Batalla por el trono zulú: quién es quién en la disputa dinástica

La familia gobernante del grupo étnico más grande de Sudáfrica, compuesto por 11 millones de súbditos, está dividida desde la muerte en marzo del rey Goodwill Zwelithini kaBekhezulu. Los rumores de envenenamientos y falsificación de testamentos aumentaron aún más las tensiones reinantes.

El príncipe Misuzulu Zulu, el hijo mayor del difunto líder, fue nombrado heredero por la también fallecida reina regente Mantfombi Dlamini, pero numerosos miembros de la familia rechazaron su reclamo al trono. Esta semana, diversos informes apuntaron que se intentó envenenarlo, después de que se sintió mal repentinamente en una fiesta.

El rey de los zulúes, Goodwill Zwelithini, murió el viernes 12 de marzo a la edad de 72 años tras estar hospitalizado varias semanas por complicaciones relacionadas con la diabetes.

Una semana antes, el rey Misuzulu había reconocido que la disputa dinástica se debe a que una vasta facción de la familia real -liderados por el príncipe Mbonisi y la princesa Thembi, sus tíos- se oponen a su coronación y presionan para que el príncipe Simakade, el hijo mayor sobreviviente del rey Zwelithini kaBhekuzulu, ascienda al trono.

El príncipe Misuzulu Zulu, de 46 años, fue nombrado heredero en el último testamento de su madre, la fallecida reina regente Shiyiwe Mantfombi Dlamini, lo que exacerbó las divisiones dentro de la familia real.

La noticia del posible envenenamiento del rey llegó cinco meses después de que su madre, Mantfombi Dlamini, elegida como reina regente durante tres meses, falleciera repentinamente entre rumores de haber sido envenenada.

La reina regente, que declaró a su hijo Misuzulu como nuevo rey, fue acusada póstumamente de haber falsificado el testamento del rey Zwelithini y, por lo tanto, asesinada por orden de sus rivales. “La gente piensa que somos asesinos”, dijo la princesa Thembi, pero agregó que “no estaban conspirando para derrocar a nadie”.

Jugadores clave de la intriga del palacio

El rey Misuzulu KaZwelithini

Misuzulu KaZwelithini.

La muerte del rey Zwelithini en abril y el repentino deceso de la reina Mantfombi en mayo desató una disputa sucesoria de desenlace incierto. El rey Zwelithini, que dejó 6 esposas y al menos 26 hijos, no dejó un heredero, que siguiendo la tradición zulú debe ser elegido después del período de luto por el rey fallecido. Nacido en 1974, Misuzulu es el hijo mayor de Zwelithini y la reina Mantfombi y reconoce que una facción de la familia real se opone a su coronación por considerar que el testamento del rey ha sido falsificado.

La reina regente Mantfbombi Dlamini

La reina, que era la principal de las seis esposas del rey Zwelithini, fue nombrada Regente en marzo para gobernar durante tres meses hasta que, terminado el período de luto por el rey, fuera elegido y coronado su sucesor. Semanas después, la reina (hermana del rey Mswati III de eSwatini) fue hospitalizada pocas semanas después y murió repentinamente. Surgieron entonces rumores de que había sido envenenada después de que ella hubiera falsificado el testamento del rey fallecido para nombrar heredero del trono a su hijo mayor, el príncipe Misuzulu.

La primera esposa del rey Zwelithini y sus hijas

El rey Goodwill Zwelithini dejó 28 hijos de 6 esposas, de las cuales la primera es Sibongile Dlamini.

Sibongile Dlamini, quien se casó con Zwelthini en 1969, desafió a las otras esposas del rey, alegando que ella es su única esposa legal y que solo sus hijos pueden ascender al trono. Es apoyada por sus hijas, la princesa Ntandoyenkosi y la princesa Ntombizosuthu, quienes afirman en una acción legal separada que el testamento del rey fue falsificado.

Según los informes, se contrató a un experto en caligrafía para intentar demostrar que la firma del rey Zwelithini en su testamento era falsa y la reina Sibongile MaDlamini y sus hijas están llevando sus respectivos casos al Tribunal Superior de Pietermaritzburg en batallas legales que cautivan a Sudáfrica. Exige la mitad de los bienes del monarca, así como el reconocimiento de que ella es la verdadera “Gran Esposa”, debido al hecho de que fue la primera esposa del fallecido rey.

El príncipe Mbonisi y princesa Thembi: En medio de la disputa familiar sobre quién debe ser el rey zulú, el príncipe Mbonisi y la princesa Thembi (hermanos del fallecido Zwlithini) negaron los rumores de que desempeñaron un papel en la muerte de la reina zulú. El jefe Mangosuthu Buthelezi, que se desempeña como primer ministro tradicional del difunto rey y ha jugado un papel central en el mecanismo sucesorio, no apoya a la princesa Thembi por ser “una hija ilegítima de mi primo, el rey Cipriano”.

El príncipe Mbonisi y la princesa Thembi lideran a la facción dinástica que se opone a la coronación del rey Misuzulu y presionan para que ascienda al trono el príncipe Simakade, el hijo mayor sobreviviente del rey Zwelithini kaBhekuzulu, ya que mayor de los hijos de Zwelithini, el príncipe Lethukuthula, hijo de la reina Sibongile MaDlamini, murió en noviembre de 2020 y cinco personas fueron acusadas de su asesinato.

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La historia pocas veces contada del infante Luis Fernando, oveja negra de la realeza española

Este infante, nieto de la reina Isabel II y primo del rey Alfonso XIII, heredó el aire bohemio y rebelde su madre, y la pasión desenfrenada por las mujeres de poca clase que tenía su padre. Un periódico, en los años 30, lo describía categóricamente: “Luis Fernando es famoso internacionalmente por ser un aprovechado y un personaje de dudosa reputación. Fue arrestado al menos dos veces, expulsado de dos países y se ha hecho despreciable al casarse con una tonta y vieja mujer, treinta y dos años mayor que él, contra las protestas de su familia. Mucha gente cree que el príncipe Luis Fernando es capaz de llegar a cometer cualquier acto vergonzoso”. En otra crónica se le apodaba “el príncipe pantalones de hierro”: “porque se lo ha expulsado de tantos países y hoteles sin demostrar ningún dolor que pareciera estar blindado”.

A Luis Fernando de Orleáns y Borbón, que nació infante y murió plebeyo, secretamente le gustaba ser apodado en los bajos fondos como el “rey de los maricas”. Consumía cocaína, malgastó fortunas propias y ajenas, y comprometió, con un crimen, la imagen de la Casa de Borbón dentro y fuera de España. Nació en el Palacio Real madrileño en 1888 y tuvo una infanta, fue hijo de Doña Eulalia de Borbón, hermana de Alfonso XII, uno de los mayores dolores de cabeza que tuvo desgraciada, al ser testigo del odio que unía sus padres, de las batallas legales y, por sobre todo, de la falta de cariño.

El niño se crió en España, Francia e Inglaterra. Una legión de institutrices y profesores particulares se encargó de los idiomas, alcanzando desde muy niño un espectacular dominio del inglés, el francés, el alemán y el materno, idiomas que hablaba con gran fluidez cambiando de uno a otro con gran facilidad. La infanta Beatriz, su cuñada, escribió: “Cuando Alfonso fue a vivir a Madrid, ella frecuentaba más la corte, quería mucho a este hijo, pero a veces parecía preferir al otro, que era un bala perdida, homosexual… aunque se casó con una vieja por dinero, para arruinarla, claro. Pero era su hijo y la infanta Eulalia lo quería y lo defendía. Era severa con sus hijos pero no con nosotros”.

Las cosas cambiaron cuando, en 1904 -cuatro años después del divorcio de sus padres- Luis Fernando comprendió lo difícil que era mantener buenas relaciones con su madre. Doña Eulalia le prohibió terminantemente que siguiera la carrera de actor, lo que engendró en el joven un odio terrible. Heredó una finca, la cual quería explotar, pero todo quedó en la nada cuando decidió, abruptamente, instalarse en el París de la belle epoque. Fue invitado de todas las fiestas, las cuales competían por ser la más ostentosa y extravagante. Fue célebre una fiesta en la que apareció con el torso desnudo totalmente pintado de azul, montado sobre un elefante y con un turbante adornado por brillantes, a semejanza de un maharajá indio. Desde entonces, su vida estuvo plagada de excesos, donde la droga, el alcohol y el sexo indiscriminado fueron moneda corriente. Su afición al juego y a la cocaína lo tenía siempre al borde de la ruina y llegó a traficar drogas para poder mantener sus vicios y su rumboso tren de vida.

Melchor de Almagro San Martín, que había sido condiscípulo del infante, testimonia su excentricidad: “En el baile de la condesa de Chabrillan, se presentó Luis teñido con añil de pies a cabeza para representar el dios Azul, seguido por un deslumbrante cortejo de sacerdotisas y hieroferantes, como sacados de un friso antiguo. El infante cabalgaba sobre un elefante, arreado con atalajes de oro y pedrería. Hizo su entrada semidesnudo, cubierta la cabeza con un turbante verde gayo y coronado de garzotas sujetas por broches de enormes diamantes”. Desde entonces, se vio vinculado a todo tipo de escándalos que hicieron correr ríos de tinta en los periódicos del mundo. Su hermano mayor y su primo el rey realmente lo despreciaban, y Luis Fernando se vengaba con ironías punzantes y un comportamiento tremendamente promiscuo, llegando a hacerse célebre la queja de una dama de la alta sociedad: “Yo tenía dos lacayos negros y guapos, pero los perdí a los dos. Al primero se lo llevó la tuberculosis; al segundo, el infante de España”.

En octubre de 1924, Luis Fernando de Orleáns fue expulsado de Francia mediante una orden judicial. Los relatos «oficiales» publicados en los periódicos de París cuentan que el infante paseaba por los pintorescos paisajes o quizás los barrios bajos del viejo París cuando se encontró con un hombre que se ofreció hacerle de guía a sitios más interesantes. Ambos se dirigieron al número 32 de la Rue des Tournelles, a una casa antigua donde se supone que el galante Enrique IV de Francia fue un visitante frecuente. La entrada a la casa era a través de un café frecuentado por hombres de dudosa reputación. “Aquí estaba la habitación real”, dijo el extraño guía turístico mientras abría la puerta. El infante entró y fue recibido por dos hombres vestidos como marineros. El guía cerró la puerta con llave y los marineros sacaron revólveres y apuntándole al infante le exigieron que entregara todo el dinero que llevaba consigo. Luis Fernando saltó hacia la ventana, la abrió y pidió ayuda. Dos policías oyeron sus gritos, fueron a su auxilio. Otras fuentes dicen que, en realidad, Luis Fernando fue expulsado de territorio francés luego de haber dado muerte, por estrangulamiento, a un joven marinero durante una orgía homosexual en la que completaba el trío cierto aristócrata portugués, apellidado Vasconcellos y otro supuesto amante del infante. Ambos habrían paseado por París el cadáver del desdichado, envuelto en una manta, intentando abandonarlo en las embajadas de España y Portugal para huir de la justicia francesa. 

Por aquellos años solía decir que “las desgracias de España están relacionadas directamente con las sensualidades y extravagancias del Rey Alfonso”, pero Luis Fernando había hecho ahora algo que logró indignar al propio rey.

Un periodista comentaba: “La difícil situación del príncipe Luis Fernando es más que un mero divertimento o un escandaloso episodio. Es probable que sea parte del capítulo final de la caída de la más antigua y desacreditada familia real en el mundo, los reales Borbones. Los Habsburgo y los Romanov han sido depuestos, arruinados, diezmados por asesinatos y dispersados. Aquellas antiguas familias estaban más manchadas de sangre que los Borbones pero no se podían comparar con ellos en derroche y autoindulgencia. Los Borbones aún retienen algo de su poder y mucho de su fortuna y se divierten de la misma manera en la que lo hacían siglos atrás”. Dijo el gran Talleyrand sobre los Borbones, después de que retornaran al trono de Francia en 1815: “No aprendieron nada ni olvidaron nada”.

Harto de la «oveja negra» de los Borbones, el 9 de octubre de 1924 Alfonso XIII anuló sus privilegios como infante de España y le retiró el título, a pesar de las protestas de Don Luis Fernando. En respuesta a semejante afrenta, Luis Fernando lanzó una profecía: “He nacido y moriré infante de España, como tú has nacido y morirás rey de España, mucho tiempo después de que tus súbditos te hayan dado la patada en el culo que mereces”.

Incapacitado para vivir ni en España o Francia, Luis Fernando hizo sus maletas y se trasladó a Lisboa, donde no abandonó su vida errante y pronto, en marzo de 1926 fue arrestado cerca de la frontera con España, disfrazado de mujer, siendo acusado de contrabando. En julio de 1930 anunció su compromiso matrimonial con Marie Say, viuda del príncipe Amadeo de Broglie y dueña del hermoso Castillo de Chaumont, donde vivía lujosamente como una princesa del Renacimiento, y de una gran fortuna sólo comparable con la de los Barones de Rothschild.

Marie era hija de Constant Say, del cual había heredado la azucarera del mismo nombre. Durante décadas, la millonaria había sido la anfitriona de decenas de excéntricas fiestas a las que acudían el maharajá de Kapurthala, el shah de Persia, el rey de Inglaterra, los reyes de Suecia, de Rumania y de Portugal. Su último capricho fue casarse con el infante don Luis cuando él tenía 41 años y ella superaba los 70.

A partir de entonces, la fortuna de Marie, ya un poco menguada por las crisis financieras y administradores poco escrupulosos, comenzó a mermar aceleradamente. Poco a poco, terrenos, obras de arte, mobiliario, cuadros y hasta su piano se fueron vendiendo mientras la familia política de Marie Say acusaba a Luis Fernando de dilapidar la fortuna que pertenecía a los Brissac. Finalmente su bien más preciado, el Castillo de Chaumont, debió ser cedido al Estado por 1.800.000 francos, en 1938.

Tres años antes, Luis Fernando había sido nuevamente extraditado de Francia, tras ser arrestado en una redada de la brigada antivicios. Volvió a Francia una vez más y durante la ocupación se dedicó a causas más loables: salvó a muchos miembros de la Resistencia, con la ayuda de su tía, la infanta Paz, que le proveía de información. Hasta llegó a pasearse, a plena luz del día por Berlín, luciendo la estrella amarilla cosida a su ropa como estaban obligados a hacer los judíos, a modo de protesta.

Viudo en 1943, Luis Fernando pasó los últimos años de su vida en compañía de una bailarina que lo cuidó durante su larga enfermedad. Murió el 20 de junio de 1945 y nadie de la familia, ni siquiera su madre, fue al funeral, en una iglesia de París.

Hace 123 años: nació Carlota de Mónaco, la bastarda convertida en princesa que salvó a la dinastía Grimaldi

El príncipe Luis II de Mónaco (1822-1949), hijo de un matrimonio escandalosamente roto, nunca se casó. Maltratado en su infancia por los duros enfrentamientos que protagonizaron sus padres, creyó conveniente no buscar una esposa. Enlistado en el Ejército francés, recorrió varios puertos hasta conocer en Constantinopla a la hermosa Juliette Louvet, de quien se dice que era hija de una lavandera. Alberto I, padre de Luis, jamás apoyó esa relación y se negó a dar su consentimiento.

Del romance de Luis y Juliette nació en 1898 en Constantinopla una niña, Carlota (Charlotte), quien por decisión de su padre fue llevada a París para recibir una educación digna de la hija de un príncipe. No hay que olvidar que, al no tener Luis hijos, ni hermanos ni tíos, la niña es la única heredera de la dinastía Grimaldi, por lo que el 15 de mayo de 1911, cuando tenía 13 años, se aprobó una ley que la reconoció como hija de Luis.

Al no tener Alberto I más que un solo heredero, Luis, aparecieron en Mónaco otros pretendientes al trono. Uno de ellos era el duque alemán Wilhelm von Urach, miembro de una rama secundaria de la familia real de Württenberg, casado con la princesa Florestine, hija a su vez de Florestan I. El segundo era el francés marqués de Chabrillan, heredero directo de José Grimaldi, hijo del príncipe Honorato III.

Para evitar que un alemán se quedara con la corona de los Grimaldi, el príncipe Alberto I ya en los últimos años de su vida se resignó a adoptar a Carlota, su única nieta, en 1919. La firma de la adopción tuvo lugar en París, con el presidente francés Poncaire y su canciller como testigos, y de esta forma Carlota Louvet Grimaldi se convirtió en la princesa Carlota de Mónaco.

Como heredera legítima del trono, Carlota tuvo que adecuarse a un matrimonio digno, y se casó en 1920 con el conde francés Pierre de Polignac, descendiente de una dama de honor de la reina María Antonieta de Francia. Ese año Carlota dio a luz a su primera hija, la princesa Antonieta, y tres años más tarde a su hijo, el futuro príncipe Rainiero III. En el medio, la muerte de Alberto I había convertido a Carlota en la presunta heredera.

Diez años más tarde, Carlota anunció su divorcio del príncipe Pierre, una noticia que despertó un gran escándalo en Europa. La princesa había abandonado el hogar y a sus hijos para viajar por Europa y curar sus depresiones crónicas, provocadas en parte por haberse casado con un hombre que nunca amó. De Pierre se decía que era homosexual.

