real fue liberada por las tropas aliadas en Austria en mayo de 1945, pero el rey no regresó de inmediato a Bélgica, y nombró a su hermano, el príncipe Carlos, como regente mientras se trasladaba a Suiza. Como católico romano estricto, Leopoldo III se opuso a los comunistas y socialistas que llegaron al poder después de la guerra, y ellos se opusieron a su regreso en 1950. El rey declaró que no regresaría hasta que los que habían sido ministros de su gobierno en 1940 se disculparan públicamente por haberlo aconsejado huir de los nazis y de todas las manchas y preguntas. de su lealtad fueron retirados oficialmente. El Gobierno rechazó ambas demandas.

La división imperante sobre el retorno del rey, en lo que se llamó históricamente “La Cuestión Real”, obligó a celebrar el 12 de marzo de 1950 un plebiscito para determinar si Leopoldo III debía regresar a Bélgica: se emitieron un total de 2.833.392 votos a favor de su devolución y 2.151.881 en contra, con 161.477 votos declarados nulos. El margen se consideró demasiado pequeño y estallaron disturbios en Bruselas y otras ciudades cuando regresó a Bruselas. Se necesitó una gran cantidad de tropas para garantizar su seguridad y los izquierdistas y otros que se oponían a que reanudara su reinado amenazaron con una guerra civil. Finalmente y Leopoldo III decidió abdicar y su hijo mayor de 20 años, el príncipe Balduino, se convirtió en el rey.

Leopoldo III continuó viviendo en el castillo de Laeken, después de su abdicación y disfrutó del título de cortesía de Rey de los Belgas e hizo muchas apariciones públicas con su hijo y sucesor. Sin embargo, en 1959, se anunció que Leopoldo y la Princesa de Rethy dejarían el hogar tradicional de los reyes belgas porque el rey Balduino estaba en búsqueda de una esposa. Tras bastidores, circulaban informes de que el gobierno había forzado la medida porque sentían que Leopoldo III tenía demasiada influencia sobre el rey Balduino.

Las relaciones entre los dos reyes se mantuvieron estrechas, por lo que el gobierno y los críticos se alegraron cuando Balduino anunció su compromiso con Fabiola de Mora y Aragón y tanto Leopoldo IIIcomo la princesa Lilian abandonaron el castillo. Además de Balduino, Leopoldo y la reina Astrid habían tenido otros dos hijos: la princesa Josefina Carlota, consorte del gran duque Juan de Luxemburgo, y el príncipe Alberto, quien sería rey entre 1993 y su abdicación en 2013. La segunda esposa de Leopoldo también tuvo tres hijos: el fallecido príncipe Alejandro y las princesas María Cristina y Maria Esmeralda.

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Hace 515 años: la muerte de Felipe el Hermoso volvió loca a Juana de Castilla

Dos meses después de ser coronado rey de Castilla, unas fiebres terminaron con la vida de Felipe de Habsburgo, el marido de Juana la Loca, según la versión oficial (la versión extraoficial indica que el rey tenía tantos enemigos, que alguno pudo haberlo envenenado). El joven rey, de 28 años, había caído enfermo diez días antes, mientras se hospedaba Felipe I en el palacio Casa del Cordón de Burgos, cuando comenzó a sentirse mal después de jugar un partido de pelota y beber un vaso de agua helada. La temperatura no hizo más que aumentar al punto que uno de los médicos cortesanos declaró: “Estábase con la calentura y con sentimiento en el costado, y escupía sangre. Y se le hinchó la campanilla, que decimos úvula, tanto que apenas podía hablar”.

El historiador español César Cervera es uno de los investigaciones modernos que creen que la causa más posible fuera la Peste Negra, que se originó en Asia, llegó a Europa en 1347 y se convirtió en uno de los brotes más mortales en la historia de la humanidad. En España, entre los años 1598 y 1602 la peste había causado alrededor de 500.000 muertes. El autor escribe que, en algunos meses antes de la muerte de Felipe, la enfermedad estaba haciendo estragos en Andalucía y había aparecido en Burgos: “Y fue tanta, que en los más de los pueblos…, murieron medio a medio, y en algunas partes murieron más que quedaron, y en partes hubo que murieron más de dos veces que quedaron”, dicen las crónicas de Andrés Bernáldez.

Loca de amor por Felipe, la reina Juana acentuó aún más su locura depresiva tras la muerte de aquel hombre a quien había amado con obsesión. Enceguecida por el dolor, decidió trasladar el cuerpo de su esposo desde Burgos, el lugar donde había muerto y en el que ya había recibido sepultura, hasta Granada, tal como Felipe lo había dispuesto en su lecho de muerte. La procesión fúnebre fue muy extensa pero solo se viajaba de noche, por orden de la viuda. Juana no se separó ni un momento del féretro, ya que creía que alguna antigua amante del bello rey podría intentar robárselo. De hecho, llevaba colgada del cuello la llave del ataúd y cada tanto lo abría para contemplar el cadáver, que por cierto estaba mal embalsamado y empezó a oler mal.