Pierre de Polignac era guapo, elegante y refinado, y “su voz tan cultivada que era prácticamente inaudible”, escribió la revista Life en 1947. Los informes decían que el príncipe, un asiduo de los círculos literarios donde pudo cultivar su pasión por la literatura y la poesía, conoció a Jean Cocteau y mantuvo una relación sentimental con Marcel Proust.

El 18 de febrero de 1933 Luis II firmó la ordenanza que rompió definitivamente el matrimonio entre su hija y Pierre y ordenó posteriormente a su ex yerno no volver a Mónaco a menos que quisiera enfrentarse al Ejército monegasco. Pierre se fue a vivir a París y cuando quiso ver a sus hijos iba a una finca en la frontera del principado, con una renta anual de 500.000 francos concedidos como “pensión alimenticia” de parte de Carlota.

Aunque Antonieta y Rainiero quedaron al cuidado de su abuelo, el príncipe Pierre nunca cortó las relaciones con ellos, especialmente con el varón, a quien acompañó a Los Ángeles (EEUU) para pedir la mano de la actriz Grace Kelly.

En 1944, la princesa Carlota decidió renunciar a su derecho al trono, con lo cual al morir Luis II, cinco años más tarde, su nieto se convirtió en el príncipe Rainiero III. La antigua heredera retuvo el título de princesa y fue a la universidad en su vida posterior, obteniendo un título en trabajo social fuera de sus deberes reales.

Carlota asistió a la entronización de su hijo y luego se mudó a una finca en las afueras de París para vivir su vida posterior. Allí ayudó a rehabilitar a los presos y vivió con su amante, un ex ladrón de joyas francés, lo que la convirtió en una figura real bastante singular en sus últimos años. En 1956 asistió a la boda de Rainiero III con Grace Kelly y se la vio muy poco hasta su muerte en 1977.

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La inusual vida de Takako, la princesa japonesa que dejó la corte para trabajar en una tienda

Justo cuando la princesa Mako de Japón está a punto de despedirse del palacio y de su vida en la realeza para iniciar su camino como esposa de un abogado plebeyo, el país asiático empieza a recordar la historia de un personaje de la Familia Imperial hasta ahora poco conocido para las nuevas generaciones. Se trata de la exprincesa Takako, una de las dos hermanas sobrevivientes del emperador Akihito y tía abuela de la princesa Mako.

Takako fue la primera persona de la milenaria dinastía nipona que trabajó como un ciudadano común después de abandonar la corte en los años 60. Séptima hija del emperador Hirohito y de la emperatriz Nagako, Suga no miya Takako (princesa Suga) nació en el Palacio Imperial de Tokio en 1939, cuando sus padres llevaban ya quince años de matrimonio y su alumbramiento fue considerado un “milagro”: los emperadores ya habían tenido cuatro hijas mujeres y dos hijos varones y no se esperaba que Nagako quedara embarazada por séptima vez.

“Hasta que llegué a la edad de jardín de infantes, vivía con mis padres”, relató la princesa hace 50 años en una entrevista que concedió al New York Times. “Luego me enviaron al Salón Kuretake, un edificio dentro del recinto imperial pero a cierta distancia del Palacio del Emperador, para que las institutrices me criaran con mis hermanas”. “En la familia imperial”, explicó, “la costumbre era que los niños varones fueran criados por separado, cada uno en su propio lugar con sus propios tutores, y que las niñas fueran criadas juntas, pero por separado de sus hermanos varones”.

Primera princesa que fue a la universidad

La princesa Takako siempre consideró que la vida en el palacio era extremadamente estricta, pero no se rebeló activamente. «Solía ​​pensar de qué sirve hacer un escándalo, ya que no puedo cambiar las cosas de ninguna manera», dijo. Adoctrinada por estrictos maestros de probado linaje noble, la princesa y sus hermanas aprendieron a realizar refinados arreglos florales, a desarrollar la meticulosa ceremonia del té y otras artes que las jóvenes japonesas de la aristocracia debían adquirir. Por lo demás, no podían tener contactos con el mundo exterior y solamente entablaban comunicación con familias nobles de varios siglos de antigüedad.

Al igual que sus hermanos mayores, el príncipe Akihito (futuro emperador entre 1989 y 2019) y Masahito (príncipe Hitachi), Takako asistió a la Escuela de Nobles, una institución ahora abierta a todos, pero originalmente destinada a los niños de la nobleza y altísimos funcionarios del gobierno y la corte imperial. Sus hermanas mayores, educadas antes y durante la Segunda Guerra Mundial, no fueron más allá de la Escuela Secundaria de Nobles). Primera princesa japonesa que fue a la universidad, se especializó en inglés, pero cuando cursaba el tercer año se sugirió un matrimonio arreglado con Hisanaga Shimazu, un compañero de clase del príncipe Akihito y descendiente de una familia feudal de comprobada ascendencia imperial, que había gobernado Kagashima durante siglos.

La princesa aceptó su obligación dinástica, pero con una condición: después de un período de noviazgo, tanto a ella como a su prometido se les permitiría cancelar los planes matrimoniales si se encuentran incompatibles, porque consideraba que debía pasar el resto de su vida con una persona que fuera de su agrado. “En mi caso”, relató al Times, “un matrimonio a distancia no prácticamente era imposible. Pero no quería repetir el tipo de matrimonio por el que todas mis hermanas mayores tuvieron que pasar: ‘cómo te va’ por la mañana y te ignoro durante el resto del día”. Recordaba que su madre había visto solo en cuatro ocasiones a su padre antes de concretar el matrimonio, también orquestado por funcionarios imperiales.

Del palacio a un modesto departamento

Cuando se conocieron, los dos jóvenes comenzaron a salir y su compañía se convirtió en matrimonio. Tras la elaborada boda sintoísta, la princesa Suga perdió automáticamente su título de Princesa porque la Constitución japonesa de la posguerra conserva al emperador como un «símbolo de estado», y su descendencia masculina y sus hijos son los principales príncipes imperiales, pero las hijas que se casan fuera de la familia imperial se convierten en plebeyos. La única condición para retener su título hubiera sido mantenerse soltera, pero el matrimonio era la única forma de escapar a la estricta vida cortesana.

Banquero de profesión, Shimazu fue enviado a Washington como empleado del Japan Export-Import Bank, con lo que la exprincesa Takako (tras su boda titulada Señora Takako Shimazu) pasó dos años trabajando como ama de casa en un departamento modesto de la capital estadounidense. “No tuve ninguna dificultad para adaptarme a la vida estadounidense», dijo la relató la exprincesa. “Nos criaron con ropas occidentales, comidas occidentales y japonesas, así que no me sorprendió ni me sorprendió nada de lo que encontré en Estados Unidos. El cambio se produjo, por extraño que parezca, después de que volvimos a Japón. Es dificil de explicar. No creo que haya cambiado, pero no siempre he podido volver a la misma relación con amigos y conocidos que tenía antes de ir a América. “Nunca me lo dicen, pero tengo la sensación de que algunos de ellos me reprochan en silencio que me haya vuelto demasiado americano”, se sinceró.

En los siguientes años tras su regreso a Japón los Shimazu y su hijo, Yoshihisa, vivieron modestamente en comparación con la vida que mantenía la familia imperial, que contaba en su entorno más cercano con una lista de personal que incluía médicos de guardia las 24 horas del día, guardianes del guardarropa y sacerdotes que los asistían en los ritos sintoístas, además de un millar de sirvientes, entre músicos, jardineros, cocineros, fontaneros, electricistas y constructores. Por entonces, el palacio requería de 160 sirvientes para mantenerlo en funcionamiento, en parte debido a reglas como una que una criada que limpiaba una mesa no puede limpiar el piso.

Empleada de una tienda

A contrario de sus hermanas mayores (las princesas Yigeko, Sachiko y Kazuko), Suga no vivió en el esplendor de la vida burguesa y se convirtió en la primera princesa japonesa que consiguió un trabajo como una ciudadana común. En 1970 comenzó a trabajar como consultora en la exclusiva tienda Seibu Pisa del Hotel Tokyo Prince, para gran sorpresa de sus padres. “No pedí el consejo de mis padres porque nuestras posiciones son tan diferentes que sentí que no lo entenderían”, explicó ella. “Intenté informarles justo antes de aceptar el trabajo, pero los periódicos se hicieron cargo de la historia, y pude recibir una llamada telefónica al palacio solo en la tarde del día en que los periódicos de la noche iban a publicar la noticia”.

Su trabajo consistía en ofrecer a clientes especiales y acaudalados consejos sobre moda, mobiliario y regalos, ofreciendo ideas a los clientes indecisos, y los diarios japoneses, que en los años 70 criticaron sus presuntos intentos de capitalizar su nombre y su relación sanguínea con la casa imperial para tener éxito en el mundo laboral. Autoconvencida de que no debía avergonzar a sus padres y a la familia imperial, hizo todo lo posible por llevar una vida laboral discreta que mantuvo a lo largo de las décadas hasta su jubilación: “Me doy cuenta de mi posición y de que hay cosas que no puedo hacer. No tengo título, pero soy la hija del Emperador. No quiero avergonzar a mis padres de ninguna manera”, reflexionó.

Hace 119 años: murió la reina María Enriqueta, una Habsburgo en el dramático trono de Bélgica

En la primavera de 1853, como con cada resurgimiento de esta naturaleza, Viena comenzó a girar de nuevo al son de valses que hechizaban a la ciudad imperial. El Imperio Austro-Húngaro estaba viviendo sus mejores momentos en el apogeo de un poder incomparable. Allí se hablaban tantos idiomas que el latín se convirtió en el idioma administrativo como en los tiempos de la Antigua Roma.

Nacida el 20 de agosto de 1836, María Enriqueta era la hija del archiduque José, Palatino de Hungría, y de la duquesa Dorotea de Wurtemberg, su tercera esposa. Su padre se adaptó fácilmente al estilo de vida de sus ciudadanos húngaros, hasta el punto de ponerse sus ropas tradicionales y dominar a la perfección su complicado idioma. Al igual que su padre, a la archiduquesa le gusta viajar por el campo.

Era bastante bonita aunque ella se sentía muy gorda y luchaba por disimular su figura. Pasó su juventud galopando por la llanura húngara, desdeñando la posición de amazona que corresponde a las chicas de su rango, lo que sorprendió a buena parte de la corte. A ella no le importaba.

Su educación distaba mucho de ser perfecta, pero era multilingüe y una gran admiradora de los aires gitanos. Un poco masculina en sus gestos a veces abruptos, su risa ronca recordaba un poco el cambio en la voz de los adolescentes. Esta vida al aire libre llegó a su fin un buen día, cuando conoció al hombre que había sido elegido para pasar el resto de su vida con ella.

Para su cumpleaños 18, el príncipe heredero, duque de Brabante y futuro rey de Bélgica Leopoldo II fue llevado por su padre en una gira por las cortes europeas que tuvo a Viena como su lugar central. Allí es se diseñó ese matrimonio con María Enriqueta, que resultaría ser el más siniestro de la historia de la monarquía belga.

La boda por poderes tuvo lugar el 10 de agosto a las 6 de la tarde en el Palacio de Schönbrunn

El conde O’Sullivan de Grass, embajador belga en la capital austriaca, escribió a Henri de Brouckère, el ministro belga de Asuntos Exteriores: “La futura duquesa de Brabante no es alta, pero está muy bien formada, su rostro expresa suavidad, sus facciones son muy agradables, sus ojos llenos de encanto e inteligencia, su tez notablemente fresca, su cabello rubio ceniza es muy hermoso. Recibió una educación brillante, habla muy bien francés, italiano e inglés, es buena música, pinta muy bien, en óleos, flores y frutas”.

En el Castillo de Laeken, en Bruselas, una residencia todavía ensombrecida por la prematura muerte de la reina Luisa María (madre del príncipe), solo la princesa Carlota, futura emperatriz de México, parecía estar encantada de dar la bienvenida a una nueva cuñada a la familia. Circulaba el rumor según el cual la futura duquesa de Brabante era una joven abrupta y muy independiente, todo lo contrario de la hija del rey de los belgas, romántica a voluntad que ya soñaba con el príncipe azul que vendrá a llamar a la puerta de su corazón.

En el séquito del rey Leopoldo y su hijo chismes abundaban. La duquesa de Dino escribió: “Encontramos al duque de Brabante a veces demasiado bien educado, tan educado, dulce, inclinado a la humildad, la imagen de su padre”. Mientras que el geógrafo Alexander von Humboldt llegó allí con un pensamiento propio: “Dicen que sería hermoso si su nariz no perfilara una sombra similar al Monte Athos”.

Los jóvenes prometidos no tenían casi nada en común: el príncipe Leopoldo odiaba profundamente todo lo que amaba la joven austrohúngara: los caballos, la música, el baile… Ante la consternación de María Enriqueta, su madre la obligó a ser el centro de la escena de las celebraciones y los honores con los que la corte de Viena celebró su compromiso: ¡Otra Habsburgo sería reina de un país de Europa!

Bautizo de la princesa Clementina

Curiosamente, el rey Leopoldo I, que forzaba a su heredero a este matrimonio, olvidó que se casó por amor dos veces: primero, con la princesa inglesa Carlota de Gales, y después con la princesa francesa Luisa María de Orleáns. Viudo dos veces, ahora pasaba su tiempo en los brazos de su amada, Arcadie Claret-Meyer, con quien tuvo hijos.

La boda por poderes tuvo lugar el 10 de agosto a las 6 de la tarde en el Palacio de Schönbrunn, magnífica sede oficial de la monarquía Habsburgo. Es el archiduque Carlos Luis, el hermano menor del emperador Francisco José, cumplió el papel de novio e incluso intercambió alianzas con su sobrina frente a toda la familia imperial y la aristocracia. Cuatro días después, María Enriqueta partió para siempre hacia Bélgica.

Antes de abandonar definitivamente Austria, María Enriqueta hizo una parada en la residencia de su tío Stéphane, el personaje más original de la familia imperial cuyo carácter alegre contrastaba con la severidad de la corte de Francisco José. Amaba los libros tanto como el buen vino y tranquilizó a su sobrina recordándole que los miedos iniciales de Luisa María antes de llegar a Bruselas rápidamente se desvanecieron.

Muerte del príncipe Balduino

Una esplendorosa boda carente de amor

Ante los vítores de la multitud, el tren de María Enriqueta llegó a Herstal, desde donde la llevaron al castillo de la vizcondesa de Biolley, no lejos de Verviers. Nada más instalarse llegaron el rey Leopoldo I, sus dos hijos y toda una serie de dignatarios del Estado y la nobleza. María Enriqueta fue entregada a Bélgica siguiendo un rito inmutable, iniciado por Felipe II de España.

El viaje continúa en tren en medio del júbilo popular. “Cuando llegué a Bruselas, tuve un doloroso calambre en el brazo por saludar tanto”, le escribió la archiduquesa a una amiga. La doble boda real tuvo lugar el 22 de agosto: el casamiento civil fue ante el alcalde de Bruselas, Charles de Brouckère, y el religioso bajo la dirección del arzobispo de Malinas. Una procesión histórica, una cena de gala y un gran concierto sellaron ese largo día.

No fue hasta noviembre que la joven pareja emprendió un viaje de incógnito a Egipto, bajo el nombre de vizconde y vizcondesa de Ardenne. Antes de contemplar las pirámides y la Esfinge (de la que en ese momento, solo la cabeza emergía de la arena), la pareja pasó por Alemania y Austria, antes de pasar un buen tiempo en Venecia y embarcarse en Trieste para conocer Alejandría. Llegados a El Cairo, son recibidos por el virrey de Egipto, quien les prepara muchas fiestas. Pero el duque de Brabante ciertamente prefiere las orillas del Nilo y a ambos les gusta llevarlo en barco a Asuán, parando en las mismas paradas que los turistas de hoy.

Sin duda, fue durante este viaje cuando nació el espíritu explorador del futuro Leopoldo II, que también será el único viaje fuera de Europa en toda su vida. En el plano romántico, el viaje resultó ser menos placentero y según la princesa Carlota: “Si Leopoldo no está contento con ella, es porque no quiere serlo, porque ella es completamente digna de su cariño”.

María Enriqueta nunca sería feliz como esposa de Leopoldo. A sus expresiones de interés en sus ideas y proyectos, Leopoldo siempre respondió con ironía o, peor aún, con sarcasmo.

Los caballos y su cuñada eran el objeto de su amor

Durante los primeros años, nacieron cuatro niños: el príncipe Leopoldo y las princesas Luisa, Clementina y Estefanía. De su hijo, que murió a los 10 años de neumonía y problemas cardíacos, rara vez se habló. Tras la muerte de Leopoldo I, en diciembre de 1865, María Enriqueta se convirtió en la segunda reina de los belgas, cosa que no la hizo más feliz. Solo su pasión por la equitación, que comparte en particular con el general Chazal, el ministro de la Guerra y confidente suyo, era capaz de hacerla feliz y hacerle olvidar por breves momentos su eterna amargura. En los establos de Laeken, la reina cuidaba personalmente de veintidós caballos. Su hija Luise relató en sus memorias que su caballo favorito subía los escalones de la entrada, entraba en la casa de la reina y, después de una sesión de caricias y recompensas, regresaba a su lugar.

Pero los equinos no eran su única preocupación. La princesa Carlota, su querida cuñada, se hundió en la locura desde que su esposo Maximiliano, efímero emperador de México, fue ejecutado en Querétaro. El sueño imperial de Carlota se derrumbó junto con la confianza que ha depositado en su marido, un mujeriego acérrimo, lo que definitivamente la trastornó. La emperatriz se volvió loca y no recuperaría jamás la cordura.

La reina María Enriqueta viajó hasta el castillo de Miramar, Trieste, para llevar de vuelta al campo a la infortunada emperatriz Carlota, a quien los médicos habían encerrado en un pabellón del jardín con todas las puertas y ventanas tapiadas.

Tan pronto como crucé la antesala, Carlota se arrojó a mis brazos y me besó con conmovedor afecto, luego me hizo sentar a su lado y retuvo mi mano, que ella acariciaba todo el tiempo. Creo que está loca, el conde de Flandes lo atestigua y aquí lo afirman tres médicos; pero mentiría si te dijera que no da la más mínima prueba de ello”, escribió María Enriqueta antes de sacar a la infortunada Carlota de su asilo forzado para finalmente regresar la Bélgica.

Durante la guerra de 1870, librada por Francia y Prusia, María Enriqueta consiguió que su marido transformara el Castillo de Ciergnon y el Palacio Real de Bruselas en hospitales de campaña para tratar a los heridos franceses que cruzaban la frontera belga. Los libros de historia la retratan corriendo entre las camas para repartir ayuda a los convalecientes y ofrecerles entradas para el espectáculo para su primera salida autorizada. A pesar del peligro de contagiarse, visitó a las víctimas de la epidemia de viruela y tifus que llegó a Bélgica en 1871.

Una sucesión de tristezas rompieron su corazón

En el plano íntimo, su vida familiar era una desgracia: la princesa Estefanía se casó con Rodolfo de Habsburgo, el hijo del emperador Francisco José y la hermosa emperatriz Sissi. Esta unión podría haber sido la más feliz si su esposo no se hubiera enamorado locamente de la baronesa Marie Vetsera, junto a la cual se suicidó en el pabellón de caza de Mayerling, en 1889. Estefanía recibió una carta de Rodolfo antes de la tragedia: “Querida Estefabía, ya estás liberada del tormento de mi presencia. Sé feliz a tu manera, sé buena por la pobre pequeña que es lo único que me queda”.

Leopoldo II, todavía shockeado por la muerte de su pequeño y único hijo varón en 1880 e inmerso en sus sueños imperiales africanos, se mostró ausente de todos los dramas que rodearon a la reina. “Leopoldo me preocupa seriamente. Está pasando por una profunda depresión moral. Durante horas, no dice una palabra y, de repente, su irritabilidad se vuelve aterradora”, escribió María Enriqueta.

El 23 de enero de 1891, como colofón, el príncipe heredero Balduino, sobrino de Leopoldo, murió de neumonía tras un desfile de su regimiento en el gélido invierno. La reina lo había convertido en su protegido y sufrió mucho esta pérdida. Un año antes, María Enriqueta había sufrido la muerte de su ama de llaves favorita en un incendio del Castillo de Laeken. Un año después, su querido amigo Chazal murió y la reina lloró a un viejo compañero con el que compartió todo, mucho más de lo que compartió con Leopoldo.

Hasta 1893, sin pestañear, la reina siguió desempeñando su papel, pero deprimida por tantas trageduas pronto decidiría huir de todo. En 1893 y 1894, María Enriqueta y su hija Estefanía encontraron refugio en el castillo de la familia Peltzer en Spa, donde recibió, en un carruaje con colores franceses, a su tío, el famoso duque de Aumale.

Más atraída por el bosque salvaje que por la solemnidad del palacio de Bruselas, la reina obtuvo de su marido el derecho a adquirir una residencia en la ciudad balneario. Su elección recayó en el Hôtel du Midi, una gran casa con tres edificios principales con un magnífico jardín. Allí volvió a sentirse feliz y recibió visitas de familiares de media Europa.

Bélgica lloró sinceramente su muerte

María Enriqueta fue a Bruselas por última vez el 6 de octubre de 1900 para participar de la bienvenida a la princesa bávara Isabel, que acababa de casarse con el príncipe heredero Alberto en Múnich. La joven sería posteriormente la “reina enfermera”, una heroína para Bélgica durante los tiempos de la Primera Guerra Mundial. Tras esto, María Enriqueta regresaría a Spa para siempre: no quería volver a ver a su marido, que ya no disimulaba su idilio con la escandalosa baronesa de Vaughan.

Vivió allí durante dos años, propensa a numerosos problemas cardíacos, aunque recibió a su voluble marido en raras ocasiones. Cuando la visitó por última vez a principios de septiembre de 1902, Leopoldo II le confió a uno de sus amigos: “Ya no somos jóvenes, sin duda, pero la reina y yo lo estamos haciendo bien”. El 19 de septiembre, la soberana acudió al hospicio de ancianos al que apoyaba activamente. Queriendo comprobar la calidad de los platos que se servían allí, pidió un plato de sopa, dos huevos y una tostada. Luego se quedó dormida. Pidiendo ayuda para levantarse de su silla, cayó lentamente al suelo y murió instantáneamente y sin dolor alguno.

Como reina consorte María Enriqueta tuvo derecho a un funeral de Estado que paralizó a la capital belga y cubrió las calles y avenidas de miles de dolientes silenciosos. La baronesa de Vaughan, que se casaría en secreto con Leopoldo II años más tarde, señaló en sus Memorias: “Al enterarme de la muerte de la reina, fui al Hôtel Scarron donde vi al rey entre lágrimas, colapsado de verdadero dolor. Su emoción mostró una sensibilidad desconocida para el público”.

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Hace 470 años: nació Enrique III de Francia, el último «rey maldito» de la dinastía Valois

Enrique III fue el último de los reyes malditos de la Casa de los Valois y reinó en Francia hasta su asesinato 1589. Niño mimado por su madre, altanero, extravagante, seductor y perverso, en el siglo XVIII, Voltaire lo acusó de malicia, debilidad y cobardía, mientras el dramaturgo Charles d’Outrepont lo representó como un idiota extravagante, un niño malcriado, lleno de complejos y manías. Balzac lo acusó sencillamente de todos los males de la época. Pasó a la historia como el “rey ninfa” y el “rey de los hermafroditas”.

Nacido el 19 de septiembre de 1551, para su madre, Catalina de Médicis, Enrique era la esperanza de los Valois: «Si mueres, me enterraré viva contigo«, le decía. Lo idolatraba. «Aunque Catalina regía las vidas de todos sus hijos, utilizándolos como marionetas para conseguir sus fines políticos, Enrique era sin duda su favorito«, explica el autor Michael Farquhad. «La devoción de ella hacia él rayaba en el incesto. Catalina mostraba ciertamente una gran indulgencia hacia el estilo de vida ostentoso de su hijo, e incluso llegaba a organizar lujuriosas orgías para su real disfrute«.

Según relata el libro «Amantes y reinas, el poder de las mujeres», cuando «en mayo de 1577, en Pessisles-Tours, a orillas del Loira, Enrique III dio una fiesta en honor de su hermano menor, fiesta que se transformó luego en una orgía en la que los hombres iban vestidos de mujer y las mujeres de hombre y era obligatorio el verde -el color de la locura-, Catalina de pestañeó; lo que es más, tres semanas después ofreció a su hijo un banquete no menos fantasioso y escandaloso, durante el cual se vio a ‘las mujeres más alegres y exquisitas damas de la corte medio desnudas con el cabello suelto y desgreñadas’«.

«Les mignons du Roi»

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Enrique III reinó en Francia durante quince turbulentos años y llenó sus palacios de un numeroso grupo de jóvenes muy atractivos que se hacían llamar “Les mignons du roi” (Los bonitos del rey). Afeminados, arrogantes, atrevidos, refinados y ambiciosos, la moral de estos cortesanos era tan extravagante como las ropas que lucían en todas las ceremonias cortesanas en las que escoltaban a Enrique III, incluida la sagrada ceremonia de su coronación. Se dedicaban a servir y consentir en todo a Su Majestad: compartían su comida y su cama, copiaban sus modales y lo ayudaban a hacer valer su autoridad.

Las cartas escritas por Enrique a sus ‘mignons’ están repletas de expresiones de amor, a las que aquellos jovencitos responden con halagos y promesas de sacrificar su vida por el rey. Pronto los mignons despertaron los celos de sus superiores sociales (la vieja nobleza) que se sentían excluidos injustamente del círculo real, y también se peleaban entre sí, incluso hasta el punto de duelos de lucha a muerte, para conseguir el favor y el amor del rey. Así, en abril de 1578 seis de los bonitos mignons del rey se enfrentaron a duelo, conocido como el «duel des Mignons», en la que dos de ellos murieron en el acto. El rey expresó su pena por ellos ofreciéndoles funerales diseñados para inmortalizar su intimidad con aquellos jovencitos que le servían de mayordomos y compañeros sexuales.

Para cuando llegó el momento de su coronación, en 1574, aparte de ser un gran amante y mecenas del ballet y la danza, Enrique III era un travesti popularmente reconocido que se rodeaba -y se dejaba influenciar- por aquella aduladora corte de jóvenes atractivos que peleaban, intrigaban e incluso urdían asesinatos, por conseguir los favores del rey. Enrique y su bello harén masculino estaban interesados únicamente en usar las mejores ropas, ofrecer grandiosas fiestas y en pasearse por París con elegantes accesorios y pelucas.

¿Era un rey o una reina?

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EL REY ENRIQUE III Y SU ESPOSA, MARÍA DE LORRAINE

En las ocasiones más especiales, Enrique III se vestía como una fina muñeca de porcelana, con maquillaje, vestido de seda y diamantes. Además, se hacía confeccionar los corsets más delicados para afinar su silueta y cargamentos con los mejores perfumes de Europa llegaban con frecuencia al palacio real. «Era difícil decir si se trataba de un rey o de una reina«, comentó un indignado testigo. No obstante, había veces en que Enrique sentía repentinamente un completo y sincero arrepentimiento por su conducta frívola y se transformaba en un fanático religioso, azotándose públicamente hasta sangrar, realizando procesiones y vistiendo como monje junto a los mignons que también participaban de los azotes.

«Enrique III había sido siempre el hijo predilecto de Catalina y quiso tener junto a sí a su madre, invistiéndola de hecho de las funciones de primer ministro; con todo, desde un principio se mostró bien resuelto a no permitirle entrometerse en su vida privada. Para empezar, escogió por sí solo a su esposa (…) que llegó como dote únicamente su belleza, su gentileza y su abnegación total a su marido; además, se rodeó de un grupo de jóvenes favoritos -los célebres mignons- que se distinguían por su lujo, su arrogancia y su conducta escandalosa; finalmente, lo que es aún más grave, traslado a su estilo de gobierno sus cambios de humor, las oscilaciones de una naturaleza contradictoria e inestable. Enrique alternaba el hedonismo más desenfrenado con la más austera penitencia, el culto a lo efímero con la fascinación de la muerte, la conciencia de sus prerrogativas reales con un visible desinterés por los asuntos de gobierno«.

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Su mejor biógrafo, el historiador Jean Héritier, escribió: «A menudo se viste de mujer, satisface su placer con muchachos guapos, y se separa de ellos para ir a acostarse con la reina, a la que siempre sigue queriendo, y cuyo amor no conoce eclipse. De la cama conyugal, pasa al oratorio, reza con todo fervor y hace penitencia«. Por su conducta, el rey y sus mignons se convirtieron pronto en objeto de burla de todos los franceses, que los ridiculizaban por su actitud poco varonil. Poco después de su coronación, Enrique III contrajo matrimonio con la princesa María de Lorena-Vaudemont (1553-1601), a la que el rey en persona confeccionó el vestido de novia, maquilló y peinó para su boda.

Los calvinistas, dada su repugnancia hacia todo aquello que fuera o pareciera frívolo, empezaron a asociar públicamente el término «Mignon» con la homosexualidad, un pecado mortal. Difundieron verdades y mentiras sobre la pecaminosa vida de del rey y la iglesia católica lo excomulgó. Finalmente, el 2 de agosto de 1589, un religioso dominico llamado Jacques Clément entró a la cámara de audiencias reales y acuchilló al rey en el vientre. A las pocas horas, el rey que avergonzaba a los franceses murió a los 34 años de edad.

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Hace 355 años: nació Sophia Dorothea, la reina que fue encarcelada por adulterio

Cuando la reina Ana de Inglaterra falleció a los 49 años de edad y sin descendencia, en 1714, hubo un momento de confusión antes de que se difundiera una sorprendente noticia: el nuevo rey sería un pariente lejano y el único protestante disponible, un príncipe alemán de 54 años de edad, Jorge de Hannover, Brunswick y Luneburg (1660-1727).

Coronado como Jorge I, el rey alemán de Inglaterra se encontró ante una situación extraña, ya que jamás había puesto un pie en Inglaterra, no hablaba inglés e ignoraba la cultura, las tradiciones y hasta las buenas maneras inglesas. La población ridiculizó hasta el hartazgo a ese alemán de maneras burdas y poco educado cuyo único mérito para ser rey era ser primo lejano de la reina muerta. Una de las cosas que más risa les causó a los ingleses fue ver a su nuevo rey desembarcar en la corte de Londres con una serie de amantes alemanas, feas y gordas a las que Jorge quería mucho.

El nuevo monarca se instaló en Londres con dos amantes: una era desmedidamente obesa y se la apodó popularmente “el Elefante”, mientras la otra era exageradamente delgada. El ensayista Horacio Walpole recordaba de este modo su encuentro con la gorda, sintiéndose aterrado por el enorme porte de su cuerpo: “Dos fieros ojos negros, enormes e inquietos bajo un par de cejas altas y arqueadas; dos acres de mejillas cubiertos de purpurina; un océano de pescuezo que rebosaba y que no se distinguía de un tronco donde nada se mantenía firme… ¡No es de extrañar que un niño se asustara de tal ogro, y que la chusma de Londres se divirtiera tanto por la importación de este particular serrallo!”.

Sofia Dorotea de Celle (1666-1726)

Lord Chesterfield se mostró especialmente sarcástico en sus comentarios sobre las favoritas del rey Jorge I: “El estándar del gusto del rey, tal y como demuestran sus amantes, exige que todas sus pretendientes… se obliguen a engordar, como las ranas de la fábula, para rivalizar con la envergadura y la dignidad del buey. Algunas tienen éxito, y otras… revientan”.

Pero lo que más sorprendió a los ingleses es que el nuevo rey llegara a Inglaterra con sus dos hijos pero sin su esposa. ¿Dónde estaba la nueva reina? Pronto se supo la verdad. Sofía Dorotea de Celle (1666-1726), la mujer con la que Jorge de Hannover se había casado en 1682, permanecía desde hacía muchos años encerrada en un castillo alemán como castigo por haber “abandonado” a su esposo.

La hermosa pero imprudente esposa del príncipe y madre de dos hijos había sido descubierta en flagrante adulterio con un oficial sueco, el conde Philipp Christoff von Konigsmark. Descubierta la relación, en 1694, Konigsmark desapareció misteriosamente y desde entonces se sospechó que Jorge había ordenado que lo descuartizaran y enterraran bajo el suelo de su palacio de Hannover.

El destino de Sofía Dorotea fue todavía peor. Después de divorciarse de ella, con el consentimiento del propio padre de Sofía Dorotea, Jorge mandó que su mujer fuera encerrada de por vida en el Castillo de Ahlden bajo una estricta vigilancia. Así, permaneció treinta y dos años sin poder siquiera ver a sus propios hijos, el príncipe Jorge y la princesa Sofía. Además, le fue prohibido volver a casarse y comunicarse con sus padres, aunque se le permitió tener servidumbre y una pensión, y dar paseos en su carruaje de caballos en los alrededores del castillo.

El mayor de ellos, también llamado Jorge, estaba tan desesperado por el encierro de su madre que en una ocasión cruzó a nado el foso del castillo donde estaba recluida para intentar, en vano, liberarla de su prisión. Sofía no volvió a ver a sus hijos, que marcharon a Inglaterra cuando Jorge fue coronado rey, y solo supo de ellos mediante las cartas que solía enviarle su hija menor, Sofía, reina de Prusia. El 23 de noviembre de 1726 murió a los 60 años y tras haber pasado 32 de esos años en su prisión. Desde Londres llegó una orden para que el ataúd de plomo, que permaneció varios meses olvidado en un sótano, fuera sepultado en el cementerio de Aldhen sin ninguna ceremonia hacia la que, en teoría, había sido la reina consorte de Inglaterra.

Qué familia real europea podría ocupar el trono británico si la Casa de Windsor se extinguiera

Las familias reales de todo el mundo comparten vínculos más estrechos de lo esperado. La reina Victoria, que gobernó el Imperio británico durante 64 años, entabló relaciones familiares con la mayoría de las principales familias reales europeas, lo que significa que actualmente muchos otros miembros de la realeza, incluidos monarcas de la actualidad, tienen a la soberana como antepasada. La reina Victoria fue la monarca británica que más tiempo reinó en la historia hasta que la reina Isabel II batió su récord.