El derrotero del rey muerto se prolongó durante ocho largos meses por tierras castellanas, procesión que sirvió para que las murmuraciones sobre la locura de la reina aumentaran entre los habitantes de los pueblos que atravesaban. Después de unos meses, los cortesanos y nobles “obligados” por su posición a seguir a la reina, se quejaron de estar perdiendo el tiempo en esa terrorífica escena en lugar de ocuparse de cosas importantes. Al negarse a tratar los asuntos urgentes, independientemente de que fuera por falta de interés o por enfermedad, Juana de Castilla había demostrado una vez más su incapacidad para el gobierno. Guardaba luto y se negó a sepultar a su marido durante meses. Su padre Fernando el Católico se hizo con las riendas del gobierno de Castilla, además del de Aragón, y una de sus decisiones fue enclaustrar a Juana en el castillo-palacio de Tordesillas desde 1509 hasta su muerte, aunque siguió siendo la reina.

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Hace 130 años: la trágica muerte de la princesa Alejandra Georgievna de Grecia en Rusia

El 24 de septiembre de 1821, la noticia de la muerte de la princesa Alejandra estremeció a la familia real griega. La hija menor del rey de Grecia y nuera de zar Alejandro II de Rusia tenía apenas 21 años cuando murió en la finca de la familia imperial rusa Ilyinskoie de Moscú, el después de haber sufrido complicaciones en su segundo parto, ocurrido tres días antes. “No recuerdo a mi madre”, escribió su hija mayor, María Pavlona de Rusia, en sus memorias. “Murió al dar a luz a mi hermano Dimitri, quien nació cuando yo solamente contaba un año y medio de edad”.

Nacido en 1870, Alejandra (apodada Aline) era la hija menor del rey Jorge I de Grecia y su esposa rusa, la gran duquesa Olga Alejandrovna. Alejandra y su familia fueron criados en la más absoluta sencillez, en una familia real que, aunque reinante, no podía darse todos los lujos. “Alejandra Tenía una de esas naturalezas dulces y adorables que la hacían querer por todos los que entraban en contacto con ella”, recordó su hermano, el príncipe Nicolás. “Se veía joven y hermosa, y desde que era niña, la vida parecía tener nada más que alegría y felicidad reservadas para ella”.

Fue durante sus visitas a Grecia, en el ambiente familiar de su prima hermana, la reina Olga de Grecia, que el gran duque Pablo de Rusia conoció a Alejandra. Durante las fiestas por las bodas de plata del rey y la reina de Grecia, el gran duque, diez años mayor que Alejandra, pidió la mano de la princesa y fue aceptado. Se casaron el 17 de junio de 1889 en la capilla del Palacio de Invierno de San Petersburgo. Según el relato de María, la primera hija del matrimonio: “En 1889, a los dieciocho años tan solo, mi madre se casó con mi padre, el gran duque Pablo de Rusia. El matrimonio fue feliz, aunque de breve duración”. La princesa adoptó el nombre de Alejandra Georgievna al llegar a Rusia.

“Hacia fines del tercer año de matrimonio, mis padres estaban pasando una temporada en Ilyinskoie, una finca campestre, propiedad del gran duque Sergio, hermano de mi padre, cuando mi madre, encinta de siete meses de su segundo hijo, cayó gravemente enferma”. El relato de María continúa de esta forma: “Su enfermedad fue tan inesperada y repentina, que los médicos no llegaron a tiempo para salvarla. Una vieja comadrona del pueblo fue la única que la asistió. Al acudir, finalmente, los médicos, la parturienta se hallaba ya en estado de coma, en el cual permaneció hasta su muerte. En tal estado continuó por espacio de seis días, al final de los cuales tuvo lugar el alumbramiento y su defunción”.

La muerte de la princesa y gran duquesa causó “gran desolación en la familia”, relató María. “Toda Rusia lloró a mi madre. Los campesinos de la región se congregaron y llevaron en hombros el ataúd hasta la estación del ferrocarril, una distancia de ocho millas aproximadamente. El cortejo funerario, con todo su lúgubre aspecto, parecía más bien una procesión nupcial, y que por todas partes llovían flores al paso de la comitiva”. “Mi madre era adorada por cuantos la conocía. Por la fotografías que quedan de ella, puedo ver que era una mujer hermosa; los fastos de su fisonomía son pequeños y delicadamente labrados; el contorno de su cara posee una suavidad casi infantil sus ojos son grandes y un poco tristes, y el conjunto de su persona refleja un espíritu de singular dulzura y encanto”.

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