El reinado de la reina Victoria duró 63 años y siete meses, más que cualquiera de sus predecesores. Heredó el trono a la edad de 18 años después de que los tres hermanos mayores de su padre murieran sin hijos legítimos sobrevivientes. Durante su vida, la reina Victoria tuvo nueve hijos con su esposo, el príncipe Alberto, muchos de los cuales se casaron con otras familias reales europeas.

JORGE V EN LA RECEPCIÓN OFICIAL DE SU YERNO, EL REY HAAKON VII DE NORUEGA.

A través de la reina Victoria y su contemporáneo el rey Christian X de Dinamarca, la reina Isabel II y el príncipe Felipe de Inglaterra, el rey Harald V de Noruega, la reina Margarita II de Dinamarca, el rey Carlos XVI Gustavo de Suecia, el rey Felipe VI de España, el rey Felipe de Bélgica y el gran duque Enrique de Luxemburgo tienen amplias conexiones sanguíneas. Pero, ¿qué familia real europea está más vinculada a la familia real británica?

A lo largo de la historia, las casas reales de Gran Bretaña y Noruega han estado estrechamente relacionadas. Esto se remonta a la época vikinga, cuando los reyes noruegos gobernaban partes de lo que hoy es Gran Bretaña. En los tiempos modernos, la relación diplomática entre los dos países ha sido más armoniosa que hace 1.000 años.

MAUD, PRINCESA INGLESA QUE FUE REINA DE NORUEGA, CON SU HIJO Y SU NUERA EN LA CORONACIÓN DE JORGE VI (1937)

Las familias reales noruega y británica descienden del rey Eduardo VII (1901-1910), que era hijo de la reina Victoria, lo que significa que los miembros de ambas familias están estrechamente relacionados. La hija menor de Eduardo VII, la princesa Maud, se casó con el príncipe Carlos de Dinamarca, quien más tarde fundaría la actual Familia Real de Noruega al aceptar la corona del país nórdico con el nombre de Haakon VII. Su hijo, Olav V, era bisnieto de la reina Victoria.

Maud y Carlos de Dinamarca vivieron principalmente en Inglaterra antes de ser coronados en Noruega, y ella mantuvo una fuerte conexión con su país natal, visitando a su familia durante los meses de invierno. En 1937 Maud asistió a la coronación de su sobrino, Jorge VI, y un año más tarde murió en Londres tras ser sometida a una cirugía. La casa real guardó luto por la última británica que fue reina de un país europeo.

ISABEL II EN EL CASTILLO DE WINDSOR CON SU TÍO, OLAV V DE NORUEGA

Maud estuvo en el bautizo de su sobrina nieta, la actual reina Isabel II, en 1926. Isabel es nieta del rey Jorge V, el hijo y sucesor de Eduardo VII y rey fundador de la Casa de Windsor, tras haber renunciado al apellido Sajonia-Coburgo-Gotha. El padre de Isabel, Jorge VI, era primo hermano del rey Olav V, hijo de la princesa Maud, reina de Noruega.

El rey Harald V y la reina Isabel II son primos segundos, lo que significa que es el miembro de la realeza extranjera más estrechamente relacionado con la reina inglesa. Las visitas de Estado ocurridas a lo largo de las últimas décadas también fueron visitas familiares y el rey Olav, sobre quien pesaron rumores de un posible matrimonio con la reina madre de Inglaterra, estuvo muy presente en los acontecimientos familiares más importantes de la Casa de Windsor. Por descender de Eduardo VII, el rey Harald V ocupa actualmente el puesto 84 en la línea de sucesión.

Los hijos y nietos del rey Harald también ocupan un lugar en la sucesión al trono británico: el príncipe Haakon Magnus, el príncipe Sverree Magnus, la princesa heredera Ingrid Alejandra, la princesa Martha Luisa, y posteriormente sus hijas Maud A. Behn, Leah I. Behn, Emma T. Behn. En los siguientes puestos se encuentran los hijos y nietos de la fallecida princesa Ranhild de Noruega, hermana de Harald V; la princesa Astrid de Noruega, otra hermana de Harald, viene después, seguida por sus hijos y nietos.

Nació hace 98 años: quién fue Pedro II, el último rey de Yugoslavia

Huyó de la Yugoslavia comunista arrastrándose por un desagüe, se casó con una princesa griega y llevó una vida de intrigas geopolíticas en declive que con frecuencia lo llevaron a Chicago. Enterrado en Libertyville, el cuerpo de Pedro II (1920-1945) permaneció allí durante cuatro décadas siendo el primer y único monarca europeo sepultado en suelo estadounidense, mientras su tierra natal se reconciliaba con su pasado monárquico, ayudada por un popular programa de televisión estadounidense y la caída del comunismo. ¿Cómo llegó a Estados Unidos ese rey, educado en Cambridge, esposo de una reina griega y empleado de una banca de ahorros y préstamos de Los Ángeles?

El rey Pedro II fue una especie de rey por accidente. Su padre, Alejandro I, fue el segundo hijo de Pedro I, primero Rey de Serbia y después Rey de los Serbios, Croatas y Eslovenos (1903-1921); Alejandro I solo se convirtió en príncipe heredero porque su temperamental hermano Jorge fue presionado para que dejara el papel después de patear y matar a su sirviente. Alejandro I gobernó una tierra culturalmente tensa, y en 1934 fue asesinado (junto con el ministro de Relaciones Exteriores francés Louis Barthou) por un miembro de la Organización Revolucionaria Internacional de Macedonia, que apoyó la autonomía de Macedonia yugoslava, que finalmente obtuvo en 1991.

Su hijo y príncipe heredero, Pedro, tenía 11 años cuando debió juramentar como el rey Pedro II. Su primo, el príncipe Pablo de Yugoslavia (sobrino de Pedro I), dirigió la regencia que gobernó Yugoslavia y firmó el pacto del Eje entre Alemania, Italia y Japón, convirtiendo efectivamente a Yugoslavia en un aliado de la Alemania nazi y recibiendo una promesa de integridad territorial a cambio, unos meses antes de que el rey se convirtiera efectivamente en rey al cumplir 18 años. Dos días después, un golpe militar liderado por el comandante de la fuerza aérea yugoslava derrocó a la regencia e instaló a Pedro II, de 17 años, como rey títere. Un par de semanas después, cayó Yugoslavia y Pedro II se convirtió en un rey sin patria ni pasaporte que huyó a Oriente Medio tras escapar por una tubería de desagüe.

En 1944, el joven rey se casó con la princesa Alejandra de Grecia, a quien había conocido durante la guerra en Londres: “La princesa, una linda chica de cabello oscuro, solía servir gofres y café a los oficiales y enfermeras estadounidenses en un snack bar en el club de la Cruz Roja de Londres. Allí conoció al rey Pedro, un joven esbelto con uniforme naval que solía venir a escuchar la música de una banda de infantería de los Estados Unidos”, escribió el Chicago Tribune. Pero el amor por la princesa, sobrina de 22 años del rey de Grecia, le costó al rey Pedro la oportunidad de liderar la batalla de su país contra los nazis: para los críticos, el monarca prefería pasar la luna de miel en plena guerra antes que luchar por su pueblo.

Establecido como jefe de Estado en Londres (donde en 1945 nació su hijo, Alejandro), al joven rey se le presentaron dos opciones: unirse al antimonárquico y futuro dictador Tito contra los nazis, o continuar su gobierno en el exilio en El Cairo. Tito, que lideraba Yugoslavia contra los nazis, había obtenido el apoyo de los aliados y tenía todo el poder, fue hostil hacia el rey, intentando congelar sus ahorros en el extranjero.

Pero el rey Pedro regresó al país, dándole a Tito el control del ejército, sin mencionar el acceso al oro de la monarquía. Tito presionó aún más, tratando de obligar al rey a volver a una regencia, y el gabinete existente se negó a disolverse. En el centro del poder yugoslavo se declaró una guerra interna que terminaría mal: Tito afirmaba que quería establecer una democracia y el rey lo acusó de construir una dictadura. Finalmente, el mariscal derrocó a la monarquía en 1945 y su gobierno fue inmediatamente reconocido por Estados Unidos.

Desaparecida cualquier posibilidad de volver al poder, o incluso a Yugoslavia, que se convirtió en una dictadura comunista, Pedro II se convirtió en un ex rey, un un hombre rico que había tenido una corona y se sumaba a una enorme lista de príncipes deshauciados de una Europa desgarrada por la guerra y el comunismo. (Su primo, el príncipe Alejandro, fue descubierto en 1948 vendiendo lavadoras en Bristol).

Viajando por los Estados Unidos en busca de suerte, Pedro II, la reina Alejandra y el príncipe heredero Alejandro llegaron a Los Angeles para reunirse con la comunidad serbia en el exilio. En el matrimonio las cosas empeoraron y surgió la idea de un divorcio después de que su esposa, presa de la depresión, hubiera intentado suicidarse varias veces y de que Pedro II se diera al alcoholismo.

El diario inglés Sunday Express describió a Pedro II como “el más desafortunado de todos los tataranietos de la reina Victoria” y afirmaba que probablemente nunca recuperaría el trono. Entre tanto, los periódicos difundían noticias y rumores sobre la patética vida de los ex monarcas, jalonada por la penuria económica. Los reyes finalmente se reconciliaron en 1955.

Ilka Chase, la actriz y escritora, se encontró con la pareja en la Riviera francesa:

“Gran parte de su comportamiento en la búsqueda inútil de su trono perdido fue tan lamentable, imprudente y estúpido que parecía increíble. Creo que el pobre diablo odiaría verlo en blanco y negro, pero aparentemente derrochó toda su fortuna, acumuló deudas asombrosas, abandonó a su esposa, le mintió, trató de que le quitaran su hijo y, en general, se comportó de una manera lejos de ser adorable. Pero ella lo amaba”. “Después del distanciamiento y la deserción se reencuentran y viven en un apartamento de cuatro habitaciones en Cannes, cuando fui a visitarlos. Son sinceros al explicar que sus ingresos provienen de los serbios que viven en el exilio y que contribuyen semanalmente con lo que pueden gastar para que su rey y su reina puedan mantener un hogar”.

Los intentos de Pedro II por restaurar la monarquía en Yugoslavia se alternaron con sus repetidas crisis personales. En 1963, la reina tomó una sobredosis de pastillas para dormir y entró en coma, pero se recuperó después de dos días; se supo que, durante su distanciamiento, ella había intentado suicidarse cortándose la muñeca. Más tarde, el rey consiguió un trabajo en la Sterling Savings & Loan Association en Los Ángeles. Cuando se le preguntó si ese trabajo dañaba su imagen, respondió: “Creo que eleva un poco mi estatura”.

Tres años después, Pedro II murió de cirrosis hepática en Los Ángeles el 3 de noviembre de 1970. Nunca había regresado a casa y no podría hacerlo en la muerte, ya que Tito, que todavía gobernaba Yugoslavia con mano de hierro, prohibió la repatriación de su cuerpo. Así que fue enterrado en Libertyville en St. Sava, siendo el primer y único rey europeo sepultado en los Estados Unidos.

La monarquía nunca fue restaurada en el país de Pedro, que ahora se llama Serbia, pero la familia real exiliada pudo conectar con la población en los años 90. De hecho, el primer miembro de la dinastía Karadjorgevich llegó Yugoslavia a través de la televisión, cuando los yugoslavos pudieron ver la popular serie de televisión estadounidense «Dynasty», una de cuyas protagonistas era la actriz Catherine Oxenberg, hija de la princesa Isabel Karadjordjevic, prima de Pedro II.

Zahir Shah, último rey de Afganistán, fue un campeón en la defensa de los derechos de las mujeres

Creo firmemente que se deben hacer todos los esfuerzos posibles para garantizar los derechos de las mujeres. Su participación activa es parte vital de la reconstrucción de nuestro país”, dijo Mohammed Zahir Shah. Poco después, declaró: “Necesitamos encontrar oportunidades de trabajo que permitan a hombres y mujeres acceder a los recursos. Toda una generación se ha visto privada de sus derechos básicos en la educación y la atención de la salud”. Era el 2002 y así hablaba el último monarca del Reino de Afganistán, abolido en 1973 con un golpe de Estado, al dar su apoyo al gobierno de Hamid Karzai, que reemplazaría al régimen talibán. El esa ocasión, el ex rey Zahir Shah aprovechó para reivindicar la Constitución de 1964 introducida bajo su reinado: “En el país, las mujeres gozan de plenos derechos, la mayoría de los cuales fueron eliminados bajo el severo gobierno de los talibanes”.

Casi veinte años después, el miedo y la desesperanza se han adueñado de Afganistán, y muy especialmente de las niñas y las mujeres. La última vez que gobernaron, de 1996 a 2001, impusieron una drástica interpretación de la ley islámica (sharia), bajo la cual prohibieron el acceso de las mujeres a la educación y los espacios públicos, ejecutaron a sus adversarios políticos y masacraron a minorías religiosas y étnicas. Durante ese primer gobierno talibán en Afganistán, la gran mayoría de las mujeres y niñas fueron privadas de educación y empleo. El burka era obligatorio en la calle y las mujeres no podían desplazarse sin un acompañante, generalmente un hombre de su familia.

Durante el reinado de Zahir Shah, todo era “muy diferente”, escribió el periodista Emran Feroz en Foreign Policy. “Las mujeres, que vestían faldas occidentales, bufandas o burkas según su inclinación personal, caminaban juntas. Lo mismo ocurre con los estudiantes, tanto niños como niñas, que imitaron el estilo de los íconos del cine americano o indio o de las estrellas del pop. No había señales de miedo, aprensión o ansiedad. No hubo amenaza de explosiones, camiones bomba, atentados suicidas o riesgo de ser asaltado con un arma. Al mismo tiempo, los líderes del país, en particular el propio rey, caminaban libremente entre sus súbditos, a menudo solos y sin una escolta de seguridad, algo inimaginable hoy en día, cuando incluso los dignatarios menores y sus hijos no pueden aventurarse sin sus convoys de recogida y Kalashnikovs”.

Mohammed Zahir Shah, hijo del rey Nadir Shah, ascendió inesperadamente al trono a la edad de 19 años, pocas horas después del asesinato de su padre y documentos diplomáticos lo han descrito como un rey “cauteloso, inteligente y sigiloso”. Se formó en Francia y se preparó para el reino, aunque no existía una ley de derecho de nacimiento que rija la sucesión. Cuando era un joven monarca, había adoptado el título de Mutawakkil Ala’llah, Pairaw-I Din-I Matin-I slam y durante casi tres cuartas partes de su reinado no ejerció ningún poder, abrumado por dos tíos paternos que sirvieron como regentes. El joven rey desarrolló una reputación de ser un rey playboy, feliz de dejar la administración del país a sus parientes ancianos. El entonces embajador británico dijo del rey “es tranquilo y sin pretensiones, con modales agradables, aunque resignado a una vida de ocio y placer. El alejamiento de la rutina de un monarca constitucional puede haberlo hecho incapaz de asumir un papel destacado y útil en la administración de su país”.

La Constitución promulgada en 1964 garantizaba la libertad de pensamiento, expresión y reunión, al tiempo que limitaba los poderes de la familia real. Por primera vez en la historia de Afganistán, las elecciones seleccionarían a los miembros del parlamento y, por lo tanto, la esfera política del país comenzó a cambiar significativamente, mientras también preveía la formación de partidos políticos. Gracias a la ayuda exterior, el rey llevó a cabo una serie de proyectos para ayudar a desarrollar la infraestructura del país, pero la mayoría, que se centraron en el riego y la construcción de carreteras, se limitaron a la zona de Kabul y sus alrededores. Bajo su reinado, se establecieron escuelas para niñas y se otorgó a las mujeres el derecho al voto. Sus reformas iban en sintonía con las de su predecesor de la década de 1920, el rey Amanullah, quien prohibieron los estrictos códigos de vestimenta tradicionales para las mujeres y desalentó la poligamia, mientras que su esposa, la reina Soraya, dio ejemplo al rasgarse el velo en público.

Los historiadores reconocen que uno de los capítulos más significativos del reinado de Zahir Shah fue la emancipación de las mujeres, durante siglos despojadas de derechos, marginadas de la vida pública y confinadas en sus hogares. En 1959 se les concedió el derecho de voto, se les exoneró de llevar el burka o velo islámico y pudieron asistir a escuelas y universidades mixtas. Ese mismo año causó sensación (y escándalo entre los mullah o clérigos islámicos) la comparecencia sin velo de las esposas de los dignatarios del gobierno en los actos del 40ª aniversario de la independencia nacional. Además, cada vez más mujeres integraron las asambleas nacionales, y en 1966 por primera vez en la historia afgana una mujer fue nombrada para dirigir un ministerio, todo lo cual fue considerado entonces revolucionario para un país que sólo seis años atrás pasaba por ser uno de los más antifeministas del mundo.

Después de ser derrocado en 1973, mientras se encontraba bajo tratamiento médico en Roma, Mohammed Zahir Shah vivió en una modesta villa en Olgiata (Roma) desde donde siguió y se involucró en los acontecimientos de su Afganistán. Y aunque envejeció en el exilio, jamás no fue olvidado y siguió siendo el símbolo de aquellos afganos que soñaban con la restauración de la monarquía. A los que rogaban por su regreso a su tierra natal, les respondió: “No me importa el título de rey. La gente me llama Baba (padre de la nación) y prefiero este título”. En el exilio era feliz feliz de pasar el tiempo jugando al golf y al ajedrez, frecuentando los bares y librerías de Roma, y cuidando de su jardín.

Con el rey fallecido en 2007 y a medida que los talibanes anti-monarquía refuerzan su control sobre el país, muchas mujeres temen que se les quiten los derechos que gozaron bajo reyes anteriores, que se afianzaron en los últimos 20 años. Hoy mismo, el régimen declaró que si bien las mujeres podrán asistir a la universidad, tendrán que estudiar en habitaciones separadas de las de los hombres. Esta vez, aunque prometieron una gestión más blanda que reconozca los derechos de las mujeres y aunque en algunas partes de Afganistán se sintió alivio con el fin de la violencia, muchos en el país dicen que lo importante son las acciones, no las palabras. Mientras todo esto ocurre, los especialistas consideran que las mujeres afganas gozaron de más libertados en el reinado de Zahir que en cualquier otro período de la historia del país.

Darío Silva D’Andrea / Monarquias.com

Hace 522 años nació Diana de Poitiers, la poderosa rival de Catalina de Médicis

Coronado en 1547, el rey Enrique II de Francia (1519-1559) fue un adúltero apasionado y llenó de diamantes y castillos a su amante Diana de Poitiers, una bella e influyente mujer que había retozado, durante muchos años, en los brazos del padre de Enrique, el rey Francisco I. Guerrero y gran mecenas del arte, aquel hombre adoraba a las mujeres: “Una corte sin mujeres es como un año sin primavera y una primavera sin rosas”, decía. El rey Francisco quedó encandilado con la joven Diana apenas la conoció y la nombró dama de honor de la reina Leonor. Al mismo tiempo, Diana trabajaba de día para la reina y de noche, para el rey. Cuando Leonor dio a luz al niño que llegaría a ser Enrique II, Diana estuvo presente y acunó al recién nacido entre sus brazos, sin saber que en el futuro también se convertiría en su amante. Diana ocupó un sitio privilegiado en la ceremonia de bodas de su adorado Enrique con Catalina de Médicis. La florentina, mucho más joven que la favorita, no era ni tan bella ni tan seductora como su rival, pero aprendió con gran maestría a tratarla mediante el disimulo. Aunque la vencedora fue, por supuesto, la reina, tras la muerte trágica del rey, Diana siguió ejerciendo su poder en las sombras.

Diana de Poitiers (1499-1566), era una mujer hermosa. Titulada duquesa de Valentinois, Diana era hija del conde de Saint-Vallier, quien fue acusado de traición al condestable de Borbón, juzgado y condenado a muerte. Cuando el hacha estaba a punto de separar la cabeza de su cuerpo, le anunciaron que sería liberado porque, según se cuenta, su joven y bella hija había viajado apresuradamente a Blois para arrojarse a los pies del rey e implorarle piedad. Cuando su madre, Jeanne de Batarnay, falleció, la niña de seis años fue llevada a la corte para servir como dama de la reina Ana, la hija de Luis XI, quien jugaba un papel muy importante como regente durante la minoría de edad de su hermano.

Recibida en la despampanante corte francesa, hasta los catorce años Diana recibió una educación esmerada y una vez que alcanzó la madurez, fue escrupulosamente casada con un miembro de la familia real, Louis de Brézé, gran senescal de la Corte, un poderoso y acaudalado hombre al que solo los príncipes de sangre real superaban en estatus. Este casamiento hizo que Diana adquiriera un papel destacado en la corte del rey Francisco I, para quien la belleza de la joven no pasaba desapercibida. Diana llevó una vida irreprochable como cortesana de alto rango, cuidando siempre de mantener intacta su reputación. Era una mujer de hermosura altiva y avasallante.

«Con Enrique, ella descubrió el placer de un inexperto y ardiente amante adolescente»

Tras enviudar, en 1531, Diana se dedicó por completo a embellecer la corte de Francisco I, quien decidió que todos la trataran como una viuda en duelo perpetuo mientras él mismo le regalaba las joyas más preciadas del tesoro real. Por la elección de los colores de su vestimenta, dejó clara su intención de volver a casarse. Con la protección del mujeriego rey Francisco, la gran senescala escaló posiciones hasta convertirse en la favorita del príncipe Enrique, un niño al que vio nacer y al que acunó en sus brazos. Catalina ya no tenía suegra pero tuvo que enfrentarse a una figura mucho peor, la de la gran senescala, que lo controlaba todo. Diana se comportaba como la más exigente de las suegras, la acompañaba en todo momento y la asistía en cada una de sus necesidades, la peinaba, vestía, dirigía a sus damas y adulaba constantemente.

Hasta el momento en que se convirtió en amante de Enrique, Diana solo había conocido las caricias de un hombre cuarenta años mayor que ella. Aunque De Brézé tenía la edad suficiente como para ser su abuelo, ella había mantenido un matrimonio normal, dando a luz a dos hijos. Sin embargo, sus relaciones con su marido habían tenido como centro los intereses intelectuales compartidos y los lazos familiares tan valorados en esa época. Con Enrique, ella descubrió el placer de un inexperto y ardiente amante adolescente. Como amante, su papel era el contrario del que antes había tenido. Ella sería la maestra y transferiría al tímido joven lo que había aprendido durante años (…) La sensualidad, la inteligencia y la sabiduría de Diana fueron parte de la magia que encantó al joven príncipe tanto como la belleza física, la fuerza y la salud de su dama”. Paralelamente, Enrique de Francia despreciaba a su esposa, Catalina de Médici. La astuta Diana intentaba mantener buenas relaciones con la reina e incluso persuadía al rey de pasar las noches con su esposa para que ambos pudieran tener hijos” [Michael de Kent, Historias de amor en alcobas reales]

Catalina recurrió a los sortilegios amorosos para atraer a su marido; pero estos no resultados ser más fuertes que los de su contrincante, Diana de Poitiers. Desesperada, pero astuta, Catalina recurrió a la amistad de su rival, quien, sintiéndose orgullosa de poder influir incluso en la vida marital de su amante, le ordenó a Enrique que llevase a cabo sus funciones conyugales en aras de conseguir un heredero. En busca del poder, Catalina era capaz de fingir y humillarse hasta el extremo (…)” [Susana Castellanos de Zubiría, Mujeres perversas de la historia]

Subyugado por la belleza de esta magnífica dama, el joven Enrique se enamoró por completo de ella y la amó hasta su último y trágico día. Al comienzo de su matrimonio con Enrique, Catalina de Médici se mantuvo discretamente en un segundo plano porque Diana, a quien llamaban “más que reina”, dominaba todos los aspectos de la vida del rey. Pero a medida que aumentaba la pasión de Enrique por Diana, aumentaban los celos y el resentimiento de Catalina. Se dice que en una ocasión Catalina pidió a un carpintero practicar dos pequeños orificios en el piso de su habitación desde donde podría observar el cuarto de Enrique:

Desde allí (…) se tiraba al piso de su habitación y observaba cómo su esposo hacía el amor con Diana en la habitación de abajo. Un cuchillo debió clavarse en el corazón de la pequeña y regordeta Catalina al ver el cuerpo esbelto de su rival, que el ejercicio aún conservaba joven (…) ella observó a los amantes en la amplia cama, los cuerpos iluminados por la luz de fuego, hasta que en medio de la pasión rodaron desnudos al piso para seguir acariciándose sobre una alfombra de terciopelo. Cuando Catalina vio por sí misma la pasión y la ternura que había entre ellos, dijo llorando a su dama que su esposo ‘nunca lo había hecho así con ella’”. [Michael de Kent, Historias de amor en alcobas reales]

Horas enteras Catalina fisgoneaba y escuchaba mientras sentía deshacerse a los amantes que una intensidad que ella jamás reconocería, pero cuya carencia trataría de compensar con una desmedida ambición de poder que le aturdiría los sentidos” [Susana Castellanos de Zubiría, Mujeres perversas de la historia]

Catalina soportó en silencio la vergüenza de ser la “cornuda” más famosa del reino

El 19 de enero de 1544, Catalina de Médicis dio a luz a un niño, Francisco, el primer hijo de la pareja después de muchos años de espera. “Fue ella [Diana] quien escogió sus nodrizas y sus ropas, entrenó al personal y supervisó la dieta del niño. Lo mismo sucedería con todos los hijos de Catalina. Más tarde, sería Diana quien escogería sus tutores y supervisaría su educación, tratando a los hijos de Enrique como si fuesen propios. Siempre fue solícita y amable con Catalina, insistiendo en que la joven madre debía descansar y ahorrar esfuerzos, pero Catalina sabía que ella era la encargada de dar a luz y que Diana era quien decidía. Diana, la cazadora y la diosa de la Luna, la patrona de los arroyos y los bosques, había resultado también ser la protectora de los nacimientos. No es sorprendente entonces que Enrique estuviese cada vez más bajo el hechizo de esta diosa terrenal”. [Michael de Kent, Historias de amor en alcobas reales]

Tres años más tarde, en 1547, el rey Francisco I murió acompañado de su nuera. Mientras tanto, el nuevo rey, Enrique II, se encontraba en el castillo de Anet con su amante. Catalina de Médicis era la nueva reina, pero su ascenso al trono era solo una puesta en escena, porque todos sabían que quien realmente influía en el nuevo rey en todos los asuntos políticos era Diana de Poitiers. El nuevo rey le otorgó a su querida el ducado de Valentonois con rango de princesa real, un caso único en la historia. En principio, ambas mujeres procuraron mantener la paz en palacio, pero esa paz se rompía de vez en cuando, como aquella vez en que Catalina, ahogada en rencor, le dijo a la cortesana que comprendía perfectamente cuál era su papel en la Corte: “He leído la historia de este Reino y he averiguado que, siempre, en todas las épocas, ha habido alguna puta que se ha metido en los asuntos reales”.

Pese a la opinión de la reina, todos sabían que el rey estaba enamorado de Diana y que no era una cualquiera: “La persona a quien no hay dudas que el rey ama y prefiere por sobre todas es Madame de Valentinois, una dama que actualmente tiene cincuenta y dos años”, decía un informe del embajador de Venecia al emperador Carlos V; “Él la ha amado mucho y ella permanece con él pese a su edad. Es verdad que aunque no usa pinturas o afeites, parece mucho más joven de lo que es. Es una mujer muy inteligente y siempre ha sido la inspiradora y la colaboradora del rey, asistiéndolo incluso con su propio dinero cuando él era aún el delfín”. A sus cincuenta años, Diana era la verdadera reina en las sombras, pero aún así mandaba al rey puntualmente a visitar a su mujer, como informaba el embajador: “La reina no podía soportar, al comienzo de su reinado, tal amor y tal favor por parte del rey hacia la duquesa, pero luego, por instancias del rey, se resignó y soporta con paciencia. La reina frecuenta continuamente a la duquesa que, por su parte, le hace los mayores servicios frente al rey, y a menudo es ella quien lo exhorta a dormir con la reina”.

En cuanto a las aventuras de Enrique II con otras mujeres, no intervenía si estaba segura de que no tendrían futuro. Tenía al rey bien dominado y le hacía sentir la importancia de estar juntos. Mientras el rey le juraba eterna fidelidad a Diana, ella, por su parte, se empeñaba en mantener una constante guerra contra el paso del tiempo. Al enviudar había adoptado los colores del luto (blanco y negro), agregó a su escudo la antorcha invertida, símbolo de las viudas, y honró la memoria de su marido muerto dedicándole un espléndido mausoleo en la capilla del castillo de Anet. Baños de agua helada, ejercicios físicos al aire libre, una dieta espartana y todo tipo de tratamientos para la piel eran las estrategias que la gran favorita utilizaba para conservar su belleza. Uno de sus contemporáneos, Brantôme, había relatado que la mujer, de quien alababa su gran belleza y elegancia, tomaba habitualmente oro disuelto en sus bebidas, como un elixir de la juventud.

Era bella y lo sabía. Sabía también cultivar y mantener esa belleza. Había descubierto, con cuatro siglos de anticipación, las virtudes de la higiene y del deporte. Llevaba una vida sana, evitaba los excesos, se levantaba y se acostaba muy temprano, salvo los días en que las festividades la retenían en la corte. Comía moderadamente, dormía eventualmente la siesta, se daba baños fríos, evitaba los cosméticos, polvos y ungüentos porque arruinaban la piel, y todos los días, cualquiera fue el clima, dedicaba los esencial de la mañana a hacer ejercicio al aire libre, a cabalgar a través de prados y bosques. Ese régimen natural, seguido asiduamente por una mujer sana y de buena salud, le permitió conservar durante mucho tiempo la pureza de su cutis y la agilidad de su andar. Un ‘milagro’ que hoy nosotros estamos en condiciones de comprender mejor”. [Simone Bertiére, Las reinas de Francia en tiempos de los Valois]

La gran senescala tuvo buen cuidado de mantener envuelta en el misterio la naturaleza de sus relaciones con Enrique, confiriéndoles un carácter mitológico y sacro y transformando a la viuda ejemplar en diosa del Olimpo”. [Pilar Queralt del Hierro, Reinas en las sombras]

Como su padre nunca lo había preparado para ser rey, Enrique no sabía gobernar. Diana se convirtió entonces en su principal consejera, la única a la que el rey consultaba en asuntos importantes, y a menudo las cartas oficiales estaban firmadas con un nombre conjunto, “Henri-Diane”. Cuando Enrique II fue coronado en Riems, los franceses contemplaron asombrados el monograma formado por las letras “H” y “D” (Henri y Diane) mientras el monograma de la nueva reina consorte, Catalina, brilló por su ausencia. La amante recibió títulos, fincas y castillos a cambio de entretener, consolar y, sobre todo, aconsejar al rey en todos los aspectos de la vida cortesana: desde las condecoraciones que debía entregar hasta la decoración de sus palacios reales. Mientras tanto, la reina Catalina soportó en silencio la vergüenza de ser la “cornuda” más famosa del reino, y recurrió a la única estratagema que se le ocurrió: ignorar a Diana.

Todo lo que podía hacer era tramar un complot en secreto, mientras en público ignoraba a Diana. Casi no hacía referencias a la amante real. Sólo lo hizo años más tarde en su correspondencia privada (…) La reina Médici no era tan tonta. Sabía que ella siempre sería una extranjera en una corte y en un país que le eran hostiles, por lo cual se obligó a ocultar el odio que sentía por la favorita. Mientras el rey seguía amando a su Madame, ella nunca perdía de vista la posibilidad de defenestrarla o de enviarla al exilio. Sin embargo, sólo entre los muy íntimos se atrevía a expresar su odio. En cambio, cuando una amiga se ofreció a cortar la nariz de Diana y otra, llamada Gaspard de Saulx, sugirió la idea de arrojarla vitriolo para arruinar para siempre su bello rostros, Catalina siempre se negó, afirmando sin cesar que ella sólo deseaba el bien para la duquesa de Valentonois”. [Michael de Kent]El

El agonizante Enrique pidió ver a Diana por última vez, pero Catalina no lo permitió

Víctima de la fatalidad dinástica, Enrique II murió en 1559, durante los grandiosos festejos nupciales de su hija, la princesa Isabel, con el rey Felipe II de España. Desde entonces, la reina Catalina sólo vestiría de luto y a su alrededor la atmósfera se tornó lúgubre y sombría. Tapices, paredes, muebles, cuadros, todo en su palacio quedó cubierto de telas negras. La excepcional reina viuda, a quien los franceses llamaban “Madame Serpiente”, consolidó su poder y se convirtió en regente de sus tres hijos, que reinaron sucesivamente hasta 1589, el año que supuso el fin de la dinastía Valois. Una vez libre de su marido, la reina ordenó ejecutar a Montgomery, acusado de traición, y decidió deshacerse de Diana. En su agonía, Enrique II había pedido ver a Diana por última vez, pero Catalina no lo había permitido.

La poderosa Diana de Poitiers fue obligada a devolver todas las joyas que su suegro y su marido le habían regalado. Pero a lo largo de los últimos veinticinco años, Diana se había hecho amigos poderosos en la corte. Como la reina Catalina no podía ponerse en contra de estas familias nobles, se limitó a quitarle el Castillo de Chenonceaux, el más bellos de los Castillos del Loira, que Enrique II le había regalado, y ofrecerle a cambio el de Chaumont. La reina viuda le solicitó a su aliada que abandonara la corte y se retirara a cualquiera de las residencias de las que había se había apropiado. Temiendo por su vida, Diana escribió una carta al nuevo rey, el joven Francisco II (1544-1560), en la que le solicitaba perdón por los errores que hubiera podido cometer en el pasado y que le ofrendaba su vida y sus bienes. Según el diplomático Giovanni Michiel, “el rey ha ordenado que se informe a Madame de Valentinois que, debido a su perniciosa influencia sobre el difunto rey, su padre, ella merecería un severo castigo. Pero que él, en su clemencia real, no ha querido perturbarla más”. Diana obedeció y nunca regresó la corte. “Yo podía buena cara a Madame de Valentinois”, sentenció Catalina en 1584; “Era la voluntad del rey, aunque no le ocultaba que consentía en que ello me hacía sufrir, pues ninguna mujer que haya amado a su marido aprecia a la ‘puta’ de su marido; y aunque ésta sea una palabra fea, no existe otro nombre que se le pueda dar”.

Darío Silva D’Andrea

Hace 170 años nació la reina Olga de Grecia y antepasada del rey de España y del príncipe de Gales

La reina Olga de Grecia, tatarabuela del rey Felipe VI de España y del príncipe Carlos de Inglaterra, nació el 3 de septiembre de 1851, hace 170 años. Nacida como la gran duquesa Olga Constantinovna de Rusia, era hija del gran duque Constantino Nicolaievitch y nieta del zar ruso Nicolás I. El 15 de octubre de 1867, la joven gran duquesa se casó con el rey Jorge I de Grecia, hijo del rey de Dinamarca, que en 1863 se convirtió en el rey de los helenos cuando la Asamblea Nacional griega lo eligió para reemplazar al igualmente impopular rey Otto, nacido en el extranjero, que había sido depuesto.

Olga Constantinovna tenía solo 16 años cuando se casó y las crónicas de su época la recuerdan tímida y temerosa, abrazada a una muñeca, cuando desembarcó en el puerto de Atenas. Tuvo cinco hijos y tres hijas, una de las cuales murió en la infancia. Los otros hijos supervivientes fueron el futuro rey Constantino I, el príncipe Nicolás y el príncipe Andrés. Toda la descendencia de George y Olga se casó con nobles o miembros de la realeza europea. Andrés se casó la princesa Alicia de Battenberg, bisnieta de la reina Victoria de Gran Bretaña, y fue padre de Felipe, duque de Edimburgo.

En ese momento, era muy común casarse con otros miembros de la familia real. Y (el rey de Dinamarca) Christian IX era muy bueno en eso”, dijo el experto de la realeza Lars Hovbakke Soerensen. “Fue fundamental para que sus hijos se casaran con otras casas reales en Europa. Lo que era importante entonces era que las casas reales necesitaban sangre azul en las venas”.

A través de su gran familia, Olga se convirtió en una antepasada para muchos personajes de la realeza actual, entre ellos el príncipe de Gales (nieto de Andrés de Grecia), el duque de Kent (nieto de Nicolás) y el rey Felipe VI de España (bisnieto de Constantino). Uno de sus nietos Dimitri Pavlovich (hijo de la princesa María) se hizo célebre por haber participado en el asesinato de Rasputin. Su bisnieta Sofía de Grecia es la esposa de Juan Carlos de Borbón, quien fue rey de España entre 1975 y 2014, mientras otro de sus bisnietos, a quien conoció, fue el último rey de Rumania.

Olga quedó viuda de forma trágica en marzo de 1913, cuando su esposo, quien celebraba ese año 50 años de reinado, fue asesinado en Salónica. La reina viuda, que contempló desde Grecia la caída de la monarquía rusa y ejecución de varios miembros de su familia durante la Revolución, sobrevivió para ver a su nieto, el rey Alejandro I, morir a causa de la mordedura de un mono en 1920, y ver a su hijo mayor, el rey Constantino, abdicar en 1922, a lo que siguió el establecimiento de la República Griega dos años más tarde.

En los años 20, la reina Olga vivió en la más estricta intimidad en Roma, en una casa que estaba llena de “las pasadas glorias de su vida que se mantuvieron vivas” por las pinturas y muebles de su palacio en Atenas, según dijo un familiar. Pasó sus últimos días leyendo y “ocasionalmente recibiendo a viejos amigos a quienes lamentaba amargamente la dispersión de su familia por toda Europa a través de la agitación que azotó a Grecia después de la Guerra Mundial”. Finalmente murió en 1926, rodeada de su familia y sus recuerdos. El gobierno griego permitió que sus restos fueran sepultados junto a los de su esposo y su nieto Alejandro en los terrenos de la finca real de Tatoi, que había sido su residencia de verano.

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Carolina de Ansbach, la «Dama de Hierro» que fue reina de Inglaterra y pionera de la inoculación

La historia puede haber olvidado a Carolina de Brandemburg-Ansbach, reina consorte de Inglaterra (1683-1737) pero ciertamente dejó una impresión indeleble en todos los que la conocieron. La esposa de Jorge II estaba poseída por «un busto de una magnitud ejemplar», escribió un testigo aturdido según un nuevo libro del historiador Matthew Dennison. «La legendaria fama de su magnífico pecho«, dice Dennison, se extendió por todo el reino.

Pero afortunadamente, Carolina resultó ser mucho más que eso. Cuando se casó con el príncipe Jorge Augusto de Hannover en 1705, nadie se fijó mucho en ella, y mucho menos en su esposo. Ella había sido elegida como su novia, principalmente porque hablaba el mismo idioma, el alemán, y parecía tener el único requisito de una esposa real: la fertilidad. Desde el principio, sin embargo, Carolina dejó en claro que veía su papel en términos muy diferentes.

Nacida en la sobría corte del Margrave de Brandeburgo-Ansbach, Carolina quedó huérfana cuando era niña y pasó por cinco casas antes de establecerse en Prusia, donde floreció bajo la tutela de los reyes de ese país. Joven hermosa e inteligente, aunque en gran parte autodidacta, Carolina fue muy solicitada en matrimonio por muchos príncipes. Rechazó una oferta del archiduque Carlos de Austria pero finalmente aceptó casarse con el futuro rey de Gran Bretaña.

Dinásticamente, lo más importante de Carolina es que era una ardiente protestante y tenía caderas adecuadas para tener hijos, por lo que fue celebrada por su fecundidad: «la encantadora madre de nuestra raza real… la tierna madre y la esposa fiel«, dijo de ella el poeta John Gay. Las pinturas de la bella rubia Princesa de Gales rebosaban símbolos de madurez, uvas deliciosas y una calabaza, lo que llamaba la atención sobre su amplio pecho.

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Cada vez que el rey regresaba a Hannover, su feudo alemán, Carolina actuaba como regente.

En 1714, el príncipe hannoveriano se convirtió en el heredero del trono británico al ser coronado su padre, Jorge I, y fue proclamado Príncipe de Gales. La pareja se mudó a Inglaterra, donde Carolina se propuso caer simpática a todas las personas con las que entraba en contacto. Tenía tantas ganas de congraciarse con los galeses que llevaba un gran ramo de puerro en el Día de San David.

Cuando Jorge II se convirtió en rey en 1727, el matrimonio se mudó al Palacio de Kensington, donde Carolina rápidamente echó a los tigres y gatos que vagaban por el lugar y los reemplazó con tortugas gigantes. Hizo la vista gorda ante los numerosos asuntos de su marido: parece que el nuevo rey era incapaz de resistir la tentación sexual. Su gran familia -ocho niños- es un testimonio de la resistencia de su relación amorosa y física de Jorge y Carolina.

La reina Carolina daba largos paseos por los jardines reales todos los días, a menudo acompañada por músicos de la corte tocando cuernos franceses y también, para escándalo de la sociedad de aquellos tiempos, se bañaba muy seguido. Como creía, contra lo que se pensaba entonces, que el agua y la higiene corporal eran saludables, ordenó la compra 20 bañeras de madera con ruedas para la residencia real.

Carolina poseía una mente avanzada para su tiempo y se cree que fue la primera reina culta en muchos siglos. Asistió al teatro siempre que pudo, defendió la inoculación, estudió física newtoniana y se mantuvo al tanto de las nuevas ideas y los nuevos inventos. Sin embargo, no todos la querían. Un visitante describió a Caroline como «gorda y muy fea»; y una vez fue quemada en efigie por una mafia que la culpó, bastante injustamente, por un aumento del impuesto al tabaco.

Como sugiere el título de Matthew Dennison, «The First Iron Lady», él la ve como una especie de antepasado espiritual de Margaret Thatcher, poseedora de una determinación igualmente inquebrantable y ausencia de dudas. El problema es que a principios del siglo XVIII, ya no era el rey o la reina quienes tenían las riendas del poder, sino el primer ministro. Durante gran parte del tiempo en que Carolina se mantuvo en el trono, el poder estuvo en manos de Robert Walpole.

Carolina se hizo amiga íntima de Sir Walpole. Después de que Jorge II se convirtiera en rey, casi logró lo retiraran de su puesto pero se abstuvo de hacerlo bajo el consejo de su esposa. De hecho, Carolina, que era a la vez inteligente y curiosa, eclipsó enormemente a su marido en la mayoría de los aspectos culturales y políticos. Tanto es así, que cuando fueron coronados un escritor satírico escribió sobre la pareja real: «Puedes pavonearte, apuesto Jorge, pero todo será en vano; Sabemos que es la reina Carolina, y no tú, quien reina«.

La decisión de Carolina de inocular a sus hijos fue ampliamente divulgada en la floreciente prensa de entonces, y así convenció a muchos otros padres de que el procedimiento era seguro y eficiente para evitar enfermedades. También tuvo implicaciones en la forma en que se percibía la dinastía Hannoveriana en Gran Bretaña: sus predecesores, los reyes de la Casa de Estuardo, continuaron la tradición de «imponer» sus manos para sanar a los enfermos. Pero asociar a los georgianos con la medicina y la ciencia, Carolina los vinculó a la nueva era del racionalismo y el progreso, y rechazó el misticismo y el galimatías.

Su relación con personas como Isaac Newton también influyó en el entrenamiento de la próxima generación. Newton recomendó profesores de matemáticas y astronomía para los príncipes y Handel les enseñó música. Incluso durante un período de distanciamiento entre el rey Jorge I y su hijo, durante el cual Carolina fue separada de sus hijos mayores mientras el rey guardaba la custodia de ellos mientras su hijo y su nuera eran expulsados ​​de su palacio, los libros de texto supervivientes muestran que sus hijos estudiaron a Plutarco, Heroditus y Tucídides, la historia del Imperio Romano y la teología.

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Carolina pretendía que la familia real fuera capaz de mantener un debate intelectual.

Carolina era claramente una mujer de considerable inteligencia y curiosidad ilimitada. Al final de su vida, incluso Jorge II, que la abandonaba durante largas temporadas para habitar con su amante, había llegado a reconocer sus cualidades. Dennison argumenta que una de las razones por las cuales Jorge tuvo tantas amantes, a pesar de estar enamorado de su esposa, fue para demostrar a todos que era él quien llevaba los pantalones en la casa, aunque fuera él el único que se engañaba.

Para Jorge II, tener una amante era, en palabras del autor de las memorias de Lord Hervey, un «accesorio necesario para su grandeza como príncipe«. Las sucesivas amantes eran simplemente «accesorios para una corona» y Carolina, astuta y perspicaz, hizo la vista gorda y se aseguró de que sus amantes fueran sus damas de honor, para vigilarlas mejor. Su suegra le dijo amablemente que las amantes de Jorge lo ayudarían a mejorar su inglés.

«Ha habido pocas reinas de Inglaterra que tuvieron vidas felices», reflexionó Carolina antes de morir. En su lecho de muerte, Carolina instó a Jorge II a volver a casarse, pero el rey quería mucho a su esposa, y se negó, diciendo que en vez de eso solo tomaría amantes. En sus momentos finales, la reina envió una carta de perdón por los muchos males que se habían causado mutuamente a su hijo, el Príncipe de Gales, pero este no asistió al funeral

En noviembre 1737, a los 58 años, le llegó una horrible y dolorosa muerte como resultado de una hernia umbilical, que estalló en la pared de su estómago: «Todo su excremento salió por una herida en su vientre». La reina se quejó ni lloró, y solo una vez pidio opio para calmar el dolor. Carolina fue llorada en todo el país. Fiel a su palabra, el rey nunca volvió a casarse, y cuando murió, 23 años después, fue enterrado junto a ella en un ataúd idéntico.

A 306 años de la muerte de Luis XIV de Francia: “¿Acaso me creías inmortal?

Luis XIV de Francia murió el 1 de septiembre de 1715, hace 306 años, después de un extraordinario reinado de 72 años. Su muerte fue realmente sorprendente, sobre todo porque pocos franceses recordaban haber conocido a otro rey. Además, el estado de salud de Luis, hombre desde su juventud muy atlético y ocupado por su salud, no hacía prever un desenlace fatal.

Los diarios de sus médicos dejan notar que el rey poseía una salud extraordinariamente robusta, a juzgar por la escasez de enfermedades que aparecen: en 1683 la reina le contagió el sarampión, en 1684 se le extrajeron unas muelas y en 1686 fue operado por una fístula anal. A los 75 años, todo marchaba bien en la vida del rey, quien sin embargo había visto morir a gran parte de su familia y a dos de sus herederos directos (su hijo, el gran delfín Luis, y su nieto) y ahora la sucesión estaba garantizada por su bisnieto, quien le sucedería con el nombre de Luis XV.

El rey dormía «como un niño» y todo marchaba muy bien en asuntos íntimos, según contó su segunda esposa, Madame de Maintenon. Además, salía a cazar y a los espectáculos artísticos normalmente.  Pero el 10 de agosto de 1715 se sintió muy mal de repente y se trasladó a Versalles, el palacio donde había deseado morir.

Padecía constantes dolores que deseaba olvidar sumergiéndose en el trabajo y distrayéndose con música, canciones, visitas de familiares e instando a todo el mundo que la vida cortesana continuara como si no pasara nada. Pero a medida que pasaron los días, se sintió peor, le subió la temperatura y comenzó a recluirse en su habitación, preparado para morir: «Yo me voy, Francia permanece», habrían sido las últimas palabras audibles que pronunció antes de sumergirse en el sueño.

Aún lúcido, se despidió de sus más cercanos, lloró al pedir perdón a Madame de Meinteón por no haberla hecho feliz, y lloró cuando fue visitado por su bisnieto, el pequeño heredero de 4 años de edad. «¿Acaso me creías inmortal?», le preguntó a su esposa antes de morir.

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El emperador Calígula: el dios de la locura en el trono de Roma

Aunque está considerado, tal vez, el más depravado y sanguinario de los emperadores de la Antigua Roma, Calígula fue muy querido al ascender al trono, en el año 37 d.C, tras la festejada muerte de su tío. Unos 160.000 animales fueron sacrificados en honor al emperador, en distintos templos, durante los primeros tres meses de su prometedor gobierno. Después de todo, era hijo del noble y heroico Germánico. Los romanos recibieron al nuevo ‘princeps’ como si fuera un osito de peluche y recordaban con cariño los apodos que le ponían cuando era un tierno niño: “Estrellita”, “Bebé”, “Cachorrito”, “Botitas”… ¡Era un regalo del cielo! Pero no todo lo que brilla es oro.

Nacido el 31 de agosto del año 12 d.C., era el octavo de los nueve hijos de Germánico y Agripina la Mayor, bisnieta del emperador Augusto. Una sangrienta lucha por el poder azotaba las ramas su árbol genealógico mientras el pequeño Calígula crecía lejos de la corte romana. Su madre fue criada en la convicción de haber nacido para el poder, y había vivido vivió en una corte dividida entre los bandos que se disputaban la sucesión de Augusto, que carecía de descendencia masculina directa. Finalmente, Augusto adoptó a Tiberio (hijo de su esposa Livia) haciendo que éste, a su vez, adoptara a su sobrino Germánico como hijo y heredero. Calígula tenía siete años cuando su padre murió y de pronto se vio arrastrados por las violentas circunstancias dinásticas sucedidas del reinado de su tío Tiberio. El ambiente en el que creció, al cuidado del degenerado Tiberio, era aterrador y marcaría a Calígula por siempre. El emperador, sin embargo, prefirió no entrometerse en la vida y en la educación de su sobrino: “Dejo vivir a Cayo para su desgracia y para la de todos”, se lamentó Suetonio.

Durante los primeros meses del reinado hubo una felicidad general que no se había experimentado durante mucho tiempo en el Imperio Romano. Calígula se mostró como un hombre piadoso, generoso y bienintencionado: colocó solemnemente las cenizas de Tiberio en el Mausoleo de Augusto y decretó una amnistía para exiliados y condenados; desterró a los delincuentes sexuales; rehabilitó a su tío Claudio en la vida política y adoptó como sucesor a Tiberio Gemelo, nieto del emperador muerto. Además, concedió al pueblo el derecho a votar por magistrados; aumentó las obras de teatro y los combates de gladiadores, a fin de entretener a las masas; donó a cada ciudadano romano trescientos denarios; repartió alimentos y regalos; dio generosas compensaciones económicas a la Guardia Pretoriana y a las tropas urbanas y fronterizas; realizó abundantes banquetes a los cuales invitó a senadores y caballeros; etcétera… Por último, Calígula se ganó el aplauso popular al viajar a Pandateria y a la isla de Pontia para recoger las cenizas de su madre y de su hermano, asesinados por Tiberio, y llevarlas a Roma.

Harían falta muy pocos meses para que el bueno de Calígula se convirtiera en el emperador cruel y despiadado. Según Filón de Alejandría, la causa de la crisis habría sido el cambio en los hábitos de vida de Calígula al ser coronado, pasando de una existencia tranquila y saludable a tener en sus manos un poder sin límites y toda clase de privilegios. De repente, el emperador se volvió loco. Ordenó el asesinato de Tiberio Gemelo, por temor a que este se rebelara y quisiera matarlo, y cuando fue reprendido por su abuela Antonia, en vez de inclinarse ante su autoridad, le respondió: “Recuerda que todo me está permitido, y con todas las personas”. Según Suetonio, el césar empezó a presentarse “con barba de oro, blandiendo en la mano un rayo, un tridente o un caduceo, insignias de los dioses, y algunas veces se vestía también de Venus… Llevó asiduamente los ornamentos triunfales, y no era raro verle con la coraza de Alejandro Magno, que había mandando sacar del sepulcro del príncipe”. El sobrino pronto superó al tío en depravación y maldad y, aunque a ambos les encantaban las torturas y ejecuciones masivas, Calígula se convirtió en un verdadero experto en estos asuntos.

Era habitual que las comidas de Calígula fueran acompañadas de torturas, a modo de entretenimiento. Durante una de esas comidas, los invitados se mostraron desconcertados cuando Calígula rompió a reírse a carcajadas. Amablemente, le preguntaron si podía compartir con ellos el chiste, y casi se les atragantaron las uvas al escuchar que el emperador decía: ‘¿Qué les parece? ¡He pensado que podría ejecutarlos a todos en este instante!’ A Calígula le gustaba obligar a los padres a contemplar de cerca la ejecución de sus hijos. En una ocasión, uno de esos padres se excusó aduciendo que estaba enfermo y entonces Calígula le ofreció gentilmente una litera para llevarle hasta el lugar de la ejecución y evitar así que se perdiera la fiesta. Una vez, recordando amenazadoramente hasta dónde llegaba su poder, comenzó: ‘Sepan que puedo hacer con cualquiera lo que yo desee’” [Michael Farquhaad, Las cloacas de la historia]

Puertas adentro, la corta vida de Calígula fue una sucesión de atrocidades y desenfreno, y el abanico de sus excesos no puede ser más amplio: incesto, rapto, estupro, violación, sodomía, blasfemia… Con excepción de su hermana Drusila, a la que amaba con pasión, el emperador estaba absolutamente solo. Su abuela Antonia fue envenenada y Caligula contempló desde su ventana la cremación de su cadáver. Obligó a su suegro Silano a degollarse con una navaja porque se sentía amenazado por ese hombre. Mientras tanto, su hermana Agripina, como madre de un hijo con derecho a la sucesión, no sólo temía por su vida sino por la de su niño. La atmósfera cortesana era lúgubre, repleta de desconfianza. Convencido de su divinidad, era habitual verlo hablando con sus colegas los dioses del Panteón Romano, invitaba a la diosa luna a acercarse a su lecho o le contaba secretos al oído a Júpiter.

Le dijeron que era superior a todos los príncipes y reyes de la tierra, y a partir de entonces empezó a atribuirse la majestad divina. Hizo traer de Grecia las estatuas de los dioses más famosos por la excelencia del trabajo y el respeto de los pueblos, entre ellas la de Júpiter Olímpico, y a la cual quitó la cabeza y la sustituyó con la suya. Hizo prolongar hasta el foro un ala de su palacio y transformar el templo de Cástor y Pólux en un vestíbulo, en el que se sentaba a menudo entre los dos hermanos, ofreciéndose a las adoraciones de la multitud. Algunos le saludaron con el título de Júpiter latino; tuvo también para su divinidad templo especial, sacerdotes y las víctimas más raras”. [Suetonio, Los Doce Césares]

Por toda Roma corrían las noticias sobre las relaciones incestuosas del emperador con sus tres hermanas -Julia Livilla, Agripina la Joven y Julia Drusila-, a las que además obligaba a prostituirse o exhibirse desnudas durante banquetes de Estado. “Nunca se cuidó de su pudor ni del ajeno”, dice Suetonio; “y se cree que amó con amor infame a Marco Lépido, al mimo Mnéster y a algunos rehenes. Valerio Catulo, hijo de un consular, le censuró públicamente haber abusado de su juventud hasta lastimarle los costados. Aparte de sus incestos y de su conocida pasión por la prostituta Pyrallis, no respetó a ninguna mujer distinguida”. Tuvo cuatro esposas. A la primera, Livia Orestila, la violó en el transcurso de su ceremonia nupcial y repudió al cabo de unos días. A la segunda, Lolia Paulina, le prohibió tener relaciones sexuales tras divorciarse de ella. Después del nacimiento de su hijo, el interés sexual de Calígula por su hermana Agripina se apagó por completo, y anunció entonces que contraería matrimonio con su otra hermana, Drusila. Su última esposa, Cesonia, fue la que más le duró, al parecer por sus artes libertinas, que excitaban al emperador de manera especial y lo hacían deudor de sus caricias. Se cuenta que en una ocasión, en pleno acto amatorio a la luz de las velas, mientras le besaba el cuello, Calígula le dijo al oído con seductora voz: “¡Tan hermoso cuello! Mandaré que lo corten cuando se me antoje”.

Cuando no se dedicaba a martirizar a sus esposas y hermanas, Calígula se entretenía con las mujeres de otros hombres, incluso en el propio día de la boda de ellas. Las mujeres casadas de la corte, especialmente, comenzaron a ser obligadas a mantener relaciones sexuales con el césar, bajo amenaza de acusarlas de adulterio o divorcio. Lo más común era que invitara a las mujeres más hermosas de la nobleza a comer acompañadas por su marido. Llegado el matrimonio ante el emperador, éste examinaba con minuciosa atención el cuerpo de la dama y “si alguna bajaba la cabeza por pudor, él se la levantaba con la mano”, según Suetonio. Una vez que terminaba de examinar a todas las invitabas, llevaba a la que más le gustaba a una habitación cercana y volvía después de un rato “con las recientes señales del deleite”. Ante todos los comensales, Calígula brindaba con vino por la mujer, ponderaba su belleza, sus pechos, sus caderas, y contaba todo tipo de detalles íntimos, para vergüenza del marido cornudo, que no podía decir nada.

El pueblo romano, que una vez aclamó y adoró a “Botitas”, no salía de su asombro ante la maldad y la depravación del emperador. Harto del abuso, la sangre y la blasfemia, en el año 41 d.C. los romanos (guardia, senado, nobles) se volvieron contra él y, menos de cuatro años después de su coronación, Calígula fue asesinado. Nadie lloró en Roma. El nuevo emperador, su enclenque tío Claudio, anuló todos los decretos de gobierno del emperador muerto y, aunque evitó que prosperara formalmente la ‘damnatio memoriae’ acordada por el Senado, ordenó que se borrara su nombre de las inscripciones y que se derribaran sus estatuas. Los súbditos romanos procuraron olvidar para siempre el nombre del pérfido césar. El imperio estaba avergonzado de aquel corrupto y desquiciado joven que en sus cortos veinticinco años de vida nunca había dudado en asesinar opositores, violar mujeres casadas, profanar templos, y entregarse a toda clase de perversiones.

Monarquías.com / Darío Silva D’Andrea

Sangre azul: cómo se relaciona la familia real de Liechtenstein con las dinastías europeas

Con motivo de la muerte de la princesa consorte Marie de Liechtenstein, cuyo funeral se celebró este sábado 28 de agosto, en MONARQUIAS.COM indagaremos en el árbol genealógico de la familia principesca, cuyas raíces están bien relacionadas con dinastías reales como la de España, Holanda, Mónaco o Gran Bretaña.

La princesa Marie nació en Praga en 1940 y fue una de los siete hijos del conde Fernando Carlos Kinsky von Wchinitz und Tettau y de la condesa Enriqueta. En 1965 se comprometió con el príncipe hereditario de Liechtenstein, el futuro Hans Adam II, con quien se casó dos años después. En 1989, Francisco José II, suegro de Marie, murió tras un reinado de más de medio siglo, siendo el primer príncipe soberano de su dinastía que moría y era enterrado en el Principado, situado entre Austria y Suiza.

Francisco José II (1906–1989), casado con la Condesa Georgina von Wilczek (1921-1989), era el hijo del príncipe Alois de Liechtenstein (1869-1955), quien renunció a su derecho sucesorio. Estaba casado con la archiduquesa austríaca Isabel Amalia de Habsburgo (1878–1960), relacionada con la familia imperial y los emperadores austrohúngaros.

Es a través de Isabel Amalia que la familia real de Liechtenstein enlaza con varias de las familias reinantes de la Europa actual. Su padre era el archiduque Carlos Luis de (1833-1896), hermano del emperador Francisco José I, y de la infanta portuguesa Doña Maria Teresa (1855–1944).

El archiduque Carlos Luis era, a su vez hijo del archiduque Francisco Carlos de Austria (1802-1878) y de su esposa bávara, la duquesa Sofía (1805-1872). La duquesa Sofía era una princesa real de Baviera como hija del rey Maximiliano I (1756-1825) y su esposa, también alemana, Carolina de Baden (1776-1841).

Los príncipes de Liechtenstein enlazan con los Grimaldi, los Borbón y los Bernadotte a través de la familia gran ducal de Baden

Carolina de Baden era hermana de la princesa Federica de Baden (1781-1826), consorte del rey Gustavo IV Adolfo de Suecia (1778-1837) y ancestro del actual monarca sueco, Carlos XVI Gustavo. El ancestro común entre la familia real de Liechtenstein y el rey sueco es el príncipe hereditario Carlos Luis de Baden (1755-1801).

El hijo y sucesor de Carlos Luis, el gran duque Carlos de Baden (1786-1818), casado con Stéphanie de Beauharnais (1789-1860), es el ancestro común que la familia real de Liechtenstein tiene con el actual príncipe de Mónaco, Alberto II. De la hija menor del gran duque, Josefina de Baden (1813-1900), es descendiente el actual rey de los belgas, Felipe.

Un príncipe neerlandés enlaza a los Liechtenstein con Isabel II de Inglaterra y otros monarcas de la Europa actual

Entre tanto, la hermana menor del gran duque, Guillermina (1788-1836), consorte del gran duque Luis II de Hesse (1777–1848), es la ancestro común que comparten los príncipes de Liechtenstein con el rey Felipe VI de España. A través de ella, los príncipes de Liechtenstein enlazan también con las familias reales de Rumania y Serbia, descendientes de Guillermina.

Para encontrar los vínculos de la familia principesca de Liechtenstein con otras monarquías hay que remontarse más atrás en el tiempo. De Juan Guillermo, Príncipe de Orange-Nassau (1687-1711), ancestro del príncipe Hans Adam II de Liechtenstein, son descendientes el actual rey de Holanda, Guillermo-Alejandro, los reyes de Dinamarca y Noruega, la reina Isabel II de Inglaterra, el gran duque de Luxemburgo y las exiliadas familias reales de Bulgaria y Grecia.

Vea a continuación el árbol genealógico de todas las familia reales europeas

El día que Hitler quiso usar el funeral del káiser alemán como propaganda política

Un 4 de junio, de 1941, murió el káiser Guillermo II de Alemania en plena Guerra Mundial. El ex monarca, cuya ambición militarista condujo al mundo a la Primera Guerra, falleció en el castillo holandés de Doorn y su último adiós fue motivo de una agria pelea con Adolfo Hitler.

Meses antes del fallecimiento del exemperador, el Führer había dado un encendido discurso contra la monarquía y prohibió todos los símbolos de la dinastía Hohenzollern, pero ahora reclamó el cadáver del káiser y planificó un gran funeral de Estado en Berlín.

«Quiere aprovechar esta oportunidad para desfilar detrás del ataúd del káiser ante el pueblo alemán y el mundo entero para demostrar que él es el legítimo sucesor«, se quejó el príncipe Luis Fernando de Prusia.

Guillermo II, previendo el uso político que el nazismo haría de su muerte, manifestó en su testamento que ninguna bandera nazi o cruz esvástica se viera en su funeral y «no fue nada fácil para el príncipe heredero negociar con la cancillería para que respetara los deseos de su padre«, según su hija, la princesa Victoria Luisa. «Uno habría pensado que nadie quiere molestar a los muertos, pero Hitler sí quiso«.

Finalmente, como no pudo salirse con la suya, el líder nazi ordenó minimizar al máximo las noticias sobre el funeral del último emperador Joseph Goebbels recordó en un editorial a Guillermo II como «una partícula flotante, distinguida, claro, pero nada más» en la historia alemana.

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La extraordinaria y casi desconocida vida de Eugenio de Suecia, el príncipe pintor

Setenta años después de su muerte, el príncipe Eugenio de Suecia es considerado uno de los más grandes artistas suecos de su época y por otras peculiaridades: no hizo carrera militar (una noticia sorprendente para un príncipe del siglo XIX), nunca se casó, expuso sus obras en la Exposición Universal de 1889, simpatizó con los movimientos sociales y obreros y abrió las puertas de su casa a reuniones clandestinas de grupos antinazis en la Segunda Guerra Mundial.

Eugenio nació en el castillo de Drottningholm en el verano de 1865, siendo el más joven de cuatro hermanos y se siempre fue muy cercano a su madre. La reina Sofía se aseguró de que pusieran a los niños en una escuela privada para varones en lugar de enseñarles en casa, como era costumbre entre los miembros de la realeza. Cuando Eugenio tenía siete años, su padre, el rey Oscar II, fue coronado y la familia se mudó al Palacio Real de Estocolmo, lo que causó una gran tristeza al príncipe, que hubiera preferido seguir viviendo en la tranquilidad del palacio Drottningholm, fuera de la ciudad.

Eugenio provenía de una familia donde no reinaba el amor. La reina Sofía tuvo fue engañada abiertamente por su marido y pasaba largas temporadas en el extranjero para escapar de la humillación que sufría en Suecia. Se llevaba con ella a Eugenio a Heidelberg (Alemania), donde el joven adolescente recibió clases de pintura como parte de su educación general.

Cuando Eugenio declaró que quería ser artista en serio, su padre no puso salir de su asombro: no concebía la idea de que el hijo del rey de Suecia vendiera pinturas en lugar de hacer carrera en el ejército. Pero la reina Sofía se dio cuenta de que su hijo menor había estudiado arte en París y se había dedicado a una vida bohemia a principios de los años veinte.

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La colonia de artistas suecos inicialmente se mostró escéptica al traer a un príncipe frívolo al círculo, pero se enamoró de su estilo sencillo y modesto. Allí, Eugen se convirtió en un buen amigo de los artistas Anders Zorn y Carl Larsson. Una vez de vuelta en Suecia, durante la década de 1890 pintó la mayoría de sus pinturas más famosas, «The Old Castle» y «Molnet» se han convertido en tan queridos que ahora están disponibles como carteles. Firmaba sus obras con el nombre de «Eugéne» y popularmente era conocido como el «Målarprinsen» (el príncipe pintor).

Varias de las pinturas del príncipe llegaron a Tyresö, donde pasó una gran cantidad de veranos junto con sus amigos artistas. De lo contrario, vivió durante mucho tiempo con su hermano Carlos en el palacio de Arvfsten. Cuando Eugenio se acercaba a los cuarenta años, construyó la casa con forma de castillo en Waldemarsudde, adonde se mudó 1905. La casa estaba repleta de obras de arte, tenía un parque con esculturas y un jardín con flores espinosas.

El más artista de la dinastía Bernadotte -familia que siempre se destacó por sus dotes bohemios, intelectuales y artísticos- pintó tanto dentro de su estudio como en la naturaleza. De vez en cuanto partía hacia alguno de los paisajes más lindos de Suecia para pintar desde su auto, en días un poco más viejos que con mucho gusto tomó un paseo en automóvil a un lugar hermoso y lo pintó desde el automóvil.

El príncipe era una personalidad cultural importante, independiente y sobre todo era muy leal a la corona sueca. Pero también era conocido como el «Príncipe Rojo», un liberal de mente revolucionaria, que simpatizó con el movimiento obrero, el sufragio universal y las demandas de 8 horas diarias de trabajo. Sin embargo, cuando Hitler tomó el poder en Alemania, Eugenio optó por ser neutral y convirtió su hogar en un punto de reunión para los antinazis y refugiados del régimen.

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Y en el amor, ¿cómo le fue? Nadie lo sabe realmente, pero se cuenta que Eugenio le había prometido a su padre que no se casaría con ninguna persona que no tuviera «sangre azul». Pero el amor no puede ser planeado y se dice que el príncipe se convirtió en una nueva persona cuando conoció, a la edad de 60 años, a la condesa Ebba Bonde. Los chismes que corrían por el palacio hablaban de sus intensas relaciones sexuales, pero ella estaba casada y Eugenio amaba la vida de soltero. Murió en 1947 y su tumba se encuentra en los jardines de su amada casa de Waldemarsudde.

La historia de Soraya de Afganistán: una reina feminista adelantada a su tiempo

Soraya Tarzi nació en el exilio y murió en el exilio. Pero durante los 10 controvertidos años que pasó como reina consorte de Afganistán ella les dio a las mujeres de su país un atisbo tentador de un futuro emancipado que, un siglo después, aún no se ha realizado plenamente. Apenas recordada en Occidente, donde alguuna vez fue recibida por grandes multitudes durante una gira triunfal por las capitales europeas en 1927-28 con su esposo, el rey Amanullah Khan, a principios de este año la revista TIME conmemoró a la reina Soraya en una serie en honor a mujeres pioneras.

“Como hija de un intelectual afgano liberal, a la reina Soraya Tarzi le gustaba romper con la tradición”, escribió Times.Como la primera reina consorte de Afganistán y esposa del rey Amanullah Khan, se convirtió en una de las figuras más poderosas de Oriente Medio en la década de 1920 y era conocida en todo el mundo por sus ideas progresistas. Tarzi y Khan trabajaron en estrecha colaboración; en 1926 declaró: ‘Soy su Rey, pero el Ministro de Educación es mi esposa, su Reina’”. Agregaba la publicación: “Ante la oposición, la pareja hizo campaña contra la poligamia y el velo, y practicó lo que predicaba; Tarzi era conocida por rasgarse el velo en público y, en cambio, usar sombreros de ala ancha con un velo adjunto”.

Feroz creyente en los derechos y la educación de las mujeres , abrió la primera escuela para niñas del país y, junto con su madre, fundó la primera revista para mujeres del país en 1927, llamada Ershad-I-Niswan, u Orientación para mujeres”, escribió Times.

Feroz creyente en los derechos y la educación de las mujeres , abrió la primera escuela para niñas del país y, junto con su madre, fundó la primera revista para mujeres del país en 1927, llamada Ershad-I-Niswan, u Orientación para mujeres”, escribió Times. La revista destaca que la reina “pidió enérgicamente que las mujeres ‘tomen su parte’ en la construcción de la nación”. Poor su parte, la activista por los derechos de las mujeres y diputada Shinkai Karokhail, ex embajadora de Afganistán en Canadá diría este año: «Soraya fue la primera dama y reina afgana que comenzó a promover a las mujeres, educarlas y tratar de darles sus derechos. inició una gran revolución y logró implementarla a través del rey. Apareció en público y viajó mucho para informar a las mujeres sobre sus derechos y que necesitaban adquirir una educación”. Para su época, la reina “era única, una mujer muy fuerte y excepcional”.

En 1926, en el séptimo aniversario de la independencia de Afganistán, Soraya pronunció un discurso característicamente provocativo e inspirador. La independencia, dijo, nos pertenece “a todos… ¿Crees que nuestra nación desde el principio sólo necesita hombres para servirla? Las mujeres también deben participar como lo hicieron las mujeres en los primeros años de nuestra nación y del Islam … todos debemos intentar adquirir la mayor cantidad de conocimientos posible”, proclamó. Tras su gira europea, los reyes regresaron a Afganistán en 1928 decididos a modernizar su país.

Zubair Shafiqi, periodista y analista político de Kabul, sin embargo, cree que los monarcas fueron demasiado deprisa en la modernización: “Ella y el rey empezaron a traer cambios, reformas y libertades luego de su viaje conjunto a Europa, donde ambos fueron influenciados por lo que estaba pasando allí”, dijo. “Pero no habían comprendido el atraso de Afganistán, una sociedad tradicional y conservadora. Ambos actuaron apresuradamente, lo que provocó a la gente y finalmente llevó a la revuelta”. Después de una guerra civil que duró un año, en 1929 el rey Amanullah abdicó y huyó con su reina a la India británica.

La primera escuela primaria para niñas, Masturat School, se abrió en Kabul en 1921 bajo el patrocinio de la reina Soraya, quien en 1926 fue nombrada ministra de Educación.

Nacida el 24 de noviembre de 1899 en Damasco, donde su familia se había asentado tras ser exiliada de Afganistán en 1881 tras el ascenso al poder de Abdur Rahman Khan, heredó su pensamiento progresista de su padre, Mahmud Tarzi. Tarzi era un intelectual afgano cuya ideología liberal y nacionalista sentó incómodamente a Khan, quien había sido instalado como gobernante por los británicos en 1880 tras la derrota de su predecesor en la Segunda Guerra Anglo-Afgana.

Como exiliado, los viajes de Tarzi por Europa y la vida en Turquía habían ampliado sus horizontes y estaba decidido a hacer lo mismo por su país. Su oportunidad llegó en 1901 con la muerte de Khan y el acceso al trono de su hijo mayor, Habibullah Khan, quien invitó a Tarzi y otros intelectuales exiliados a regresar a Afganistán. Como miembro del gobierno, Tarzi se embarcó en un ambicioso programa de modernización. Mientras tanto, su hija Soraya conoció y se enamoró de Amanullah Khan, el hijo del rey, y el 30 de agosto de 1913 se casaron.

El 20 de febrero de 1919, Habibullah fue asesinado y, después de una breve disputa familiar, el príncipe Amanullah reclamó el trono. Soraya se convirtió reina y su reformador padre se convirtió en ministro de Relaciones Exteriores. El 3 de mayo del mismo año, el flamante rey, decidido a seguir las políticas nacionalistas defendidas por Tarzi, dio el paso audaz de invadir la India británica en lo que sería conocida como la Guerra de la Independencia de tres meses de duración.

Cuando Afganistán finalmente se liberó del imperialismo británico, el ministro Tarzi estableció embajadas en una serie de capitales europeas y, con el apoyo entusiasta del rey y la reina, siguió adelante con la modernización de su país. Como recordó el tributo de Time en marzo, “frente a la oposición”, el rey y la reina “hicieron campaña contra la poligamia y el velo, y practicaron lo que predicaban”. El rey rechazó las tradiciones de tomar varias esposas y mantener un harén, mientras que su reina, “una feroz creyente en los derechos y la educación de las mujeres… era conocida por rasgarse el velo en público”.

La primera escuela primaria para niñas, Masturat School, se abrió en Kabul en 1921 bajo el patrocinio de la reina Soraya, quien en 1926 fue nombrada ministra de Educación. Siguieron más escuelas, y en 1928 15 estudiantes de la escuela secundaria Masturat, todas hijas de familias prominentes de Kabul, fueron enviados a Turquía para continuar su educación. Fue un movimiento provocador: “Enviar a muchachas jóvenes y solteras fuera del país fue considerado con alarma en muchos sectores como una señal más que el estado, en sus esfuerzos por occidentalizarse, estaba dispuesto a presionar contra las normas sociales y culturales”, escribió la académica Shireen Khan Burki en su libro sobre mujeres afganas contemporáneas.

Las políticas de género del rey “estaban completamente divorciadas de las realidades sociales de su país extremadamente conservador, principalmente tribal y geográficamente remoto”, agregó Shireen Khan. La gota que colmó el vaso para muchos llegó en diciembre de 1927, cuando el rey y la reina se embarcaron en una costosa gira de seis meses por las capitales europeas. En Inglaterra, la pareja fue recibida en Dover por el príncipe de Gales y transportada en tren real a Londres, donde fueron recibidos por el rey Jorge y la reina María. El grupo luego viajó en carruajes tirados por caballos al Palacio de Buckingham a través de calles atestadas de multitudes que vitoreaban.

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Su recepción en otras capitales europeas fue igualmente entusiasta, pero a su regreso a Afganistán en julio de 1928, rápidamente quedó claro que la gran gira europea había sido un terrible error. “En cuestión de meses se abandonó el progreso que había hecho Soraya”, dijo Mariam Wardak, analista y defensora de la inclusión de género en Afganistán. Cuando el rey trató de apaciguar a sus críticos, “se cerraron las escuelas seculares, incluidas las escuelas para niñas, se derogaron las leyes de familia que prohibían la poligamia y se otorgaba a las mujeres el derecho al divorcio, se disolvieron los tribunales seculares para los tribunales de la sharia y mucho más”.

En noviembre de 1928, Afganistán se vio envuelto por una guerra civil, con fuerzas de oposición lideradas por Habibullah Kalakani, el llamado “rey bandido”. En enero de 1929, Amanullah abdicó y huyó del país para dejar un trono vacante que, con la ayuda de los británicos, ocuparía el príncipe Mohammed Nadir Shah. Hasta el día de hoy, muchos en Afganistán creen que el gobierno británico participó en el derrocamiento de Amanullah y que, para sabotear su reinado, montó una campaña encubierta de “fake news” contra su esposa.

Admiro los esfuerzos de la reina Soraya”, dijo Mariam Wardak, la defensora de la inclusión de género en Afganistán, “pero creo que podría haber sido más eficaz si hubiera adoptado un enfoque más sutil sobre cómo promover los derechos de las mujeres. Hoy, luchamos para que se practiquen muchos derechos de las mujeres, el matrimonio de menores todavía existe y la gente todavía da y recibe dote”.

“Mientras acompañaba al rey Amanullah en sus viajes al extranjero, representó la joven modernidad de Afganistán y la nueva era quería ampliarse y consolidarse en casa”, dijo el historiador Habibullah Rafi. “Pero nuestro malvado enemigo, el Imperio británico en ese momento, habiendo fracasado en Afganistán y con el fin de vengar su derrota, comenzó a difundir información falsa sobre sus objetivos, ya que quería bloquear el progreso aquí”. Los británicos, relató Rafi, “distribuyeron fotografías manipuladas que mostraban a la reina en el extranjero con las piernas desnudas, un espectáculo impactante para muchos en casa”. Gran Bretaña “no podía permitirse el lujo de ver un Afganistán libre y próspero, ya que India, que estaba bajo su firme ocupación, se habría inspirado en nuestra libertad y progreso y también se habría rebelado. Es por eso que Gran Bretaña hizo todo lo posible para socavar al gobierno de entonces, y especialmente a la reina”.

Independientemente de que los británicos montaran o no una campaña de trucos sucios contra Amanullah y su esposa, los documentos del gabinete que alguna vez fueron secretos revelan que Gran Bretaña apoyó con entusiasmo a Mohammed Nadir Shah. En el exilio, Amanullah y Soraya viajaron a Italia, donde pasaron el resto de sus días en Roma. El rey urió allí en 1960 y su esposa vivió otros ocho años. Después de su muerte a la edad de 68 años en abril de 1968, su ataúd fue escoltado por militares al aeropuerto de Roma y recibió un funeral de estado en Afganistán. Los cuerpos de los reyes modernizadores hoy reposan junto a la tumba del emir Habibullah en el mausoleo de la familia en los jardines de Amir Shaheed, en Jalalabad.

Actualmente, la situación de las niñas de Afganistán es terrible. “Más de tres décadas de conflicto han devastado el sistema educativo de Afganistán y completar la escuela primaria sigue siendo un sueño lejano para muchos niños, especialmente en las zonas rurales”, según Education Cannot Wait (ECW), organización establecida en la Cumbre Humanitaria Mundial. En Afganistán el 60 por ciento de las niñas no asisten a la escuela, mientras que las tasas de deserción son altas.

Admiro los esfuerzos de la reina Soraya”, dijo Mariam Wardak, la defensora de la inclusión de género en Afganistán, “pero creo que podría haber sido más eficaz si hubiera adoptado un enfoque más sutil sobre cómo promover los derechos de las mujeres. Hoy, luchamos para que se practiquen muchos derechos de las mujeres, el matrimonio de menores todavía existe y la gente todavía da y recibe dote”. Sin embargo, Wardak dijo: “Creo que la visión de la reina Soraya todavía vive en muchas mujeres jóvenes líderes en la actualidad y se mantendrá firme en las generaciones venideras, si continuamos educando a nuestra sociedad. La educación es clave”.

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Hace 200 años murió Carolina de Inglaterra, la “reina injuriada” que fue expulsada de su coronación

El 7 de agosto de 1821, semanas después de que la guardia la expulsara a la fuerza de ceremonia en la que debía ser coronada como reina consorte de Inglaterra, Carolina de Brunswick-Wolffenbutten murió a las afueras de Londres. Acusada de una infinidad de pecados, Carolina se había convertido en la peor enemiga de su marido, el rey Jorge IV, quien intentó por todos los medios que se le privara el título de reina y solo consiguió hacer un escándalo al expulsarla de la coronación.

Jorge IV era uno de los 16 hijos (y heredero) de Jorge III y de la reina Carlota. Era un hombre inteligente, pero, despreciado ferozmente por su padre y debido al largo tiempo que tuvo que esperar para reinar, se aburrió y se dedicó a los placeres carnales. Se cuenta que cada vez que Jorge conquistaba una mujer, cortaba un mechón de su cabello y lo colocaba en un sobre con el nombre de la dama, a modo de “trofeo”, y que al momento de su muerte atesoraba 7.000 de estos sobres con cabellos femeninos.

A Jorge III le irritaba profundamente el comportamiento de su heredero, a quien criticaba por ser un bebedor compulsivo, un jugador empedernido y un mujeriego incorregible. En los momentos en que la esquizofrenia del rey estaba en su punto álgido, lo atacaba con críticas feroces y una vez, durante una cena familiar en Windsor, perdió el control tras una discusión: ante la mirada atónita de los nobles, el rey agarró al príncipe de Gales por el cuello, lo hizo poner de pie y lo empujó con violencia contra la pared. Lo que más perturbaba al rey eran las relaciones del Príncipe de Gales con la señora Mary Fitzherbert, de quien estaba enamorado.

El príncipe superó la treintena sin el menor interés por tener hijos. Sus padres, familiares, amigos y hasta sus amantes intentaron convencerlo de que la mejor opción para cumplir, de una vez por todas, con lo que Inglaterra esperaba de él: casarse. El príncipe se resistió ferozmente a casarse por segunda vez y sólo cuando el Parlamento le ofreció saldar todas sus deudas a cambio de un matrimonio legal, el príncipe aceptó su destino.

En 1795 Jorge III en persona eligió una prometida para su hijo, su sobrina la princesa Carolina de Brunswick-Wolfenbüttel. Los novios se conocieron tres días antes de la boda y la primera impresión no pudo ser peor. Jorge se retiró al otro extremo de palacio y se repuso con una copa de brandy. Carolina era desaseada, descuidada en el vestuario, inculta y vulgar en las maneras; no era, pues, para un hombre tan exquisitamente fino como el príncipe Jorge.

Carolina, mientras tanto, confesaba que su futuro esposo era “más gordo y no tan guapo como lo habían pintado en los retratos”. Los testigos de la boda confesaron que el príncipe, que se casaba contra su voluntad, avanzó por el pasillo central de la capilla con la expresión facial de un condenado a muerte y que se desmayó dos veces. También se cuenta que miró a una de sus amantes mientras hacía sus votos y que lloró cuando el arzobispo preguntó si alguien tenía alguna objeción al enlace.

La noche de bodas transcurrió con el novio calentándose solo junto a la chimenea y los diarios de la época aventuran que sólo hubo tres encuentros íntimos entre los recién casados. En 1796 nació la única hija del matrimonio, Carlota, y fue entonces cuando Jorge le dijo a su esposa que no se acostaría nuevamente con ella, ni aunque el Parlamento se lo pidiera. Carolina fue desterrada de la corte y, fuera de Londres, se entregó al desenfreno.

Lady Stanhope se quejaba: “¡Oh, qué indiscreta era esa Princesa de Gales! ¡A cuántos capitanes de navío solía avergonzar al bailar con ellos, enseñándolo todo como si fuera una cualquiera!”. Mientras tanto, Lord Holland dijo que Carolina estaba “completamente desprovista de delicadeza femenina” y el reverendo William Mason decía, en una carta dirigida a un obispo, “estar plenamente convencido de su hipótesis sobre la locura de la princesa”.

Todas estas habladurías acabaron por llegar a la Corte», cuenta Michael Farquhad. “Una tal lady Douglas hizo correr el rumor de que la descarriada princesa se había quedado embarazada como consecuencia de una relación adúltera, y que, por tanto, había dado a luz a un hijo bastardo“. Ante esto, el indignado marido de Carolina pidió una investigación, a la que el rey accedió. Lo que se conoció como “La investigación delicada” se inició en julio de 1806.

Una ley para vetar a su esposa

Algunos meses más tarde, Carolina fue absuelta de todas las acusaciones, pero la investigación detallada de su vida sexual acabó, de todos modos, arruinando su reputación. La princesa de Gales se convirtió así en una paria social”. Ocho años más tarde, cansada del desprecio general, Carolina de Gales abandonó Inglaterra y, según cuentan unos informes diplomáticos, llegó a “violar” al príncipe Joaquín Murat, un general napoleónico al que el emperador francés había convertido en rey de Nápoles.

En 1820, tras la muerte de su suegro, Carolina regresó a Londres con la intención de ser coronada reina consorte. Viendo amenazada la escasa popularidad que tenía, Jorge IV quiso promulgar la “Ley de Dolores y Penas” que pretendía “privar a Su Majestad Carolina Amelia Isabel del título, los privilegios y las regalías de Reina Consorte, y consumar el divorcio entre Su Majestad y la mencionada reina”.

El Parlamento no lo aceptó y lo que ocurrió a continuación fue grotesco: Jorge IV llegó esplendoroso a su coronación y ordenó cerrar las puertas de la Abadía y no dejar entrar a su esposa. Aquella misma noche, la reina Carolina enfermó con vómitos y pulso débil y murió 19 días después de la coronación de su esposo, quizá envenenada por un esbirro del rey. Misteriosamente, los informes médicos sobre su muerte desaparecieron.

En su lápida hoy se puede leer la leyenda «Carolina, la injuriada Reina de Inglaterra». Unos años antes, al parecer Carolina había confesado que hizo todo lo posible para mantener una buena relación con su esposo, pero que todo le resultó imposible: “La realeza británica sacrifica la amistad y la gratitud por la razón de Estado y no existe corazón. Si volviera a casarme, no le daría mi mano a ningún príncipe”.

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